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Situación dentro de la India

RAJASTHAN:  Impresiones:Javier Moro



La mejor manera de empezar a conocer la India es zambullirse en la fabulosa provincia de Rajastán. Más que un Estado o una región, Rajastán es un mundo aparte. O mejor dicho, es otro mundo.


or ejemplo, a 30 km de la fortaleza de Ajmer, hay un templo a orillas de un lago en la pequeña ciudad de Pushkar. Una vez al año, durante la luna llena de noviembre, se celebra una feria que reune 200.000 camellos y caballos, el mayor mercado de animales del mundo, al que acuden caravanas hasta de Afganistán. Al mismo tiempo es el punto de encuentro de medio millón de peregrinos, una fiesta como las de la Europa de la Edad Media. Hay que abrirse paso entre un océano de fieles, entre santones con el cuerpo desnudo recubierto de ceniza. “Dame algo, que soy un santo,” te piden acercándote la escudilla. Hay ascetas sentados en posturas imposibles, unos con una pierna detrás del cuello, que han hecho la promesa de mantenerse así durante toda la vida. Hay malabaristas, domadores de animales, mercaderes ambulantes, campeones de lucha libre, tiovivos, carreras de camellos, pitonisas, artesanos de todo tipo. Miles de familias acampan bajo sus carromatos pintados de colorines, entre los animales que han venido a vender o a comprar. Un poco más lejos, jinetes tocados de turbantes rojo y oro caracolean día y noche sobre soberbios caballos. Uno acaba ebrio de colores, de ruidos, de olores. Rajastán cautiva los sentidos.

Esta región es también la India romántica y fastuosa de los maharajás. La desaparición del Imperio británico en 1947 puso fin al reino de estos príncipes de las mil y una noches, pero sus palacios, sus tesoros y sus tradiciones se conservan. Todavía pueden verse desfiles de elefantes encaparazonados de oro y plata, montados por jinetes dignos como reyes, seguidos de dromedarios y de caballos fastuosamente enjaezados. Es tierra de antiguos señores feudales, la región más espectacular del subcontinente, etapa indispensable para todo el que quiera entrar en contacto con el mundo de la India. En lo alto de cimas inaccesibles, hay fuertes en cuyas piedras resuena todavía el eco de feroces combates. Hay palacios de ensueño que parecen sacados de libros antiguos; por toda la región quedan vestigios de un pasado glorioso del que los rajastaníes se sienten todavía orgullosos. Campesinos y pastores, con turbantes que son como manchas de color amarillo, rojo, malva, rosa, caminan entre el polvo ocre que levantan sus rebaños. Las mujeres van vestidas con saris en los mismos tonos, algunos bordados de hilo de oro; lucen joyas de plata vieja y piedras semi-preciosas. No es de extrañar que Rajastán sea el primer destino turístico de la India, y no solo por su deslumbrante belleza. Las posibilidades de alojamiento son muy variadas, desde los suntuosos palacios convertidos en hoteles (tipo Paradores) hasta mansiones familiares donde la tradicional hospitalidad de los Rajputs se expresa de manera más íntima y cálida.

Rajastán está atravesado en diagonal por la cordillera de los Arawalli, cuya cumbre más alta es el Monte Abu, que culmina a 1770 metros. Hacia el oeste se extiende una zona de estepas áridas, el Marwar, que se prolonga hasta la frontera pakistaní por el desierto del Thar, conocido como el Pais de la Muerte. Es la zona de las caravanas que enriquecían a los comerciantes de Jaisalmer, Bikaner y Jodhpur. Es una tierra árida, pero llena de encanto. Estuvimos acampandos en el desierto, a cuatro horas de Jodhpur, en lo alto de una duna desde donde se divisiba el pais de los Bishnois, una auténtica revelación, lejos de las rutas trilladas por los turistas. Si la mayoría son cultivadores y ganaderos, su peculiaridad se basa en el respeto de 29 reglas de vida (bishnoi significa 29), consignadas en un libro por su maestro espiritual, Jambhoji, en el siglo XVI. La regla 22 dice : "llegado el caso, un bishnoi tiene que ofrecer el sacrificio de su vida para proteger a los animales y a los árboles". Esta población era una casta baja que se rebeló contra el Maharajá de Jodhpur cuando este ordenó talar un immenso bosque de su propiedad. Los bishnoi iniciaron una rebelión pacífica, cuya acción más famosa fue la de atarse a los árboles para impedir la tala. A muchos les costó la muerte. La leyenda dice que el Maharajá, al enterarse, mandó detener la tala y fue en persona a pedir disculpas a los demás.

