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TRIBUNA"SISTER INDIA"  -  Extracto de la novela de Peggy Payne


Soy la encargada de una pequeña casa de huéspedes en la más sagrada de las ciudades de la India. Durante más de 20 años, -toda mi vida de adulta- he vivido aquí: hundida en mi peso considerable, aletargada por el calor, en este silla combada dispuesta en la terraza del edificio, o bien en el piso de abajo, en la mesa que esta instalada para la atender a los huéspedes . La que una vez fuera una mujer americana, anotando el número de pasaporte de cada viajero, dirigiendo esta pensión para la familia Mohan Joshi.

Los recién llegados siempre se quedan mirando fijamente a mis abultadas carnes, bañadas en sudor, y a al rostro, con las marcas coloreadas de mis pecas. No soy precisamente lo que uno espera encontrarse en este sitio recóndito de Varasasi (Benarés).
Sin embargo, esta es mi casa, la Saraswati, con 11 habitaciones, un pequeño restaurante y vistas al río, que en este momento parece arder con las tempranas luces de la mañana. Desde mi terraza, contemplo como discurre: el Ganges, Ganga en Hindi para aquellos que veneran a la diosa del río.

Hace ya mucho tiempo, me puse un nombre indio, pocas semanas después de que llegara a este lugar. Ahora soy Natraja. Y ha llegado a quedarme bien. En mis sueños, respondo con este nombre y poco me importa que hace ya más de 40 años, cuando naciera, me pusieran el nombre de Estela. Este anticuado nombre, propio de la de esposa de un granjero de Carolina del Norte, no me sentaba nada bien.

Como Natraja, me he ganado cierta reputación. La guía de viajes, The Lonely Planet cada año aconseja a los intrépidos viajeros a que se acerquen a mi casa: "Vale la pena el efectuar una visita a la Madre Natraja en la Saraswati, una mujer mezcla oriental y occidental".

Lo que la guía no menciona, es que mi peso es quizás superior a los cien kilos. Mis carnes son más voluminosas que las de Ganesha, el dios con cabeza de elefante. Pero una vez dicho esto, cuando estoy de pie y camino, me muevo al estilo de los indios, sinuosa y fluidamente. Mi piel ha oscurecido un poco con el sol, pero mi cabello es todavía rubio-ceniza, largo y desordenado, con mechones grises, mientras que mis ojos son de color marrón brillante, casi como el oro. Teniendo estos ojos, este cuerpo enorme me es útil: la gente se mantiene a distancia. En un lugar como este, junto al Ganges, muy cercano a las piras donde se queman los cuerpos, los recién llegados especialmente, ponen cuidado en no hacer nada que pueda hacerlos sentir más incómodos.

A pesar de todo, los turistas me suelen preguntar cosas. Yo raramente les digo nada. Tendrán que apañárselas por ellos mismos.

Lo que ellos desearían saber, se lo digo una y otra vez a las aguas que fluyen más allá, por debajo de esta atalaya, que para cada momento trae una nueva audiencia, o bien a Shiva, con sus múltiples aspectos y rostros. En cierto sentido, el nombre que me he puesto, ha sido por este dios terriblemente seductor; Natraja es la danza de Shiva, la danza del que crea y destruye. El río mismo, mana de su frente, trasportando el agua que cura y las cenizas de la muerte.

Desde el lugar en el que estoy sentada, con la pierna izquierda colgada en el borde de la silla, puedo distinguir sin dificultades uno de los santuarios fálicos de Shiva, el "linga". Está ahí abajo, en la misma orilla del agua, la imagen pétrea de un pene, alto de talla y tan grueso como un roble, una lisa columna que da un tenue resplandor cuando es acariciado por el sol, mientras que guirnaldas de maravillas, cuelgan en forma de bucles por su parte inferior. Un devoto está en estos momentos realizando una ofrenda. Se encorva como un jardinero que poda un pequeño arbusto, poniendo en orden las flores amarillas y vertiendo agua del río alrededor de la redondeada cabeza con un puchero de latón.
La base del mausoleo es una vulva, pero la gente, raramente sabe distinguir estos órganos femeninos, que confunde con ranuras que sirven para la salida del agua vertida. En algunos linga, una serpiente se baña en el canal femenino; en otras, se enrosca hacia arriba, dando vueltas alrededor del falo; o bien no aparece en absoluto. Mi sepulcro, queda demasiado lejos para que pueda distinguir los detalles. Pero aun así, prefiero no acordarme de que existe una serpiente dentro.

