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GLOBALIZACIÓNBrasil: Pedro Casaldáliga



Casaldáliga reta a Roma

JUAN ARIAS - Río de Janeiro (Para "El País")

El obispo de la 'teología de la liberación'
se rebela contra la decisión del Vaticano de que deje su diócesis


A Pedro Casaldáliga, obispo de la prelatura de São Felix de Araguaia, en el Estado brasileño de Mato Grosso, sus fieles le llaman cariñosamente Pedro. Apasionado por los más pobres y humildes, en su caso indios, campesinos y negros, el obispo catalán se ve obligado (a sus 76 años y enfermo) a dejar la diócesis en la que ha trabajado durante 33 años como el símbolo de la mejor teología de la liberación. En estos años ha llevado una vida de pobreza y ha combatido contra los métodos del Vaticano, que él considera antidemocráticos, para la elección de los obispos. Por ello, se niega a abandonar la ciudad, como le pide Roma, antes de que llegue su sucesor.

Pedro Casaldáliga, nació el 16 de febrero de 1928 en Balsareny (Barcelona), Cataluña, España. Hijo de un labrador vaquero, se hizo misionero claretiano y fue ordenado sacerdote el 31 de mayo de 1952. Ordenado obispo de São Felix do Araguaia, MT, el 23 de octubre de 1971, su primera carta pastoral, que reflejaba la realidad de la prelatura y reflexionaba sobre el compromiso cristiano en nombre del Evangelio con la justiciay la paz, se tituló "Una Iglesia de la Amazonia en conflicto con el latifundio y la marginación social". Escritor y poeta, es autor de decenas de libros, discos y videos siempre con el perfil de la teología de la liberación.


Casaldáliga se ha ido convirtiendo año tras año en un símbolo vivo de la Iglesia renovadora del Concilio Vaticano II. Quiso siempre compartir la vida de los más pobres de su diócesis, viajando como ellos días enteros en autobús, viviendo en una casa de extrema pobreza y enfrentándose siempre a los poderosos. Fue amenazado de muerte, asesinaron a algunos de sus colaboradores y pasó por cinco procesos de expulsión. El Vaticano lo convocó para un juicio doctrinal y, a pesar de ser una de las figuras más limpias y comprometidas del episcopado mundial, nunca le nombró cardenal.

Tras cumplir los 75 años, edad a la que los obispos deben poner la diócesis a disposición del Papa, Roma inició la búsqueda de un sucesor. El Vaticano le exige que abandone la ciudad de São Felix antes de la llegada del nuevo obispo, cuyo nombre sigue siendo una incógnita.

"Estoy entre la espada y la pared", dijo Casaldáliga a EL PAÍS, "porque yo soy un hijo obediente de la Iglesia, pero al mismo tiempo no puedo permitir que se sigan usando métodos antidemocráticos en la relación del Vaticano con los obispos, nombrándolos sin la menor consulta con la comunidad local que lo va a acoger".

Casaldáliga defiende que la "religión es resistencia", que "la fe es resistencia" y que resistir a lo que se considera contrario a la propia conciencia es un deber del buen cristiano. Y por eso ha decidido resistir. "Todo suena a una expulsión en regla y no a un relevo cristiano".

"Si lo que el Vaticano teme es que los fieles vayan a recibir a pedradas al sucesor de Casaldáliga, se equivocan", dicen en São Felix. La comunidad ha advertido de que recibirá con cariño al futuro obispo, aunque si éste no actuara en favor de los pobres estarían dispuestos a mantener una situación de "cristiano conflicto".

Misionero claretiano, Casaldáliga no pierde el humor ni en los momentos más duros. Suele citar a la poetisa Cecilia Meireles -"no soy pesimista ni optimista, soy poeta"- y se refugia en la poesía como lo hizo cuando emprendió su lucha contra la dictadura militar, los latifundistas o el mismo Vaticano. "Me gustaría morir de pie, como los árboles", suele decir evocando al poeta, ahora que sufre de Parkinson, diabetes e hipertensión.

