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TIBETBibliografía - Alexandra David Neel



Orientalista, escritora y exploradora nata, Alexandra David-Néel viajó por la vida en cualquiera de sus dimensiones, incluida la geografía del planeta.
Fue activista política (anarquista), pianista, cantante de ópera, compositora, fotógrafa y conferenciante, entre otros oficios que nunca dejaron de ser vertientes diferentes de su principal objetivo: la exploración, la búsqueda.



Louise Eugénie Alexandrine Marie David
nació en París, el 24 de octubre de 1869. Su madre era de origen escandinavo y de fuerte arraigo católico. Su padre formaba parte de un árbol genealógico con sólidas raíces en la burguesía francesa. Era la única hija en un ambiente familiar austero y bien situado.
Durante su niñez, para escapar del aburrimiento, dirigió su mirada hacia el exterior, hacia el mundo. Un mundo de sueños y de mapas. Descubrió India, China, Japón, Corea, Singapur, Tíbet. Esta afición por los grandes espacios muy pronto desembocó en una feroz independencia.
Y contra todas las expectativas de su familia, acabaría manifestándose como una adolescente rebelde, una joven anarquista y finalmente, una de las más preparadas y reconocidas librepensadoras del siglo XX.

"Sólo siento indiferencia ante lo que pueda ocurrir, ya sean dificultades, sufrimiento, vida y muerte. En realidad, caemos en la inquietud y el temor porque nos importa demasiado nuestra vida y nuestro confort. La sabiduría consiste, pues, en no permitir que me invada la agitación. Si el final está cerca, no tiene la menor importancia".

Alexandra David-Néel tenía 52 años cuando le escribía así a su marido desde el Tíbet. Cinco años más tarde, acabaría convirtiéndose en la primera persona occidental en entrar en Lhasa, la ciudad prohibida. Disfrazada de peregrino tibetano. Acababa de culminar una expedición que debía haberle llevado tres meses y que, sin embargo, había acabado convirtiéndose en tres largos y difíciles años de penurias y peligros.

No estaba aún cerca el momento de esa muerte que ella acoge sin temor ni deseo, sino con absoluta indiferencia. De hecho, se hallaba más o menos en el meridiano de su vida, y aún le quedaba otra larga mitad por llenar de viajes y estudio, los dos motores que han activado su vida desde su primera infancia.

A los 101 años moría tranquila, pero sin ninguna sensación de "deber cumplido", en su casa de campo en la Provenza francesa, en Digne. Un año antes, recién cumplido el siglo de vida, había vuelto a renovar su pasaporte, "por si acaso". Aún estaba con vida, por lo tanto, aún podían aparecer, cada mañana, nuevos proyectos para realizar. Poco antes de su viaje definitivo, compartía confidencias con su secretaria, admitiendo, con su eterna mente de principiante, que "no sabía absolutamente nada y estaba empezando a aprender".

Objetivo: la fuga

Se cuenta que su primera escapada del hogar familiar tuvo lugar cuando sólo contaba dos años de edad. Salió de su casa, atravesó el jardín y traspasó sin dudarlo la verja abierta. Dicho así, puede sonar como una travesura sin más trascendencia, si no fuera porque tres años más tarde volvería a repetirse una iniciativa similar. En esta ocasión se internó sola por el bosque de Vincennes, en las afueras de París. Lógicamente, su familia hizo correr la voz de alarma y al caer la noche era encontrada por un guarda que la condujo a la estación de policía, donde la esperaban su madre y su padre. ¿Suponéis que la niña estaba asustada, agradecida a su salvador y feliz de volver a estar bajo la protección familiar? Lo cierto es que cuentan las crónicas que en vez de eso, la pequeña arañaba con saña la mano del guarda que la obligaba a renunciar a su aventura solitaria y ya en la misma estación de policía, juró venganza algún día; contra esas personas mayores que siempre estaban impidiéndole hacer las cosas que realmente deseaba hacer. Algún día lo conseguiría: se iría de casa y nadie podría encontrarla.

Sólo era el preámbulo de una larga serie de fugas del hogar familiar que se repetirían a lo largo de su adolescencia y juventud.

Mientras que su vida privilegiada estaba llena de "distracciones" y ociosas formas de pasar el tiempo ("matar el tiempo", según ella), Alexandra no sólo despreciaba sino que condenaba "el sinsentido de esa masacre".

