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Es la historia secreta de la bailarina que se casó en 1908 con el maharajá de Kapurthala. Cuando Anita Delgado regresó de la India tras separarse de su marido en 1925, mantuvo una relación con su secretario, que ocultó para seguir percibiendo una pensión que les permitió vivir como “maharajás” en París y, luego, en Madrid. Javier Moro, autor de “Pasión india”, ha localizado a una sobrina de Anita, una mujer de 85 años que ha guardado celosamente hasta hoy los detalles de aquella relación y los álbumes de donde se han extraído estas fotografías inéditas. |
A raíz de la publicación de mi libro Pasión india, recibí una llamada de teléfono de una señora mayor, Adelina, que decía vivir en Madrid. “Soy una sobrina de Anita Delgado”, musitó al teléfono con un hilo de voz impregnado de fuerte acento andaluz. “Quisiera verle”.
Nos citamos para la semana siguiente. Mientras esperaba el momento de encontrarme con ella, intenté averiguar quién me había llamado. Nunca había oído hablar ni había leído nada sobre Adelina Rodríguez, que hoy tiene 85 años. Sin embargo, por los detalles que dejó traslucir durante nuestra conversación, no había duda de que se trataba de alguien que había conocido mucho a la princesa de Kapurthala.
![]() Con el maharajá. Anita Delgado con su marido, el príncipe de Kapurthala (izq.) y su hijastro Karan, en el hotel Savoy de Londres (1920).
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Una princesa llamada Anita Delgado, malagueña, inteligente, divertida, con esa alegría tan típica de las mujeres andaluzas. Su historia había alimentado los sueños de toda una generación de principios del siglo XX. Fue un cuento de hadas hecho realidad: un riquísimo maharajá de La India, llegado a Madrid para asistir a la boda de Alfonso XIII, se enamora locamente de una muchacha de 16 años cuando la ve bailar en un teatro de varietés, el Kursal. Él tiene 34 años y le hace inmediatamente unos avances que ella rechaza con vehemencia. Pero Valle-Inclán y el grupo de tertulianos que se reúnen periódicamente en ese café-teatro hacen de celestinos. El propio Valle escribe de su puño y letra una carta al maharajá, cuando éste ya ha regresado a París, explicando las condiciones por las que Anita se casaría con él. La firma con el nombre de la muchacha, sin decírselo. La broma termina sellando su destino. La carta, seria, inflama aún más la pasión del maharajá. |
El resto de la historia es más o menos conocido: la telonera del Kursal, hija de una familia de clase media y empobrecida, se convierte en princesa de un reino a los pies del Himalaya llamado Kapurthala. Se casaron el 28 de enero de 1908.
Famosos. Durante años, son una pareja de moda. Viajan mucho a Europa, Estados Unidos y Sudamérica, y van seguidos por nubes de paparazzi. A lo largo de su vida, Anita se acostumbrará a responder a las impertinencias de los periodistas: “¿Princesa, es cierto que come carne todos los días?”, “¿será su hijo rey de La India algún día?”, “¿qué tal se lleva con las otras esposas de su marido?”. Son preguntas indiscretas que hablan de un mundo lejano y misterioso, pero Anita las sortea con gracia.
Ella y su marido son víctimas del gigantesco abismo que separa Oriente de Occidente a principios del siglo XX. Que un indio quiera vivir en Europa y se vista con traje y corbata no sorprende a nadie, pero que una europea se case con un indio, vaya a vivir a La India, se vista como una princesa oriental y viva a su antojo es considerado un escándalo.Adelina, la sobrina de Anita, me recibe vestida como una princesa en la residencia donde vive en el centro de Madrid. Frágil, alta, delgada, elegante, con dedos muy finos y la piel de porcelana, tiene una sonrisa dulce y un deje andaluz muy grasioso. Lleva algunas de las joyas que heredó de Anita y que realzan su elegancia natural. Me recordó a la princesa Usha de Kapurthala, que conocí hace tres años en Nueva Delhi, y que me hizo fabulosas revelaciones sobre la “mujer de su primo”, Anita. Fue la princesa Usha quien me puso sobre la pista de la verdadera historia de aquel matrimonio y quien me hizo verlo todo desde el lado indio. Con esa perspectiva, el cuento de hadas se convertía en una historia más interesante, con ribetes de tragedia griega, como Fedra. |
![]() Con su amante. Paseando por Biarritz con Ginés Rodríguez (secretario de la princesa española) a finales de los años 50. |
Pero la sorpresa que me tenía guardada Adelina estaba en cuatro gruesos álbumes de fotos, con tapas de cuero y el escudo en plata de la casa real de Kapurthala. Fotos que nunca habían sido vistas desde los años 30. Al pasar las páginas de aquellos álbumes, de los que hoy reproducimos aquí algunas fotos, vi desfilar la vida de Kapurthala en todo su esplendor. Allí estaban los hijos del maharajá, las fotos de la boda del primogénito que la española preparó con tanto esmero, su hijo llamado Ajit que, según Adelina, temía a los periodistas más que a la peste. Esas fotos eran la historia viva de lo que he contado en mi libro Pasión india.
