Las Montañas de Buda

Autor: Javier Moro

Publicado por Seix Barral,1997


Monjas budistas de quince años que se atreven a desafiar a los invasores chinos, niños que son reencarnaciones de dioses, adolescentes heroicos y ancianos de leyenda, torturadores y sabios ermitaños, policías corruptos y guerreros nómadas... Las montañas de Buda cuenta lo que se niega a desaparecer al otro lado del Himalaya: el espíritu de resistencia, la fe, el alma del Tibet. Es la historia verídica de dos mujeres jóvenes que se unen a un grupo de refugiados para cruzar, de noche y a pie, las cumbres más altas del mundo. Es la historia del Dalai Lama, que dedica su vida a mantener viva la llamada de la esperanza. Es la historia reciente del Tibet. Y es ante todo, la prueba de que la fuerza bruta no puede destruir el espíritu humano.


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Unos meses después, Pekín quiso aprovechar la oportunidad que le brindaba la celebración anual del mayor festival religioso del Tíbet, el Monlam Chenmo, el Gran Festival de la Oración, para mejorar su imagen mostrando al mundo un Tíbet pacificado y estable. Las autoridades esperaban que el éxito del festival hiciese olvidar los acontecimientos recientes. A mediados de febrero de 1988, Lhasa se vio invadida por miles de peregrinos, así como por un refuerzo de seis mil policías antidisturbios. Ningún vehículo sin permiso fue autorizado a ircular. "En los monasterios -contaría Kinsom-, los policías chinos organizaron innumerables reuniones para "educarnos" sobre la historia del Tíbet, sobre nuestros sentimientos patrióticos y sobre los peligros del separatismo. Como muchos monjes de los grandes monasterios, yo me negué a participar en la gran reunión del festival. No teníamos ganas de celebrar nada mientras tantos compañeros estaban encerrados en las cárceles." Al final los chinos trajeron a la fuerza a monjes de todas partes del Tíbet. Las autoridades estaban ya felicitándose por el éxito de la celebración cuando el penúltimo día, el día de la gran reunión, mientras cientos de monjes, formando un océano púrpura y amarillo en la plaza del Jokhang, se disponían a realizar la ceremonia conocida como "la bienvenida al Buda del futuro", un grupo de lamas se separó de la multitud, se acercó al palco de las autoridades y pidió la liberación de sus compañeros presos. Los jerifaltes chinos, con más miedo que indignación, abandonaron rápidamente el palco, entre el clamor y los cantos de centenares de monjes que ya gritaban, puño en alto: " ¡Tíbet libre! ¡Tíbet libre! "Algunos de los monjes más jóvenes subieron al palco y agarraron los micrófonos: "¡Queremos la independencia para el Tíbet! ¡Larga vida al Dalai Lama!" Los monjes sabían que las cámaras de vídeo de las fuerzas de seguridad les estaban filmando. Que no tendrían la mínima posibilidad de sustraerse a la cólera de los ocupantes. Que el combate era desesperadamente desigual. Que Lhasa estaba rodeada por seis guarniciones militares que podían ahogar cualquier intento de rebelión, por muy heroico que éste fuese.

