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Cuando hablamos de las "casas" de los pueblos, usamos esta expresión de forma bastante generosa, ya que normalmente son recintos que incluyen más de una casa. La madre de familia vive y trabaja dentro de estas paredes, rodeada de sus hijos. Los hombres regresan por la noche. En la primera estancia de puertas adentro, están la vaca o el búfalo y el buey. Las cabras y ovejas de los pastores están en sus rediles, como también lo están los puercos, de los barrenderos. Los agricultores guardan sus aperos y los artesanos sus herramientas en establos, patios o talleres. Si la familia vive de algún oficio, el taller está también incluido en algún lugar del interior.
El grano que procede de las tierras familiares o recibido de los "jajmans"(patrones o cabecillas de las castas) es guardado más lejos, en un granero especial recubierto de piedra, o en grandes vasijas de barro hechas por las propias mujeres y guardadas en la despensa. Otras provisiones de comida se conservan en jarras de varias medidas, hechas por el alfarero y colgadas del techo. El "ghi" (manteca líquida) y otras apreciadas exquisiteces culinarias, se guardan del mismo modo, en recipientes de arcilla cocida, dispuestos en grandes arcones y bajo llave. La ropa, se guarda también en baúles similares. El oro y la plata, en forma de ornamentos o en monedas, se depositan en un lugar secreto, en alguna pared o escondidos en el suelo. No hay ventanas por las cuales se pueda fisgonear desde fuera, y ningún hombre entra dentro de la casa de otro si no es atendido por uno de los miembros de la casa. Las paredes de los que tienen mucho que proteger son altas y gruesas mientras que la de las familias con pocas posesiones, son de poco espesor y descuidadas. Todo está, como siempre todo mundo recuerda, ha estado.
Nuestras casas están expuestas a todo lo que las estaciones nos deparen a lo largo del año. En invierno estamos tiritando de frío todo el día, helados de la mañana hasta la noche. Hace tanto frío fuera de la casa como dentro. Todo el mundo se queja, pero están obligados a soportar este tormento que no cesa. El único alivio posible para el crudo frío, es bailar o saltar, tal como hacen los niños, o envolverse cabeza y orejas, como hacen los hombres, buscar un rincón soleado donde poder sentarse o trabajar en él en el centro del día, o ponerse cerca de un triste fuego de rastrojos que arden, y en la noche cubrirse con un grueso manto de lana. El tiempo cálido es incluso más implacable. No puedes escapar a él. Las casas arden como llamaradas de sol. Una sombra de paja en algún rincón, puede mitigar algo el calor. Las despensas son asfixiantes y las cortinas, si las hubiera, sólo impedirían que corriera el aire y las haría las casas incluso más sofocantes ...
La cortina es una pieza de tela que hay que pensar en que se emplea. Mejor dejar la entrada de la casa abierta, para aprovechar cualquier pizca de brisa, aunque sea polvorienta, y guardar los pedazos de ropa para otros usos más prácticos. En los meses de Mayo y Junio, el único lugar donde los hombres encuentran alivio, es afuera, bajo la sombra de un árbol grande. Así se aprovechan de la poca corriente de aire que se pueda mover y se protegen de un sol, que parece inclinarse para aniquilar hombres, bestias y cualquier criatura viviente.
Los interiores de las casas que mejor conozco, me son tan familiares, que podría decir casi con los ojos vendados, donde se guardan ciertas cosas; donde está la comida de los animales, donde se encuentra el espacio que sirve para cocinar, donde están las puertas de las diferentes piezas de la casa y que es lo que contiene cada una de ellas. Sé, donde duermen las mujeres, tanto cuando hace frío, como cuando hace calor y donde pasan la noche los hombres y los animales.
El mobiliario, todavía consiste en camastros de cuerda o charpoys, y quizás algún pequeño taburete con asiento de cintas tejidas. Estos somieres o charpoys son ligeros, con cuatro patas, un marco de madera simple, y la cuerda que hace que el fondo sea un poco elástico. Pueden cambiarse de lugar fácilmente, sacados de la habitación y colocados en el exterior, o del exterior al establo...
Todo lo que contiene la casa puede ser movido con facilidad, a excepción del pesado pedestal de la cocina. Si no hay suficientes charpoys para todos los miembros de la familia, algunos pueden dormir en el suelo, sobre todo durante la estación cálida o en los bultos de paja de arroz durante el invierno. La ropa de la cama consisten en mantos de algodón para las frías noches o en sábanas tejidas en casa cuando el tiempo es más suave o nada en absoluto cuando hace más calor.