Los Bishnois representan algo casi único en el mundo, un movimiento de defensa del medio ambiente surgido de una rebelión popular. Al salvar el bosque, los bishnois dejaron de ser intocables ; su victoria les granjeó el respeto de otras castas. Hemos recorrido el desierto a bordo de vehículos todo terreno para visitar las aldeas de este pueblo tan singular. Hoy son una comunidad rica porque son propietarios de sus tierras desde que el Gobierno se las cedió después de la independencia. La existencia de su libro santo, el Sabat Whani, único entre las comunidades hindúes, da prioridad a la preservación y la protección de la naturaleza, de manera que es habitual ver antílopes pastando apaciblemente en los alrededores de una casa bishnoi. Entre las 29 reglas, muchas tienen que ver con la higiene personal, de manera que los Bishnois son el pueblo más limpio de la India. Beben agua filtrada para evitar tragar insectos, no cortan árboles vivos ni matan animales bajo ninguna circunstancia (la castración está prohibida, no tienen bueyes). Los hombres visten de blanco, permiten que las mujeres se divorcien y se vuelvan a casar, disponen de una caja común para financiar sus propias escuelas, asumen el cuidado de sus minusválidos. Son vegetarianos y no fuman, el único vicio que se permiten es el consumo de pasta de opio mezclada con agua, lo que constituye un relajante más que un alucinógeno. Charlando con ellos en el patio de adobe de sus casas, tenía la impresión de encontrarme en la cumbre de la civilización, con C mayúscula. Allí había hombres, mujeres y niños viviendo en perfecta armonía con su entorno. Un grupo de gente que ha desterrado la violencia, y que se ha organizado alrededor de unos principios tan sencillos como poderosos. Sus casas son el reflejo de esa armonía: son de adobe de estiércol (un insecticida natural), limpísimas, con dibujos en las paredes, habitaciones redondas alrededor de un patio donde juegan los niños y picotean las gallinas. El agua se conserva fresca en botijos de tierra. El aire es seco, huele a humo, al sudor de los animales y a las especies que usan las mujeres para sazonar los guisos.

El desierto de Thar llega hasta la misma ciudad de Jodhpur, como si la arena lamiese las murallas de su fortaleza. Es una ciudad color añil dominada por un impresionante palacio fortificado, símbolo del poderío de sus príncipes, (excelentes jinetes que dejaron al mundo su pantalón, el famoso jodhpur). El fuerte es todavía propiedad del Maharajá, que lo ha transformado en un gran museo compuesto de varios palacios, repletos de esculturas, de pasillos interminables, de curiosas perspectivas que dan a patios secretos. La visita es un viaje a la India de leyenda, al corazón de una civilización que llevó el arte de vivir a altísimas cotas de refinamiento. La colección de palanquines reales es sorprendente, como lo es tambien la sala donde están expuestas las cunas mecedoras y las monturas de elefantes. Desde las murallas sube el murmullo de la ciudad vieja, del mercado donde se codean todos los oficios de la India : vendedores de ropa usada, dentistas ambulantes, campesinos en cuclillas junto a sus puestos de verduras, sastres, herreros, carpinteros, joyeros... Hay un mercado de especies que no ha debido cambiar mucho desde el siglo XII: montones de esencias de todos los colores –polvo de azafrán ocre, de cúrcuma amarillo, de chile molido rojo- entre los que pasean cabras, vacas y camellos. Jodhpur es de cuento. Como lo es tambien el hotel cuya excéntrica silueta aparece en la lejanía. El Umaid Bhavan fue el último sueño del último maharajá, un palacio extravagante construido en los años treinta por un hombre que no supo adivinar que los tiempos estaban a punto de cambiar. Conviene ir a la terraza del hotel a contemplar el atardecer sobre el fuerte y la ciudad, y tomar algo mientras una orquesta de música clásica india, en el cespéd y entre buganvillas, desgrana melancólicamente una raga o un ghazal.

