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| | | | Literatura Hindú | GRANDES EPOPEYAS: EL RAMAYANA - Parte 1 |
El nacimiento de Rama y el Valiente Principe
Ayodhya era una ciudad espléndida a orillas del río Sarayu en el país de Kosala, al norte de la India, fundada por Manú, el "Padre de la raza humana". Poseía anchas calles, grandes edificios, hermosos parques e inexpugnables murallas. La gente del lugar llevaba una vida alegre y placentera pues el rey que la gobernaba, Darasata, se tomaba muy en serio el cuidar de su pueblo.
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El rey Dasharatha tenía tres esposas: Kaoshalya, la de mayor edad, Sumitra y Kekeyi la más joven y la favorita del rey. A pesar de todos sus bienes, el rey Dasarata no era feliz y la tristeza invadía su corazón.
La razón estaba en que deseaba un hijo que no llegaba, necesario para heredar la corona, y él, se estaba haciendo viejo. |
Preocupados todos por ver al rey tan triste, los ancianos más sabios le aconsejaron que invocara a los dioses en una ceremonia piadosa y que solicitara la llegada de un hijo. Se efectuó la ceremonia con la asistencia de nobles de todo el país, y tal como estaba indicado en los libros sagrados se encendió el fuego sagrado.
Durante el transcurso del ritual, del fuego surgió un ser increíble, de tez morena, adornado con prendas celestes y que desprendía magnificencia y asombro. Era Agni, el Dios del Fuego, que emergiendo de entre las llamas, ofreció al rey una copa de oro puro que contenía una especie de leche azucarada, un licor puro, y dirigiéndose al monarca exclamó: "Oh Rey!. Este elixir es el néctar de la vida y fue preparado por los dioses celestiales. Distribúyelo entre tus esposas, y bien pronto serás bendecido con un hijo".
Dasarata quedó muy esperanzado, y tal como le indicó el mago del fuego, dio de beber la mitad del néctar de los dioses a Kaosalya y el resto lo repartió entre Sumitra y Kakeyi.
Y tal como se predijo, las tres reinas se convirtieron en madres. Kaosalya dio a luz Rama, el primogénito, cuyo nombre significa "el más amado". Luego vino Barata, nacido de Kekeyi y después nacieron de Sumitra Laksmana y Satruna, otros dos fuertes varones.
El rey estaba muy feliz con los cuatro príncipes, como también lo estaba todo el pueblo de Ayodya. Los quería a todos, aunque Rama era el preferido y estaba muy orgulloso de él, de tal forma que no soportaba estar lejos de su compañía mucho tiempo.
| Los cuatro, crecieron fuertes y bellos. El mejor amigo de Rama era Laksmana, mientras que Barata se sintia más atraído por su hermano Satruna. Bajo la tutela de los mejores instructores, se convirtieron en excelentes arqueros y cazadores a la vez que aprendieron las enseñanzas de los libros sagrados y la mejor manera de procurar el bienestar para sus súbditos. Respetaban a los maestros y a los mayores, y así se ganaron la estima de todo el pueblo de Ayodya. |
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En cierta ocasión, llegó hasta la ciudad un gran erudito, Visvamitra que solicitó una audiencia con el rey, petición que fue satisfecha con los honores mayores y en la que Visvamitra expuso: "Oh gran rey, estoy muy complacido por vuestra hospitalidad. Tienes la fama de mantener tu palabra y esto es lo que me ha traído hasta aquí.
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Y la razón es los genios maléficos (Raksasas) se interponen en los rituales de sacrificio (Yagnas) que celebro y derraman sangre y carne humanas sobre ellos, de tal manera que invalidan mi ceremonia. Necesito protección y ayuda. Es preciso aniquilar a estos demonios y vuestro hijo Rama es el único que puede hacerlo. Envíalo conmigo y yo sabré recompensarlo." El anciano rey se quedó apenado por esta petición, porque no quería alejarse de Rama, pero finalmente consintió y así su hijo predilecto y Laksmana acompañaron al hombre santo y a sus seguidores.
Una vez que llegaron a las orillas del río Sarayu, Visvamitra empezó a iniciar a Rama en varias ciencias, para impedir la fatiga del cuerpo aún en condiciones extremas. Le indicó que entrara en el agua y que se quedara de pié, con las manos juntas y la cabeza inclinada. Así debía velar durante seis días para preparar su conciencia para la ceremonia.
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Cuando el sexto día llegó a su fin, y cuando concluía la iniciación entre cánticos y oraciones, un estruendo abatió el aire acompañado de una fina lluvia de sangre y carne. Rama comprendió entonces que llegaba su hora de actuar, el momento de la lucha contra los malignos demonios que siempre interrumpían las piadosas ceremonias. Radiante, sin vacilar y lleno de energía, tomó una primera flecha de su carcaj, a la que siguieron muchas más, y con las que abatió a los rakshasas, aquellas diabólicas criaturas que se complacen en turbar los solemnes sacrificios. La leyenda cuenta que la fuerza de las flechas era tal, que los cuerpos de las infelices víctimas eran lanzados a cientos de kilómetros de distancia y convertidos en bolas de fuego.
Se cuenta que camino al país de Matilda, se pararon a descansar en un ashram (monasterio) donde vivía un hombre llamado Gautama junto con su esposa Ahalya, que era extremadamente bella. Era tan hermosa, que Indra, el soberano de los cielos, llegó a desearla y un día en el que Gautama estaba ausente, hizo el amor con ella. Gautama, conocedor del hecho, maldijo a Indra y a Ahalya, a la que convirtió en una estatua de piedra como castigo, pero con la esperanza de que en el futuro, un joven y virtuoso príncipe, podría devolverle la vida. Después de lo cual, Gautama se retiró a un lejano rincón del Himalaya para vivir en penitencia.
Visvamitra relató esta trágica historia a Rama y le convenció para que intentara rescatarla y devolverla a la vida. Rama, siguiendo su consejo, tocó la estatua, y tan pronto lo hizo, está recobró el aliento y la vida. Gautama pudo regresar de su exilio y ambos seguir viviendo unidos de nuevo. La comitiva siguió su marcha y así llegaron al reino de Matilda, gobernado por el rey Janaka, conocido por su bondad.
| Tenia una bella hija llamada Sita, a la que encontró siendo aún una criatura en un campo y a la que crió y educó como a su propia hija. Sita era muy hermosa y era bien conocida en el reino por su temperamento y fuerza de carácter. Cuando llegó a la edad para el matrimonio, Janaka anunció que el pretendiente elegido, debería ser capaz tensar el arco de Siva, que no era por supuesto uno corriente, sino uno enorme y muy poderoso. |
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