Así es como recuerda ella su infancia:

"A veces lloraba lágrimas amargas, con el profundo sentimiento de que la vida se me escapaba de las manos, que los días de mi juventud se esfumaban, vacíos, sin interés, sin alegría. Entendía que estaba desperdiciando un tiempo que nunca recuperaría, que estaban pasando de largo horas y horas que podían haber sido hermosas. Mis padres -como la mayoría de los padres que han criado, si no una gran águila, al menos una diminuta águila obsesionada con volar a través del espacio- no podían comprender esto y, aunque no eran peores que otros, lo cierto es que llegaron a hacerme más daño que el más incansable de los enemigos".


El consuelo de la filosofía

A los 15 años se escapó a Inglaterra, y sólo regresó a casa cuando se quedó sin dinero. Ya entonces se declaraba seguidora de Epícteto y la filosofía estoica, así que en su próxima escapada, a los 17 años, (el primero que ella consideraría como un "viaje de verdad") sólo se llevó como equipaje el Manual de Epícteto. Cogió un tren en Bruselas (donde vivía con su familia) hasta Suiza, cruzó a pie el paso de San Gotthard y visitó los lagos italianos. Una vez más su madre pondría fin a este viaje tras encontrarla en el lago Maggiore sin dinero.

A los 18 años (1886) viajó a España en bicicleta. Sin decir una palabra a su familia, como siempre, fijó sus pertenencias en el manillar, abandonó su casa en Bruselas y cruzó la Riviera francesa regresando por Mont-San-Michel, siendo así la primera mujer que llevaría a cabo el Tour de Francia en bicicleta. Para moverse de un lugar a otro, toda su vida escogió el itinerario más largo y el medio más lento de transporte.

Cuando cumplió los 21 años y alcanzó la mayoría de edad, a nadie le sorprendió que dejara la casa familiar. Se instaló nuevamente en París, donde compaginaba sus estudios de las filosofías orientales con una fuerte vocación anarquista. Escribió un tratado anarquista que ninguna editorial quiso publicar, dado que cuestionaba y atacaba frontalmente los abusos del estado, el ejército, la iglesia y la macroeconomía. Finalmente ella misma pudo hacer una autoedición con la ayuda de su compañero, el músico y compositor Jean Haustont. El libro nunca llegó al gran público, pero se ganó el interés de los círculos anarquistas en todo el mundo, llegando a ser traducido a cinco lenguas, entre ellas el ruso. Cursó también estudios en la Sociedad Teosófica con Madame Blavatsky. Y se dice que incluso llegó a ingresar en la masonería

Mientras tanto, Alexandra había estudiado música y canto, convirtiendose en una exitosa cantante de ópera, con una voz muy aceptable, lo cual le daba ocasión de seguir viajando por el mundo. Su padrino era el conocido compositor Massenet. Creativa en cualquier campo al que se acercara, compuso junto a su compañero sentimental, un drama lírico titulado "Lidia", con el que viajó por toda Europa.

Sin embargo, la combinación de su búsqueda espiritual y su vocación por la música, la había convertido en una amante de los cantos tibetanos. En efecto, atraída por el budismo tibetano, aprendió sánscrito e inglés, y viajó por primera vez a Ceilán y a India en 1891 gracias a una oportuna herencia familiar. Quedó fascinada por la magia de India, hechizada por la música Tibetana, intimidada por los picos del Himalaya... ¡Y juró volver!. Pero, antes de volver a Asia, emprendió una incursión a África del Norte. Quería escuchar al Muezzin llamando al rezo desde un minarete en la puesta del sol, así como las plegarias musulmanas. Fue en el transcurso de su estancia en Túnez (donde dirigía el casino al tiempo que estudiaba el Corán), cuando conoció a un ingeniero de ferrocarriles llamado Philippe Néel, con el que decidió casarse Contaba con 36 años.

   


"Marcharme o marchitarme"

Había llegado a la conclusión de que nunca acabaría de ser respetada como escritora, conferenciante o incluso como cantante, si continuaba soltera. Pero la vida de casada tampoco le sentaba bien, a pesar de vivir en el norte de África, que tanto le gustaba, y hacer continuos viajes en barco y ferrocarril, acompañando a su marido, además de los suyos propios (como escritora y conferenciante) por Europa. En lugar de considerarse una mujer "felizmente casada" se sentía enferma y angustiada, padeciendo continuas jaquecas y crisis nerviosas.

Por otra parte (o por la misma), la llamada de oriente es cada vez más fuerte, y ella lo define con claridad: "sólo me quedan dos opciones: marcharme o marchitarme".

