Javier Moro: Es difícil hacer una entrevista a Dominique, ya que nos unen lazos mucho más estrechos que los meramente laborales, así que voy a darle la palabra y la oportunidad de que sea él quien empiece a contarles cuál fue el origen de esta aventura que nos ha llevado a recorrer multitud de países a lo largo y ancho de cuatro continentes para recrear la historia del mayor desastre industrial que ha tenido lugar en nuestro tiempo. |

Dominique Lapierre y Javier Moro, durante la presentación del libro 'Era medianoche en Bhopal'. EL CORREO |
Dominique Lapierre: Gracias, Javier. En realidad, la primera cosa que me gustaría pedirles es que fueran indulgentes con mi castellano, que es muy malo, muy bruto, muy bestial, porque nunca he estado en la universidad y no he podido aprender correctamente, por tanto, la magnífica lengua de Cervantes. La verdad es que sólo he tenido un único profesor de castellano, muy poco ortodoxo, por cierto. Creo que le conocerán: se llama Manuel Benítez, El Cordobés. Yo, por mi parte, le conocí hace 30 años, cuando Larry Collins, mi compañero americano, hizo la investigación con él para escribir un libro que se llamaba Hoy llevarás luto por mí, y ya les digo que el poco castellano que hablo lo hablo gracias a Manuel Benítez. «Dominique, vamos a comer un bocadillo», «Dominique, vamos a montar a caballo», me decía. Al principio, era muy difícil comprenderle, ya que su castellano es muy complicado, casi ininteligible para un extranjero, pero en fin, ésa es otra historia que no viene a cuento.
Sí quisiera decirles que estoy muy contento de poder presentarles a ustedes hoy, junto con Javier Moro, la aventura que hemos vivido para escribir Era medianoche en Bhopal. A modo de introducción, les explicaré, como ya ha mencionado Javier, de dónde vino la idea que origina este libro. Hace 21 años, en 1980, puse en marcha, en el Noreste de la India, en Bengala, en la ciudad de Calcuta, donde vivió la Madre Teresa, una organización humanitaria que empezó después de conocerla. Una organización que funciona gracias a mis derechos de autor y también a las contribuciones de mis lectores, a su generosidad. Con ella, a lo largo de todo este tiempo, hemos ayudado a curar a 9.000 niños leprosos, procedentes de los barrios de chabolas, los más pobres de Calcuta; hemos contribuido a sanar a 4 millones de tuberculosos -en la India, la tuberculosis es la enfermedad que más mata-; hemos podido abrir 541 pozos de agua potable en pueblos muy pobres, sitos en el delta del Ganges, y desde hace 4 años, mi esposa, que también se llama Dominique -aunque ella es "la gran Dominique" y yo soy "el pequeño Dominique"- y un servidor hemos botado 3 barcos hospitales en las aguas de dicho río para suministrar ayuda médica a un millón de habitantes de 54 islas que no existen en los mapas de geografía. Nuestra labor es muy conocida en la India, y a pesar de ser una acción modesta, yo digo siempre que es una gota de agua en el océano de las necesidades; en este caso, me adhiero a lo que me decía muchas veces la Madre Teresa de Calcuta: «Dominique, Dominique, el océano está hecho de gotas de agua, así que tu gota es importante porque, con otras gotas, podemos hacer un océano».
Un día, también hace 4 años de esto, un señor fue a Calcuta expresamente para conocerme, y lo hizo desde una ciudad que nunca había llegado a visitar en 48 años de viajes por toda la India. Jamás había estado en una ciudad que se llama Bhopal -una barbaridad, pero es así-, una ciudad de 600.000 habitantes, llena de tradición y de arte, que está en el centro de la India y, sin embargo, está alejada de los caminos turísticos normales Pues bien, este señor fue a explicarme que después de una catástrofe industrial ocurrida una noche de 1984, todavía más de 200.000 personas sufren en su cuerpo las consecuencias de esta tragedia. Una nube tóxica se escapó de una fábrica americana de pesticida y aquella fatídica noche murieron 30.000 personas y más de 500.000 fueron intoxicadas por este gas; sin duda, la mayor desgracia industrial de todos los tiempos. Pero lo más preocupante es que, efectivamente, como acabo de mencionar, 15 años después, unas 200.000 personas sufren las secuelas de semejante desastre, debido a lo cual, este hombre vino a pedirme ayuda humanitaria para abrir una clínica ginecológica en la ciudad de Bhopal y poder tratar, así, a todas las mujeres "tocadas" por el accidente, mujeres muy pobres.
