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Literatura HindúGRANDES EPOPEYAS:  EL RAMAYANA - Parte 3








 5 - LA AMBICIÓN DE LA REINA KAIKEI

Ocurrió que Indagita, el hermano de Kaikei, la segunda esposa del monarca, llegó a la ciudad de Ayodita a buscar a Barata para que fuera a vivir por algún tiempo junto a su abuelo, Asuapati, rey de una multitud de súbditos indómitos y fieros. Y Barata, acompañado de su hermano Satrugna, dispensó una larga visitar a su abuelo, quien les dio una buena acogida y los trató cariñosamente. Los príncipes recordaban a su anciano padre con añoranza, y éste también pensaba en ellos con nostalgia desde la bella ciudad de Ayodita.

Poco después el rey Dasarata decidió nombrar a su hijo Rama regente del reino, porque, además de ser el primogénito, lo consideraba el más apropiado para llevar las riendas de todos sus pueblos. Su carácter ascético, su destreza en la guerra, el amor a su padre y a su esposa así como su fidelidad en la religión de los antiguos Vedas le convertían en el más apropiado heredero. Cuando el rey sometió a consejo aquél proyecto, todos, tanto los brahmanes como los nobles, prorrumpieron en exclamaciones de gozo, ya que eran conocedores de las virtudes del joven príncipe. Y reunidos en asamblea, con sinceras palabras dijeron así:

Permite, ¡oh rey!, que gobierne tu hijo, el joven príncipe Rama como heredero del reino y como regente, pues no hay otro igual que pueda ocupar tu lugar. Su corazón es un nido de valor y de virtudes y en todo el mundo no hay nadie que sea tan leal consigo mismo, tan fiel cumplidor del deber ni tan amante de la virtud. La verdad guía sus pensamientos y su alma se asemeja a la de los dioses. ¡Jamás ha regresado derrotado de las batallas! ¡Siempre ha tenido para la tristeza ajena lágrimas prontas y oídos atentos! Rama ha ganado todos nuestros corazones, y el de los campesinos y ciudadanos, que hablan de la nobleza de alma de tu primogénito. A los dioses inmortales elevamos nuestras plegarias diariamente para que Rama, el bondadoso, el justo, el generoso, el humilde, el parecido en todo a las deidades, ascienda al trono de su padre.

Y puestos todos de acuerdo, se empezaron los preparativos para la gran ceremonia.

A Dasarata se le llenaba el alma de placer al ver cuán amado por pueblo era su hijo. Y Rama, preparándose para la coronación, ayunaba y oraba. La ciudad se engalanaba para demostrar así su asentimiento y regocijo ante tales acontecimientos.

Juntamente con su esposa, la hermosa Sita, el príncipe Rama pasó la noche anterior a la coronación en el santuario de Naraiana, rogando al dueño de los seres, al que reina desde el principio, al dios Naraiana, que le asistiera con sus consejos. Próxima a él, tendida sobre la hierba sagrada, orando y ayunando, Sita, la piadosa y dulce Sita, velaba.

Al anunciar los rosados rayos de la aurora el amanecer de un nuevo día apareció Rama, vestido con ricas sedas, y dirigiéndose a los brahmanes les anunció que estaba dispuesto para la ceremonia.

Mientras tanto, el pueblo de Ayodita se preparaba para que su nuevo rey contemplara la ciudad adornada como una novia. Las mujeres trenzaban guirnaldas de flores, las doncellas encendían incensarios, los hombres barrían las calles, después de regarlas con aguas olorosas. Miles de árboles fueron plantados para que dieran fresca sombra a la vez que un gran número de lámparas se colgaron de ellos, convirtiendo las calles pequeños jardines multicolores.

La reina Kaikei contemplaba expectante estos preparativos desde las ventanas de palacio. Pero pronto su gozo se trocó en furiosos celos, pues Mantara, aya y criada de la reina, supo inducirle a considerar el peligro que suponía para su hijo Barata la coronación de Rama. Su lengua sutil supo influenciar de tal modo el alma de la soberana, que ésta, sintiendo endurecido su corazón hacia el joven príncipe y contra su esposo, decidió seguir los consejos de la intrigante Mantara, encaminados a conseguir que finalmente la corona fuese para su hijo Barata.

Cuando el rey Desarata fue a reunirse con la joven reina Kaikei, la más bella de sus esposas y la más amada por su corazón, a fin hacerle partícipe de la buena nueva, la encontró en la cámara destinada a los lamentos funerarios, echada sobre las frías losas, con los negros cabellos esparcidos sobre el rostro y llorando con lágrimas desgarradoras. A las demandas angustiadas del rey, sólo respondía con sollozos. Al ver Dasarata que nada conseguía mitigar aquel dolor, alzando su hermoso rostro, le susuró:

¡Amada esposa, la más cara a mi corazón! No dejes en la duda a tu rey y marido: habla para que yo pueda saber cuál es tu pena. ¿Acaso te atormenta algún mal espíritu? ¿O tal vez alguien te causó ofensa? Si es así, yo sabré vengarla. Tan sólo quiero que me digas la causa de tu mal. Habla, que serás obedecida en lo que solicites, pues todas estas tierras están bajo mi dominio y reyes poderosos acatan mis órdenes. Las naciones de las regiones levantinas y de las aguas occidentales del Sindu; los bravos saraustras y los matices belicosos de poniente; todas las naciones de mi inmenso imperio servirán a mi señora, la bella Kaikei. ¡Habla, ordena a tu rey lo que deseas, que tu ira se fundirá como la nieve invernal bajo el rayo del sol vivificante!