Uno de esos álbumes dejaba ver un personaje de manera insistente, un hombre de aproximadamente la misma edad que Anita. “Era mi padre, que se había quedado viudo de mi madre siendo ésta muy joven”, susurra Adelina. “El secretario de la princesa”. ¡Ahí estaba el famoso secretario, de quien había oído hablar en tantas ocasiones! Ginés Rodríguez Fernández de Segura era un malagueño de buena familia casado con una prima de Anita Delgado. Agente de bolsa, hombre culto que hablaba a la perfección varios idiomas, había sido diputado por las Cortes en el Gobierno de Lerroux antes de que la Guerra Civil le obligase a refugiarse en Francia. Fue un exilio dorado: “Vivíamos en la Av. Marceau, muy cerca de Anita. Nos veíamos casi todos los días: salíamos de compras, pasábamos las navidades juntos celebrando Papa Noel, íbamos al Bois de Boulogne a montar a caballo, y sobre todo íbamos mucho al teatro. Yo tenía 15 años, y la princesa unos 30. Era muy guapa y cariñosa”.
–Y el maharajá, ¿cómo era?
–Venía a menudo a París, y luego a Madrid. Se había separado de mi tía en 1925 pero continuaban siendo amigos. Siempre me pedía que le bailase una sevillana. Le encantaba el flamenco.
–¿Y los toros?
–¡Huy, no! Los toros no… A Anita tampoco le gustaban los toros, decía que en La India había aprendido a querer a los animales y a respetarles la vida. Siempre tuvo canarios, perros, gatos… y nos contaba que tenía su propio zoo en el palacio de Kapurthala. Sin embargo, a quien le gustaban mucho los toros era a mi primo Ajit”.
Otro personaje que aparecía en esas fotos teñidas de color sepia y que hablaban de un mundo que ya no existía. El hijo de Anita era indio, pero le encantaban los huevos fritos con chistorra. Venía a España todos los años, era un gran aficionado a la música y tocaba muy bien el saxo.
–¿Por qué no se casó nunca?
–Las malas lenguas dicen que era homosexual, pero eso es mentira. Al contrario, era un donjuán. Le voy a decir la verdad. [Adelina se dobla hacia delante como para evitar escuchas indiscretas] La verdad es que se enamoró de una norteamericana de una familia muy rica y habían fijado una fecha para la boda. Nunca vi a Anita tan feliz como en aquellos días. Casar a su hijo era quizás lo que más deseaba en el mundo. Pero Dios no lo quiso así… [Adelina levanta la mirada y sus ojillos marrones parecen perderse en sus recuerdos] Habíamos vuelto a España después de la Guerra, pero regresamos todos a París a preparar la boda. Sin embargo, el avión que debía traer a la novia desde Nueva York nunca llegó. Se estrelló”.
Era un Comet, uno de los primeros reactores de pasajeros que nació con un defecto. Hubo varios accidentes antes de que lo quitasen del mercado.
Adelina es muy parca al hablar de la historia de amor entre su padre y la princesa. “Era su secretario”, insiste. Pero las fotos no mienten. Nos muestran a Ginés y Anita agarrados del brazo en el paseo de Biarritz, o saliendo del Hotel du Palais, o caminando por una calle de Londres. Ginés fue el último gran amor de Anita Delgado cuando ésta se separó del maharajá al parecer, debido al amor incestuoso con uno de los hijos del maharajá.
![]() Fasto. El maharajá (en la silla, en el centro), en 1902 durante un paseo en elefante. Le acompañan su primogénito (dcha.) y el jefe de su escolta, que porta la sombrilla real.