Esa noche, el 2 de diciembre de 1984, el viento soplaba de Norte a Sur. En el Norte estaba la fábrica, pero en el Sur había una corona de barrios de chabolas donde vivían solamente personas pobres. Sabemos muy bien que en nuestra sociedad occidental los pobres no tienen mucha voz, por eso, ante el deseo de esas mujeres desheredadas, pobres, sin ningún tratamiento médico, de recibir algún tipo de ayuda, decidí abrir dicha clínica. Compré en Japón el equipamiento necesario, muy sofisticado, con microscopios para hacer investigaciones patológicas y de toda índole. Visité Bhopal y me enomoré de ella y de sus habitantes. Y entonces fue cuando un día me pregunté: «pero ¿qué pasó el 2 de Diciembre de 1984 para haber un desastre de ese calibre?». Sin pensármelo dos veces, fui a la primera cabina telefónica que encontré para llamar a mi "sobrino", Javier Moro, a Madrid, porque sabía que estaba enamorado de la India y que había escrito un magnífico libro sobre la tragedia del Tíbet. Cuando le conté lo que había ocurrido, el problema de Bhopal llegó inmediatamente a su corazón. Le pregunté si quería ir a la ciudad para empezar una investigación mundial sobre el suceso y reconstruir la aventura de esa fábrica de pesticida que al principio era un sueño, un cuento de hadas, la alta tecnología occidental que ofrecía a los campesinos de la India un arma para luchar contra los insectos que devoran la mitad de todas sus cosechas cada año, un sueño que al cabo de 6 años se transformó en un "titanic". Él aceptó.
Ése fue el origen de la investigación que llevamos a cabo para escribir este libro de aventura y, sobre todo, de amor, de compasión, de fe, de esperanzas puestas sobre un pueblo extraordinario, arruinado por un desastre que ha cambiado completamente la vida de esa ciudad tan rica y que, sin embargo, hoy está casi olvidado. Y precisamente por esto último lo hemos escrito, para evitar que nunca se olvide esta catástrofe, para que nunca nos olvidemos, primero, de que fue consecuencia de la megalomanía mortal, de la locura, de algunos ingenieros americanos y, segundo, de que hoy hay 200.000 personas que sufren. Ahora le cedo la palabra a Javier para que les explique un poco más de nuestra investigación.
Javier Moro: Sí, gracias, Dominique. Efectivamente, aunque parezca mentira, esta historia empezó como una historia de amor; una historia de amor de la alta tecnología norteamericana con la India de Las mil y una noches. En principio, habría que remontarse a tiempos muy anteriores, al problema que afecta a todos los campesinos del mundo: los insectos. Hay 850.000 especies que se comen la mitad de la producción, la mitad de todas las cosechas, y para resolver este problema, al cual ningún país es ajeno, ha habido diversos intentos. Desde los albores de la humanidad, ha habido hasta conatos para excomulgar a las orugas, como ocurrió el siglo pasado en Lausana. Luego, con el advenimiento de la industria química, vivimos el nacimiento de productos tan conocidos por ustedes como el DDT, que durante 40 ó 50 años fue el arma más demoledora contra las plagas de insectos hasta que se descubrieron sus efectos nocivos para el ser humano. Entonces fue cuando las grandes empresas químicas se lanzaron desenfrenadamente a buscar el sustituto del DDT, un producto que fuese inocuo para el consumo humano pero que, al mismo tiempo, fuese eficaz a la hora de matar los insectos. La multinacional Union Carbide, que entonces era la tercera empresa química mundial, puso a trabajar a sus dos mejores entomólogos y a un químico en sus laboratorios estadounidenses, y durante tres años, estos tres cerebros estuvieron probando combinaciones de moléculas hasta dar con un producto que consideraron absolutamente milagroso. El producto resultante fue el llamado Sevin, un insecticida efectivamente inocuo para el uso humano, biodegradable y que era y sigue siendo, porque todavía se vende en los viveros norteamericanos, muy eficaz. Su único problema, muy importante, por cierto, es que su fabricación implicaba el uso de un gas, el isocianato de metilo, uno de los gases más peligrosos de la industria química. Sin embargo, los norteamericanos quisieron que el resto del mundo y, cómo no, los 500 millones de campesinos indios cuyas cosechas son periódicamente devastadas por plagas de insectos disfrutaran del invento. Así que decidieron plantar una fábrica de Sevin en el corazón del subcontinente indio, a las puertas de la ciudad de Bhopal.