Los miles de tibetanos que se unieron a esta manifestación espontánea también lo sabían. Mientras entonaban canciones patrióticas, algunos lanzaron piedras contra los vehículos de la policía desde el tejado del Jokhang, mientras centenares de monjes daban vueltas a la plaza. Parecía que no existía fuerza en la tierra capaz de detener esa manifestación. Pero pronto llegaron dos mil policías armados hasta los dientes. Rodearon la plaza y lanzaron granadas lacrimógenas. Detuvieron a un centenar de monjes. Con el ruido de fondo del tableteo de las ametralladoras, los tibetanos se enfrentaron a la policía durante el resto de la tarde. En medio de la multitud, un monjecillo tiró una piedra contra las fuerzas de seguridad, justo antes de desplomarse con un balazo entre los ojos. Tres testigos vieron cómo un policía de paisano apuntaba y disparaba contra el muchacho. Jóvenes y viejos, con la ayuda de mujeres que amontonaban las piedras, hicieron frente a los policías. A la mañana siguiente, cuando los cuerpos de seguridad entraron en el templo del Jokhang para arrestar a todos sus monjes, la gente colocó escaleras de mano en los muros para ayudarles a escapar. En total, Lhasa vivió dieciséis horas de violentos enfrentamientos. Dos días más tarde, el ulular de las sirenas de los coches de policía seguía oyéndose por toda la ciudad. Las detenciones nocturnas fueron incontables. Centenares de tibetanos fueron llevados a las prisiones de Lhasa para ser sometidos a interrogatorios y torturas. No obstante, a pesar de la atmósfera de terror que se había apoderado de la capital, ocurrió algo extraordinario. Quince religiosas tomaron el relevo. Se cubrieron con capas y capas de ropa para amortiguar los golpes que sabían iban a recibir y volvieron a manifestarse frente al Jokhang. Antes de ser arrestadas, tuvieron tiempo de corear: " ¡Larga vida al Dalai Lama! ¡Viva el Tíbet libre!"

Las manifestaciones no cesarían a pesar de la represión, del miedo y de la extrema vigilancia de las fuerzas de seguridad chinas. La solidaridad y el sentimiento de estar a punto de ser exterminados por los ocupantes obligaba a los tibetanos a mostrar al mundo que estaban dispuestos a morir para defenderse. "Por muy brutal y violenta que sea, la represión no podrá acallar la voz de la justicia y la libertad", declaró el Dalai Lama desde su refugio al otro lado de las montañas, en la ciudad india de Dharamsala.




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Antes de hacer las compras, Kinsom quiso pasar por la plaza de Jokhang, Le gustaba aquel sitio porque allí se congregaban joviales monjes y simpáticos peregrinos que daban color y un cierto aire cosmopolita a esta ciudad santa. Al hacer de Lhasa su punto de encuentro, peregrinos de toda la región del Himalaya enriquecen la vida de la ciudad. Verlos postrarse hasta tocar el suelo con la frente y arrastrarse siguiendo la dirección de las agujas del reloj alrededor del Jokhang, o tumbarse en los peldaños de las escalinatas, en las calles, a orillas del río, en las colinas de los alrededores, en todas partes y siempre de buen humor, representa para muchos tibetanos la confirmación secreta de que, si bien la ciudad ha sido violada por los chinos, su espíritu se mantiene incólume.

Al cruzar la plaza, brillante de sol, Kinsom y sus compañeras pasaron delante de tres policías chinos, que estaban de guardia custodiando la bandera roja. Al llegar a la oscuridad de los altares, envueltos en finas nubes de incienso, se unieron a las oraciones de los peregrinos; los muy devotos soplaban en una trompeta hecha con un fémur humano que recordaba una flauta; otros llevaban agua en cuencos formados por la parte superior de un cráneo. Las jóvenes tibetanas rezaron, se postraron y luego salpicaron los santuarios con minúsculos billetes de un jiao y con granos de cebada. Antes de abandonar el recinto del templo, vaciaron con parsimonia manteca de yak en las lamparillas.

Caminaban por las calles adyacentes, entre puestos que vendían desde banderines de rezo hasta huesos de yak incrustados de joyas cuando, de pronto, la melodía familiar de una canción tradicional despertó su curiosidad. Siguieron el rastro de aquellas voces hasta toparse con un pequeño grupo de tibetanos, alrededor del cual se estaba formando un corro de campesinos y peregrinos que escuchaban absortos, a un anciano que cantaba:

... Nunca olvidaré el rostro de mis padres.
¡Oh, Joya de Sabiduría!
Mi país no lo han vendido, lo han robado...