Casaldáliga apostaba por pasar en São Felix los últimos años de su vida ayudando a su sucesor en el trabajo pastoral "como simple sacerdote", continuando su trabajo al lado de los más pobres de la diócesis. Siempre y cuando su sucesor se comprometiera a mantener viva la labor social llevada a cabo durante casi 40 años de trabajo. Ahora, el Vaticano prácticamente le exige su salida de la ciudad para dejar el camino despejado a su misterioso sucesor. "Por la manera en que se están haciendo las cosas imagino que no va a ser de nuestras ideas", comenta el obispo.

La jerarquía eclesiástica brasileña no se ha pronunciado sobre su relevo. Entiende que es un asunto que compete al Vaticano. Sin embargo, es sabido que la Conferencia Episcopal del país latinoamericano es muy abierta en cuestiones sociales y siempre ha apoyado a Casaldáliga.

¿Qué hará entonces? Aún no lo ha decidido. Tenía ilusión en retirarse a una diócesis pobre de África como simple sacerdote. "Estoy enfermo y les crearía, más que otra cosa, trastornos", dice. Y añade: "Mi sueño era dar mi muerte a África, ya que no pude darle mi vida". Es probable, confiesa, que permanezca en la diócesis, en las proximidades del Santuario de los Mártires, levantado en honor de todos los asesinados en São Felix.

Ideológicamente, el obispo Casaldáliga no se siente revolucionario sino simplemente un "cristiano rebelde en su fe". Sigue pensando que "la vida de un obispo no vale más que la de un pobre campesino".

Durante un viaje con la organización Manos Unidas a São Felix, relató a un grupo de periodistas españoles que siempre se había negado a cerrar la puerta de su casa con llave. "Si me quieren matar, pueden hacerlo en cualquier momento. Tampoco mis campesinos están protegidos". Duerme en un cuarto con dos camas. Una está a disposición de todo aquel visitante que no tenga dónde hacer noche. Al ser preguntado si había acogido en su casa a algún obispo, sólo respondió con una sonrisa.

Cuando el Episcopado brasileño se reúne en Brasilia, suele criticar que pierda dos días yendo a la reunión en autobús en lugar de trasladarse en avión. Responde que emplea el mismo tiempo que sus campesinos en ir a Brasilia para vender un saco de frijoles.

FUENTE:
EL PAÍS - Sociedad - 16-01-2005



El obispo de los excluidos

Por Vasconcelos Quadros

El obispo frágil que afrontó la represión militar en Brasil y los pistoleros al servicio del latifundio va a salir de escena. "Han sido 34 años de desafíos, pero también de esperanzas. Es lógico, normal y humano que me jubile" - dice dom Pedro Casaldáliga. El 16 de febrero de 2003 al cumplir los 75 años de edad, el religioso, nacido en España, encaminará hacia el Vaticano la carta en la que pedirá su jubilación. "A Europa, no vuelvo. Todavía no he decidido, pero me quedo en el Tercero Mundo" - garantiza este sacerdote afable, pero combativo, que hizo de la Prelatura de São Félix do Araguaia (Mato Grosso) una trinchera en la defensa de los excluidos, en una época en la que muchos oponentes de la dictadura acababan presos, torturados o muertos. En verdad, dom Pedro escapó de la muerte por un tris, en 1976, cuando, por engaño, la bala dirigida a él quitó la vida do padre jesuita João Bosco Burnier.

Fundador de la CPT (Comissão Pastoral da Terra) y del CIMI (Conselho Indigenista Missionário), dom Pedro Casaldáliga fue acompañando desde su "palacio " de paredes de barro y ladrillos sin repellar, las transformaciones que la globalización impuso a los pueblos. Su discurso todavía es radical contra la miseria, pero él constata que ha habido cambios positivos: "Hoy hay más conciencia, los movimientos populares han avanzado". En esta entrevista a la revista FAMILIA CRISTIANA, dom Pedro dice que sueña con una Iglesia más participativa y pide que los misioneros busquen la igualdad entre los pueblos. "Hay mucha sed de Dios en el corazón de la humanidad" - asegura.