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Pareja secreta. Iniciaron su idilio en 1936, en París. Cuando acabó la Guerra, ambos regresaron a Madrid. Vivían oficialmente en pisos separados, Ginés en Paseo de Rosales y Anita en Marqués de Urquijo, 26. Los domingos salían en el Mercedes 180 de Anita a pasear por los alrededores de Madrid. Viajaban juntos con mucha frecuencia. Pero ella no quería dar publicidad a su relación por una simple razón: por temor a que el maharajá le redujese o le cancelase la pensión. Una pensión que les permitió a ambos vivir como maharajás en el corazón de Madrid. “Aquel piso de Marqués de Urquijo era inmenso”, cuenta Adelina, “y presioso. Tenía un salón indio lleno de tapices antiguos y de alfombras persas, otro salón francés con muebles Luis XVI, dos salones más y no sé cuántas habitaciones. Tenía dos doncellas, un cocinero, una cocinera y un chófer. ¡El maharajá siempre quiso que Anita viviese como una princesa! Era un hombre muy generoso…”. |
A lo largo del año 1962, Anita Delgado se fue apagando poco a poco. Hablaba mucho de La India, de sus viajes, de las recepciones en los palacios de otros maharajás, de las cacerías… Como si refugiándose en sus recuerdos encontrase fuerzas para luchar contra la enfermedad. Padecía del corazón y al final, como cuenta Adelina, “era una mujer sin vida”.
El 7 de julio de 1962 murió en su casa, en los brazos de su hijo, que llegó justo a tiempo para asistir a sus últimos momentos. “Mi padre estaba destrozado. Nunca se repuso de haber perdido a Anita. Fue él quien tuvo que luchar con el clero de la Iglesia católica, que se negó a autorizar a que Anita fuese enterrada en un camposanto. La culpa la tuvo un párroco que decidió que Anita había perdido la religión católica al casarse con el maharajá. Mi padre tuvo que hablar con mucha gente, presentó documentos y certificados para convencer al clero de que Anita nunca había dejado de ser católica. Tuvo que solicitar la intervención se sirvientes y amigos para apoyar sus alegaciones. Al final, consiguió convencerles y desde entonces Anita descansa en paz en la sacramental de San Justo”.
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Anita Delgado bailaba en un café cuando el maharajá se enamoró perdidamente de ella. Empezó entonces una aventura que llevó a la joven andaluza a trasladarse al Punjab en 1907 La India de Anita Delgado Cautivada por otro mundo Pero si parece Francia!», se exclamó la joven Anita Delgado cuando vislumbró por primera vez, desde la ventanilla del tren, el paisaje de Punjab, que iba a ser su patria durante los próximos 18 años. La muchacha acababa de llegar de Europa después de un viaje de casi cuatro semanas en barco. Venía a casarse con el maharajá ... Por: JAVIER MORO ... de Kapurtala, que la había conocido año y medio antes en Madrid. El maharajá se había enamorado locamente de aquella andaluza de 17 años que bailaba en un café concierto, y acabó conquistándola, a pesar de la resistencia numantina que ella libró. El primer contacto de Anita Delgado con la India fue Bombay, donde desembarcó en noviembre de 1907. Un tren la estaba esperando para llevarla a Kapurtala. Viajó en el vagón del maharajá, que era de un lujo increíble. Las paredes eran de caoba, las lámparas de bronce, la vajilla inglesa y el conjunto estaba tapizado en terciopelo azul y plata. No faltaban botellas de agua de Évian para saciar la sed. Hoy, sigue siendo posible viajar en esos trenes, que además cuentan con vagones-spa y otros adelantos tecnológicos. El Palace on Wheels realiza un circuito por Rajastán y el Deccan Odissey por el sur de la India. Después de dos días de viaje, Anita despierta en el Punjab, una de las regiones más bellas y fértiles de la India. Es un paisaje que ha cambiado poco desde entonces: campos dorados de trigo y cebada, prados floridos cercados de álamos, un mar ondulante de maíz, de mijo y de caña de azúcar, atravesado por ríos de aguas plateadas y poblado por campesinos enturbantados que empujan afanosamente sus arados tirados por bueyes descarnados. El tren circula paralelamente a la antigua carretera que Kipling inmortalizó en su novela Kim. The Grand Trunk Road (se podría traducir como la Gran Vía) es la arteria vital de la India, una carretera que viene del norte, termina en Calcuta y que ha sido la vía de entrada de todos los invasores que han ido conquistando el subcontinente, como los mogoles. Fue precisamente un emperador mogol, Shah Jehan, quien convirtió la parte de la