Lo que nosotros descubrimos nada más llegar a Bhopal, y verdaderamente fue una gratísima sorpresa, fue que eso no era una barriada industrial devastada, sino una ciudad todavía llena de encanto. Una ciudad erigida entre dos lagos, llena de mezquitas, de monumentos, llena de vida; una ciudad donde los poetas, y no los jugadores de fútbol o de criquet, son la gente más venerada por la población, hasta el punto de que, el año pasado, un taxista secuestró a su poeta favorito, lo llevó a su casa, lo encañonó y le obligó a recitar durante 7 horas todo su poemario. Eso es Bhopal. Una ciudad que tiene un club, quizá el club más increíble del mundo, del cual Dominique y yo somos eméritos socios, que se llama El Círculo de los Poetas Perezosos. El derecho de entrada a este club de Bhopal es una almohada, y ahí te juzgan por lo poco que hagas; de hecho, un vago de primera es el que está tumbado escuchando poemas, mientras que el sentado está considerado un vago de segunda y es despreciado. Y no les digo nada de lo que ocurre si te levantas a por agua: poco menos que la expulsión del Círculo.
A esta ciudad es adonde llega esta fábrica de alta tecnología. Entonces, comienza a atraer como un imán a hordas de campesinos pobres que ven en ella una manera de ganarse la vida, de obtener un empleo y de labrarse un futuro mejor (precisamente la hija de uno de estos campesinos, la pequeña Padmini, cuya boda estaba prevista para la noche fatídica del 2 al 3 de diciembre de 1984, es uno de los personajes principales del libro Era medianoche en Bhopal). Para ellos, no sólo suponía una gran bendición, ya que les aportaba lo que llamaban «medicina para las plantas», sino que incluso era venerada como una diosa más del panteón hindú, porque Union Carbide era el único fabricante de pilas y de linternas en la India desde 1930, llevaba la luz hasta la aldea más remota del subcontinente indio. Así que no es de extrañar que, nada más levantarse los muros de la fábrica, «la bella fábrica», como la llamaban, comenzaran a llegar los ingenieros y los vecinos de la zona, que montaron coronas y coronas de chabolas alrededor de ella.
Lo que hemos querido hacer con Era medianoche en Bhopal precisamente era contar la historia desde el interior, darle un rostro a las víctimas, contar el rostro humano de esta historia que empezó como una gran epopeya, con el deseo sincero de aportar una solución a los campesinos más desfavorecidos del mundo por parte de los ingenieros y técnicos norteamericanos. Además, estábamos interesados en abordar cómo empezó a torcerse un asunto así, cómo pudo pasar esto con una empresa del calibre de Union Carbide, que supuestamente tenía una seriedad y unas normas de seguridad con las que se había ganado su buena reputación. Todo eso es lo que hemos estado investigando durante 3 años.
Ahora bien, al principio, tuvimos grandes dificultades para llevar a cabo nuestro trabajo, porque no había manera de obtener información de la empresa. Durante varios meses, tuvimos problemas para encontrar los nombres de los ingenieros que habían participado en la concepción de aquella fábrica, hasta que, por fin, en el sur de la India, dimos con el hombre que había sido director de seguridad -que, por cierto, ahora es director de una fábrica de jabones-. Lo curioso es que, tras dos o tres días de viaje para conocerle, lo primero que nos dijo fue: «llevo 16 años esperando vuestra visita». Nosotros no entendíamos nada; ¿cómo podía ser eso posible si le habíamos dicho que llegábamos ese día? Todo cobró sentido cuando comenzó a sacarnos montones y montones de documentos, a desempolvar sus archivos: «saqué todo esto cuando salí de la fábrica de Carbide, después del accidente, esperando que algún día se presentase la oportunidad de que estos documentos fuesen útiles a los que de verdad quisieran saber lo que pasó aquella noche», nos dijo. Aquellos documentos tan celosamente guardados tenían nombres de directores de producción, de arquitectos, de ingenieros, de químicos, de todos los que habían participado en la creación de aquel sueño, un sueño que acabó en el desastre que luego conocimos.
