El príncipe: Todavía no me hables de conocimiento. Háblame mejor del mundo. Háblame de aquellos que son llamados sabios, que dicen tener acceso a las divinidades.
Yajnavalkya: Todo aquel que proclama tener acceso a los dioses, es un hombre de inteligencia vacia.
El príncipe: ¿Y cómo puede ocurrir esto?
Yajnavalkya: Porque los dioses son sólo quimeras de la imaginación humana. La fuerza real, la verdadera fuente del universo reside más allá de la mente y de las palabras.
El príncipe: Bien dicho. Y dime, ¿no es cierto que la mayoría de los hombres llamados piadosos no son sino aspirantes?
Yajnavalkya: Si, es cierto.
El príncipe: ¿Y cómo puedo yo saber si soy un hombre piadoso o un aspirante?
Yajnavalkya: Observad vuestros sueños, príncipe. Si durante el día os consideráis un hombre virtuoso, pero por la noche os sumergís en locas fantasías, seguro que sois un aspirante, ya que al hombre, le es posible controlar sus deseos pero no sus sueños.
El príncipe: Hay engaños entre hombres santos, que aseguran pueden sentir los temores y esperanzas de sus devotos.
Yajnavalkya: Estos hombres pueden atrapar a una víctima, de la misma manera que un pez muerde el anzuelo con el deseo suscitado por un insecto brillante colgado en él. ¿Qué me puedes decir de ellos?
Yajnavalkya: Si estáis dispuesto a ser un pez, entonces merecéis un anzuelo, majestad. La culpa no es del pescador, sino vuestra. El pescador sólo tiene hambre. Vos, sois codicioso.
El príncipe: Yajnavalkya, dices que has venido buscando oro … ¿no es esto contrario a la sabiduría?
Yajnavalkya: Incluso los hombre sabios necesitan un poco de oro para vivir. No vivimos del aire, como a algunos les gustaría que hiciéramos.
El príncipe: Y dime, ¿cómo debo llamarte? ¿cómo maestro divino, cómo gran maestro …?
Yajnavalkya: Llámadme únicamente por mi nombre. No deseo títulos.
El príncipe: ¿Por què?
Yajnavalkya: Ahorradme las vanidades príncipe. En hombres como yo se crean egos enormes con mucha facilidad.
El príncipe: ¿Y que piensas de las mujeres? ¿eres célibe?
Yajnavalkya: ¿Por qué tiene nadie que ser célibe? Me gusta estar en compañía de una mujer.
El príncipe: Entonces, ya que eres tan mundano, ¿cómo puedes ser sabio?
Yajnavalkya: Un hombre sabio puede deleitarse en el mundo sin llegar a ahogarse en él. La sabiduría es esencialmente una actitud, una conexión con la parte más profunda del ser. Ocurra lo que ocurra, el mundo permanecerá siendo siempre el mismo. Es la actitud de uno la que llega a cambiar.
... Silencio ...
Yajnavalkya: Señor, si habéis terminado con el interrogatorio, podéis preguntarme ahora algo realmente importante.
El príncipe: ¿Qué?
Yajnavalkya: Preguntadme como podéis aprender a vivir, a amar, a disfrutar, a volveros de nuevo inocente, a descubrir la verdadera felicidad interior, a conectar con el universo infinito, para llegar al bello estado de “ser”, en el que se acepta cada momento, con gracia y con alegría. Yo vine a enseñaros todo esto… y para llevarme el oro, por supuesto.