¿Qué resumen hace usted de esas más de tres décadas entre sin-tierra, posseiros, indios y miserables?

Son 34 años de desafíos, de gracia y comunión con Dios, viviendo ese tiempo de transición política en Brasil y en la Iglesia. Han sido tiempos de inseguridad, mas también de siembra de esperanzas. Llegamos aquí durante la dictadura militar, en una época de persecución política y mucha violencia en el campo, principalmente aquí en el Mato Grosso.

¿Qué piensa usted que ha cambiado en este período?

El pueblo tiene más conciencia. Las «pastorales» [sectores de organización de la pastoral en la Iglesia católica brasileña] han crecido y hay más espacio para el diálogo, como ha quedado demostrado en el Foro Social Mundial de Porto Alegre. Esa ha sido la mejor expresión del diálogo y del intercambio entre los pueblos del Tercer Mundo con los del Primero. Es el «va y viene» de la solidariedad. En 1968 no había nada en términos de organización. Hoy tenemos la «ciudadanía», los movimientos populares. São Félix do Araguaia quedaba a 700 kilómetros de su sede municipal, que era Barra do Garças. La carretera hasta allá, aunque hace 20 años que los políticos prometan que la van a asfaltar, todavía es de tierra, pero actualmente la misma región tiene 16 municipios. Donde no había nada, tenemos siete asambleas regionales y estamos lanzando el «manual da prelatura», que es un pequeño código de derecho canónico, por el que nos guiamos.

¿Qué transformaciones ve usted en el mundo?

El mundo de hoy, con todas sus contradicciones, se siente uno. Queriéndolo o no, somos sólo un mundo, una sola familia, una única casa en ese proceso inevitable de globalización. Nuestro problema es el pecado, que se impuso con un mercado al servicio del capital y va derribando todo tipo de control y dejando suelto al capital especulativo como un privilegio del 20% de la población del planeta, mientras el resto queda marginado. Pero creemos que otro mundo, otra América y otra Iglesia son posibles.

¿Qué expectativa de Iglesia alimenta usted en estos tiempos de globalización?

Queremos una Iglesia más participativa, con más lugar para las mujeres y los laicos, con una reforma de la Curia Romana, una nueva forma de escoger a los obispos y más diálogo ecuménico. Deseamos, sobre todo, una Iglesia al servicio del Reino mismo, donde o pueblo tenga tierra, salud, educación, justicia y libertad.

¿Con la vivencia humana y religiosa que usted tiene, es hora de que se jubile?

Las circunstancias de la historia nos fuerzan al retiro. Es lógico, normal y humano que me jubile. A los 75 años ya no puedo asumir ciertas responsabilidades y tengo que ser realista.

La misma regla debería valer para el papa?

El papa Celestino V (1209-1296) renunció, y incluso, aunque no existiese ese precedente, el papa Juan Pablo II también debería renunciar. El poder vitalicio me parece inoportuno.

¿Qué planes tiene usted para después de la jubilación?

Mi sueño era ir a África, simplemente para estar en oración y solidariedad con los hermanos que moran en aquel continente marginado. La salud, sin embargo, ya no secunda mi sueño y no quiero dar trabajo a nadie. A Europa, no vuelvo. Todavía no he decidido, pero me quedo en el Tercer Mundo.

¿Cuál es el papel de los misioneros en el mundo de hoy?

Los misioneros deben abandonar esa actitud de poseedores de las verdades plenas, e ir al encuentro de Dios en todos los corazones. Cuando ellos llegaron aquí, Dios ya estaba en este mundo. Cada vez más se habla de diálogo ecuménico y inter-religioso con todos los credos, sea de los indios, de los orientales o de los afros. El primer papel del misionero es el diálogo. Después, ser una presencia de solidariedad, una profecía que detenga el proceso de opresión y de injusticia y que levante la esperanza de los pueblos. Diálogo, profecía y esperanza deben pautar la acción del misionero.

