Para algunos es la puerta del cielo. Para otros, la antesala del infierno. Para todos ellos es un mundo perdido entre las nubes, oculto tras montañas gigantescas y valles infinitos. Es una región menos conocida que la Luna, que permanece aislada en un remoto lugar en las entrañas del Himalaya. El viaje para llegar a este universo olvidado nos lleva a través de un inhumano caos geográfico. Todo comienza con un vuelo de una hora en avioneta entre Katmandú, la capital de Nepal, y Nepalgunj. Poco más de setenta minutos de helicóptero separan esta mísera villa fronteriza de la India y el destartalado helipuerto de tierra y piedras de otro pequeño poblacho llamado Jumla. Desde aquí, caminando a buen ritmo siete horas diarias durante siete días, entramos por fin en la morada de los dioses. Nuestro destino está en las entrañas del reino de las alturas: Dolpo, vieja reliquia del pasado, es una de las joyas mejor guardadas de Asia. Y el altiplano habitado situado a mayor altura de todo el planeta.

Un pueblo al norte, cerca de la frontera con Tibet, y uno de sus habitantes
Hemos retrocedido varios siglos en el tiempo. Estamos en una tierra extraña, donde las amapolas y los corderos son azules, las montañas de cristal, los campos están sembrados de marihuana salvaje, y los leopardos han sido teñidos del color de las nieves. Pisamos el último reducto puro de cultura tibetana sobre la Tierra. Hombres y mujeres siguen sin adaptarse a las brutales leyes de la naturaleza, y se limitan a sobrevivir en una región hostil donde escasean los alimentos, las aguas discurren turbias y el aliento se hiela en los labios. Las lluvias apenas llegan a un lugar tan elevado, y cuando lo logran el frío se encarga de congelarlas y convertirlas en un muro inaccesible: sólo se puede entrar en Dolpo entre los meses de junio y octubre, cuando los elementos climatológicos están distraídos fabricando para el resto de Asia los monzones.
Situado en el noroeste del Nepal, en la misma frontera con el Tíbet, Dolpo es la región más extensa y menos poblada del país. Es un mundo separado de la realidad, que ha permanecido cerrado para los viajeros occidentales hasta hace tan sólo seis años. Rota la prohibición, no más de 500 extranjeros entran cada año en esta tierra sin fronteras definidas. En Dolpo no hay caminos, no hay luz eléctrica ni teléfonos, collados de 5.000 metros separan las aldeas y es inútil buscar un médico o un hospital en cientos de kilómetros a la redonda. Los niños que tienen mala suerte, la mitad de los que nacen, mueren antes de cumplir un año; los que sobreviven y tienen la fortuna de vivir cerca de algún pueblo con escuela deben caminar durante horas para llegar a ella. Tormento y paraíso, Dolpo es uno de los últimos lugares salvajes del planeta.
La entrada a esta tierra de nadie, que pertenece políticamente a Nepal pero histórica y culturalmente al Tíbet, está sembrada de desmedrados árboles y de arroyos de aguas transparentes. Hasta los 3.000 metros de altitud los bosques son grandiosos. Mil metros más arriba los bosques subtropicales ya se han convertido en planicies semidesérticas y valles esteparios: los abedules enanos y los recios pastos soportan mejor el frío que los pinos y los castaños. Pero sólo después de atravesar el primer gran obstáculo del viaje, un collado de entre 5.115 y 5.250 metros, dependiendo del mapa consultado, llamado Kagmara La, podemos decir que estamos en el Dolpo. En la nevada cima encontramos los primeros mensajes budistas: banderas de oración saludan a las deidades desde el lugar más alto y también más puro, menos contaminado. A su lado, el cráneo pelado y la cornamenta de un yac sobre un montón de piedras recuerdan al viajero que todo es perecedero.
A esta altura la respiración resulta trabajosa, y los movimientos más sencillos, agotadores. Como en todo el Nepal profundo, las altitudes se basan en las mediciones realizadas por sir George Everest el pasado siglo. Y también en la imaginación de sus habitantes. No hay cartografía fiable. Y la vista se desborda por la grandiosidad del paisaje y engaña constantemente. Acercarse a ver las tiendas de unos pastores nómadas en la ladera de una montaña próxima, que parece que puede tocarse con la mano, llega a convertirse en dos jornadas de duro viaje. Pasado el Kagmara La, en el descenso hacia Shey, aparecen los primeros signos de vida humana: pastores con sus rebaños y caravanas de yacs comandadas por nómadas.
