a India sin mendigos. La India tropical, sensual, suave y acogedora. La India con fuerte influencia cristiana y europea. La India poblada por sus verdaderos y más antiguos moradores. El estado de Kerala, situado en el extremo suroeste del subcontinente, parece un enorme parque mantenido cuidadosamente por algún jardinero divino que hubiera sido contratado por el dios de las pequeñas cosas.Es imposible no sucumbir al encanto de viajar en estos barcos de madera y fibra de coco que parecen armadillos gigantes, y que cuentan con camarote, baño, cocina y sobre todo con un espacio en proa para tumbarse y contemplar… Contemplar la orilla verde esmeralda y rebosante de pájaros, descubrir la arquitectura singular de los templos hindúes, visitar antiguas iglesias portuguesas, maravillarse ante la algarabía de un mercado acuático entre barcazas llenas de montañas de arroz, de fruta y de pescado, saludar a los niños que agitan los brazos desde el porche de sus viviendas de madera y darse un chapuzón al atardecer para contemplar desde la superficie del agua cómo el disco solar se hunde entre las palmeras… Uno se enamora de Kerala y, como en todas las historias de amor, el flechazo inicial se transforma en algo más profundo después de tratar con sus habitantes. Parecen poseer un bien más preciado que cualquier bien material, una alegría de vivir y una serenidad contagiosas: ésta es la tierra de la eterna sonrisa.
La mentalidad abierta, la tolerancia política y religiosa tienen su explicación en el comercio de las especias que expuso la región al contacto con romanos, griegos, árabes, chinos y europeos. Ya venían por aquí hace dos mil años, como llegan los turistas hoy, a comprar entre pirámides de especias. La primera comunidad judía de la India se instaló en el puerto de Cochin, y misioneros cristianos, antes de la llegada de los portugueses, ya surcaban las selvas del interior, hoy llenas de plantaciones de té, de café y de jardines donde crece el clavo, la canela, el cardamomo, la nuez moscada, la mostaza, el laurel, la pimienta… Fragancias que se vuelven a encontrar en las esquinas de los pueblos, en las cocinas de las casas, en los suculentos platos de los restaurantes…