¿A qué atribuye usted el crecimiento de otras religiones y sectas en Brasil?

El fenómeno no está teniendo lugar sólo en Brasil, sino en el mundo entero. En Brasil, por definición y por historia, todo el mundo era católico. Hoy no es ya posible ser católico por herencia. Hay más libertad y mucha sed de Dios en el corazón de la humanidad.

En la dictadura, los militares lo llamaban a usted "obispo comunista" y varias veces intentaron expulsarlo. ¿Cómo sobrellevó todo eso?

Llegué en el año del AI-5 (Ato Institucional). En contra mía estaba también el ser vecino de un área en la que estaba la guerrilla del Araguaia. Ese fantasma hizo que nos mirasen como sospechosos. Recuerdo que en torno a la prelatura las fuerzas de la Aeronáutica, de la Marina, del Ejército y de la Policía Federal hicieron cuatro operaciones de guerra. Cercaron toda la prelatura. Varios agentes de las «pastorales» fueron hechos presos, llevados a Campo Grande (Mato Grosso) y torturados. La dictadura intentó expulsarme de Brasil cinco veces, hasta que el papa Paulo VI pidió a dom Paulo Evaristo Arns que les avisase de que intenta sacarme de la prelatura era meterse con el papa y con el Vaticano. El pueblo vivió un clima de terror, sobre todo en el sur del Pará. Yo estuve en prisión domiciliar.

¿Cómo eran las amenazas por su trabajo de defensa de los posseiros e indios?

Algunas amenazas eran directas, otras apenas eran rumores que corrían en boca del pueblo. El hecho es que se volvieron pan de cada día. Creo que no me pasó nada porque no había llegado mi hora. Sin duda le pareció a Dios que yo tenía que madurar todavía.

¿Debe Brasil ingresar en el ALCA?

Estoy preocupado con el rumbo que Brasil está tomando. El ALCA representa un nuevo proceso de domesticación del pueblo y de colonización de nuestra América. Infelizmente tenemos todavía el FMI (Fondo Monetario Internacional) y el Banco Mundial mediando esa política neoliberal. Estoy contra, no por la integración de los pueblos, sino por la sumisión, anexión y esclavización de América Latina por Estados Unidos.

¿Cómo combatir los efectos perversos de la globalización?

El mundo de hoy tiene más conciencia, y hoy se da la conciencia de «ciudadanía». Las «pastorales» de la Iglesia y los movimientos populares son una realidad y deben avanzar cada vez más. Laicos y laicas deben tener más vez y más voz, actuar en las campañas de la fraternidad y ayudar al país a movilizarse.

¿Qué ha cambiado en Mato Grosso desde su llegada?

El Mato Grosso se ha modernizado en algunos aspectos. En el Araguaia, los pueblos del sur, que antes no estaban presentes, ya son más del 30% de la población. Estoy preocupado con el monocultivo de la soya y del algodón. Están transformando el Mato Grosso en un campo de soya y de algodón, y el líder José Martí decía: "Si quieren acabar con el país, entréguenlo al monocultivo".

Y para las comunidades indígenas, ¿qué ha que cambiado?

Los pueblos indígenas han crecido en número y en conciencia. Saben reivindicar y muchos han reconquistado sus tierras después de mucha lucha. La política oficial.. ésa sí que es anti-indígena.

¿Qué deberían tener en cuenta las «pastorales»?

Toda la Iglesia debe tener conciencia de la necesidad de colaborar con los movimientos sociales e involucrarse directamente en las «campañas de la fraternidad» [campaña eclesial durante la cuaresma, antes organizada por la Iglesia católica, ahora ecuménica]. La preocupación por los derechos humanos, que ha crecido, debe siempre estar presente. También no se puede dejar de lado la cuestión de la tierra, donde el MST (Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin-Tierra) se transformado en una expresión significativa, mundialmente reconocida.

FUENTE:
http://servicioskoinonia.org/pedro/textos/0210EntrevistaCast.htm




 

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