Desde esta sucia silla de cuerdas trenzadas, veo todo lo que quiero ver. Me he plantado justo en el centro de la ciudad. Del millón de peregrinos que cada año acuden a Varanasi, la mayoría de ellos, lo primero que hacen al llegar, será hacer una visita a esta porción de orilla. Mi casa está a poca distancia del ghat Dashashvamedh, el principal para los baños y las abluciones. La ciudad ribereña, se extiende a ambos lados, en una larga curva que dibuja el río, y que es donde se localizan los ghats, cada uno con sus escalinatas de cemento que desde el nivel del río, van remontándose, hasta llegar al nivel de los tortuosos callejones de la ciudad. La orilla es una enorme colección de gradas que miran al flujo del Ganges, atestadas siempre de bañistas. Yo los observo desde mi terraza.

Al otro lado de mi casa, aunque nunca miro en esta dirección, está el complicado nucleo de la ciudad: los galis, una gran encrucijada de callejones tan estrechos, que un rickshaw no puede acceder a ellos. Este laberinto protege mi casa, al igual que un seto espinoso o el foso alrededor de un castillo.

Aquí vivo mi vida, sentada y contemplando, con el sudor empapando mi sari y los mechones de mi cabello. Teniendo a Ramesh para hacer nuestras compras - y bien seguro que él es el único que sabe lo que puede faltar en su cocina -, puede pasar un año o más, sin que baje las escaleras que llevan más allá de la cuarteada mesa en la entrada de la casa.

No hay ninguna razón para que salga de casa, aunque en una o dos ocasiones en estos años, Ramesh me ha llevado más allá del gali para dar una ojeada en el mercado. Pero nunca podré reencontrar el mundo. Mi conciencia me lo impide. Los que se acercan a mi lo hacen porque quieren. Y me traen más noticias del exterior, de las que deseo escuchar.

Afortunadamente he aprendido muchas maneras de dar por terminada una conversación. Puedo, simplemente, empezar a levantarme de mi silla en el comedor, para que los huéspedes de mi mesa desvíen la mirada, disimulando su embarazo al observar los jadeos debidos a mi esfuerzo. Subo aquí, y paso el pistillo a la puerta detrás de mi.

Con Ramesh, por supuesto que es diferente. Lo observo todas las mañanas cuando me siento aquí. Permanece dentro de mi campo de visión, con el agua del río hasta la cintura, a poca distancia de los desenvueltos saris. Desde aquí le puedo ver claramente, aunque la carne mojada de los otros bañistas, que están concentrados tan cerca de él, me impiden apreciar el brillo del agua entre unos y otros. Pero le reconozco por el movimiento de sus hombros y de su cabeza. Recoge el agua del río con sus grandes y anchas manos y la vierte sobre su rostro. Me la imagino tibia, con una película de jabón y aceite, como el agua que queda después de fregar los platos. La siento como si corriera por mi cara. Identifico su manera de levantar sus hombros, manteniéndolos tan erguidos que sus omoplatos casi se tocan en el centro de su estrecha espalda.

Para el devoto, esta es la hora del baño. El Sol está ya alto. Los rezos y los cánticos ya han finalizado. Ramesh se restriega debajo de un brazo; inclina sus rodillas para permitir que se escurra el agua de los lienzos que son a modo de ropa interior. Él y otros, ahora simplemente se están lavando, desprendiéndose de sus manchas y de sus pecados. ¿Que pecados puede creer haber cometido desde esta misma hora de ayer, mi irascible y casi monástico compañero?. El y yo hemos vivido el uno junto al otro en esta casa durante mucho tiempo. El duerme en su catre de sirviente en la pared del comedor. Yo en la celda de mi habitación.

Oigo un traqueteo detrás de mi. ¿Quien será?, pero la puerta de las escaleras está cerrada. Aquí no hay nadie. Quizás mis ojos se cerraron por un momento y haya soñado. Pero si he dado una cabezada, tampoco ha sido por tanto tiempo, o puede que el Sol esté hoy perezoso en su itinerario ascendente. Ramesh todavía está en el agua, cepillándose los dientes con un palito de "neem", rematando así su toilette.