La vida es realmente sencilla. No hay ventanas con cristales que se tengan que limpiar, no hay camas para hacer, no hay platos, cubertería o vajilla que fregar, ni cortinas que lavar ni alfombras o muebles a los que sacar el polvo. Puede haber una mesa en la casa del administrador de correos (como una muestra de prestigio) y sillas o dos o tres casas más. Pero la mayoría de la gente se pregunta, porque tienen que invertir en una mesa no habiendo en la familia, nadie que tenga que escribir. Porque usar sillas siendo el suelo perfectamente cómodo, mucho más que con las piernas colgando del extremo de una silla ...
Al igual que el aspecto físico de las aldeas, la vida de los que viven por sus calles, moviéndose de aquí para allá, ha cambiado muy poco. En los campos se aprecian diferencias, pero no así en la gente que los cultivan. Su trabajo y sus responsabilidades son los mismos que treinta años atrás. Y esto sirve igualmente para los que viven de un comercio o se ganan la vida con algún oficio. Las mujeres del campo, llevan la misma vida rutinaria que llevaron sus suegras antes que ellas.
Cuando por la mañana, saco la cabeza por el umbral de mi casa para ver la salida del sol, puedo divisar las fantasmales siluetas de las "bahus", (las "nueras"), desperezándose de su sueño reciente, cada una con su "lota" (especie de jarrón de latón con base abultada, parecido a una aceitera) llena de agua. Y pienso "si no fuera por la fosa séptica, yo también iría ..." . Un amigo mío llama a estas bahus: "El Club del Amanecer". Salen a esta hora del día en que les es permitido dejar la hacienda y quizás de reúnen con otras bahus. A partir de este momento, hay siempre para ellas, un trabajo que les está esperando.
La harina, tiene que ser triturada con las pesadas piedras de moler, para poder elaborar el pan del día. En nuestra familia, consumimos unas 20 libras (9 kilogramos) de harina diarias. La harina puede ser de trigo, maíz o mijo. Si es de arroz, debe ser molido por dos mujeres, en un cuenco de piedra que hay en el patio, cada una de ellas provista de una maza de tres pies (91 centímetros) de largo y que termina en un abultamiento de hierro. Si hay que cocinar legumbres, también deben ser separadas entre piedras, aunque de una manera mucho más ligera que la harina, y puestas en remojo antes de ser cocidas.
Se tiene que ordeñar a la vaca o la búfala y la leche calentarla ligeramente con terruños de estiércol. El excremento debe ser pues recogido y darle la forma de tortas de combustible para el fuego, o empleado para rebozar las paredes expuestas al sol, o un pedazo de suelo liso. La leche del día anterior ha sido cuajada durante la noche y tiene que ser batida. La manteca se almacena, hasta que hay la suficiente para clarificarla y así convertirla en ghi. Entonces se conserva cuidadosamente en jarras de arcilla. La "chula" (pequeño hornillo), debe ser revestido cada mañana de barro y dejar que se seque antes de ser usado.
La casa y su entorno próximo, deben ser barridos cada la mañana y cada la tarde. Las verduras de la estación, se deben traer todos los días del campo y prepararse para ser cocinadas. Las especias, deben ser molidas expresamente para cada comida sobre una tabla de piedra, con un rodillo de este mismo material. La comida debe hacerse y estar preparada para cuando vengan los hombres, y también tiene que darse a los niños. Si queda un poco de tiempo libre, se emplea para preparar algodón o para hilar. No escatiman esfuerzo en todas sus tareas, ya que el trabajo manual no supone ningún gasto y además se desconocen los útiles que pueden ahorrar esfuerzos o bien se miran con malos ojos, como un lujo.
En cuanto a los niños, todavía son alegres y avispados y sus actividades están fuera de las preocupaciones de sus padres. Los que en la escuela superan el tercer grado, has ascendido hacia el mundo de lo Nuevo. Los que han tenido que quedarse en casa para trabajar, o simplemente están en ella, no son muy diferentes de nuestros hijos o hijas. Inventan juegos que no requieran instrumentos o lo hacen con barro, palos o piedras. Comen cuando tienen hambre o duermen cuando están cansados.
Una tranquila tarde, me senté en un charpoy en casa de los vecinos. Era tarde, pero todo el campo estaba débilmente iluminado por la luz de la luna. En la aldea, siempre estamos muy pendientes de la luna. Uno de los niños de más edad, un chico de diez años, entro corriendo, todavía sin aliento por el último juego, y pidió comida. Su abuela, trajo una hermoso cuenco plano de bronce con verduras, dos delgados pastelitos, y un vaso metálico de leche. Apenas había empezado a comer, cuando su primo, un chavalito de 8 años, también entró y cuando vio la comida, le entró apetito. Su tía se la proporcionó. Justo después, entraron tres más, todos juntos, eran los más pequeños y enseguida se sentaron enfrente del que había pedido la comida. Todos ellos formaron un círculo apiñado de camaradería, mientras las madres y las tías permanecían atentas a ellos, y la abuela sentada al lado supervisando la merienda.