carretera que une Agra con Delhi, y luego con Lahore, en el norte en una avenida bellísima bordeada de árboles a lo largo de 600 kilómetros. «Había tanto tráfico que se formaban largas caravanas de carros de bueyes repletos de frutas y verduras», escribió Anita Delgado en su diario. Hoy sigue habiendo mucho tráfico, pero de vehículos motorizados. Dentro de poco, esta vieja carretera será transformada en una moderna autopista de cuatro carriles. El proyecto ya ha sido aprobado por el Parlamento. El emperador Shah Jehan tenía pasión por la arquitectura, quizá porque la prematura muerte de su mujer Mumtaz Mahal le hizo vislumbrar la futilidad de la vida. Para honrar su memoria, levantó un mausoleo que se ha convertido en símbolo universal del amor de un hombre hacia una mujer, el Taj Mahal de Agra. Luego, en sus ansias por conquistar la eternidad, sembró las ciudades de Agra, Delhi y Lahore de magníficos palacios que han resistido las tormentas de la historia. El tren que transportaba a Anita se detuvo en Jalandar, un acantonamiento británico donde le esperaba el maharajá. Hicieron el corto recorrido hasta Kapurtala en un Rolls&Royce Silver Ghost. La descripción de la princesa española valdría para el lector de hoy: «Las aldeas, idénticas las unas a las otras, parecen de cuento. A la entrada siempre hay un aguazal donde las mujeres lavan la ropa y los hombres los animales de tiro. Las casas son de barro con patinillos donde hormiguean al sol perros, cabras, búfalos y vacas. Las mujeres aplastan el estiércol y la paja y los amasan en forma de tarta que dejan secar sobre los muros de las casas de adobe. Las aldeas huelen al humo de esas tartas que, una vez secas, sirven de combustible en los hogares». Al fondo aparece una aglomeración de casas, la ciudad de Kapurtala. INTACTA. La ciudad donde vivió Anita Delgado está intacta, pero hoy es difícilmente reconocible porque la población se ha multiplicado por cien y sus edificios y monumentos no se han rehabilitado ni cuidado. Son edificios que muestran el cosmopolitismo del maharajá: una mezquita inspirada en la de Fez, un templo griego (el antiguo cine), uno hindú, una gurdwara sij y, sobre todo, el palacio, copia de las Tullerías de París que bautizó pomposamente con el nombre de l'Élysée. Con su tejado abuhardillado y cubierto de pizarra, su porche sostenido por parejas de columnas y sus ciento ocho habitaciones, el palacio es descomunal para el tamaño de la ciudad. Sólo tiene proporción con la vanidad del maharajá. Hoy en día, es una academia militar y que, previo permiso, se puede visitar. Hay que hacer acopio de mucha imaginación para transportarse a la época de Anita Delgado, cuando una doble hilera de elefantes se extendía hasta el porche de la entrada, en perfecto orden de formación, para darle la bienvenida a ella y a su marido. En aquella época, 500 jardineros mantenían el jardín, plantado de cipreses y de macizos llenos de flores. El interior, en el que trabajaron 600 obreros durante nueve años, sigue conservando salones con techos finamente esculpidos, donde objetos y muebles se amontonan: enormes porcelanas de Sèvres, copias de tapices gobelinos y alfombras de Aubusson. De vez en cuando surge entre el polvo y la decrepitud una imagen o un detalle que resucita fugazmente a la española: un diario escrito con su puño y letra dentro de una vitrina, un cartel de una corrida de 1920, un mantón de Manila, un cuadro de su hijastro que fue el gran amor de su vida… El brillo del parqué, con maderas de distintos colores, se ha apagado. Anita decía que brillaba tanto de lo pulido que estaba, que los sirvientes se miraban en él para ajustar sus turbantes. La capital del Punjab, en aquel entonces, era la ciudad de Lahore, a tres horas de coche. Anita iba una vez a la semana, de compras o simplemente para huir del ambiente pueblerino de Kapurtala. Hoy es la segunda ciudad de Paquistán y —dato interesante para el viajero—desde hace unos meses y a causa del deshielo entre ambos países vecinos, se puede cruzar la frontera y visitarla. Por la belleza de sus monumentos y la elegancia de sus palacios, por los tesoros que contiene y por su ambiente abierto y animado, Lahore era conocida como el París de Oriente. Los emperadores mogoles la engalanaron con obras maestras como la mezquita de Aurangzeb, la mayor de Asia, cuyas porcelanas brillan como talismanes bajo el polvo de los siglos; o el cenotafio de Jehangir, adornado con los noventa y nueve nombres de Alá; o los 12 kilómetros de murallas de