En la punta meridional de los montes Aravalli, no muy lejos de Jodhpur, una carretera serpentea durante 20 km por la ladera del Monte Abu, en cuya cima se encuentran bellísimos santuarios jainistas. El jainismo es una religión que cuenta en la India con unos 7 millones de fieles y que nació casi al mismo tiempo que el budismo. La carretera atraviesa bosques de bambúes, de mangos, de palmeras. Los monos, sentados al borde del asfalto, parecen observar con interés la circulación de los numerosos vehículos que suben o bajan. Monte Abu es tambien un lugar de vacaciones ; la altura permite huir del calor a veces infernal de la llanura. Arriba, los cinco templos que componen el conjunto de Delwara son auténticas maravillas de mármol labrado tan finamente como el encaje, con estatuas que representan lo mejor del arte jainista. Es un trabajo que los mecenas del siglo XI supieron obtener de sus artesanos retribuyéndoles en función del peso del polvo que extraían del mármol. La leyenda cuenta que fue en el Monte Abu donde, hacia el siglo VIII, se oyó hablar por primera vez de los Rajput, estos ‘hijos de reyes’ que acabarían dando su nombre a la región. Esta sociedad aristocrática y guerrera apareció en la escena de la historia cuando el Islam llegó a la India. Los rajput han sido los defensores de la fe hindú contra los mogoles musulmanes. Su leyenda se forjó alrededor de héroes guerreros y de un indefectible código de honor. Fueron sus reyes quienes erigieron estos grandiosos e inexpugnables fuertes que siembran el paisaje de Rajastán. Dentro de estos fuertes, como en el de Jodhpur, levantaban palacios de inimaginable exquisitez para sus cortesanos y sus mujeres, que a su vez se dedicaban al mecenazgo de los artesanos de la ciudad. Los rajput tenían fama de vivir con pasión. Eran estetas y ningún detalle, por pequeño que fuese, escapaba a su atención: desde los vestidos o las joyas hasta los palacios, la música o el baile, desde las cortes conocidas como durbars donde la justicia se impartía con inusitada rapidez, hasta la celebración de festivales que eran al mismo tiempo fiestas populares y espectáculos religiosos. La tragedia de los rajputs es que acabaron sucumbiendo ante la invasión de los mogoles musulmanes.

Los muros derruidos de Chittogarh –el fuerte de Chittor, una masa sombría que se alza en medio de una llanura- hablan de coraje y de muerte. Aquí se lanzaron a la hoguera las mujeres de los militares rajputs que no pudieron contener el ataque de los mogoles. Al cometer el ritual del sati, por el cual una mujer hindú se lanza a la pira funeraria de su marido en señal de duelo, se convirtieron en héroes populares. En un pais tan apegado a sus tradiciones, el ritual todavía subsiste en las aldeas, aunque está prohibido por ley. El día que visité Chittogarh coincidí con un centenar de alumnas de un colegio femenino. Entre los vestigios del palacio, mientras contemplaban el escenario de este martirio lejano, hoy descuidado y silencioso, las niñas no conseguían disimular su emoción, y algunas hasta lloraban.