En agosto de 1911 (contandocon 43 años) se despidió de su marido para hacer un viaje en solitario a la India, y que en principio debía durar 18 meses. Pero no volvieron a verse ¡ hasta 14 años más tarde !. "He emprendido el camino adecuado, ya no tengo tiempo para la neurastenia", le escribía a su marido en el barco hacia Egipto, primera parte del trayecto. Luego seguirían más viajes por mar a Ceilán, la India, Sikkin, Nepal y Tíbet, entre otros.

Su marido pasó a convertirse en un compañero epistolar, con el que nunca dejó de sentirse unida.

A partir de este momento, Alexandra comienza una nueva etapa (aunque no una segunda, ni una tercera, ni una quinta, porque ya había vivido muchas vidas en su ya larga y apasionante vida) que pronto identificaría como la definitiva, como si por fin hubiera conectado consigo misma y con su misión personal, como si con este viaje intrincado y difícil empezara a vivir su auténtica vida. Lejos ya de las ociosas "distracciones" y formas variadas de "matar el tiempo". Como si por fin pudiera cumplir realmente aquella promesa que se hizo a los cinco años: irse de casa (el sistema) para siempre, lejos de las personas adultas (la autoridad del sistema) que le dificultaban hacer las cosas que ella realmente deseaba hacer.

En sus primeros pasos en esta nueva etapa recorre los lugares sagrados donde predicó Buda, con los ojos y sentidos atentos a todo lo que encuentra a su paso. Y sobre todo, una mente abierta de par en par. En 1912 en Sikkin, encuentra a quien reconoce como a su maestro (un lama con poderes mentales supranormales). Es el superior del monasterio de Lachen, con quien se queda dos años para aprender tibetano y los secretos del tantra, entre otras cosas. "Me quedaré en el monasterio de Lachen en invierno y cerca de su cueva en verano -explica en las cartas a su marido-. No será divertido ni confortable. Son cuartuchos en los que se hospedan los anacoretas tibetanos... Muy duro, pero increíblemente interesante".

Durante dos largos años vivirá con su maestro como una anacoreta, retirada en una cueva y dedicada a la meditación. Aprende tibetano y se inicia en el tantrismo budista, «será duro, pero increíblemente interesante», confiesa a sus amigos. Vive en invierno en una cueva situada a 4.000 metros de altitud, sin morir congelada a pesar de vestir una ligera túnica de algodón. En Lachen pone a prueba su resistencia física y su capacidad de adaptación, que le serán indispensables para su larga travesía hasta la capital tibetana. Aquí, en Sikkin, (en 1914) conoce a un muchacho tibetano, Yongden, de 14 años y de espíritu aventurero como ella, al que contrata y además adopta como a un hijo. Yongden enseguida ve en ella a su maestra y quiere acompañarla en sus expediciones. Ya nunca más se separará de ella, siendo su porteador, cocinero, secretario y, finalmente, colaborador en las traducciones de los libros sagrados tibetanos.

   

Habría sido imposible volver a Europa en medio de la primera guerra mundial. Tras unos meses en India, deciden viajar a Japón. Allí conoció al erudito Zen Suzuki, y al filósofo Ekai Kawaguchi quien le contó una historia fascinante; de cómo había llegado a Lhasa, la capital del Tíbet, la ciudad prohibida, disfrazado de Monje Tibetano. Esto le despertó una obsesiva idea... Abandonaron Japón. Embaló su equipaje de nuevo, y salieron para Corea, donde pasaron unos meses, dirigiéndose después a Pekín. Luego decidieron cruzar toda china de Este a Oeste, con equipajes, porteadores y yaks. Visitaron el desierto de Gobi y Mongolia. Permaneció tres años en el monasterio chino de KumBum, cerca de Mongolia, estudiando los manuscritos budistas. Los monjes la consideran una hermana y la llaman "lámpara de sabiduría".

Por aquella época es recibida por el Dalai Lama, que ya había oído hablar de ella, siendo la primera mujer occidental que es recibida él.

Continúa su peregrinación mística en Katmandú (donde se siente sobrecogida por la imponente naturaleza y la luz que invade el techo del mundo). Luego visita Benarés.

Mientras tanto, en París tienen noticias de esta mujer excéntrica a través de los artículos que escribe para la prensa, las revistas y salones literarios.



