epal, un país pequeño y remoto, situado en las alturas del Himalaya, ofrece a los ojos occidentales un aura mística que atrae todos los años a miles de turistas. Sin embargo su realidad es mucho más dura de lo que perciben estos ocasionales visitantes: según el Banco Mundial, ocupa uno de los últimos puestos en el ranking de países por su renta per cápita y es uno de los principales "proveedores" mundiales de mujeres y niñas para la prostitución.
Entre 5.000 y 7.000 mujeres nepalíes llegan cada año a trabajar a los burdeles de Katmandú, Bombay y Delhi. La mayor parte son niñas, muchas con apenas siete u ocho años. La explotación, la pobreza y el desprecio de los derechos humanos han dejado a muchas familias en situación de extrema precariedad, de forma que sólo tienen una mercancía "vendible" para sobrevivir: sus hijas. Sin embargo, estos casos son los menos numerosos, y lo más habitual es que los traficantes sexuales las secuestren o engañen a las familias asegurándoles que van a proporcionar a las niñas un trabajo en India, en el servicio doméstico. Otras, más mayores, se van por su propio pie ante la expectativa de mejorar su situación económica, y la de su familia, trabajando en una casa de clase alta de las grandes ciudades indias. Previamente se ha recibido en su casa una visita de uno o varios hombres que aseguran hablar en nombre de las familias "empleadoras". Además de los burdeles indios, un número considerable de estas mujeres es vendido a países árabes, y las más jóvenes se destinan a pedófilos de clases pudientes que han pagado su compra con antelación.
La realidad que les espera a su llegada es durísima, ya que se convierten en esclavas, y su huida es prácticamente imposible. Primero son obligadas a trabajar gratis para "pagar" los gastos del viaje; luego reciben un salario de miseria de donde deben pagarse su propia manutención. Cualquier asomo de rebeldía es duramente castigado con encierros, privaciones, violaciones y torturas y, una vez que aceptan esa realidad, son obligadas a recibir entre 30 y 40 clientes al día.
Entre las condiciones que han propiciado esta situación hay que mencionar la falta de recursos y de acceso a la educación en la sociedad nepalí, donde la falta de respeto a los derechos humanos se combina con una tradición profundamente machista. En este país, el porcentaje de niñas escolarizadas es un 20% inferior al de los niños, según UNICEF. Algunas organizaciones denuncian, incluso, que prominentes políticos están involucrados en este comercio sexual que genera abundantes divisas. Además, los clientes reclaman cada vez mujeres más jóvenes para evitar el riesgo del sida y otras enfermedades de transmisión sexual. Las niñas entre 11 y 14 años, de áreas rurales, son las más vulnerables a este tráfico: una niña de esa edad puede ser vendida a un burdel en la India por una cantidad en torno a 1.000 dólares.
Todas ellas afrontan un alto riesgo de contraer enfermedades de transmisión sexual: no están en condiciones de exigir el uso del preservativo a sus clientes, por lo que el sida, sífilis, etc., acaban afectando a la mayoría. Cuando los síntomas son evidentes se las echa a la calle, y muchas tratan de volver a su país. Todos los años llegan a Nepal grupos de mujeres que tratan de reintegrarse en su comunidad, pero rara vez lo consiguen, especialmente si sufren de sida, ya que esta enfermedad las condena a la marginalidad. En muchos casos se ven obligadas a seguir ejerciendo la prostitución, por lo que los organismos internacionales creen que el tráfico sexual es la principal vía de extensión del sida en Nepal. Además, muchas de ellas sufren traumas y graves trastornos psicológicos debido a los abusos físicos y mentales.
Ante esta realidad, algunos grupos han comenzado a movilizarse. La organización Maiti Nepal fue creada por un colectivo de profesionales (profesores, periodistas, trabajadores sociales...) en 1993, y trabaja para prevenir este tipo de esclavitud concienciando a las comunidades, rescatando a estas mujeres de los burdeles y ofreciéndoles refugio y educación. También realiza investigaciones para llevar a los culpables ante los tribunales.
Maiti Nepal cuenta con colaboradores en las principales ciudades indias, incluyendo políticos y policías, que organizan rescates de estas niñas en los burdeles. Si se consigue rescatarlas y devolverlas a Nepal, llegan a un refugio en Katmandú donde se les ofrece alimentos y protección. Esta organización nació como una iniciativa personal pero, ante el número de niñas y mujeres que allí llegaron, se constituyó como ONG con el fin de acceder a recursos y poder proporcionarles educación y formación. Ahora recibe ayudas de Nepal y del extranjero, entre otros de UNICEF. El objetivo es lograr su reintegración en la familia y en la comunidad, ofrecerles una formación que les permitirá ganarse la vida y defenderse de los abusos. Cuando esto no es posible por el rechazo social, encuentran allí un lugar para vivir y, en otros casos, para morir. Aquellas que pueden llegar a independizarse reciben una pequeña cantidad de dinero que luego devuelven a bajo interés. Actualmente fabrican productos típicos como tarjetas de felicitación, manteles y juegos de cama pintados a mano, velas, jerseys de lana, etc., que ya han comenzado a venderse en otros países como Japón.
Maiti Nepal ha realizado estudios que indican que en torno a 6.000 niñas entran en este comercio cada año; sin embargo, los informes de la policía muestran que sólo se han denunciado 1.600 casos de desapariciones en los últimos 20 años, y muchas de las denuncias no fueron presentadas por familiares directos sino por vecinos y amigos. ¿A qué se debe? En algunos casos al miedo, y en otros, a una tácita complicidad en la situación cuando los propios traficantes son cercanos a la familia (un hermano, un tío, el padre...). De acuerdo con las declaraciones de las mujeres que han sido rescatadas, en muchos casos el primer contacto con la familia lo realizan personas del propio pueblo que actúan en nombre de estas redes (hombres que trabajan en India y vuelven de vacaciones, mujeres que trabajan en el servicio doméstico...), y que se ganan la confianza de las chicas. Otras veces contactan con ellas en las fábricas, los hoteles donde trabajan, los cines... Los 1.500 km. de frontera entre India y Nepal, escasamente vigilados, hacen el resto, y existen al menos 20 puntos estables de entrada y salida para este negocio. Otras personas implicadas suelen ser personajes influyentes y respetados en las comunidades, que hacen "la vista gorda" mientras los hechos se producen y después exigen una parte del botín. Cierra el ciclo la protección política de la que gozan los traficantes, por parte de miembros del Gobierno y de los partidos políticos.
En el pasado, la lucha contra este tráfico se centraba en el lado de la "oferta", que trataba de evitarse con medidas de lucha contra la pobreza, desarrollo social y fomento de ingresos para las familias pobres. Sin embargo, con el incremento de la demanda, aquellos que pretenden ponerle fin tratan ahora de centrarse en la otra vertiente: la persecución y castigo de aquellos que participan en el negocio, sean traficantes o "clientes", y toda su cadena de aliados.
Las consecuencias de este tráfico son muy graves, no sólo a corto sino a largo plazo: poner un valor monetario a una joven refuerza las disparidades de género y la discriminación; si una niña es vista como una mercancía que se puede vender, tendrá menos acceso a la educación y a los cuidados sanitarios, por lo que a medida que aumenta la demanda, disminuyen sus oportunidades.