Si el monumental Chittorgah impresiona por el aspecto trágico que evocan sus ruinas, Udaipur, 116 km al oeste, es una de las ciudades mas fascinantes –y más románticas- de la India. Es de esos lugares donde uno no se cansa nunca de regresar. Después de recorrer tierras áridas, Udaipur surge como una joya centelleante, con fondo de colinas recubiertas de vegetación, árboles frondosos de largas hojas verdes, lagos cercenados por diques de mármol, palacios blancos que se reflejan en las aguas turquesa y esmeralda. Aquí no existe una plaza fortificada que evoque un pasado guerrero, sino los mas refinados palacios, entre los que destaca el “City Palace” que mide cerca de 500 metros de longitud y cuyo interior forma un immenso dédalo de salones, de escaleras, de patios, de jardines y de azoteas. Una parte alberga un museo excepcional, otra la ocupa la familia del actual Maharajá (que aquí lleva el título de Maharana), y la tercera ha sido transformada en un maravilloso hotel, el Fateh Prakash. Decorado con muebles antiguos, ha conservado todo el sabor del palacio que antaño fue. Desde las habitaciones que dan al lago Pichola, tumbado en la cama, se puede ver el antiguo palacio de verano de la familia real, otro edificio de ensueño, blanco, una isla en medio del lago. Hoy es el hotel más conocido de Asia, el “Lake Palace”. Se accede a él desde el muelle del palacio, en barcas que están todo el día yendo y viniendo. Como en otras partes de la India, aquí el Marahana Arvind Singh Mewar lucha por convertir la suntuosidad de sus antepasados en un negocio moderno y rentable. No es fácil porque los edificios son vetustos, enormes, llenos de recovecos y de objetos que necesitan atención, reparaciones constantes y frecuentes inyecciones de capital. Todos estos reyes sin reino desde que en 1971 Indira Gandhi les despojó de sus privilegios, se han tenido que convertir en hombres de negocio, ellos que consideraban el dinero como una vulgaridad. Están todos en la misma situación, intentando sacar rentabilidad a su pasado gracias a la industria turística. Pugnan por no tener que venderlo todo a una cadena hotelera internacional o a un grupo financiero indio. Saben que ellos son los mejores garantes de la tradición. ¿Quienes mejor que ellos van a cuidar de los tesoros acumulados por sus antepasados? Y son tesoros que harían palidecer de envidia a muchos museos occidentales. En una parte del hall del hotel Fateh Prakash, el maharana ha montado el “museo de cristal”, una soberbia colección de vajillas antiguas y de objetos de cristal tallado importados de Europa a principios del siglo pasado. Del parque automovilístico de su abuelo sólo le quedan tres Rolls Royce, dos mercedes 1930, un Oldsmobile descapotable, un Bugatti, un Daimler, dos MGA rojos y varios Morris que un mecánico se afana en reparar porque van a formar parte de un nuevo museo del automóvil en la ciudad, lo que supondrá otra fuente de ingresos para las arcas exhaustas de este rey sin trono.

Udaipur no es solamente sus palacios; la ciudad vieja es muy india, con sus callejuelas polvorientas, sus templos fastuosos, sus casitas encaladas con el umbral pintado de añil, sus arcos moriscos, sus porches con la arquitectura de estalactitas típica de los templos hindúes, sus plazoletas deslumbrantes de color, donde corretean niños semi-desnudos, los destellos en las ánforas de bronce y de latón que las mujeres llevan en sus cabezas, los camellos que te impiden pasar por las calles estrechas... La modernidad tambien ha llegado al corazón de esta casbah medieval: proliferan los rótulos “e-mail” o “internet cafe”. Son una simple habitación a pie de calle donde por supuesto te traen un té nada más sentarte frente al ordenador. Conectarse con el mundo entero desde estas callejuelas que huelen a plasta de vaca, a azafrán y a comino produce cierta sensación de placer. Mientras contestaba a mi correo electrónico, se oscureció la pantalla por la sombra de dos enormes elefantes que pasaron en ese momento por la callejuela. Era fantástico: dos milenios de distancia separaban el ordenador de los elefantes, y sin embargo allí estábamos, a dos metros los unos de los otros –y funcionando. Es la magia de la India.