Dominique Lapierre: Desde luego, cuando el presidente de la multinacional, Bill Sneath, llegó a Bhopal en un UCC (Union Carbide Corporation), un avión especial, con su esposa -fueron agasajados con guirnaldas y demás tradiciones hindúes habituales de recepción-, no lo hizo con un cuchillo entre los dientes, dispuesto a explotar el Tercer Mundo, sino preparado para construir una fábrica de alta tecnología.
Javier Moro: Así es. Y haciendo un inciso, me gustaría añadir que en la investigación que realizamos, descubrimos que un tal Eduardo Muñoz, un ingeniero y comercial argentino, fue el propulsor de la idea de poner la fábrica en Bhopal. Cuando nos entrevistamos con él, nos contó cómo tuvo que pelearse con sus colegas norteamericanos para evitar que pusieran cisternas de almacenamiento de aquel gas a las puertas de la ciudad. Les advirtió de que eso era como poner una bomba atómica a las puertas de una ciudad, y todo lo que le contestaron fue: «no te preocupes, Eduardo, vamos a hacer una fábrica tan inocente y tan segura como una fábrica de chocolatinas».
Dominique Lapierre: Bien. Volviendo al presidente de la multinacional, quería aclarar que fue un hombre que estudió los productos químicos que tendría la fábrica. Quería dar una cara humana a la multinacional Union Carbide y así lo hemos reflejado en el libro, porque no queríamos hacer un libro polémico, maniqueo, sobre los americanos que llegan al Tercer Mundo para explotarlo, no, sino contar la historia de ingenieros de alto nivel que querían hacer el bien en la India, aunque este bien se transformara en una pesadilla.
Con respecto al último presidente de la empresa, W. Anderson, que fue quien vivió la catástrofe, les contaré que era hijo de un emigrante sueco, que obtuvo el diploma de ingeniero químico trabajando de noche en la universidad y que, poco a poco, escaló los peldaños de esta empresa enorme que tiene 500 fábricas en todo el mundo y que emplea a más de 150.000 personas. También él era un hombre bueno que quería dar una cara humana a esa gran multinacional de la química; sin embargo, en las paredes de Bhopal, hoy en día, se puede leer: «colgad a Anderson», porque nunca compareció ante un tribunal para explicar lo que pasó en la noche del 2 al 3 de Diciembre de 1984.
Javier Moro: El primer director de la fábrica de Bhopal, Warren Woomer, un norteamericano, nos contaba el desafío que supuso encontrarse de repente con 1.000 obreros y empleados bajo sus órdenes; 1.000 empleados indios de etnias distintas, de religiones distintas. Nos comentaba, por ejemplo, su dificultad para obligar a los sik, miembros de una religión del norte de la India que llevan un turbante, a ponerse un casco de seguridad -de hecho, ellos están exentos de llevar el casco incluso en el ejército indio, porque hay una enmienda en su Constitución que les permite mantener esta peculiaridad-. En fin, que era absolutamente complicado manejar todo este tinglado de altísima tecnología con aquel marasmo de gente.
«Menos mal que cuando había algún tipo de conflicto, al final, llegaba el ara de la química para ponernos a todos en la misma onda», nos decía, y es que en Bhopal, a principios de los años 70, con esta fábrica se hablaba un nuevo lenguaje, el lenguaje de la ciencia. Era el lenguaje común a todos los indios que estaban trabajando en la empresa Carbide, los cuales sentían que su puesto era mucho mejor que el que hubieran podido tener trabajando para el gobierno, que ya era el colmo. Para ellos, llevar el uniforme de la empresa era como pertenecer a la más alta de las castas de la India, porque era una empresa que se ocupaba de sus empleados, que, por ejemplo, a sus obreros musulmanes les había dedicado un espacio para que pudiesen rezar cinco veces al día en dirección a la Meca y a los obreros hindúes les financiaba el generador para seguir sus procesiones. Tenía, incluso, un economato y un equipo de hockey de alto nivel que se llamaba los carbamatos, nombre de una sustancia perteneciente a la familia de los pesticidas, equipo que fue el gran campeón de la India durante varios años seguidos.