A sus 57 años, Alexandra se siente preparada para llevar adelante su gran proyecto: intentar llegar a Lhasa por una ruta nueva que nadie antes ha utilizado. Se prepara a fondo caminando a diario 40 kilómetros. Entrar en la ciudad prohibida es un desafío, y siente curiosidad por pisar regiones que los mapas definen como «tierras desconocidas». Para ello, se disfraza de peregrina tibetana: se ennegrece el pelo con tinta china, se hace una peluca con la cola de un yak y se oscurece la cara y las manos (que eran las únicas partes de su cuerpo que dejaba ver su atuendo) con hollín. Lo que se suponía que iba a ser una difícil ruta de tres meses acabó convirtiéndose en una odisea de más de tres años, en los que se tendrá que enfrentar a tigres, osos y lobos, bandidos y funcionarios chinos, sin olvidar el frío, las tormentas, el hambre y los estrechos pasos a cinco mil metros de altitud. Por fin, en 1925 divisa los techos rojos del palacio de Potala: han conseguido llegar a la ciudad santa de Lhasa. Escribe a su marido reconociendo la dureza del viaje: «Ni aunque me ofrecieran un millón repetiría esta aventura». De su discreta expedición junto a su hijo adoptivo, un criado, dos monjas y siete mulas, sólo llegan ella y su fiel Yongden.

   


Pero el éxito pasa en pocos años. Otros han entrado después de su hazaña en Lhasa. A ella sólo le resta el mérito de haber sido la primera. Mira a su alrededor, toma conciencia plena de la realidad de la sociedad: "Pienso que el mundo llega al momento de su decadencia", declara refiriéndose a las afirmaciones de los textos sagrados de Oriente. No obstante, sólo piensa en una cosa: volver a irse. Para reencontrarse con Asia y "para sentirme viva". Regresa a China, pero allí se enfrentan nacionalistas y comunistas y China amenaza la política expansionista de Japón. Sobre sus impresiones de China escribe "Magia de amor y magia negra".

Se marcha de Pekín, que a los pocos días es invadida por los japoneses. A los sesenta y nueve años, Alexandra David-Néel es una fugitiva sumergida en la más espantosa de las guerras. Pasa por las calamidades más inimaginables, pero se siente joven. "Jamás sentí miedo, lo digo de corazón", declarará en sus escritos.

A comienzos de 1938, Alexandra y Yongden remontan huyendo el Yang Tsé a bordo de un vapor. Después de atravesar ríos y cadenas montañosas a pié, llegan el 4 de julio de 1938 a Tatsienlu, capital de Sikang. Alexandra tiene 70 años. El viaje de huída ha durado dieciséis meses. En la India, un telegrama le trae la noticia de la muerte de su marido, con el que, curiosamente, no había dejado de mantener correspondencia durante todos esos años. La frase que pronunció entonces: “He perdido un maravilloso marido y a mi mejor amigo“, no deja de tener una difícil interpretación, dado que llevaba unos veintiocho años separada de él.

Durante seis años, en medio de una quincena de extranjeros, Alexandra y Yongden esperarán el fin de las hostilidades, viviendo los dos en una pequeña ermita abandonada. El 8 de septiembre de 1939, se enteran de que la guerra ha estallado en Europa. Esto le hace sentirse hundida, está cansada. A su llegada a Asia, pesaba 80 kilos, ahora sólo pesa 50. El 27 de julio de 1945, finalmente llega en avión a la India y de allí a Europa.

Su Asia, la Asia que amó, yace sobre los escombros del bárbaro siglo XX.

Por fin, se instala junto a Yongden en su casita de campo en la campiña francesa, donde encuentra la paz que desea para escribir, traducir libros tibetanos, meditar y planear nuevos viajes. Durante un cuarto de siglo, Alexandra David-Néel no cesará de hablar del País de las Nieves. El budismo tibetano se convierte en su "fondo de comercio", exigiéndole una producción literaria abundante para sobrevivir.

Yongden muere en 1955. Alexandra le seguirá en 1969. En 1973 las cenizas de Alexandra y Yongden son arrojadas a las aguas del Ganges. En Digne existe actualmente un Centro Cultural dedicado a Alexandra David-Néel.


Bibliografía publicada por Alexandra David-Néel

La lista de libros (una treintena) y artículos publicados por Alexandra David-Néel es extremadamente larga. Valgan como botón de muestra los siguientes títulos:

Libros:

  • "Diario de viajes" (Cartas a su marido) en 2 tomos
  • "Místicos y magos del Tíbet"
  • "Vivir en el Tíbet"
  • "Viajes y aventuras del espíritu"
  • "Viaje de una parisina a Lhasa"
  • "India, ayer, hoy y mañana"


  • Video-clips sobre Nepal
    Jesús Callejo: Alexandra David-Néel (y I)
    Jesús Callejo: Alexandra David-Néel (y II)




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