Después de tanta ciudad blanca, después de cruzar un campo desértico hacia el norte, se llega a la ciudad rosa, la capital del estado, Jaipur. En 1670, el Marajá Jai Singh II, abandonó la antigua capital de Amber y mandó al pueblo construir una ciudad nueva, una ciudad que había vislumbrado en sus sueños de opio, en los cuentos persas o en las leyendas védicas. Es una ciudad nacida del capricho de un individuo, como si hubiera encargado un traje, una joya o un turbante. El maharajá confió los planos de la nueva ciudad a un sacerdote bengalí que conocía todos los secretos de la arquitectura sagrada. Así, la ciudad se dividió en nueve barrios, número tradicional de la astronomía hindú. El pueblo se puso manos a la obra y Jaipur surgió como por encanto, grande y espaciosa, con avenidas largas y rectas, algo inhabitual en la India. En seguida suscitó la admiración de los europeos que la descubrían, y eso que todavía no era ‘la ciudad rosa’ de los folletos turísticos. Fue pintada de su famoso color en 1876, para celebrar la visita del príncipe de Gales. Hoy todo sigue siendo color rosa: las casas, los arcos, las cúpulas, los minaretes de las mezquitas. Era una ciudad maravillosa, la quintaesencia de oriente. Hasta hace muy poco tiempo, -y todavía de vez en cuando- se ven por las calles elefantes nupciales enjaezados de rojo y oro; camellos con tatuajes negros de henna , el cuello estirado como el de los pollos desplumados; burros grises con ojos color rosa, caballos de todo tipo, sobre todo yeguas blancas que sirven para las procesiones nupciales, montadas por jinetes que parecen héroes de cine o figurantes de opereta. En las abigarradas calles, desfila un flujo incesante de hombres y mujeres, príncipes y mendigos, vestidos de seda o en harapos, todos exhibiendo turbantes, saris y trajes que forman un auténtico festival de colorido, como si el pueblo tomase así su revancha sobre el único color impuesto por el maharajá del siglo pasado. Pero Jaipur es una ciudad que cambia a velocidad de vértigo. En los diez últimos años, el aumento del tráfico rodado ha transformado la fisionomía, y sobre todo ha alterado su ambiente. Se ven muchos menos animales que antes, la contaminación está a la altura de las grandes metrópolis indias. Ya no es esa ciudad casi rural cuyo ritmo latía al son de otra época. Jaipur es una ciudad de dos millones de habitantes, próspera capital de un estado de 54 millones de personas. Sigue considerada como la capital mundial de las joyas y de las piedras preciosas, con cerca de 40.000 talladores de piedras. Y tiene una vitalidad desbordante. En la calle de los canteros, en el bazar de los tejidos y en el mercado de las flores, multitud de pequeños artesanos fabrican de todo, desde juguetes de madera hasta piezas para la industria aeronáutica. Hay mucho que ver, desde el observatorio astronómico fundado por un maharajá enamorado de las estrellas y que dio a la ciencia una contribución reconocida por las sociedades occidentales, hasta el Palacio de los Vientos, una intrigante fantasía arquitectural que permitía a las mujeres contemplar el espectáculo de la calle sin ser vistas ; desde el Museo del “City Palace”, palacio del actual maharajá que ocupa una séptima parte de la ciudad del XVIII hasta el fuerte de Amber, a ocho km. de la ciudad, donde existe el único parking de elefantes que he visto en el mundo.

Jaipur es tambien conocida en la india como la ciudad de la medicina. Nueve mil médicos viven alrededor del enorme hospital Sawai Mansigh, que forma el núcleo central de un complejo que comprende una facultad de medicina, una de farmacia, varias bibliotecas y hasta una oficina de correos propia. Una experiencia inolvidable es visitar el hospital a las nueve de la mañana, en pleno barullo. Parece que hubieran millones de personas pululando por los pasillos sucios y escuálidos del hospital. Es una visión de otro mundo, de ese tercer mundo del que tanto se habla y que los viajeros apenas ven. No se puede olvidar que Rajastán es uno de los estados menos industrializados de la India, con una carencia crónica de energía eléctrica, y con una tasa de alfabetización del 38%, penúltimo puesto entre los estados de la Unión. En el fondo del hospital, como un símbolo de la lucha contra la pobreza y la marginación, está el taller de ‘Pies de Jaipur’. Fundado por un médico que pasó cuarenta años de su vida profesional intentando ayudar a que sus pacientes, en su mayoría pobres minusválidos de zonas rurales, volviesen a caminar, este taller fabrica la prótesis mas barata del mundo, ‘el pie de los pobres’. Su inventor es el Dr Sethi, vive a tres cuadras del hospital y siempre que voy a Jaipur voy a visitarle. Gracias a su ingenio y a su tenacidad, y gracias tambien al talento de los artesanos de Jaipur que aceptaron colaborar con él, hoy en día hay cientos de miles de pobres de Asia y Africa que se tienen en pie. La revista Time eligió a Sethi como uno de los héroes de la medicina del siglo XX. El viejo doctor conoce a fondo los problemas de su pais. Cuando le vimos en el mes de diciembre 1999, estaba preocupado. Nos dijo que llegan a su consulta decenas de niños que han sido vacunados de polio, y que sin embargo han desarrollado la enfermedad. Resulta que la campaña de vacunación masiva impulsada por el Gobierno y la OMS no ha funcionado. Estaba basada en la vacunación por vía oral, para lo cual es imprescindible mantener la cadena del frío, y eso ha sido imposible en la India donde no existen las infraestructuras necesarias. Resultado: la vacuna ha sido ineficaz. La polio sigue haciendo estragos en la India.