Como anécdota, les contaré que Bhopal fue gobernado durante siglos por generaciones de mujeres que iban vestidas con la burka, con el chador, como fantasmitas, cubiertas de los pies a la cabeza, y que, paradójicamente, eran mujeres muy progresistas. Las Begum fueron las que inauguraron el primer colegio para niñas que hubo en la India, así como el París Bazar, un centro comercial donde las dependientas iban sin velo, lo que permitía que cundiera el ejemplo entre las señoras pudientes que iban allí para hacer sus compras. Una de ellas incluso llevó el progreso de occidente a Bhopal. Decidió transportar el agua del lago hasta el centro de la ciudad, y quiso que la primera cantidad recogida llenara la pileta de abluciones sagradas que hay en la mezquita, para lo que se celebró toda una ceremonia de inauguración a la que fueron invitados los ingenieros indios, los administradores británicos, los representantes del pueblo, etc. Nunca nos hubiéramos podido imaginar que, un siglo más tarde, aquella noche del 2 de Diciembre de 1984, esa pila de agua iba a servir para que los habitantes del centro de la ciudad, que corrían de puro pánico, que huían de aquella nube de gas tóxico, pudieran encontrar un poco de alivio, el único, en aquella agua que lo disolvía.
Dominique Lapierre: Sí. Aquella noche se comprobó qué consecuencias tuvo el "favor" de la alta tecnología occidental a la ciudad de Bhopal: una fábrica situada a 800 metros de la estación del ferrocarril y solamente a 20 metros de los barrios de chabolas, donde vivían más de 100.000 personas. Todo un "regalo" era este templo de la más absoluta megalomanía que nació con buenas intenciones. Una originaria buena idea que, por poner un ejemplo, tenía como imagen publicitaria a un empleado de la compañía, un sik, con un paquete de Sevin, al que le decían: «con cada rupia que este pobre campesino indio gaste para comprar Sevin, tú vas a ganar 5 rupias».
Javier Moro: Un montón de chabolistas fueron a instalarse a la sombra de esta fábrica esperando conseguir trabajo, y muchos de ellos lo consiguieron. Hay que tener en cuenta, también, que toda esta gente procedente del campo que se instalaba en las afueras de la ciudad iba instalando en ella sus tradiciones de aldea.
El caso es que el usurero de estos barrios de chabolas superaba, como se suele decir, la ficción; si hubiéramos escrito una novela no le habríamos incluido, porque un personaje inventado se quedaría corto a su lado. Sin embargo, era más real que la vida misma. Pulpul Singh era un sik detestado por todos los vecinos, que nos contaban la impresión que les causaba ver a este hombre escapando la noche de la tragedia. Dejó completamente tirada a su familia; salió en calzones y en camiseta, llevando en un carrito un bien más preciado que su propia vida: la caja fuerte que contenía las escasas riquezas de los pobres del barrio; un diente de oro por ahí, una pulserita por allá..., en fin, lo que le habían dejado en prenda a cambio de un poco de dinero.
Otro personaje que también parecía de cuento era "el padrino" de Bhopal, el hombre más temido por las demás mafias y también por la policía. Era un auténtico experto en sobornar a la policía, el mayor traficante de opio de toda la región, el mejor comprando edificios con inquilinos para aterrarlos, echarlos y vender rápidamente los pisos. No obstante, este diablo también tenía su corazoncito: los fines de semana se dedicaba a llevar a los hospitales a los pobres y desvalidos de los barrios de chabolas -él vivía en una especie de castillete sito en una "isla" en medio de la pobreza-, e incluso se aseguraba de que los médicos atendieran a tal o cual vecino. Se había hecho famoso gracias a ser el agente electoral del partido del congreso. Se llamaba Munné Baba y también era conocido por su pasión: la lucha de gallos. Aquella noche consiguió salvar a todos los miembros de su comunidad organizando una evacuación como lo hubiera hecho un capitán, un general de un ejército. Eso sí, a la mañana siguiente, descubrió que su mejor gallo, el que había conseguido ganar todo el circuito, toda la liga de la India de aquel año, estaba con las garras mirando al cielo, fulminado por el gas de la fábrica.
