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LA INDIA - PerfilesLa desconcertante India



Foto: Carles Romero (Agosto 2002) - Main Street en Bikaner


La desconcertante India


Autor: Antonio Fernandez Garcia   (antonio.fernandez@sema.es)

(Impresiones de un viaje a India de 17 de Enero a 4 de Febrero de 2002)

OMO DICE UN AMIGO MIO, “Cuando no están cubiertas las necesidades básicas, la palabra 'mañana', desaparece del diccionario”. Esto lo he podido comprobar en India. Un porcentaje escandaloso de la población no vive, sino que sobrevive con la caridad de los demás y no pocos esfuerzos. Más de un 40% viven bajo el umbral de la pobreza, y de esos, más de la mitad no cuentan con más de dos rupias diarias, o sea, 8 pesetas de las antiguas para simplemente alimentarse, no hablando ya de otras cosas básicas como la higiene, educación, sanidad,...

Existen varios factores comprometidos en este desastre de país. El primero y más importante es la superpoblación que ahoga cualquier recurso disponible. En un país donde conviven mil cien millones de habitantes (cien menos que China), en un espacio seis veces y media más grande que España, el caos en cualquiera de sus dimensiones, está garantizado. Esta masificación amenaza la frágil e inadecuada infraestructura de servicios, especialmente la provisión de agua pura, eliminación de excretas, la vivienda, la atención de la salud y el transporte.

El segundo peldaño lo comparten la religión y el anclaje cultural a los que se someten. En la India, la religión es una forma de vida. Para la mayoría de los indios, sus 33 millones de dioses rigen cada aspecto de la vida, desde las tareas comunes de cada día hasta la educación y la política. La India Secular comparte adeptos entre el Hinduismo, Islamismo, Sikhismo, Cristianismo, Budismo, Jainismo, Zoroastrianismo y otras innumerables tradiciones religiosas, de las que el Hinduismo es la fe dominante practicada por mas del 80 % de la población. Su teórica insubordinación hacia todas las cosas materiales del mundo en pro de los valores religiosos del alma y su caridad positiva sobre cualquier forma de vida y en especial a los animales, choca con la penosa realidad de la vida cotidiana. Más de 204 millones de personas desnutridas ven pasar por delante de sus narices 200 de millones filetes en forma de vacas sagradas.

A esta sinrazón, hay que sumarle la presencia de un sistema social único (legalmente abolido en la actualidad), formado por clases sociales endógamas que se han mantenido invariables en los últimos milenios. Existen cuatro clases o castas principales (sacerdotes, guerreros, mercaderes y la inferior de trabajadores y campesinos) que se subdividen en varios centenares de subclases, frecuentemente asociadas a oficios. Este sistema de castas fue establecido hace más de 3000 años cuando emigrantes indoeuropeos penetraron en el subcontinente indio, dominando militarmente a los nativos de la India reservando para sí mismos las castas superiores. De esta forma las desigualdades sociales se acentúan a la hora de conseguir un trabajo o simplemente un lugar donde poder vivir.

Este agónico aspecto interno concuerda perfectamente con la imagen externa de las grandes urbes donde no se posee para vivir más allá de un metro cuadrado por persona, y donde la imagen cotidiana son los hacinados barrios de barracas. El resultado es un desastre urbano. Son ciudades roídas por la decrepitud, donde las casas e incluso edificios de nueva construcción amenazan continuamente con agrietarse y hasta con derrumbarse. Fachadas resquebrajadas, tejados inseguros, paredes devoradas por la vegetación tropical, montañas de cascotes que dan imagen de haber sufrido un reciente bombardeo,... Una lepra de carteles, anuncios de eslóganes políticos pintados en las paredes, de vallas publicitarias, impide el revoque o simplemente una mano de pintura, calles levantadas, zanjas a medio acabar, alcantarillas reventadas, tuberías destrozadas, líneas telefónicas arrancadas.. A falta de un adecuado servicio de recogida de basuras, miles de toneladas de desperdicios se amontonan cada día en las calles, atrayendo monos, ratas, cucarachas, moscas, mosquitos y diversos tipos de alimañas e insectos. A cada paso es una oleada de gases nauseabundos, humos, efluvios. El efecto multiplicador del calor agobiante, las aguas estancadas que dejan a su paso las inundaciones del fuerte monzón y los excrementos flotando por las calles tiene que representar un serio riesgo de epidemias en verano.

Por centenas, por millares, por millones, los habitantes hormiguean en las plazas, calles avenidas, callejones estrechos. Hasta la menor porción de acera está ocupada, invadida, llena de vendedores ambulantes, sartenes humeantes con comida callejera, personajes en cuclillas que pesan los productos con arcaicas balanzas de astil, de familias sin techo que acampan donde pueden, de depósitos de materiales o de montones de basuras, de tiendas, de numerosos altares, y de pequeños templos a los que acuden los devotos a presentar sus ofrendas, no sin antes, pasar por los rituales previos de sanearse pies, manos, cuellos,.., la señal de la cruz, encender una varilla de incienso, abluciones en un canal de la puerta de entrada donde continuamente esta pisando el personal,...