Pero Sethi tenía tambien buenas noticias aquel día. Ha conseguido que una empresa del Estado de Kerala fabrique ‘Pies de Jaipur’ de manera industrial y masiva, para mandarlos a los talleres repartidos por el mundo: Afganistan, Camboya, Angola, Nicaragua etc ... Es un proyecto sin ánimo de lucro que ha sido promovido y financiado por una organización humanitaria española, la Fundación Heres de Barcelona. Serio, amable y brillante, a sus casi ochenta años el Dr Sethi sigue trabajando incansablemente. La India produce este tipo de personajes, mas grandes que la vida misma –Gandhi era uno de ellos. Esta es seguramente la mayor riqueza del pais.

El contraste entre el hospital público de Jaipur y el Rajastán Polo Club no puede ser más crudo. En una tarde soleada, fuimos invitados a asistir a un partido de polo en elefante, y a otro de polo a caballo, los deportes favoritos de la aristocracia india. La frase de Kipling “Dios creó a los maharajás para dar un espectáculo al mundo” sigue tan vigente como antaño en el césped del club mas selecto de Jaipur. El maharajá Bawani Singh no llevaba turbante, iba vestido con blazer y zapatos de Gucci, daba órdenes por un walkie-talkie para que no se retrasase el partido. Y es que la mayoría del público había pagado una substanciosa suma para contagiarse, aunque sea durante un par de horas solamente, de las glorias del pasado. Una orquesta de gaitas escocesas formada por músicos tocados de elegantes turbantes inauguró el partido. No faltó brillo, ni fasto ni emoción en este ‘revival’ de una época que ya no volverá.

El Rajastán es todo esto y mucho más. El este de los montes Aravalli, protegido de las tormentas de arena por las montañas, es la parte más fertil. Para los amantes de la naturaleza, el Parque Nacional de Ranthambor, creado en 1955 en una zona semi selvática para proteger la supervivencia del tigre, es un lugar que tambien parece fuera de este mundo. Una immensa fortaleza rajput, en cuyo interior hay templos en ruinas, palacios y cenotafios aprisionados por raices de ceibas gigantescas, domina el parque desde lo alto de un promontorio. Parece que en cada momento va a surgir Indiana Jones entre la maleza. Abajo, entre colinas cubiertas de vegetación y lagunas de aguas plateadas, se pueden ver ciervos, antilopes, osos, chacales, cervídeos, jabalíes y, si hay suerte, algún tigre al amanecer.

La meca de muchos viajeros es el extremo oeste de Rajastán, Jaisalmer, la ciudad que prosperó por encontrarse en la ruta de las caravanas. Tiene el encanto de las ciudades del desierto, y además suntuosas havelis, ricas casas de familia con balcones y miradores de madera labrada que son el orgullo del oeste de la india. A mi parecer hay demasiados turistas, pero es fácil escapar del bullicio y perderse en el desierto unos días, en camello, y pasar las noches bajo el cielo estrellado, escuchando música y disfrutando de las danzas tradicionales de los pueblos de Thar.

Cerca de Bikaner, hay templos llenos de ratas que trepan a los hombros de los sacerdotes y corretean entre los pies de los visitantes, otros en cuyos bajorrelieves están esculpidas escenas eróticas de un realismo sorprendente; hacia el este está la espléndida ciudad abandonada de Fatepur Sikri. Por todo Rajastán, donde dicen que hay tantos dioses como leyendas, hay celebraciones a lo largo del año. Rajastán es una caja llena de sorpresas, es una fiesta continua para los sentidos. Y es tambien la mejor manera de hacer saltar por los aires los prejuicios que muchos occidentales tienen sobre la India. Porque Rajastán es sobre todo su gente: hombres, mujeres y niños cuya dignidad y generosidad no cesan de sorprender. Me acuerdo de un mendigo en harapos, tirado en una callejuela de Jaipur, muerto de hambre. Le compré un samosa (una empanadilla) y se la di. El hombre me dio las gracias sonriendo, partió la samosa con sus manos y ofreció la mitad a un perro sarnoso que hurgaba en las basuras. Eso es la India, una lección perpetua. Un pais que consigue cambiar a los que lo conocen. Y el Rajastán, su mejor puerto de arribada.




 

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