Cuando una de las niñas más pequeñas hubo terminado, vino y dejo caer una de las almohadas a mi lado, donde dormía ya un niño de dos años. Dos más se instalaron en el suelo, apretujados uno junto al otro delante de la puerta de la despensa. Otro se dirigió hacia su abuela y trepó hasta su cálido regazo, aunque ya tuviera un bebé en sus brazos. Los mayores sacaron los libros escolares y empezaron a estudiar en voz alta, bajo la débil luz de una lamparilla de aceite. Pero pronto les venció la somnolencia. Todos se quedaron durmiendo en el sitio donde estaban, hasta que la mujer de esta familia termino con sus labores y se acostó. Después, cada madre, vino a recoger a su o sus hijos respectivos, o al nieto o nieta, y lo instaló junto a su lecho. Yo era la única a la que se permitía que se arropara por mi misma....
Poco hay que decir de los cambios experimentados en la vida de las mujeres de las aldeas. El único importante, es el que atañe a la forma de vestir. Las mujeres que tienen que salir a trabajar, bien en los campos o bien en otras casas, todavía usan las faldas largas tradicionales, muy coloreadas con pañuelos de cabeza de diferentes colores y blusas cortas con mangas. Las que permanecen en sus hogares o hacen una breve escapada a la de sus vecinos, han incorporado lo que se llaman "dhotis". Los hombres, siempre han vestido "dhotis", algunos cortos y otros que les llegan hasta la rodilla. Las mujeres se han vestido y todavía lo hacen con saris, estas extensas telas que destacan por sus graciosas líneas. Los dhotis adoptados actualmente por las aldeanas son una mezcla de ambos, más largos y anchos que los que visten los hombres y más sencillos y más reducidos que los saris. Suelen ser blancos con los bordes coloreados y con la suficiente cantidad de tela para que puedan formarse pliegues delanteros que no dificulten el movimiento y también la suficiente para permitir cubrirse la cabeza.
Nuestras mujeres no suelen ponerse nada más allá de donde termina el dhoti. Es solamente cuando tiene que abandonar el pueblo para ir a visitar a sus padres o ir a una feria, cuando se ponen un sari y enaguas o enaguas y dhoti. Si una mujer ha terminado el trabajo y puede ir a algún lugar de la población, se echa un manto grande de algodón sobre el dhoti, mientras anda por las calles. La mayoría de estos dhotis están hechos de material ligero o se han quedado así por el desgaste después de tantos lavados, y cuanto más calor, más fino éste será. Las jovencitas tienen con él un aspecto encantador, pero no así las más ancianas. El efecto puede no parecer extraño en algunos lugares, pero en nuestra aldea, donde las mujeres son extremadamente modestas, y procuran tener cubierta la cabeza siempre, es llamativo. Generalmente llevan una blusa corta y ceñida debajo de la parte superior del dhoti, aunque no siempre en tiempo de calor. Las mujeres opinan que sus dhotis son mucho más cómodos que los largos faldones, que tienden a bajarse debido al peso. Además no cuestan tanto. Los dhotis se desgastan más rápidamente que las faldas pero, ¿que mujer ve algún inconveniente en comprarse una nueva prenda?. Los dhotis, se pueden lavar en casa con mucha frecuencia, y para hacerlo, no hace falta golpearlos sobre una piedra, mientras que las faldas son demasiado pesadas y voluminosas para ello. Es todavía una costumbre, el regalar un sari a una joven, completo, con blusa y enaguas cuando llega a la edad del matrimonio. Ella lo guardará cuidadosamente en una caja, y sólo lo usará en ocasiones muy especiales.
Aparte de esta innovación, la vida de la mujer en el campo no ha cambiado. Para estas ellas, vivir es sinónimo de trabajar. En las de más edad, se hacen visibles los efectos de los elementos; sus ojos están apagados después de tantos años de haber tenido que inclinarse sobre los fuegos humeantes de sus cocinas, y sus dientes, ya no son blancos, o están desgastados o quizás falten. Las jóvenes, conservan todavía la belleza de su suave piel, el brillo en sus ojos, y los relucientes dientes de su recién terminada infancia. Sus horas de trabajo, son como siempre han sido y con pocos cambios en los sencillos utensilios que usan para llevarlo a cabo.