De todo esto resulta un desorden indescriptible en la circulación, atascos de pesadilla, anarquía en los cruces,... La contaminación te tiñe la piel y la ropa impregnándola de un olor al que al cabo de los días te acabas acostumbrando, pero no deja de ser nociva. A falta de urinarios públicos, cientos de miles de habitantes se ven obligados a hacer sus necesidades en plena calle, sin rastro de rubor, como la cosa más normal del mundo.

Ante este panorama parece imposible creer que la población rural siga acudiendo en oleadas incontroladas hacia los núcleos urbanos, con la esperanza de encontrar un trabajo, Como ejemplo un botón: Bombay tiene más de 18 millones de habitantes (según las Naciones Unidas) de los que 2 no tienen instalaciones sanitarias. ¿Por qué continua el éxodo?. La respuesta es contundente; las ciudades representan la esperanza de encontrar con qué vivir un día más ya que en una metrópoli de tal importancia siempre hay alguna migaja que recoger, mientras que en una aldea inundada por las aguas o requemada por la sequía ha desaparecido hasta la esperanza de las migajas.

Esta perenne suciedad pegajosa se ve atenuada por los más desheredados de la sociedad que recogen todos los alimentos que aun en la basura ya corruptos, sirvan para ser ingeridos, siempre acompañado, por generosas cantidades de especias picantes, matando el sabor de la putrefacción y reavivando los jugos del estomago aplacando parcialmente la sensación de vacío. Estos desdichados personajes deben repartir esta fuente de sustento con los animales sagrados, como vacas, perros, serpientes, cucarachas, ratas,... que también colaboran en la limpieza comiéndose parte de la basura orgánica.

Aun quedará una tercera criba; se recoge cualquier objeto inmundo que sirva para ser reciclado por toneladas, por lo que existen cientos de personas que se dedican a bucear dentro de estos focos de infección y a recoger en sus inmensos sacos cualquier cosa que se pueda vender, como cortezas de coco, latas, plásticos papeles, corcho... Estos grandes traperos contribuyentes a la limpieza de la ciudad, día tras día, y noche tras noche, recopilan jugosos hallazgos, que posteriormente malvenderán en un antro de un trapero mayorista, recibiendo a cambio unas monedillas que cubran sus necesidades mínimas.

¿Qué esperanza de futuro puede tener un niño dentro de un país así?. Las condiciones de los niños son cada vez más duras. Desde el mismo momento de su nacimiento, participan activamente con los adultos en la supervivencia colectiva. Apenas aprenden a andar, se les asigna la tarea de ir en busca de agua corriente o a transportar de un lado a otro boñigas de buey. Un cubo, tinaja o recipiente colocado estratégicamente sobre la cabeza, a menudo causa daños irreparables en un frágil cuerpo desnutrido de no más de 30 kilos. En donde la alfabetización en las clases sociales más desprotegidas no llega al 5%, donde se trabaja activamente desde los siete u ocho años como mendigo profesional al servicio del chulo de turno que suele ser el progenitor, como esclavo en pequeñas fabricas de artesanía,... desgastando sus ojos por la falta de luz y limando progresivamente sus manos y pies que son sus armas de trabajo en los tornos.

Pues a pesar de esta inmundicia y esta miseria los niños juegan sonrientes en las calles, echando mucha más imaginación a la vida que los occidentales que estamos todo el día enganchados a la “Play Station” o mirando por la tele a los Vigilantes de la Playa, comidos por la demente publicidad.

Con una expresión relajada en el rostro los jóvenes del mismo sexo pasean alegremente cogidos de la mano, mientras que al mismo tiempo hay mujeres metidas en zanjas en medio de la calle haciendo hueco a las nuevas reformas. Este claro avance, aunque parezca duro, es un gran logro social a la hora de igualar los derechos y los deberes de ambos sexos. Las cosas están cambiando, pero muy lentamente, casi imperceptible. Si ha costado dos años y pico cambiar a trescientos millones de personas sus respectivas monedas por una única, contando con medios económicos, de comunicación y sobre todo culturales para su realización, imagínate lo que puede costar cambiar a millones de indios, la mitad de ellos analfabetos, la manera de pensar, contando con poco más que un boca a boca... un imposible.

De cualquier manera este pobre país me ha enseñado a valorar lo que tengo, y dónde estoy: “no hay como no poder contar con algo cotidiano para echarlo de menos”.



Relato publicado con autorización expresa del autor para www.indiga.org



 

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