
|
No tienen dinero.
No tienen casa.
Están muriendo de sida.
Pero las esclavas del sexo que son rescatadas de los prostíbulos de la India están también indignadas.
Y lucharán contra el tráfico sexual de otras inocentes hasta el día en que se mueran.
<- Esta mujer, fue introducida en el tráfico del sexo por su marido. Ahora tiene el sida. |
on las 6 de la mañana en Kakavitta, Nepal, el sucio puesto fronterizo por carretera entre Nepal y la India, y el calor es ya sofocante. Una sólida línea de camionetas y de coches de varios kilómetros se aleja del control del gobierno, creando una mezcla asfixiante de humos de vehículos y de polvo. En estas duras condiciones, dos mujeres jóvenes que padecen enfermedades terminales, Gita Tamang y Nisha Chettri, se dirigen del coche al camión y del camión a los ciclo-rickshaws, inspeccionándolos durante 12 horas al día, y 7 días a la semana. Paran a todo aquel que viaje con una chica joven que no sea claramente su familia. ¿Qué es lo que están buscando Gita y Nisha? Están buscando a chicas nepalíes en manos de traficantes de sexo, que las venderán en los prostíbulos de mala reputación de Bombay. Con la ayuda de la policía fronteriza, que proporciona la fuerza necesaria, Gita y Nisha separan a las chicas que viajan solas o con un solo hombre, y les entrevistan individualmente para averiguar si sus historias coinciden. (Los traficantes, la mayoría hombres, cruzan a menudo la frontera antes o después que sus víctimas, y se juntan con ellas una vez han pasado los controles de las autoridades).
"Puedes oler la falsedad", afirma Nisha furiosa. "Cuando vemos a una joven que viste ropa nueva, algo que nunca hacen las chicas de los pueblos por falta de medios, o zapatos con los que no está acostumbrada a andar porque siempre ha ido descalza hasta aquel momento, o si parece confundida, la paramos". Si las sospechas de Gita y de Nisha se confirman, las jóvenes son trasladadas a un centro de tránsito para un posterior interrogatorio, y se avisa a la policía de la frontera para que detenga a sus acompañantes traficantes. |
 |
Juntas, Gita y Nisha evitan que hasta cuatro chicas al día sean vendidas a la industria del sexo. La razón de su determinación es también la razón de su éxito: Ellas pasaron años bajo la brutalidad de los prostíbulos indios. El Departamento de Estado de los EEUU estima que más de 2 millones de mujeres -muchas de ellas secuestradas en las regiones cercanas de Nepal y Bangladesh- trabajan como prostitutas en la India en contra de su voluntad.
 Anuradha Koirala (Izq.) la fundadora de Maiti Nepal, cuida a las recién llegadas. |
"Las antiguas víctimas del tráfico pueden reconocer a aquellas con las que se trafica", afirma Anuradha Koirala, de 52 años, la fundadora y directora de Maiti Nepal (que, traducido significa más o menos "La Casa de la Madre"), la organización que coordina ésta patrulla y otras cuatro en la de frontera entre Nepal e India. Con la policía, Maiti Nepal también organiza redadas en los prostíbulos para rescatar a las esclavas del sexo, llevándose a aquellas que padecen sida, como Gita y Nisha, al hospicio de Maiti Nepal, para que allí vivan sus últimos días. |
"No hace mucho tiempo, pesaba 57 kilogramos; ahora he adelgazado hasta los 43", dice Gita, de 20 años, que se contagió del VIH después de estar obligada a complacer hasta 50 hombres al día durante en los tres años que estuvo bajo este servilismo sexual. "Sé que la enfermedad se está apoderando de mi cuerpo. La diarrea es continua, al igual que los sudores y los dolores de cabeza". Gita padece también una dolorosa tuberculosis en los huesos, una complicación de la enfermedad. "Sé que no me queda mucho tiempo", dice Gita, "pero atrapar a los traficantes es mi venganza, la única que tengo."
Salvar a las otras de su propio destino
A Nisha, de tan sólo 20 años, sus colegas le llaman "tigresa", por su ferocidad en las tareas de patrulla. A los 13 años aceptó el trabajo que le ofreció una amiga de la familia para trabajar en una joyería de la India. Fue engañada. "Lo que esa mujer vendía realmente eran chicas", asegura Nisha.
Cuando Nisha llegó al prostíbulo por primera vez, fue encerrada en una jaula durante siete días y le negaron la comida hasta que empezó a servir a los clientes. La jaula de Nisha, como las del resto de chicas, era un cubículo estrecho, sólo lo suficientemente ancho para un colchón pequeño y manchado. Ella se prostituía por menos de un dólar. Era un dinero que nunca veía. Como la mayoría de las esclavas del sexo, Nisha fue vendida por una miserable cantidad -normalmente de 300 a 1000 dólares- y le dijeron que tendría que devolver el dinero de su adquisición para ser liberada. Pero esto nunca ocurre, ya que las esclavas también deben pagar un alquiler, la comida, agua, ropa e incluso sus abortos, en caso de quedar embarazadas.
|
 Anuradha ocupa la calle, enseñando fotos de conocidos traficantes de sexo, algunos de ellos femeninos, a fin de incrementar la concienciación de la población. |
"En el prostíbulo me sentía como un animal enjaulado", dice Nisha. "Lo único que podía pensar era en la manera de escapar". Después de dos años, Nisha logró huir cuando la enviaron a una clínica para una prueba de embarazo. Fue a la policía, que le puso en contacto con Maiti Nepal. Pero escaparse como lo hizo ella es extremadamente difícil. Normalmente sólo hay dos maneras de abandonar el prostíbulo: la muerte o el rescate por una redada de la policía, con la ayuda de una organización humanitaria como Maiti Nepal.