Los habitantes de Dolpo se llaman Dolpo-pa. Son gente de sonrisa fácil, tal vez conscientes de que viven en un lugar donde el lujo supremo consiste en poder prescindir de todo. Su estatura es tan pequeña como grande su capacidad de sacrificio. Tienen las manos y los pies del color de la roña, y la piel cobriza decorada con chorretones de mugre. Sus ojos mongoles están permanentemente irritados por el humo de sus cocinas, y sus descuidadas bocas sufren numerosas infecciones. Las mujeres tejen y tiñen las recias telas de lana de yac con que se cubren, y a veces perforan los tabiques centrales de sus narices para colgarse aparatosos pendientes de bronce. En la ventanilla izquierda de la nariz se clavan flores del mismo material. Los hombres mascan tabaco, esnifan rape y, en algunos lugares, fuman pipas de marihuana. Raras veces visten los trajes tibetanos tradicionales, con la manta y la túnica sobre el cuerpo y los anchos pantalones metidos sobre las botas de lana. La mayoría vive de la tierra, con los cultivos que logran sacar adelante en los seis meses de clima aceptable (patatas, trigo sarraceno y cebada), y con la explotación de algunos animales (cabras, caballos, yacs...). Otros son nómadas, y viajan hacia el sur o hacia el Tíbet con caravanas de caballos o yacs para intercambiar grano por arroz o sal. Todos pertenecen a una raza especial de supervivientes que, según los antropólogos, no terminan de adaptarse al medio adverso que habitan.
La senda se convierte en camino y se llena de barro y excrementos: estamos llegando a un pueblo. Éste se llama Pugmo, y representa la pureza absoluta. Por sus calles, barrizales invadidos por la marihuana, camina gente que no pide nada, que no quiere vender nada, que se limita a observar, sonreír y ofrecer un poco de té de manteca de yac. Inconscientemente convierten en realidad una vieja teoría de Gandhi según la cual la aldea es el ámbito natural de la felicidad humana. Son budistas de la más vieja escuela, la bon. En concepto y métodos apenas hay diferencias con el tradicional budismo mahayana, pero sí en algunos pequeños detalles de forma. Los viejos budistas bon tenían sus propias reglas, y aceptaron a los budistas ortodoxos reservándose algunos pequeños privilegios: las estupas de piedras que adornan los caminos se cruzan por el lado contrario, los molinillos de oración giran hacia la izquierda, Buda está pintado en colores azules, y las telas de los vestidos de los lamas son de este color en lugar del tradicional amarillo. En las piedras de las estupas y en las voces de los hombres un misterioso Om Matri Muye Sa Le Du sustituye al tradicional mantra Om Mani Padme Hum (una sucesión simbólica de sonidos y palabras que significa "la joya en la flor del loto" y que, dicen, ayuda a meditar y a conectar con las capas más profundas de la conciencia). La esvástica normal es símbolo de la ley y de la buena fortuna. Pero cuando esa misma esvástica está representada al revés, viejo signo bon, se supone que invierte el tiempo y, por consiguiente, destruye el universo. Forma parte de los peores hechizos. En Dolpo siguen circulando rumores que hablan de monasterios con lamas aficionados a la magia negra y exorcismos, lamas que siguen pensando que Dolpo es el país de los demonios, los chamanes y las fuerzas ocultas.

El lago Phoksumdo, en el parque natural del mismo nombre
El orientalista Marcelle Lalou, considerado uno de los mayores budólogos contemporáneos, piensa que el bon reposa, "como si se tratara de una moderna biología, en los poderes misteriosos de las fuerzas vitales contenidas en la carne, la sangre y en los humores del cuerpo, que pueden ser ingeridos por absorción una vez extraídos. Impregnarse de sangre, revolcándose desnudo sobre una superficie ensangrentada por el descuartizamiento de un cadáver, asegura una larga vida". Caminando por las callejuelas de Pugmo cuesta trabajo creer en estas viejas fábulas. El atardecer cobrizo difumina las siluetas de las mujeres que muelen mijo. Los hombres, sentados en los tejados, utilizan la mano izquierda para fumar en pipas de madera y la derecha para deshacer toscos ovillos de lana de yac. Un grupo de adolescentes se burla de un chico que lleva collares de flores sobre el pelo. "Nació niño", vociferan ante la orgullosa displicencia del joven pastor de cabras, "pero se ha convertido en una niña".
