A diferencia de otras ciudades de la India, Calcuta no tiene un patrimonio histórico propio sino que nace y se desarrolla como ciudad bajo el poder del Imperio Británico.

Al inglés Job Charmock, de la "East India Company" es a quien se le atribuye la fundación de Calcuta en el siglo XVII, cuando abre la primera factoría en los alrededores de los pueblos de Sutanati, Govindapur y Kalikata. (En este último es donde puede tener su origen el nombre de Calcuta).

La calle J.L. Nehru Road (Chowringhee Road)
Debido a su ideal situación geográfica, Calcuta se convierte en el principal puerto y centro de comercio de los mares del Este. Su expansión comercial en los siglos XVIII y XIX la llevan a una rápida urbanización e industrialización. Pero los británicos no solo traen el comercio sino también la pasión por las bellas artes, la literatura y la poesía. Calcuta se convierte en la joya del Imperio Británico y la ciudad colonial más importante de Oriente, tanto económica como culturalmente.
A principios del siglo XX, y derivado de la educación recibida, el pueblo bengalí empieza a mostrar un fuerte sentimiento nacionalista, por lo que, finalmente, en el año 1911 el gobierno británico decide trasladar la capital de Calcuta a Delhi.
Comienza aquí el declive económico de la poderosa ciudad de Calcuta. Pero no así el intelectual y ejemplos de ello son Rabindranath Tagore, premio Nóbel de literatura en 1913 y C.V. Raman, premio Nóbel en físicas en 1930. En los años 20 y 30 Calcuta vive, al igual que el resto de la India, la sacudida política que le lleva a su independencia en el 1947. Pero antes, en 1943, el estado de Bengala sufre la "Gran Hambruna", producto de la mala gestión del gobierno, que exporta toda su producción de arroz, dejando al estado sin su principal recurso alimenticio. El resultado es la emigración masiva de las gentes de las zonas rurales hacia Calcuta, en busca de una salvación. Las calles de la ciudad se llenan de mujeres, hombres y niños que mueren de inanición.
Esta experiencia apocalíptica sume a Calcuta en la desesperación. Los movimientos políticos estallan y al desastre se le une el horror de la Partición del estado con Pakistán (actual Bangladesh). Los muertos en las calles son incontables mientras hordas de refugiados del este de Bengala siguen llegando a Calcuta, sumándose a sus calamidades las inundaciones monzónicas. Consecuentemente, la ciudad se ve desbordada y es totalmente incapaz de albergar a esta diáspora humana. El trabajo de la Madre Teresa de Calcuta en este periodo da a conocer al mundo entero el drama humano vivido en la ciudad.

En los años 60 y 70 el malestar político, las revueltas comunistas, las huelgas, etc., hacen desistir a muchos de los inversores, dejando al estado y a Calcuta en un lugar poco relevante en el sistema económico del país.
A pesar de su situación, la ciudad crece durante décadas de manera incontrolada y sigue representando a la "ciudad de las oportunidades".

El Benoy Badal Dinesh Bagh (BBD Bagh)
Centro del Gobierno en la capital.
Desde entonces, Calcuta se enfrenta al reto diario de superar esta grave crisis. El carácter y la fuerza de su gente les ha llevado a conseguir logros y mejoras, que aunque importantes, siguen manteniendo a la ciudad en un fuerte desequilibrio. En los últimos años se ha observado un empuje económico: firmas comerciales y compañías importantes empiezan a tener más presencia en la ciudad; la existencia de una línea de metro, única en el país; la construcción de grandes edificios de oficinas, el desarrollo de zonas residenciales, la aparición de centros comerciales, etc.
Todo esto lleva a la inevitable observación del contraste que supone el progreso de una pequeña capa de la sociedad frente a una mayoría sumida en la miseria.

En Calcuta siguen en uso los rickshaws tirados por hombres, eliminados en el resto de la India, que para algunos representa la fuerza y determinación del pueblo bengalí y para otros, la degradación del ser humano a animal de tiro.
Las gentes de las zonas rurales de Bengala Occidental, de los estados próximos y de países fronterizos, continúan llegando a la ciudad atraídos por la esperanza de obtener un trabajo, una educación para sus hijos y una vida mejor. El resultado es palpable: masificados slums, cantidades ingentes de familias, viejos y niños abandonados que viven literalmente en la calle o en estaciones de tren, bajo condiciones de vida infrahumanas agravadas, cada año, con la llegada de los monzones. Calcuta sigue sin poder dar cabida a los millones de personas que sobrepasan su capacidad urbana. La infraestructura de servicios bajo mínimos, el denso tráfico, la polución que hace el aire irrespirable, el mal estado de sus calles congestionadas, y la insuficiencia de centros sanitarios mantienen a Calcuta en unas condiciones de insalubridad alarmantes.
Aquí los extremos de vida, que reflejan el abismo entre las cada vez más diferenciadas clases sociales, conviven de forma inusitada. La élite, con su acceso a colegios privados y estudios superiores, se mueve en un ambiente de libertades tanto materiales como intelectuales. La gran masa pobre, sigue sumida en un pasado de tradiciones, de tabúes y opresiones. El sistema de castas, abolido por la Constitución, sigue marcando las relaciones sociales. Los trabajos más bajos son desempeñados siempre por intocables, aunque ninguna norma así lo indique.
Pero a pesar del choque emocional que este panorama ofrece, Calcuta aún guarda agradables sorpresas. Pasear por la enorme extensión verde del Maidan; contemplar la belleza arquitectónica de sus edificios coloniales; asistir a una de sus representaciones de teatro, danza o música tradicional; perderse en sus mercados llenos de vida y color; observar la tolerancia en la que conviven las diferentes religiones y la fe con la que son profesadas; el carácter hospitalario de su gente, que incluso soportando tan duras condiciones, son capaces de ofrecer siempre una gran sonrisa.
A Calcuta se la quiere y se la odia, su caos aturde y su calor humano emociona, y si hay algo que inspira Calcuta es todo menos indiferencia.


Fuente:
Por gentileza de: www.globalhumanitaria.org
Texto: Ester Martínez y Juan Díaz
Fotos: Juan Díaz