Rescatar a las esclavas del sexo es un trabajo lento y peligroso. Maiti Nepal recibe poca ayuda de la policía -a menudo los propietarios del prostíbulo les pagan dinero- y muchos de sus empleados son amenazados abiertamente por los traficantes. "Ellos desvalijaron nuestras oficinas dos veces, buscando archivos", dice Anuradha. "Saben que reunimos evidencias y que hacemos informes extensos. Si no hacemos esto, la policía no los va a procesar".
A pesar de todos estos obstáculos, Maiti Nepal rescata a varios centenares de esclavas sexuales cada año, llevándose a muchas de ellas a su hospicio, una tranquila finca en la frontera nepalí con jardines y animales de granja. Aun así, para las chicas afortunadas que han sido rescatadas, la vida continúa siendo una lucha. Maiti Nepal intenta localizar a sus familias para que vuelvan a casa, pero a menudo esto es imposible. La mayoría de las jóvenes no salieron nunca del pueblo donde nacieron hasta el día en que se traficó con ellas. A menudo no saben exactamente de donde vienen ni como volver. Incluso si pudiesen volver a su casa, muchas comunidades rechazarían a cualquier persona que tuviera el sida. En realidad, hasta hace pocos años, cuando Maiti Nepal y organizaciones similares empezaron su campaña, incluso el gobierno nepalí era reacio a aceptar la vuelta de las víctimas al país, por miedo a que propagaran la enfermedad.
"Me gustaría ver a mi familia, pero tengo miedo", dice Apshara Pariyar, de 17 años, que fue vendida cuando tenía 14 años y esclavizada durante un año y medio hasta que la rescataron. "Cuando una chica tiene el sida, la gente del pueblo la trata como si fuese más peligrosa que un leproso. Otras chicas han intentado volver a casa, pero sus familias quedan estigmatizadas. Así que la mayoría no lo hacen".
 Interrogando a sospechosos |
Sin el dinero suficiente para comprar los caros medicamentos contra el sida, estas muchachas llegan al hospicio esencialmente para morir. "Vivimos con la pérdida constante de chicas que se han convertido en nuestras amigas", dice Anuradha.
"No hace mucho, dos de ellas y el hijo de una murieron en un intervalo muy corto de tiempo. Caí en una depresión. Me pregunté: ¿cuáles fueron sus errores para ser condenados a morir de ese modo? Lo que pasó no fue por su culpa. Unos disfrutaron con ellas, y haciéndolo, las destruyeron". |
Una vida que nadie merece
Cada una de las residentes en el hospicio de Maiti Nepal tiene su propia historia. "Ahora estoy muerta", dice Pushpa Pana, de 24 años, con un discurso entrecortado. Su cara está ligeramente deformada en la zona donde su mejilla y su mandíbula fueron golpeadas; su brazo derecho cuelga sin fuerza a un lado. "Mataron a la chica que yo era antes", dice.
Hace diez años, Pushpa era una adolescente corriente que vivía en la granja de su padre, en el oeste de Nepal. Entonces, después de una estratagema muy común en la que un traficante "se casa" con una chica ingenua de pueblo en una falsa ceremonia, el nuevo "marido" de Pushpa la vendió a un prostíbulo indio. Allí, sirvió a unos 20 clientes al día durante siete años, contrayendo finalmente el sida y la tuberculosis. También padece una lesión cerebral a raíz de los golpes que recibió cada vez que intentó escapar. La última paliza le dejó inconsciente, sangraron sus orejas y su nariz, mientras que su pierna y brazo derechos quedaron paralizados para siempre, y ahora suele padecer de ataques epilépticos.
Muchas de las chicas del hospicio fueron vendidas jóvenes, pero ninguna tan joven como Jeena Shrestha, que ahora tiene 16 años, pero que sólo tenía 7 cuando la vendieron para el comercio sexual de menores. "Mis dientes de leche empezaron a caer cuando yo ya llevaba ocho meses en el prostíbulo", afirma. Se le diagnosticó ser seropositiva a los 9 años, y no llegó a la pubertad hasta un año después de llegar al hospicio. Como Pushpa, ahora padece el sida en su estado más avanzado.
