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TRIBUNA- NarracionesOcho rupias


Ocho rupias

Publicado por Taller de Escritores, Calcuta, India.

Tradución: Anna Nicolás


ran las nueve en punto. El chico, delgado y pequeño, subía pesadamente las escaleras que conformaban las muchas plantas de aquel edificio. Se paraba en cada una de ellas para examinar las puertas de todos los pisos. Su piel se podía ver por entre los múltiples jirones de su camisa y los bolsillos de sus sucios pantalones abultaban por el peso de lo que contenían.

En uno de los pisos de arriba, una puerta, la de la placa más grande y brillante de todo el edificio, llamó su atención. El chico se quedó allí, de pie, contemplándola durante largo tiempo. Al rato, sin perderla de vista, se apartó un poco y se sentó en el suelo.

La gente salía de los apartamentos y bajaba por las escaleras. El muchacho estudiaba detenidamente a cada uno de ellos. Al cabo de media hora, la puerta de la placa grande y brillante se abrió y apareció un hombre alto y bien vestido.

El chico se levantó de un salto, sacó dos latas de betún de un bolsillo y un cepillo del otro y deteniendo al hombre le dijo "¿ Limpiabotas, Sahib ?"

El hombre miró sus zapatos y dijo "Ahora mismo no te necesito. No hasta de aquí dos días."

El semblante del chico se entristeció, mostrando su fastidio.

"Se lo haré a mitad de precio, señor."

El hombre sonrió, "no es una cuestión de dinero."

"Haré que sus zapatos brillen como el oro. El hombre se negó de nuevo. Pero el chico insistió tanto que, finalmente, el hombre aceptó.

"Gracias" dijo el limpiabotas con la cara radiante.

"Pero, ¿dónde tienes tu reposapiés?"

"No tengo, sahib. Algún día me compraré uno. Cuando haya ahorrado lo suficiente."

En un ágil movimiento, el chico se agachó, cruzó las piernas y dando una fuerte palmada en una de sus rodillas dijo "ponga el pie aquí". La rodilla tenía un aspecto frágil y el hombre dudó antes de posar su pie en ella.

"¿Qué le ha pasado a tu reposapiés? ¿Se te ha roto? ¿Lo has perdido?

"Nunca he tenido uno. Con lo que saco y con una madre y tres hermanas que mantener… no me lo puedo permitir."

Con rápidos movimientos de su dedo índice le aplicó el betún, extendiéndolo con las yemas en enérgicos círculos.

"¿A que soy un experto?" Preguntó mirando al hombre sin dejar de trabajar. Tenía unos almendrados y brillantes ojos que resaltaban extraordinariamente en su piel de suave color chocolate. El hombre miró la mano del chico, en constante movimiento y dijo: "Sí"

"Ojalá tuviera una caja y un reposapiés. Así por lo menos, mis hermanas podrían ir a la escuela."

"¿No van a la escuela?"

"Soy el único de mi familia que gana algo de dinero. Los demás son demasiado pequeños."

"¿Y tu padre?"

"Se fue hará unos seis meses. No dijo dónde iba. Bebía mucho."

Después de unas cuantas pasadas con el cepillo, el zapato estaba reluciente.

"El otro pie, por favor"

"¿Has probado a ahorrar?"

"Sí, pero es imposible con tanta gente a la que mantener. Y no quiero ni pedir ni robar."

Siguió una pausa, interrumpida solamente por el taconeo de la gente que pasaba.

"A veces, cuando me pongo a pensar, creo que voy a volverme loco". Su voz era muy baja y suave, como si estuviera hablando consigo mismo.

"Mis hermanas están creciendo. Un día de estos tendré que casarlas. ¿De dónde voy a sacar para sus dotes? ¿Tendrán que quedarse solteras para siempre?

"¿Cuántos años tienes?"

"Dieciséis"

"Hablas como un adulto"

El chico sonrió tristemente, casi con dolor.

"¿Cuánto valen una caja y un reposapiés?"

"Hechos, seis rupias. Ocho rupias si son por encargo. Me gustaría que la mía fuera por encargo."

"¿No puedes ahorrar esa cantidad?"

El chico no dijo nada, sólo arrugó su tersa cara en un leve intento por sonreír. El hombre desvió la mirada.

Para entonces, una gran corriente de gente se dirigía hacia las escaleras, pero no hubo nadie que prestara atención al chico y al hombre.

Al poco rato el hombre dijo: "Deja de cobrar la mitad. ¿Por qué cobras la mitad?"

"Porque quiero tener más clientes" dijo tranquilamente el chico "y es por eso también que voy de casa en casa. Si me sentara en la acera como los demás limpiabotas, no ganaría prácticamente nada", añadiendo al momento; "sus zapatos están listos."

El hombre quitó su pie de encima de la rodilla del chico.

"¿Satisfecho?"

"Del todo"

Mientras el hombre se metía la mano en el bolsillo, obviamente para sacar el dinero, el chico, dubitativo dijo: "Le importaría - eeeeh --- si le digo algo?

"Adelante"

"Podría", dijo el chico, con la mirada fija en el suelo "dejarme ocho rupias. Se las devolveré tan pronto como pueda. Me avergüenza tener que pedírselo pero usted parece...". Entonces se atragantó y no pudo continuar.

El hombre esbozó una sonrisa. "No te preocupes por devolvérmelo"

"No. No. No me quedaré con su dinero. Únicamente págueme por haber limpiado sus botas. Veinticinco paisas nuevas. Sin descuentos, ya que usted así lo quiere.

El hombre cogió su monedero y sacó un billete de diez rupias. "Toma, cógelo" Luego, medio serio añadió: "Devuélvemelo cuando quieras. De aquí a un año o de aquí cinco."

"Devolver ocho rupias ya será suficientemente duro. No me ponga las cosas más difíciles."

"¿Y si te digo que no tengo cambio?"

"Entonces no cogeré nada"

"Está bien", dijo el hombre guardándose el billete de diez rupias en el monedero y sacando unas cuantas monedas de una rupia. Contó ocho y se las dio al chico.

"Muchas gracias, Sahib" dijo el chico cogiendo el dinero. "Me ha hecho usted un gran favor". El hombre no recordaba haber visto una sonrisa más cálida que la que el chico le estaba regalando en aquel momento hasta el punto que tampoco pudo evitar sonreír.

"¿Cuál es su nombre, Sahib? El hombre le contestó y después, le preguntó al chico el suyo.

"¿Y aquí es donde vive?, dijo, señalando la puerta. El hombre asintió y empezó a caminar, alejándose.

"¡ Sahib !", llamó el chico.

"Se le olvidó el pagarme por haberle limpiado sus zapatos."

"¡ Oh !" dijo el hombre, y se detuvo, a la vez que en su cara se dibujaba una amplia sonrisa. Una vez hubo pagado al chico y con la sonrisa todavía flotando en su rostro, desapareció escaleras abajo.

El chico se quedó allí, con los billetes en la mano, convencido de que un día como aquél, que había empezado tan bien, le podría hacer ganar mucho más que las sesenta y cuatro rupias que había ganado el día anterior y que fue lo máximo que jamás había conseguido en ninguna de las ciudades en las que había estado hasta entonces.




 

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