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La guerra civil se recrudece en Nepal

Por: Miguel Jimenez

Agencia de Información Solidaria. España, noviembre del 2002.

El pasado 15 de noviembre un centenar de personas, incluyendo 55 guerrilleros y 37 soldados, murieron en una reyerta en un poblado de Nepal; los maoístas lo habían tomado con cerca de 3.000 guerrilleros. Este hecho pone de manifiesto, una vez más, la dramática situación política que vive este pequeño país; un conflicto que ya se ha cobrado la vida de 7.000 personas en siete años. El enfrentamiento entre los guerrilleros maoístas y el Ejército de Nepal tiene lugar en el marco de un país situado en medio de los montes Himalaya, entre los dos países más poblados del planeta: India y China. La nación nepalesa, aislada durante siglos hasta que en 1951 se permitió la entrada a los extranjeros, es una sociedad clasista y desigual donde rige una ley de castas similar a la de la India.

Aún persisten las antiguas relaciones económicas de tipo feudal y de explotación sobre una población que se dedica a la agricultura en un 90% y sufre una carencia generalizada de alimentos y bienes básicos. El 53% de sus 22 millones de habitantes vive con menos de un dólar diario y más del 42% de la población no sabe leer ni escribir. En el ámbito político cabe destacar el centralismo del Gobierno que desde la capital, Katmandú, es incapaz de administrar el ámbito rural. Además, el Estado margina a las minorías étnicas en favor de la religión hindú (existen 30 grupos étnicos y 100 idiomas distintos en Nepal) y también a las mujeres. La guerrilla maoísta se formó en febrero de 1996 con apenas un centenar de pobres. Hoy, sus integrantes se cuentan por miles (se calcula que entre 5.000 y 10.000) y no dejan de crecer. Las razones de este crecimiento están en el descontento político y, sobre todo, en la pobreza.

En primer lugar, la democracia se instauró en Nepal en 1991. Hasta esta fecha, Nepal vivió bajo un sistema político denominado "sistema Panchayat", caracterizado por la existencia de un solo partido, el monárquico, y por los poderes absolutos del monarca, que era quien nombraba unilateralmente al Primer Ministro. La llegada de la democracia multipartidista no alteró en ningún caso la cultura política del país. De este modo, con la llegada al poder del principal partido, el Partido del Congreso Nepalés (PCN), se inició un acercamiento a los antiguos oficiales del sistema Panchayat, a los que se rehabilitó en sus cargos para marginar a los comunistas. Como consecuencia del entendimiento entre el monarca y el PCN, los comunistas más radicales decidieron iniciar la lucha armada como medio para acabar con el feudalismo, abolir la monarquía y establecer una república popular.

Así, los maoístas han logrado canalizar el descontento generalizado hacia el Estado para fortalecer su posición. Por ello no es de extrañar que dominen las zonas más pobres del país, el oeste rural, y que en sus filas haya un gran número de mujeres y de grupos étnicos marginados. Para su financiación contaron en un principio con el apoyo del Partido Comunista de la India y del extinto movimiento peruano Sendero Luminoso; pero en los últimos años han logrado sobrevivir a través de ataques a bancos, extorsión a agricultores y comerciantes adinerados y de impuestos revolucionarios. Los maoístas controlan actualmente 20 de los 75 distritos de Nepal, básicamente el oeste rural del país, y alrededor de un millón y medio de nepaleses, de un total de 20 millones, viven bajo su control. Pero el factor principal del crecimiento de la insurrección maoísta es la política de represión del Gobierno para acabar con la guerrilla y sus apoyos. Sin ir más lejos, tras la visita de Colin Powell a Katmandú en enero, la Administración del presidente Bush pidió al Congreso conceder 20 millones de dólares para ayudar al Ejército de Nepal en la lucha contra los insurrectos.

Nepal, en otro tiempo reino de paz y tranquilidad, vive una guerra civil salvaje que puede decantarse del lado de los maoístas debido al descontento de la población y a la muerte de los miembros más populares de la monarquía. Además, sus ideólogos y militantes se han infiltrado en universidades y colegios, instituciones gubernamentales e incluso en la policía. No obstante, el poder del Ejército es grande y el conflicto parece abocado a recrudecerse sin visos de solución. Tan sólo una Administración más equitativa y democrática, la aceptación por ambas partes de una tregua, una propuesta de diálogo y una ayuda internacional para un desarrollo decente, podrían poner freno a la imparable espiral de violencia.


Fuente: http://www.lainsignia.org/2002/noviembre/int_050.htm


 

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