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Literatura HindúGRANDES EPOPEYAS:  EL RAMAYANA - Parte 2








 4 - LAS BODAS DE SITA

En los años de Edad de Oro, había en la antigua India unos reinos, llamados Kosala y Videha, que eran gobernados por reyes sensatos y justos. En Videha reinaba Janaka, fiel cumplidor de las tradiciones de sus antepasados, y el de Kosala desde su hermosa capital de Ayodia era regido por Desarata, así mismo respetuoso con las leyes antiguas.

Con la sabiduría de los antiguos Vedas, Dasarata gobernaba su imperio con la gracia amorosa de un padre. Fiel cumplidor de su palabra, generoso como Kuvera, valiente como Indra, fiel creyente de los dioses, y nacido de la antigua estirpe solar, era muy querido por sus súbditos.

Y como el antiguo rey Manu, padre de la raza humana, Dasarata sabía ganarse el aprecio de su pueblo con sus actos de justicia y amor. Ayodia, altiva, orgullosa y bella, como la ciudad de Indra, se levantaba cerca de las límpidas aguas del rio Sarayú. Los corazones de sus habitantes no conocían la envidia ni en sus bocas asomaban mentiras. Las familias tenían trigo y animales, nadie era pobre allí, pues los vecinos se ayudaban unos a los otros. Las mujeres se cubrían con profusión de anillos y pendientes, guirnaldas de flores y ungüentos perfumados. Sus collares y brazales brillaban con sus relucientes monedas ensartadas.

Los hombres guardaban sus juramentos y las mujeres eran fieles y dulces. Era rara la pasión o ambición por riquezas y en cambio, eran respetuosos con la palabra dada, con sus ritos y con sus escrituras. No faltaba en ninguna casa un altar en donde adorar a los dioses. Los Kshatrias acataban la voluntad de los brahmanes; los vaysyas, la de los kshatrias, y los sudras trabajaban en sus humildes labores con un honrado trabajo.

Observaba cada casta sus ritos con devoción y la nación prosperaba bajo la sabiduría transmitida por sus antepasados. Sus guerreros, que jamás habían mostrado la espalda al enemigo, valientes y vigorosos, defendían las murallas de Ayodia como los leones su cueva. Y como veloces corceles e Indra eran los caballos que venían del Cambodge lejano, de Vanaya, Valika, o hasta de la playa de Sindu, rodeada de rocas. Los elefantes, procedentes de las altas montañas de Vindia o de los bosques profundos y oscuros que rodean la cima del Himalaya, no tenían comparación en cuanto a velocidad y fuerza, siendo incluso más nobles que los engendrados por la raza de elefantes celestes.

Así, la bella ciudad de Ayodia vivía dichosa, bajo el imperio de Dasarata. Cuatro amadas reinas, de gran belleza, hicieron a Dasarata feliz. Kausalia, poseedora de todas las gracias, fue la madre de Rama, el primogénito, leal y virtuoso. Kaikei, joven y bella, engendró a Barata, el juicioso, y Sumitra fue madre de dos mellizos, Laksmana y Satrugna, impetuosos y valientes. La cuarta reina no tuvo descendencia.

Mientras tanto en la ciudad de Mitila, capital del reino de Videha, el rey Janaka creyó llegado el momento de casar a su hija, la incomparable Sita, la de los ojos como la flor de loto. Y así hizo saber a todos los que eran de real familia; que aquel que pudiera doblar el arco sagrado y disparar con él, sería el varón digno de merecer la mano de su hija.

Poderosos príncipes y grandes señores llegaron de reinos lejanos, con la pretensión de doblar el famoso arco de Rudra. Pero, a pesar de sus esfuerzos, nada consiguieron, teniendo que regresar avergonzados a sus países.

Hasta que procedente de Ayodia, la capital del reino de Kosala, llegaron el príncipe Rama y su hermano Laksmana, acompañados de un sabio llamado Viswamitra, quien, con toda dignidad, pidió al rey le fuera concedido al príncipe Rama la prueba de su destreza con el arco maravilloso. Y ante toda la corte reunida, le fue presentado a Rama el arco de Rudra, quien ante el asombro y estupefacción de los presentes, alzó el arco, lo dobló con pasmosa facilidad… tanta era su fuerza que lo partió al tensarlo, desencadenando un ruido formidable, semejante al de un enorme trueno. Tembló la tierra y la montaña vecina se estremeció hasta sus entrañas. Los cortesanos y demás príncipes presentes se desvanecieron, hasta que el rey Janaka, majestuosamente, se dirigió a Rama con estas palabras:

He sido testigo de la proeza maravillosa del hijo de Dasarata. Mi bella hija Sita, a quien la tierra me concedió, y a quien quiero especialmente, gozará de la dicha de tener un esposo que es semejante a los dioses. Y deseo que mi palacio sea honrado con la presencia de tu padre Dasarata. Partid pues mensajeros en su busca, y que acuda acompañado de toda su familia. ¡Hoy es un gran día para la ciudad de Mitila!