Y cómo no, es obligación mencionarles a una señora llamada Sajda Bano, casada con Mohamed Asrah, empleado de Carbide y la primera víctima de la fábrica. En realidad, fue víctima de su propia inconsciencia: él mismo se quitó la máscara antes de tiempo y unos vapores de fosgeno le intoxicaron. Murió dos días después a raíz de una agonía tremenda e increíble. Pero lo que de verdad fue muchísimo más increíble que cualquier ficción posible fue lo que le pasó a su mujer, a Sajda, la noche del 2 de Diciembre de 1984. Llegaba a Bhopal en tren, con sus dos hijos. El tren se detuvo en la estación de la ciudad a las 12:15 minutos de la noche, justo cuando la nube de gas tóxico entraba en los andenes. Uno de sus hijos murió al respirarlo. Y todo se debió al destino: ella había sacado su billete para viajar el día anterior; sin embargo, un vecino de su madre le había disuadido porque, según él, no era un día de buenos auspicios. «Vete mañana, que es domingo. He mirado las estrellas y me han dicho que no se te ocurra viajar en sábado», le dijo, así que esta mujer cambió su billete para el día siguiente. El resto, ya lo he contado; llegó a Bhopal en el momento fatídico. Aquella empresa tan maravillosa no sólo le había robado un marido, también le acababa de robar un hijo.
También fue importante la hermana Felicity, una de las "madres teresas" de Bhopal -aunque nosotros sólo conociéramos a una, la verdad es que hay muchas madres Teresas que llevan ejerciendo su labor de misioneras en la India desde hace más de 45 años-. Esta escocesa y su hermana se instalaron en la ciudad y abrieron un dispensario en el barrio cercano a la fábrica. Su ayudante era, precisamente, la pequeña protagonista del libro de la que ya he hablado antes, la chica que tenía que casarse aquel día, Padmini.
Y dos personajes cuyas vidas tampoco hubiéramos podido inventar eran Ganga Ram, un ex-leproso, y su mujer, Dalima. Este hombre, que perdió varios dedos de su mano derecha, y su mujer, que no podía caminar porque sufría las secuelas de un accidente tremendo, se conocieron en el hospital. Consiguieron rehacer su vida; él consiguió un trabajo, se hizo pintor de brocha gorda, y con lo primero que ganó, quiso ofrecer un regalo a todos sus vecinos y también a sí mismo: compró el primer televisor para aquel barrio de chabolas. Todo el barrio acudió a ver aquel prodigio de la técnica que les abría una ventana a un mundo inaccesible desde sus barracas de cartón y de plástico ¿De dónde sacaron la luz para hacer funcionar ese televisor?: se la robaron a la fábrica de Union Carbeid, tras tirar un cable al tendido de la fábrica.
Pero lo que en realidad quería comentarles es que hay una escena que describimos con detalle en el libro a propósito de esta pareja. Aquella noche, la noche del 2 de Diciembre de 1984, era una noche bendita por los astros y propicia para los casamientos, según lo que habían dicho los astrólogos hindúes. Una costumbre india es casarse en invierno y de noche. Las razones para hacerlo así no vienen ahora al caso, ya que tienen que ver con la religión hindú, pero lo cierto es que aquella noche había bodas en todo Bhopal. Era una noche de fiesta, con un recital de poesía incluido que empezaba a los 12:00 en punto, en la Plaza de las Especies de la vieja ciudad. Pues bien, en el libro contamos cómo se salvó ella de lo que pasó después.
Dominique Lapierre: En aquella noche fatal, la exacta imagen del martirio la personificó un hombre que llevaba a su desgraciado hijo en brazos, en busca de algún doctor. Cuando se encontró con uno de ellos, un verdadero héroe que salvó muchas vidas, le dijo: «sálvele a mi hijo, doctor, sálvele», a lo que éste contestó: «yo no puedo hacer nada, su hijo está muerto». El médico era excelente, además de una gran persona, pero no pudo hacer nada. Fue terrible.