Mis ojos regresan al estado de vigilia.

Entonces, oigo desde abajo, como un porrazo, algo que es arrastrado. Es un poco extraño, pero no lo suficiente para que me haga mover de mi silla. A veces los viajeros llegan cargados de grandes baúles, llevando en ellos todas sus pertenencias y suficientes pastillas como para abastecer a un hospital.

La mayoría de estos tipos nunca me verán, puesto que no detendrán su mirada cuando observen en dirección a mi casa. Los galis, incluso más que los lugares de cremación o el mismo río, ponen nervioso al visitante. Dan una sensación agobiante. A través de los edificios que los envuelven se filtra tan poca luz, que es demasiado difícil sacar una foto al mediodía. Los recién llegados creen haber llegado al mundo de los infiernos.

Me rio ante la incomodidad de mis huéspedes, cuando llegan al anochecer de su primer día, blancos y estremecidos. El calor y la deshidratación no causarían un efecto tan acusado en ellos. Mientras viajaban en el tren habrán leído: "es la ciudad sagrada de la India, el lugar para morir, incinerar y ofrecer el cuerpo al Ganges, el lugar para bañarse y purificarse". Ellos todavía no pueden saber lo que se siente al transitar por una calle que tiene la anchura de dos personas, y que cuando se mira para atrás no se distingue donde está la salida. Una sensación de enterrado vivo emerge en tu interior. Pero es el único modo por el que puedes llegar al lugar que pretendes: o bien por el margen del río, o bien por estos galis.

El ruido de nuevo. ¡ Que raro !

Ahora es casi como el gemido del viento, pero ello es imposible en esta calma opresiva. Sin duda será un sacerdote, emitiendo algún prolongado sonido con su caracola en algún lugar cercano. El bramido que surge de la caracola es como un grito inhumano.

Pero Ramesh se ha detenido en su rutinario lavado. Se queda mirando fijamente a un punto, justo en la parte baja de mi edificio. En un esfuerzo por levantarme, me balanceo sobre mi pie. Ramesh y otros muchos a su alrededor han vuelto su mirada. Algo malo estará pasando.

Con mi cuerpo inestable, me acerco a la barandilla y miro hacia el fondo del gali de abajo. Oigo un grito. Las espaldas de dos hombres, corriendo para ponerse a salvo, desaparecen en el interior de un callejón , más allá del siguiente edificio. Abajo, un hombre yace caído sobre el pavimento, agitando sus piernas y sus pies golpeando el empedrado. Su rostro queda a la sombra del edificio vecino, fuera de mi alcance.

¿Donde está Ramesh?

Allá, saliendo del agua. Detrás de él, en el río, los padres se apiñan con sus hijos y las miradas se desvían como si no hubiesen visto nada. Ramesh está subiendo las escaleras deprisa, envolviendo a la vez su doti sobre el mojado taparrabos.

Le hago señas para que se pare. Debe permanecer en el mismo sitio y no mirar. Pero continua subiendo las escaleras, con el ceño fruncido y los labios apretados. Va subiendo más y más escalones, su mirada siempre en el mismo punto. ¡Ramesh!, lo llamo.

Me echa una mirada furtiva al pasar por debajo de donde estoy, pero continua subiendo. Yo se que me ha visto. ¡Ramesh! le grito. Mi voz se ha convertido en un chillido; ¡Regresa!.

Pero no lo hace. Noto que me estoy balanceando. Debo entrar en la casa. Las puntas de mis dedos anhelan el tacto con las paredes frescas.

Voy dando tumbos hacia la puerta, me siento mareada. ¿Donde está el pistillo de la puerta? Dentro, todo estará como de costumbre: lo encontraré en la cocina.

Fuente:
Extractos y traducción autorizados por la autora a www.indiga.org
Titulo original SISTER INDIA - Riverhead Books, miembro de Penguin Putnam
Traducción: Antoni Marsal


La Autora:
Peggy Payne nacida en EU (Wilmingtones) es una periodista libre y escritora viajera, cuyo trabajo la ha llevado a más de 25 paises. Autora de libros además de "Sister India", de la novela "Revelation" y colaboraciones con otros títulos. Asimismo es articulista en periódicos como The New York Times, Ms. Magazine, Cosmopolitan, etc. Dispone de una web acerca de sus libros en:
http://www.peggypayne.com/



 

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