Dawa Dhondup contempla la escena sin mover un músculo de la cara. Tiene sólo veinte años y está de vacaciones en Pugmo, su pueblo. Se niega a hablar del lado oculto del budismo bon. Su madre, viuda y con otros tres hijos, no tuvo más remedio que enviarle a un campo de refugiados tibetanos en la India. "Quiero ser monje, y por eso me dan clases de historia, de poesía, de gramática tibetana y de religión bon", afirma en perfecto ingles. "He terminado ya un año, y sólo me quedan trece más. Los bon tenemos los mismos libros que los budistas mahayatas, pero la mayoría de las cosas son diferentes". Se niega a decir cuáles. En ese momento un hombre viene a pedir ayuda para su mujer, recluida durante semanas en la parte superior de una casa cercana. La anciana, de edad indefinida, tiene la cadera rota y la piel llagada. Se guarda las aspirinas en el faldón del vestido y da las gracias ceremoniosamente, juntando las palmas de las dos manos y susurrado un lánguido ¡Namaste!, la palabra sánscrita que se utiliza tanto para los saludos como para las despedidas.
Dicen que en Dolpo cada copo de nieve cae en el lugar que le corresponde. A sólo un día de camino de Rigmo nos encontramos con el lago de Phoksumdo, un oasis de color turquesa en mitad de la desolación. Situado a 3.600 metros de altura y cercado por bosques de abedules, este lago es sinónimo de grandeza y misterio. Forma la mayor cascada de Nepal, con un salto de 190 metros, y se mantiene virgen gracias a su condición sagrada. Sus casi cinco kilómetros de largo, ochocientos metros de ancho y, al parecer, una profundidad similar, se mantienen sin explorar. Nadie ha nadado o navegado en el fascinante lago de Phoksumdo. Para justificar su formación los geólogos hablan de movimientos sísmicos y ríos encajonados. Los Dolpo-pa prefieren recurrir a viejas tradiciones: hace muchos años, cuando la fe bon era la única religión en esta tierra, un pueblo se levantaba en el lugar donde ahora está el lago. Era el siglo VIII, y como los demonios montañeses correteaban a sus anchas por los bosques, un gran santo budista llamado Sambhava viajó hasta Phoksumdo para derrotarles. Cumpliendo su misión persiguió a una diablesa bon que, para poder escapar, compró el silencio de los aldeanos dándoles una turquesa de gran valor. Sambhava, el Nacido del Loto, convirtió la turquesa en estiércol para que así los habitantes del pueblo, al sentirse engañados, rompieran su promesa y confesaran el escondite de la satánica mujer. Enfadada por la traición, la diablesa provocó una colosal inundación y el pueblo entero quedó cubierto bajo unas aguas de color turquesa.
En esta parte de Dolpo sólo un animal resulta tan fantástico como estas viejas leyendas: el leopardo de las nieves. Es necesario tener mucha fe para creer es este fantasma, el más amenazado y esquivo de todos los felinos del mundo. Sabemos casi tan poco de la vida privada de este mítico gato como de la del Yeti, el abominable hombre de las nieves. Es más pequeño que un leopardo normal, pero su tamaño no le impide matar corderos azules de más de 100 kilos. Tiene la cara chata, las patas fuertes y las garras grandes. Sus ojos son claros y su mirada fría. El espeso pelaje gris claro que le cubre, con manchas negras difuminadas, le permite soportar temperaturas gélidas. Vive entre los 1.500 y los 6.000 metros, y desconocemos prácticamente todo sobre su sistema social. Ni siquiera los pastores nómadas a los que preguntamos habían visto uno vivo jamas. Sólo pieles y huesos en manos de cazadores furtivos.