piedra rosa del fuerte de Akbar con sus terrazas llenas de mosaicos. Lahore ha perdido el carácter cosmopolita porque el Islam lo ha invadido todo. El canto del muecín se oye por toda la ciudad vieja, que conserva el sabor de Las mil y una noches. La descripción de un fraile agustino llamado Sebastián Manrique, de Oporto, que visitó la ciudad en 1641, valdría hoy: «Era difícil caminar por las calles porque estaban llenas de una masa de gente que transitaba en cualquier modo de locomoción, algunos a pie, otros sobre caballos, elefantes y camellos junto a numerosos vehículos, de manera que chocaban con frecuencia, el mayor abriéndose camino a expensas del pequeño. Lo que más me sorprendió fue la paz y la seguridad que estos bárbaros han conseguido en la ciudad». Manrique tuvo el privilegio de asistir a una cena en honor del emperador Shah Jehan. No como invitado, sino escondido en el segundo piso del palacio. El relato de aquella experiencia aporta curiosos datos sobre la personalidad del emperador. Me limito a contar el final, cuando desde su escondite, el fraile escucha como Shah Jehan pregunta quién ha elaborado esos postres que le parecen excelentes. Cuando le contestan que han sido unos esclavos portugueses, el emperador levanta la voz, como si hubiera adivinado la presencia de Manrique en las alturas de la sala y dice: «En realidad, esos portugueses serían gente estupenda si no tuvieran tres características malas: primero, son unos infieles, no tienen religión; segundo, comen cerdo; y tercero, no se lavan esas partes de sus cuerpos por donde la naturaleza expele los fluidos de sus vientres corpóreos». Si Lahore era la capital comercial y política del Punjab, Amritsar era su capital religiosa. Hoy es la capital del Punjab indio. Situada a sesenta kilómetros de Kapurtala, Anita Delgado la visitó la primera vez para bautizar a su hijo. Hoy, como ayer, el viajero se queda atónito ante el espectáculo del Templo de Oro, monumento que refulge con los rayos de sol y cuya imagen se refleja en el agua del estanque sagrado. Construido en medio de las aguas brillantes de un amplio estanque ritual, salvado por un puente, el Templo de Oro es un edificio de mármol blanco centelleante de adornos de cobre, plata y oro. La cúpula, enteramente recubierta de panes de oro, cobija el ejemplar manuscrito original del libro santo de los sijs, el Granth Sahib. Sus páginas envueltas en seda son cubiertas todas las mañanas con flores frescas y oreadas día y noche con un abanico de cola de yak. Alrededor del estanque circulan fieles siempre en la dirección de las agujas del reloj, los pies descalzos sobre el mármol, la cabeza cubierta de turbantes de colores, las luengas barbas y los florecientes bigotes, acompañados a veces de sus mujeres y de sus hijos que llevan el pelo recogido en un moño. El ambiente de serenidad y la calma imperturbable son sobrecogedores. La limpieza, también. «Aquí podría comer un huevo frito en el suelo», comentaba Anita. Es un lugar santo donde no parecen existir las clases, ni las castas ni las diferencias entre los hombres, como si siguiese vivo el sueño del fundador del sijismo, un hindú llamado Nanak, que dijo una verdad muchas veces olvidada: «Es religioso quien considera a todos los hombres como sus iguales». Sus prédicas obtuvieron un eco cada vez más amplio en un país que sufría el abuso de las castas, y se fue rodeando de shishyas, palabra en sánscrito que significa discípulo y que derivó en la palabra sij. Nanak y sus sucesores lucharon contra el ritualismo excesivo, contra la desigualdad, contra la discriminación y el maltrato a las mujeres. Como signo de distinción y dedicación, Nanak bautizó a sus seguidores con el apellido Singh, que significa ‘león’, merecido homenaje a un pueblo que ha tenido que luchar heroicamente por su identidad y sus creencias a lo largo de los siglos. La primera vez que Anita vio a los sacerdotes sijs, los tildó de «barbudos con pinta de matusalén». Enseguida le inspiraron simpatía y confianza. Tenía la impresión de que mientras estos hombres que le parecían sabios de la Biblia estuviesen cerca, no podía pasarle nada ni a ella ni a su hijo recién nacido. En aquel entonces, tenía miedo porque se sabía mal quería por la familia de su esposo. Tenía miedo de morir envenenada o peor aún, de que su hijo lo fuese… Por eso lo bautizó por el rito sij, para que el dios de su marido lo protegiese de las ambiciones de los hombres. Y lo hizo en un escenario que no ha cambiado un ápice desde entonces. |