Kinsom y sus compañeras se unieron al corro. Las sucesivas canciones que fueron hilvanando ridiculizaban a los chinos hasta lo grotesco. Entre risas y chistes, aquello se convirtió en una pequeña fiesta callejera. La más joven estaba impaciente por abandonar el lugar, pero Kinsom quiso quedarse un rato más. Disfrutaba con aquellos instantes de desahogo, de alegría compartida, de libertad encontrada. El legendario buen humor de los tibetanos, siempre dispuesto a aflorar, es capaz de conseguir en ciertos momentos que las preocupaciones cotidianas y el yugo de la opresión se desvanezcan como por encanto. Sólo cuenta el momento presente, joya a la que hay que mimar como un objeto único, irrepetible. Ahí reside la fuerza de un pueblo enraizado en una religión que ha hecho de la destrucción la condición necesaria para el renacimiento; de la compasión, su regla de oro; de lo transitorio de los seres y las cosas, su principal creencia.

La policía no tardó en llegar. La gente empezó a correr en todas direcciones, unos gritando consignas, otros lanzando piedras o adoquines, todos buscando satisfacer así sus agravios. El viejo tibetano permaneció en su sitio, tarareando el estribillo de su canción, como si lo que acontecía alrededor le fuese completamente ajeno. Tenía la piel oscura y curtida, los ojos eran dos rayitas negras que se confundían con las arrugas del rostro, el pelo, gris y sucio, le caía sobre los hombros. Un policía le ordenó callarse, pero el hombre continuó impertérrito, la mirada desafiante. El policía levantó su porra y, a pesar del abucheo y los insultos de la gente, que observaba de lejos, le asestó varios golpes en la cara y el cuerpo. El viejo se tambaleó, pero siguió en pie. Le manaba sangre por la comisura de los labios, por la nariz, por los oídos. Su voz era un hilillo casi inaudible. Lo más extraordinario es que sonreía. Unos gritaban: "Dejadle en paz"; otros insultaban a los chinos, pero ni el viejo callaba ni los esbirros dejaban de ensañarse con él. El hombre estaba doblado hacia delante, luchaba por no caer de rodillas pese a que le estaban moliendo la espalda a palos. Llegó un momento en que Kinsom no pudo soportarlo más. Cogió su bufanda y la hizo ondear como si fuese una bandera. "¡Fuera los chinos! ¡Viva el Tíbet libre!", gritó varias veces. Sus compañeras no intentaron hacerla callar; al contrario, estaban tan alteradas que se sumaron a sus gritos. La atención de los policías se desvió hacia las religiosas, que salieron corriendo. Casi todas se salvaron gracias a la colaboración de la gente, que abrió las puertas de sus casas para que pudiesen esconderse. La más pequeña eludió la persecución porque una campesina que tenía un puesto de verduras la escondió bajo su faldón. Kinsom se metió por una bocacalle para buscar algún escondrijo, pero los policías le pisaban los talones. De pronto sintió un golpe tremendo, como si su cabeza explotase... y cayó rodando.

Cuando Kinsom abrió los ojos, estaba tumbada en el remolque de un camión militar que avanzaba dando bocinazos hacia la salida de Lhasa. Tenía el rostro y el cuello llenos de churretes de sangre medio seca, estaba aturdida, le dolía la cabeza, pero aquello no era nada comparado con el dolor que sentía en los brazos. Al intentar moverse, se dio cuenta de que tenía las manos esposadas a la espalda. Cada bache de la calzada le provocaba una contracción que le desgarraba las muñecas y le desencajaba el hombro. Desde su postura, podía ver el cañón de los fusiles de los soldados, la parte alta de los edificios, las farolas, las copas de algunos árboles, y sobre todo el cielo, tan grande, tan azul, tan límpido. Le hubiera gustado evaporarse, desaparecer en él. El camión siguió su ruta durante veinte minutos y cuando vislumbró una torreta de vigilancia, Kinsom sintió el zarpazo del terror. Aquel lugar provocaba escalofríos en la mayoría de los tibetanos. La sola mención de la cárcel de Gutsa evocaba la suerte de los miles de compatriotas desaparecidos en sus entrañas sin dejar rastro. En aquellos que han tenido la suerte de salir con vida de ese infierno el recuerdo de Gutsa provoca sollozos espontáneos y a menudo ataques de nervios. Ese conjunto de edificios grises y rectangulares plantados en la árida meseta, rodeado de altos muros, es el símbolo más visible de la crueldad con la que el poder chino sojuzga al país de las nieves....