La orden fue cumplida al instante, y los mensajeros, tras una larga y frenética carrera llegaron a Ayodia. Allí, ante los sacerdotes y nobles reunidos, transmitieron su mensaje al rey. Dasarata, jubiloso ante la proeza de su hijo, accedió a trasladarse a la capital del reino de Videha, acompañado de su séquito, entre el que se encontraban muchos sabios brahmanes, como Vasista, Vamadeva, Kasiapa y Jabalí, así como los guardianes del tesoro, portadores de innumerables presentes, y valientes guerreros.

A su llegada fue recibido por Janaka, quien acompañado de Rama y Laksmana, salió al encuentro del rey de los Kosalas. Grandes fiestas se celebraron a su llegada y se iniciaron los preparativos de la boda. El día fijado para tal acontecimiento, Dasarata, acompañado de sus hijos y del sacerdote Vasista, acudió al lugar de la ceremonia, en donde esperaba el rey Janaka, junto con las novias.

El sabio Vasista, penetró en el círculo sagrado y, tal como lo prescribían las antiguas escrituras, se acercó al florido altar y colocó las cucharas de oro, los vasos labrados por los mejores artífices, los incensarios olorosos, las copas repletas de miel sagrada, las bandejas de plata y oro, el arroz tostado y el grano sin cáscara distribuidos en bandejas. Después de esparcir la hierba en derredor del altar, Vasista hizo la ofrenda al dios Agni y entonó el sagrado himno del mantra.

Entonces Janaka, tomando a la dulce Sita de la mano, la presentó a Rama, a quien dijo, con la emoción natural de un padre:

He aquí a Sita, mi hija, a quien quiero más que mi vida. Desde ahora será tu fiel esposa, compartiendo contigo la suerte o la desgracia. Quiérela tanto en la tristeza como en la alegría y ten su mano entre las tuyas fuertes, protegiéndola de todo mal. Que mi hija, la mejor de las mujeres, te siga en muerte y en vida, como la sombra sigue al cuerpo.





Acto seguido, y con los ojos empañados de lágrimas, derramó el agua lustral sobre la hermosa pareja.

Después, llevando de la mano a Urmila, cuya rara belleza era pareja a la de su hermana, se dirigió al joven y valiente Laksmana, diciéndole con voz amable:

A ti, Laksmana, fiel cumplidor del deber, amado de los dioses y de los hombres, te entrego mi amorosa Urmila. Tómala como mujer, estrecha su mano y defiéndela; tuya será en muerte y vida.

Y a Barata, el justo, le entregó a su sobrina Mandavi, diciéndole:

Barata, toma a la bella Mandavi por mujer, y que sea ella siempre tuya, en muerte y vida. Conserva su mano y estréchala entre las tuyas fuertes.

La última en ser entregada fue Sruta-Kriti, tan bella de cuerpo como de alma, a quien casó con Satrugna al cual el rey dijo:

Toma la mano de tu esposa, Satrugna, y estréchala fuertemente, pues seguirá siempre tras de ti como la sombra al cuerpo, ya que así ha de ser la mujer fiel para con su esposo. Que comparta contigo suerte y desgracia, tristezas y gozos.

Y los príncipes, asiendo entre sus fuertes manos a sus débiles y amorosas esposas, escucharon el himno sagrado cantado por Vasista, el más santo de los sacerdotes. Luego, como mandan los antiguos ritos, las parejas nupciales dieron la vuelta alrededor del fuego, del viejo rey y de los sacerdotes. Una lluvia de flores cayó sobre ellos y una dulcísima música llenó el aire con sus armoniosos sones.

Finalizada la fiesta, Dasarata, con sus hijos y nueras, regresó a al villa de Ayodia. La hermosa ciudad, adornada con banderas y gallardetes, los recibió al son de los tambores y trompetas, entre las aclamaciones del pueblo. Llovían las flores sobre el camino, canciones de bienvenida se entonaban por doquier las gente llevaban vestidos de gala. Así aclamado por sus súbditos, Dasarata penetró en la ciudad de sus antepasados, entrando luego en su palacio, resplandeciente como el Himalaya.

Las tres reinas, Kausalia, Kaikei y Sumitra, saludaron a las novias felices. Éstas, vestidas de seda y ricamente adornadas, tras aceptar el culto a los dioses domésticos, saludaron a todos los parientes y amigos y se dirigieron juntamente con sus respectivos esposos, a los espléndidos palacios que les estaban destinados.

Y fueron felices los nuevos matrimonios, felices como tan sólo pueden serlo los que, como ellos, son justos, honrados y amantes.

Rama, siempre cumplidor del deber, favorecido de los dioses, profesaba a su anciano padre un amor sin igual, y los brahmanes bendecían al príncipe por su fe en los dioses, mientras que la gente le bendecía por su amor al pueblo.

Dentro del corazón de Sita solamente vivía la imagen de Rama, y en el corazón de éste, en amorosa compensación, solo vivía la imagen de Sita.

Y así los días transcurrieron felices para las reales parejas.






 

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