ovind Dasi apenas tiene una vaga noción de los años pasados aunque tampoco es mucho lo que recuerda: se casó con 12 años en su poblado natal en la afueras de Calcuta, enviudó a los 14 cuando su marido adolescente murió de tuberculosis y fue obligada a trabajar sin cobrar como criada para su suegra durante 30 años. Hace unos 15 años, desesperada y sin dinero, se subió a un tren para viajar 1000 millas hacia el Oeste hasta Vrindaban, la ciudad santa que durante los últimos 500 años ha sido punto de convergencia para las viudas de la India.Si Govind no recuerda exactamente cuánto tiempo estuvo allí es, en parte, porque es analfabeta y por culpa de una vida hecha de recuerdos deshilvanados. Como las demás viudas que emigran a esta céntrica ciudad de la India, todos los días al alba, se pone en camino hacia uno de los 4.000 templos hindúes, donde se une a los cantos en honor a Krishna. Su nombre, Dasi, "sirviente" en Hindi, es adoptado por todas las viudas para mostrar así su devoción religiosa. Junto con la pobreza, el analfabetismo y la malnutrición, muchos hindúes consideran la lamentable situación de los 33 millones de viudas hindúes como una de las más oscuras manchas de la conciencia nacional - una de las que 200 años de activismo y legislación social han conseguido borrar ligeramente. Según Uma Chakravarty, sociólogo de la Universidad de Delhi, ser viuda en la India en los años 90, y a la vez pobre, es todavía sufrir "una muerte social". La raíz del problema reside en lo que los sociólogos hindúes denominan residencia "patrilocal" - costumbre de las novias hindúes a emparentar con las familias de sus prometidos, llegando a romper lazos en su mayoría con las suyas propias. En muchos casos, especialmente cuando quedan viudas tempranamente, la mujer queda a merced de sus parientes políticos, cuyo principal interés tras la muerte del marido es el librarse de tener que cargar con el sustento de la viuda. |
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Pero, como muchas de las viudas de Vrindavan´s, Govind no está dispuesta a lamentar su destino.
"Ocurra lo que ocurra, es nuestro karma", dice cuando se refiere a la creencia hindú de que el destino en esta vida, viene condicionado por las acciones buenas o malas en vidas anteriores. "En cualquier caso, si decimos que sufrimos, ¿a quién le importa? Seguiremos solas, y siempre nos quedará una única solución: rezar a Dios. Es nuestra vida, y tenemos que vivirla, y esperar lo mejor para la siguiente".
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Cuando no están cantando en los templos, la mayoría de las 5000 viudas viven solas, sin familia, a menudo sin techo propio y sin más ahorros que las pocas rupias que guardan entre los pliegues de sus saris. Muchas llegan por propia voluntad escapando como proscritas de las miserias de la vida en sus poblados nativos, como hizo Govind. Otras fueron traídas por sus familias con el pretexto de peregrinar para luego abandonarlas. Para la mayoría, la supervivencia está asegurada gracias a nimias raciones de arroz y lentejas que se reparten en los templos, acompañadas de una ridícula paga de 2 rupias - cerca de 5 céntimos- por cantar cuatro horas por las tardes, después de las cuatro horas de los servicios de canto religioso de la mañana. Algunas duermen en huecos de escaleras, en galerías o en improvisados refugios, utilizando viejas esterillas de yute o ropa usada como ropa de cama. |
Incluso aquellas que pueden permitirse una habitación como refugio viven con miedo al desahucio. Sus caseros ansían tomar parte en el boom inmobiliario promovido en gran medida por los jóvenes occidentales que acuden por millares a la ciudad como devotos de Krishna.
Para las viudas más jóvenes - algunas prácticamente quinceañeras pese a que las leyes prohíben el matrimonio entre niños - existe la amenaza adicional de verse obligadas a mantener relaciones sexuales con caseros, conductores de rickshaws, tenderos, policías e incluso hombres religiosos hindúes.
Dicha práctica también ha formado parte histórica de la vida de las viudas. La tradición de mantener relaciones con otros hombres de su familia política, o comerciar con su sexo, estuvo en su tiempo tan extendida que en Hindi, la palabra "randi", viuda, llegó a ser sinónimo de prostituta.
La vida de Govind es mejor que la de muchas. Al mismo tiempo que canta, trabaja como costurera en un taller, por lo que gana 500 rupias mensuales como suplemento de las 125 rupias que consigue de su pensión de viudedad.
Suficiente para pagar una habitación en las afueras de la ciudad y pocas comodidades más , como una muda de sari en blanco musulmán que es la vestimenta tradicional de las viudas, y un par de sandalias, ya que de otra forma iría descalza. Aún le preocupa lo que le ocurrirá cuando en el futuro sea demasiado vieja para trabajar o ir andando a los templos.