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Mientras, la mayoría de la población rural tibetana había tomado las armas, capitaneados por los kampas, que dirigían las emboscadas y los asaltos a los puestos militares y convoyes chinos. A finales de 1961, los jefes rebeldes decidieron trasladar sus cuarteles generales a la región de Mustang, donde les era mas fácil recibir armas y municiones del extranjero. Esta región es como una cuña que parte del Nepal y que penetra en territorio del Tibet ocupando una parte del oeste del país. De cultura y lengua tibetanas, este pequeño reino que oficialmente pertenecía al Nepal estaba administrado por un rey tibetano favorable a los rebeldes. Desde su nuevo cuartel general, los kampas podían planificar y coordinar mejor sus acciones de resistencia. Las calles de Katmandú, la capital del Nepal, empezaron a recibir visitas frecuentes de esos guerreros curiosamente vestidos. Allí se reunían con sus aliados, los agentes de Taiwan y de la CIA, que desde la ruptura de relaciones chino?soviéticas había vuelto a intervenir en los asuntos tibetanos, siempre en el máximo secreto.

En el reino de Mustang la presencia de los kampas se hizo permanente, tan convencidos estaban de que tarde o temprano las naciones extranjeras se comprometerían activamente con su guerra de liberación. No se daban cuenta de que las grandes potencias estaban lejos de aportarles el apoyo que necesitaban. El antiguo misionero Georges Patterson, que tan eficazmente había informado en la prensa inglesa de la lucha de los karnpas cuando la rebelión de 1959, se adentró en el Tíbet con un equipo de cámaras para filmar un asalto guerrillero a un convoy chino. Quería que su película sirviese para recordar al mundo aquella lucha remota y prácticamente ignorada. Como premio a su labor, fue encarcelado por las autoridades nepalíes, que consideraron su filmación como "un crimen mayor". La película aportaba la prueba que nadie quería ver a la luz del día. En ella, se mostraba el auténtico rostro de los guerreros karnpas. Era el rostro altivo, inteligente, de soldados que conocían perfectamente su misión; el rostro de los hombres que seguían enfrentándose a los soldados de Mao. Algunos de sus ataques tuvieron unos resultados inesperados. En 1966, un grupo de jinetes tendió una emboscada a un convoy chino. Los guerrilleros descubrieron que el general de la comandancia oeste del ejercito chino se encontraba entre las víctimas, y que viajaba con todos sus documentos y archivos. Fue un tesoro, no sólo para los tibetanos, sino también para la CIA. El botín incluía documentos chinos en los que se calculaba que unos 87.000 tibetanos habían perecido en la rebelión de 1959, un acontecimiento que Pekín insistía en presentar ante el mundo como una revuelta menor. También contenía valiosísima información sobre un movimiento que estaba gestándose en China y que conmocionaría la vida del país y del Tíbet. Determinado a acabar con la oposición interna, Mao acababa de proclamar La Gran Revolución Cultural Proletaria, desencadenante de una época de locura colectiva, de destrucción y asesinatos.

Si China entera vivió bajo el terror de la llamada Revolución Cultural, los sufrimientos infligidos al Tíbet no tuvieron parangón. El país de las nieves representaba un desafío irresistible para las hordas de jóvenes guardias rojos. En julio de 1966, un pequeño grupo de estos guardias llegó a Lhasa para prender la mecha de su revolución. Al cabo de un mes mostraron sus cruentas intenciones. Irrumpieron en el sacrosanto templo del Jokhang y se entregaron a una orgía de profanación, destrozando sus irreemplazables tesoros. Durante varios días, aquellos fanáticos quemaron escrituras sagradas, decapitaron budas y descuartizaron cuadros. Acabaron por destruir parte del templo, por convertir las piezas restantes en un matadero de cerdos y por instalar su cuartel general en las capillas, que más tarde se convertirían en la "Pensión nº 5". Siguió un asalto despiadado contra los escasos monasterios que todavía permanecían en pie. A los tres años del comienzo de la Revolución Cultural, el paisaje del Tíbet estaba constelado de ruinas. Las tragedias personales que los tibetanos habían soportado fueron como un primer acto de lo que ahora parecía el final de la civilización, tal como la habían conocido. El patrimonio cultural del Tíbet debía ser reemplazado por los pensamientos del presidente Mao. Durante una temporada, su pequeño Libro Rojo debía obligatoriamente verse en la mano de los transeúntes. Los guardias chinos detenían a cualquiera, en cualquier momento, y le obligaban a recitar los pensamientos del Gran Timonel. El que se equivocaba era llevado a comisaría. La furia de los guardias rojos se dirigió también contra una raza especial de perros, los apsos de Lhasa, tenidos como reliquias de la vieja sociedad. Los tibetanos, que habían pasado sus vidas protegiendo a todos los "seres sensibles", recibieron la orden de matarlos. Los dorados apsos de Lhasa fueron desapareciendo, unos matados a palos, otros linchados, otros envenenados, víctimas de la locura humana.