Algunas ahora, para traer el agua del pozo más cercano, usan cubos de zinc, en lugar de las grandes vasijas de arcilla. Así se disminuye el número de viajes diarios. Y en las ciudades, las mujeres usan ahora cacharros de aluminio o de acero inoxidable, además o en lugar de los de bronce. Sin embargo, las mujeres en nuestras casas, usan jarras cerámicas para el agua o la leche, para la cuajada o para el ghi. Pero para cocinar y servir, continúan empleando exclusivamente el bronce, con excepción de la plancha de hierro para tostar las finas tortas sin levadura y la sartén, también de hierro para los fritos. A diario se emplea todo el bronce, y cada mañana tienen que ser fregadas cacerolas, lotas, cuencos y bandejas. Cuando las esparcen por el exterior para que se sequen al sol, forman una bonita hilera brillante. Las mujeres de nuestros pueblos, se sienten más "como en su casa" utilizando los elementos tradicionales y familiares, que usando los nuevos.
En otra casa en la que estuve, pude deleitarme con lo que nosotras llamamos "chula sin humos". La chula familiar es bajita y en forma de herradura, lo suficientemente grande como para que quepa una plancha o una cacerola. En nuestro pueblo, la chula es mantenida ceremoniosamente limpia y cada día se le renueva la capa de arcilla que la protege. Su principal inconveniente, es que carece de chimenea y el humo va de lleno a la cara de la mujer que la atiende. Los asesores rurales, han estado intentando diseñar una chula que elimine el humo y aún así sea aceptable. Ahora, hay varios modelos disponibles, todos los cuales tienen ventajas sobre la antigua. Además de mandar el humo a la chimenea en lugar de a los irritados ojos, hacen posibles que una olla se vaya cociendo lentamente o se mantenga caliente en la parte posterior, mientras que a la vez, se prepara otra comida en la parte frontal sobre la llama. En el modelo antiguo, sólo se podía cocinar una cosa a la vez.
Un funcionario la había construido él mismo y la había dejado en casa de mi amiga, lista para funcionar. Pero no se había usado. Al principio, la mujer decía que la probaría cuando no estuviera tan ocupada. Luego dijo que la chimenea, que desgraciadamente estaba hecha de hojalata, se había oxidado durante las lluvias, así que la nueva chula se había visto relegada a un objeto inútil. Aunque se les habían explicado sus ventajas, no lamentaron en absoluto su pérdida. Habíamos descubierto por nuestra propia experiencia y la de otras, que en los lugares donde la ortodoxia está muy arraigada, las mujeres se inclinan por la vieja chula humeante, a pesar de todas sus desventajas. Ellas saben que la pueden mantener "limpia" siguiendo con su ritual costumbre, pero dudan que esto pueda seguir siendo así ante el aspecto de la nueva.
El joven funcionario, educado en la ciudad, quedó desconcertado por la desatención prestada, tanto al armario de la comida como a la chula. Este funcionario y el médico, ya habían explicado la importancia de una cortina en el armario, pero la lección parecía haberse olvidado tan pronto como el niño recobró su salud; las moscas eran consideradas como una molestia, pero no como un peligro, y aunque los niños trajeran libros de la escuela y que leían en voz alta, en los que se mencionaban las enfermedades que pueden ocasionar las moscas. Las mujeres estaban demasiado ocupadas con los quehaceres domésticos como para escucharlo. En realidad, la mayor parte de la comida que hay en la cocina, ya se ha cocinado o se mantiene caliente para los que lleguen más tarde. Sobra muy poca para que pueda ser guardada, excepto después de la cena. Por tanto, las moscas no representan un problema para la comida almacenada sino en otros aspectos, como por ejemplo cuando se posan en los platos durante las comidas, o las que se arrastran por los ojos o la boca de las criaturas cuando tratan de dormir. Dadas pues las diversas oportunidades que tienen para aprender, las madres son capaces de establecer la relación entre las moscas y el sufrimiento de sus hijos y aceptan por tanto, su parte de responsabilidad.
En cuanto a la chula, las mujeres prefieren seguir sacrificando sus ojos si es necesario, para salvaguardar la pureza de la comida que preparan para sus familias. Cuando este problema del "ritual de la pureza" sea solucionado satisfactoriamente, la nueva chula tendrá muchas más posibilidades de ser aceptada. En aldeas cercanas a Delhi, donde las relaciones son más frecuentes y la ortodoxia es más relajada, he visto un buen número de chulas sin humos, que desde luego se están usando. Aquí, en el campo, las cosas no van tan deprisa. No es la falta de inteligencia lo que motiva que nuestras mujeres rechacen estos adelantos, la razón es que no están preparadas. Para ellas, se tendrían que sugerir otro tipo de cosas, que fueran inocuas y que las ayudara a descubrir la posibilidad de un cambio. La idea de modificaciones en los útiles domésticos, es todavía muy poco familiar para ellas.
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