Jeena, con siete años, acababa de ingresar en el primer curso cuando su jefe la vendió. (Ella había estado trabajando como niñera de un niño pequeño: un acuerdo usual en el Nepal, ya que los niños de tan sólo 6 años son a menudo contratados para cuidar a los hijos de los vecinos). "Me llevaron en un viaje en tren de cuatro días hasta Bombay y me dejaron en un prostíbulo", recuerda Jeena. "Me dijeron que tomara un baño, así me sentiría fresca. Luego me pusieron a trabajar. Los clientes intentaron tener relaciones sexuales conmigo, pero no pudieron porque era demasiado pequeña".
"Grité, di patadas y corrí", dice Jeena. "El gharwali (gerente del prostíbulo) me propinó una fuerte paliza. Me hizo dormir debajo de una cama donde los clientes estaban manteniendo relaciones sexuales".
"Al día siguiente, me sujetaron mientras tres hombres me violaban", dice Jeena, su voz desvaneciéndose. "Me desgarraron y tuve una hemorragia. Desde entonces, cada vez sentía ese mismo dolor".
Al igual que Pushpa, Jeena intentó escapar varias veces. Y cada vez era golpeada duramente y casi murió de hambre con el castigo. "El gharwali me dijo que si continuaba escapando, picaría guindillas picantes y me las metería en mis partes íntimas. Y me aseguró que esto iba a ser una tortura que me haría gritar. Después de cual, me rendí. Tenía 7 años; no podía enfrentarme a esa gente". Cuatro meses más tarde, Jeena fue vendida a otro prostíbulo, donde vivió y trabajó en una jaula. Entonces, un día, se levantó sin sentirse las piernas. Los médicos descubrieron que había sufrido lesiones en el nervio espinal y en la columna tras ser violada por hombres considerablemente mucho mayores que ella. También le hicieron la prueba del VIH. Dio positivo, y también le detectaron diversas enfermedades de transmisión sexual.
Jeena tenía 11 años cuando llegó al hospicio. Pesaba menos de lo que debería pesar y necesitaba ayuda para caminar. Aún sufre del dolor de sus lesiones espinales.
Morir para que los otros puedan vivir
"Las chicas del hospicio han perdido su juventud y su futuro. Se están muriendo antes de haber vivido", dice Anuradha. "Después del infierno en el que han vivido, quiero que vivan en un ambiente tranquilo, con compañía y afecto. Mi sueño es que sean capaces de morir en paz y con dignidad". Viendo a las residentes del hospicio jugando con los hijos engendrados por clientes desconocidos del prostíbulo, niños que, como sus madres, tienen el sida, Anuradha parece haber logrado su objetivo.
Las mujeres más sanas del hospicio participan en campañas de prevención que tienen lugar en diferentes pueblos de Nepal, donde preparan obras de teatro y cantan para contar a padres y a niñas sus historias preventivas. Estos programas de concienciación son la única manera efectiva para difundir el mensaje. En Nepal, la mayoría de la población es analfabeta. Pocos pueblos tienen electricidad, y poca gente puede permitirse comprar el una radio o las pilas para que funcione. En consecuencia, la mayoría de las chicas que acaban en los prostíbulos de la India no han oído nunca hablar del tráfico sexual hasta que son víctimas de ello.
Anita Khadka, de veintidós años, ha participado en numerosas campañas. Pero, mientras Anita ayuda educando, nunca admite que la historia que narra es la suya propia. "Me da mucha vergüenza decirles la verdad. Es demasiado dolorosa", dice. "La gente diría que estoy enferma y que no debería estar allí".
Anita fue engañada cuando viajaba a la casa del prometido de su mejor amiga; las dos mujeres fueron vendidas juntas por el falso novio. El traficante de Anita, que está ahora cumpliendo una sentencia de 20 años fue uno de los primeros traficantes del Nepal en ir a prisión. En 1963 se promulgó una ley para evitar este tráfico, pero hasta que organizaciones como Maiti Nepal no empezaron a moverse y a denunciar, nunca entró en vigor.
|
 |
"Veinte años no son suficientes. Él me sentenció a muerte. Debería obtener lo mismo", dice Anita, que padece de sida. "En el prostíbulo donde estaba vi a dos chicas que se colgaron del ventilador del techo. No podían soportarlo más. Murieron en la India, lejos de sus casas. Y no había nadie que llorara por su muerte".
Anita se ha autoproclamado madre de las niñas huérfanas del hospicio. "Son los hijos que nunca tendré", afirma mientras lava el pelo de una de las 11 jóvenes que baña y viste cada día. Embarazada a los 15 años en el prostíbulo, Anita suplicó para que le dejaran tener el bebé. "Me obligaron a abortar, y me hicieron volver al trabajo tres días después. Sangré durante nueve meses", dice con rencor. "Mi vida está arruinada. Trabajar con los niños me ayuda a olvidar eso, hasta el momento en que un niño o una chica muere aquí de sida. Es muy duro verlo. Sabes que vas a morir como ellos. Pronto te va a tocar a ti".
Y se queda callada por un minuto... Luego añade: "Pero todo sucede por una razón. Quizás esa terrible historia me ocurrió para que yo pueda evitar que les suceda a otras personas".