Javier Moro: Sí. Cierto es que todas las catástrofes sacan lo mejor del ser humano. En la investigación que llevamos a cabo, procuramos dedicar mucho tiempo a contar las historias que nos habían contado; las historias de todos estos heroes anónimos que aquella noche se jugaron la vida y, en ciertos casos, llegaron a darla por salvar a los demás, como fue el caso de los estudiantes de la facultad de medicina, de los cuales, la gran mayoría no dudó en hacer el boca a boca a las víctimas, a sabiendas de que aspirarían el gas que estas personas tenían atrapado en la tráquea.
Aquella noche, se escaparon 140.000 litros de gas de una cisterna. Todo se debió a una sucesión de errores, pero quizá fuera el peor que un operario musulmán se olvidara de poner la válvula que tenía que haber impedido que el agua entrase en aquella cisterna, contaminase el gas y provocase una reacción incontrolable. ¿Por qué semejante fallo? Cuando se lo preguntamos, nos respondió: «había un festival de poesía y yo no me iba a perder a mis poetas favoritos».
Ya les hemos indicado al comienzo que otra de las partes de nuestra investigación que más nos preocupaba era descubrir cómo fue posible que en una empresa así no hubiera un plan de evacuación en caso de accidente, cosa que existe en todas las grandes fábricas del mundo. Pues bien, por fin localizamos a un ingeniero que nos explicó que él sí pensó en ello y quiso poner este plan de evacuación en marcha. El problema se presentó cuando las autoridades locales le dijeron que no, que se podía asustar a la población ¿Cómo era posible que los propios políticos locales no hubieran tomado sus medidas? Luego nos enteramos de que el primer ministro del Estado de Madhya Pradesh, cuya capital es Bhopal, estaba preparando su reelección, porque había elecciones previstas para el mes de enero de 1985, y que no quería preocupar a sus votantes, todos estos chabolistas pobres a quienes, dos meses antes de la catástrofe, les había hecho el regalo que es el sueño de todo indio humilde: una escritura de propiedad que legalizaba la chabola que ellos habían ocupado, el trozo de tierra, los dos metros cuadrados de tierra que, en su día, habían ocupado ilegalmente. Ésa era su arma electoral: un regalo "envenenado", y nuca mejor dicho.
La fábrica no volvió a producir nada después del accidente. Se cerró y hoy se contempla como un monumento a la megalomanía de los hombres. La última idea genial es que han querido hacer un parque de atracciones, lo que, por supuesto, ha levantado ampollas: todas las asociaciones de las víctimas se han manifestado y han conseguido desechar la idea. Lo mejor que puede pasar es que se quede como mausoleo.
Nosotros hemos escrito este libro con la intención de que no se reproduzca un asunto así, pero también para traer a la memoria, rescatar del olvido, aquella tragedia tremenda. Parte de los derechos de autor se están dedicando a obras humanitarias con el fin de aliviar a las víctimas que, todavía hoy, 17 años después, sufren las secuelas de ello. No sólo está la clínica ginecológica que Dominique abrió el 26 de enero en la ciudad de Bhopal, sino que también existe otro proyecto: la canalización de agua potable. Los vertidos penetraron la capa freática y envenenaron todos los pozos de la zona, así que, mediante dicho proyecto, pretendemos que esta gente pueda volver a tener agua.
Dominique Lapierre: Nosotros hemos bebido de esa agua. Durante 5 días nuestras bocas fueron fuego; el agua tenía un gusto horroroso. Por tanto, pensar que hay hombres, mujeres, niños, que son obligados a beber esa agua es increíble.
También abriremos otros dos dispensarios en dos barrios de chabolas en los que no hay absolutamente ninguna ayuda médica. Un verdadero escándalo. Que 17 años después la gente esté condenada a vivir sin medicinas es horroroso. Bien es cierto que hay un hospital extraordinario que está construido con el dinero de la Union Carbide, pero está a 22 kilómetros del centro de la ciudad, y se pueden imaginar ustedes que para esta gente es imposible gastar 50 rupias para ir y 50 rupias para regresar de este hospital.
La verdad es que todo está calculado para que los pobres no puedan recibir ninguna ayuda; sin embargo, con este libro, es de esperar que cambien un poco las cosas. Este relato será, como decía la Madre Teresa, «otra gota en el océano de las necesidades».
FUENTE: EL CORREO DIGITAL
http://canales.elcorreodigital.com/auladecultura/lapierre1.html
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