"No soy feliz, pero tampoco soy infeliz", dijo cuando se sentó en el suelo de una de las escuelas-hogares locales donde se reúne con otras doce viudas que acuden para pedir ayuda al director del centro, Kamala Ghosh. Govind continuó diciendo: "Pero cuando pienso en el futuro, entonces me preocupo". Se le quebró la voz, se le llenaron los ojos de lágrimas y dejó de hablar. Luego, se repuso y prosiguió: "De cualquier forma todo es karma, así que ¿de qué sirve pensar?"
La Sra. Ghosh, de 51 años, pertenece a una larga dinastía de activistas hindúes que revive los ideales de Ram Mohan Roy, un reformista del siglo XIX. Uno de los objetivos de Roy fue prohibir la costumbre del suttee, la inmolación de las viudas en la pira funeraria de sus maridos. Fue abolida por un gobernador colonial británico, Lord William Bentinck, en 1829. Pese a la prohibición, la práctica ha sobrevivido, con casos esporádicos de viudas rociándose a sí mismas con gasolina y prendiéndose fuego, ya voluntaria o compulsivamente. Los homicidios de viudas son mucho más comunes. |
![]() Templo de Govinda, uno de los muy numerosos de Vrindavan |
En ambos casos, las causas suelen ser conflictos por propiedades, particularmente tierras. Las viudas se enfrentan a las familias de sus maridos, y en ocasiones, a sus propios hijos e hijas. Esta es frecuentemente la razón de muchas de las miserias que soportan las viudas hindúes en el transcurso de muchos siglos.
La Sra. Goshs se ha ganado la lealtad de las viudas luchando por ellas: contra las órdenes de desahucio de sus caseros, contra los burócratas que aplazan o deniegan sus pensiones hasta que no reunen una gran cantidad de papeleo o han pagan suficientes sobornos, y - lo más difícil de todo - contra todos los que las acosan sexualmente.
Pese a que hay estudios sobre la India que demuestran que la vulnerabilidad sexual de las viudas es un hecho muy arraigado en sus vidas, muchas se muestran reticentes a reconocer el problema por miedo a ser excluidas de los templos o de algún modo condenadas al ostracismo.
"¡No, no!, estamos casadas con Krishna nuestro Señor", dicen a coro las mujeres de la escuela-hogar de la Sra. Ghosh, tras un cruce de miradas, cuando se les pregunta sobre relaciones de sexo no deseado.
La llamada de Vrindaban a las viudas a lo largo de los siglos se ha mantenido siempre en la creencia de que Krishna, la máxima encarnación hindú del dios universal Vishnu, siendo niño jugaba a lo largo del río Jumna y les tomaba el pelo a las niñas que se bañaban en él. Se dice que el mensaje de Krishna a las viudas, se base en parte por esa condición de niño caprichoso y en parte por su encarnación adulta como amante ideal.
Con respecto a la erradicación de los aspectos más regresivos de la antigua jerarquía social hindú basada en castas, aquellos que defienden los derechos de las viudas deben tener en cuenta las antiguas escrituras. Según el Skanda Purana, un antiguo texto hindú, las viudas deben ser evitadas.
Dice el texto: "Las viudas traen la peor de todas las malas suertes. Al mirar a una viuda, ningún buen augurio se avecina; a excepción de la propia madre, todas las viudas están vacías de cosas buenas. Un hombre prudente debe evitar sus bendiciones como el veneno de una serpiente".
Los cambios de actitud avanzan muy lentamente, en particular en los 650.000 pueblos donde viven cerca de las tres cuartas partes de toda la población de la India. A la prohibición del suttee le siguió a finales del siglo XIX otra ley británica que abolía la prohibición hindú de volver a casarse. No obstante, el tabú sobre las segundas nupcias siguió estando muy arraigado.
Otra viuda de la escuela-hogar de Vindravan, Urmila Dasi, de 35 años, que contrajo matrimonio a los 11 años en su pueblo, en Bangladesh y que enviudó a los 14, al principio anhelaba tener otro esposo, pero luego abandonó la idea.
"Soñaba con ello", decía, "pero me dijeron que esta sociedad no lo permitiría y que si lo hacía de todas formas, me convertiría en una paria. Pero entonces sólo era una niña. Más tarde llegué a comprender que si me volvía a casar, se perdería el honor de mi familia ya que nuestra tradición sólo nos deja tener un marido. Si este muere, es sólo porque yo no tengo un buen karma. Y con un mal karma, ¿para qué volver a casarse?"
Desde la Independencia, los gobiernos indios han revisado las leyes hereditarias para afianzar los derechos de las viudas sobre una parte de las propiedades del marido, y han legislado en materia de pensiones. Pero casi todo es en balde, ya que se siguen burlando las leyes. Un estudio descubrió que las leyes hereditarias a menudo servían para entrampar a las mujeres. Las familias de sus maridos intentan evitar la división de las tierras y por tanto las obligan a volver a casarse con algún miembro del núcleo familiar.
Las viejas costumbres significan una doble ruina para muchas de las niñas hindúes. Los padres ansiosos de desembarazarse de sus hijas acuerdan matrimonios desde su infancia y la viudedad las hace nuevamente despreciables.
Govind todavía solloza cuando recuerda lo mísera que se sentía tras la muerte de su marido a principios de los años 50.