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ONGsVICENTE FERRER - Breve biografía


VICENTE FERRER - La revolución silenciosa

Biografía escrita por Alberto Oliveras
Editorial Planeta


Biografía por Alberto Oliveras

En 1965 Alberto Oliveras, director del Ustedes son formidables, un programa radiofónico cuya audiencia arrasaba las noches de entonces, pedía a los españoles ayuda para que un conciudadano, misionero y jesuita por más señas, pudiera seguir cavando pozos en los secarrales semidesiertos del sur de la India, tal como venía haciendo desde ocho años antes.

Vicente Ferrer es un hombre que en, en 1952, pisó por primera vez la India con la intención de recuperar las almas de los nativos para la fe de Cristo. Prefirió empezar por salvar sus cuerpos del hambre y la miseria mediante la construcción de unas granjas agrícolas que nos evocan las reducciones jesuíticas del Paraguay, magistralmente descritas en la película La Misión.

Hoy, a casi cuarenta años de aquel espacio radiofónico, el veterano periodista regresa a las viejas admiraciones, y sirve de relator a lo que no son sino las memorias del antiguo misionero, hoy secularizado, casado y con hijos.

Oliveras parte de los papeles que resumen la trayectoria vital de Ferrer: revistas antiguas, documentos oficiales, álbumes de fotos. En resumen, los secretos de la vida de un personaje digno de Conrad, inclasificable, polifacético y rebelde. El biógrafo lo describe desde su primera juventud, cuando, con 17 años, participó en la Batalla del Ebro en las filas del ejército republicano hasta nuestros días, convertido en apóstol de la casta inferior de la sociedad hindú, los dalits o intocables. En medio su obra inmensa, relatada en casi 250, páginas plagadas de peripecias, dramas, intrigas, situaciones rocambolescas persecuciones, liberaciones y contradicciones, en las que le ocurre de todo, desde ser expulsado de la India en 1969 hasta optar al Premio Nóbel de La Paz o recibir el Príncipe de Asturias a la Concordia en 1998.

En resumen, este libro es una biografía apasionada y apasionante, de un irrepetible personaje convertido de anarquista a misionero que, finalmente, se transforma en el precursor de desarrollo integral en una de las zonas más deprimidas del planeta.



Breve fragmento del libro ...


... / ...

A los pocos meses de mi llegada a Manmad, recibí un legado de diez acres de terreno por parte de una católica angloindia, viuda de un conductor de ferrocarril. Así pude iniciar las obras de la escuela. No se trataba de una escuela cualquiera. Era además internado y, por tanto, había que dividirlo y después multiplicarlo por cuatro. Me explicaré. Había que construir un edificio, dividido en dos áreas, la de niños y la de niñas, y otro ídem que ídem para los intocables y los mahrattas.

Al principio, la única ayuda que recibíamos era la que nos proporcionaba una organización, Chatolic Service, que periódicamente nos mandaba trigo americano.

A mediados de julio, muchos campesinos desesperados por la crisis del campo y la falta de jornal querían emigrar. Yo les retuve.

-Resistid -les dije-. Cavad pozos y os pagaré con trigo y aceite.

Así que en lugar de repartir gratuitamente el trigo, lo convertíamos en trabajo.

Esta iniciativa tuvo un auge tremendo. Paulatinamente se extendió de pueblo en pueblo, hasta expandirse fuera del distrito. La originalidad del proyecto era dar trabajo a la gente y que fuera trabajando sus propios campos.

....

Lo más difícil era que el pueblo entendiese este mensaje de hermandad. Por esto emprendimos una campaña de concienciación por las aldeas, a través de un montaje teatral. La obra se titulaba EL MILAGRO DE DAR.

Entre el auditorio se invitaba a diez campesinos a subir al estrado. Yo les preguntaba:

-¿Tu que necesitas?

Uno decía:

-Agua.

El otro:

-Un pozo.

El problema era el mismo. Yo cogía una rama de un árbol y se la entregaba al primero.

-Toma, supón que esto son diez mil rupias. Imagínate ahora que con este dinero has podido cavar el pozo, tienes agua, puedes regar y asegurar una buena cosecha... ¿Qué es lo que haces ahora?

-Pues lo pagaré. Pagaré lo que debo.

-Y ¿qué me pagarás?

-El doble.

-No -lo atajaba-, yo no quiero el doble. Quiero sólo lo que has recibido, no quiero más.

Acto seguido, pasaba la rama al siguiente y repetía la secuencia, y así hasta el décimo. Al final preguntaba al público:

-Bueno, ahora haced cuentas. ¿Con cuanto dinero hemos empezado?

Y todos a uno respondían:

-Diez mil rupias- repetían.

-Pero ¿cuántos pozos hemos excavado con diez mil rupias?

-¿Diez pozos!

-¿Lo habéis comprendido?

-¿Si! - gritaban.

-O sea, que ahora se han cavado diez pozos y tengo el dinero en mis manos.

Supongamos que el tercero no lo hubiese devuelto, porque es egoísta, ¿qué hubiera pasado? Que los tres primeros tendrían el pozo y los siete restantes, muertos de hambre, hubieran tenido que emigrar.

Nadie ha dado nada. Y como por arte de magia, todos tienen su pozo. Éste es el milagro de dar. Para se rico hay que dar. En cambio, si quieres ser pobre, no des nada a nadie y entonces te quedarás pobre, porque nadie te va a ayudar a ti. Les ponía otro ejemplo:

-Un perro hambriento pasa por delante de tu casa y le das un mendrugo. Viene después un pobre y le das una limosna. Y cuando viene tu hermano, le das de comer, lo vistes, y le pagas el billete de vuelta...¿Qué pasa?... Tú, al pobre, ¿cómo lo consideras, como al perro o como a tu hermano? Escoge.

Y terminaba con una frase lapidaria que hacía mucho efecto:

-¿Qué es lo que encontraré en vuestro corazón? ¿Denara o genara?

En marathi, denara es dar y genara es coger.

Aunque parezca infantil, esto despertó las conciencias. Eran espíritus puros, de una gran nobleza, a los que no se había puesto a prueba.

Se creó un formidable movimiento de solidaridad. Mi relación con el pueblo era íntima y directa. Y tenían en mi una confianza ciega. El nuestro era un estilo humano. Yo, más tarde les decía:

-Ahora tú necesitas una bomba para extraer el agua de tu pozo. No te preocupes. Te voy a dar la bomba. Ya sabes que en el banco van a pedirte firmas, avales, crédito y tiempo. Yo te lo daré sin intereses, sin papeles, sin nada. Yo te creo, me basta tu palabra. Y más todavía: eres libre. Si después no quieres dar nada, no lo des. No te vamos a perseguir. Estaremos decepcionados por tu falta de palabra, eso es todo. Pero yo tengo fe en tí, se que me lo devolverás.

Y la gente no se limitaba a devolver, sino que daba con creces. Al préstamo añadía lo que podía: parte de su tierra, de su cosecha, e incluso joyas. Este excedente se entregaba a los más pobres, para que pudiesen prosperar.

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