Con fatal ligereza había comprometido el monarca su palabra real, pues Kaikei, que no esperaba otra cosa, antes de comunicarle cuál era su deseo, le hizo prometer y jurar con palabras sagradas que no la desatendería. Y por fin le dijo:

Dasarata, mi señor y dueño, has dado tu palabra de hombre y de rey. Que los dioses sean testigos de tu acto. Recuerda, rey justiciero, la guerra en la cual caíste herido por mano enemiga, y Kaikei, con todo el amor puede ofrecer una mujer, supo cuidarte y salvarte la vida. Entonces fue cuando me hiciste la promesa de cumplir dos peticiones mías. Nada te pedí entonces, por no tener nada que desear; pero ahora si que lo voy a hacer y espero de tu real palabra, que no te desdigas nunca de lo prometido. Quiero que los preparativos hechos para la coronación de Rama sean para mi hijo Barata, el que será ungido en lugar de aquél. Y que tu primogénito, vestido con simples pieles, pase nueve años y cinco más en las selvas de Dandaka. Éstos son los deseos de la reina Kaikei. ¡Que mi hijo sea ungido rey y Rama desterrado!.

Al escuchar estas increíbles peticiones, el viejo rey se arrepintió profundamente de haber consentido con tanta ligereza. Pero ni sus ruegos ni su enojo pudieron desviar a la reina de su firme propósito. Antes al contrario, amenazó al monarca de considerarle perjuro de palabra y mentiroso.

Y llegó el momento de la ceremonia. Rama, siempre cumplidor del deber, fue a ver a su padre momentos antes de que comenzara ésta y lo abrazo cariñosamente. Pero lo que se encontroó, fueron lágrimas en los ojos de su progenitor y suspiros de pena en su semblante. Se apresuró a preguntar a la reina Kaikei el motivo de esta pena, si alguien le había ofendido, o estaba enfermo o que cosa le atormentaba tanto como para ni siquiera poder abrazar a su hijo heredero.

Kaikei, a quien no conmovieron en absoluto las palabras del príncipe, con acento frio y despiadado habló así:

Ninguna enfermedad ni pena atormentan a tu padre, querido de todos, sino tan sólo que su corazón amante se rebela a dar una triste noticia a su hijo primogénito. Quisiera comunicarte un mandato, pero su corazón enternecido no puede dominar la congoja. ¡Debes prometer que cumplirás la voluntad de tu señor, aun antes de conocerla! Y ahora escucha. Hace años yo salvé la vida a tu padre, y él, generoso, me concedió dos deseos. Ahora le exijo que los cumpla, pero él se resiste en hacerlo. No debes permitir que por ti, aunque seas muy amado suyo, pueda ser tachado de desleal y perjuro. Si prometes unirte a su mismo voto, yo te explicaré la causa de la angustia de nuestro rey. Pero si por asomo, no quieres comprometer tu palabra por temer desfallecer tu propósito, nada diré.

Rama obedecerá siempre el mandato de su padre sin que su corazón desfallezca –dijo el valiente y bondadoso príncipe- Tanto si es una copa de veneno como fuego o espada, todo lo que el cruel destino ordene... Rama obedecerá libremente a su padre y rey. He aquí mi promesa. Y nunca he de desligarme de ella, pues mis labios jamás han conocido la mentira.





Escucha pues la promesa que tu padre me otorgó y cúmplela tú mismo con tu vida. –Y la voz de la joven reina, fría y aguda, resonó en la sala-. He aquí lo que he pedido a tu padre y rey. Que seas desterrado a lo más profundo de la selva de Dandaka durante siete años y siete más, vestido con simples pieles y cortezas de árbol, y alimentándote de lo que tú mismo seas capaz de cazar o hallar. Vivirás en cuevas o celdas de ermitaño, y en tu lugar reinará Barata, mi hijo, con la riqueza y el honor que te estaban prometidos a ti. Blando es el corazón del rey Dasarata en lo que se refiere a su primogénito, pero por el amor que te tiene debes cumplir su juramente. Él es incapaz de pronunciar ni una palabra, pues la angustia le impide que éstas salgan de su corazón. Exijo tu obediencia.

Rama, con heroica tranquilidad, escuchó la terrible orden de destierro. Después, serenamente, abandonó la sala sin que la pena o la ira enturbiaran su corazón.

Y aquel día, llamado a ser el más feliz para su padre, el día de su coronación al trono, se convirtió en el de su destierro a las selvas y bosques de Dandaka.






 

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