En el campo, procedieron a una colectivización forzada. Aunque en teoría ese igualitarismo parecía admirable, en la práctica resultó un desastre. Muchos de los antiguos campesinos que se habían alegrado por la abolición del antiguo orden sintieron que habían perdido todo lo que habían ganado. Todos los animales, herramientas y aperos debían ser entregados a las autoridades, a cambio de una compensación que nunca llegaba. La colectivización conmocionó la vida de los nómadas, a los que se les confiscó parte del ganado. Dentro de las comunas, cualquier movimiento fuera de la casa o del campo estaba prohibido; había que pedir permiso hasta para ir a recoger leña a los alrededores. Lo más grave quizá, para un pueblo como el tibetano, es que todas las referencias a la religión fueron proscritas, como si el budismo nunca hubiera existido. Los guardias rojos forzaron a la gente a mostrar su desprecio hacia la vieja sociedad y hacia "los monjes corruptos". Los más altos lamas y funcionarios del gobierno recibieron un castigo cruel: fueron obligados a desfilar por Lhasa llevando sombreros imitando orejas de burro, mientras sus espaldas recibían los latigazos de los guardias rojos.

La Revolución Cultural duró siete años. La gente con un mínimo de educación simplemente desapareció. A medida que las luchas internas se intensificaron, también lo hicieron las atrocidades. Las sesiones de thamzing fueron a menudo seguidas por violaciones y palizas en público, como ocurrió en el invierno de 1967, cuando una banda de revolucionarios se llevó a las mujeres de un grupo de nómadas, las desnudaron, las maniataron y las dejaron seis horas sobre un lago de agua helada. Una ola de suicidios recorrió el país. Muchos tibetanos prefirieron morir tirándose desde lo alto de una peña o ahogándose en el río antes que a manos de los chinos. Y eso a pesar del estigma que para un budista conlleva el suicidio.

Deducir que el Tíbet ancestral había muerto hubiera sido perfectamente lógico si la víctima de la agresión china no hubiera sido una raza pertrechada de una fuerza que desbarataba toda lógica. La energía y el valor de aquellos hombres escapaba a toda razón. La locura de la revolución de Mao hizo que muchos tibetanos emprendiesen el camino de las montañas, unos para huir a la India, otros para unirse a los rebeldes. Salvo las ciudades y las comunas, todo el país estaba sublevado. En 1968, los "caballos del viento" flameaban en casi todo el Tibet, y los rebeldes acechaban en las horas grises del alba para llevar a cabo sus emboscadas. Los actos de heroísmo anónimo de aquellos hombres ?pequeños episodios de una larga y silenciosa epopeya ?, y la figura del Dalai Lama representaban para aquel pueblo, duramente castigado, casi aniquilado, las dos caras de una misma moneda: la de la esperanza. A ella se aferraban allí donde los chinos no llegarían nunca, en el secreto de sus corazones.


Estos extractos han sido reproducidos con permiso del autor para www.indiga.org.
Os recomendamos adquiráis y leáis la obra ya que proporciona una visión muy completa y actual de toda la problemática del pueblo tibetano, esclavizado en su propio país o en diáspora por todo el mundo.