El leopardo de las nieves es el título del libro más famoso escrito jamas sobre Dolpo. Su autor, Peter Matthiessen, viajó a esta remota zona de Nepal acompañando al zoólogo George B. Schaller en su búsqueda de datos no sobre el mítico felino, sino sobre los inofensivos corderos azules. Schaller quería hallar las pruebas de que estos corderos tienen más de cabra que de oveja. Los bharales, auténtico nombre de los recios caprinos himaláyicos, son animales curiosos que no dudan en observan al viajero desde la seguridad de las altas cumbres. Los machos adultos son de color azul pizarra, con la grupa y el vientre blancos. Son hermosos, pero no legendarios. Este término queda reservado para las inencontrables amapolas azules, tan frágiles como el silencio de los valles donde crecen, o la fascinante Montaña de Cristal. Para llegar a esta colosal pirámide blanca el viaje debería prolongarse durante una semana más hacia el norte, por los senderos de una zona conocida como Alto Dolpo. La montaña, que vigila silenciosamente el Monasterio de Cristal, se convierte en verano en un santuario visitado por peregrinos de toda la región. Al abandonar Phoksumdo el camino comienza de nuevo a subir. Y los grandes bosques vuelven a quedarse atrás a medida que aumentan el frío y la altura. Ésta es la parte más dura del viaje, puesto que en apenas tres días hay que atravesar dos collados de más de 5.000 metros, el Baga La (5.070) y el Numa La (5.190). El frío, la lluvia y la nieve se encargan de recordarnos que sólo dos meses más tarde estos pasos quedaran cerrados.
Nada más cruzar el Numa La se inicia un descenso por valles infinitos cubiertos únicamente de piedras grises y líquenes. El mundo parece alcanzar su máxima anchura, y resulta imposible calcular las distancias. Tres tiendas de cuero blanco, instaladas por pastores nómadas en un valle junto al río Tarap, sirven de referencia y ayudan a reencontrarse con la realidad. Con una realidad del siglo XVIII. En esa lejana fecha Dolpo y el vecino Mustang pertenecían al Tíbet. Mucho tiempo después estos dos reinos sirvieron como refugio a los legendarios kham-pa, unos agresivos nómadas tibetanos que se resistían activamente a la invasión china con incursiones dignas de la mejor guerrilla. Los descendientes de aquellos guerreros, mitad héroes y mitad bandoleros, siguen siendo hoy tan altivos como en los tiempos en que Marco Polo viajó por la región. Dejan que el viento mueva sus cintas rojas para el pelo, alardean de su condición de tibetanos y no dudan en adornar los planos tejados de sus casas con banderas del Tíbet. En la oscuridad de las casas sólo han dejado sus cuchillos de plata. "Somos tibetanos, pero no por vivir en Nepal estamos en el exilio. Somos libres", dice un joven pastor sin perder de vista su rebaño. Estas viejas guerras fronterizas, y el hecho de que Dolpo perteneciese antaño a Tíbet, hacen que Nepal sea prudente en todo lo que concierne a sus ambiciosos vecinos chinos. Nadie habla de ello, pero todo el mundo teme que algún día pueda producirse la invasión de estas regiones olvidadas.
Ajeno a los problemas fronterizos, un quebrantahuesos describe amplios círculos sobre el cielo azul esmeralda del valle de Tarap. Los Dolpo-pa del pueblo de Do sienten un especial respeto por los buitres, que como buenos carroñeros no necesitan matar animales para alimentarse. Por esta razón llegan a ofrecerles los cadáveres de sus propios muertos: cuando un familiar fallece sus parientes suben el cuerpo hasta un lugar situado en la cima de la montaña que vigila sus casas, y allí lo dejan después de separar los miembros del cuerpo con un cuchillo afilado. Antes han cortado cuidadosamente la tapa de los sesos del muerto y, utilizándola como un cuenco, han ofrecido a los animales el corazón y el cerebro del difunto minuciosamente triturados. Desde el pueblo se pueden ver buitres y cuervos en el lugar sagrado, señalizado con grandes banderas de oración.
Han pasado veinte días y más de trescientos kilómetros. Los pies están doloridos y las venas cargadas de glóbulos rojos. La altura te hace fuerte, siempre que no te provoque un edema pulmonar o cerebral, una hemorragia o una embolia. Desde Do, corazón de Dolpo, hasta el rudimentario helipuerto de Juphal, el viaje, encajonado en una garganta fantasmagórica, es una constante bajada. En apenas cuatro días se pierden casi 2.000 metros. En un suspiro dejamos atrás Dolpo y regresamos al mundo real. Debería consolarnos saber que el budismo prehistórico, los corderos azules, los leopardos de la nieves y los Dolpo-pa estarán siempre ahí, viviendo a cámara lenta el incontable tiempo de su inmaculada eternidad. Pero no es así. Al abandonar esta tierra desconocida se tiene la sensación de haber cerrado, tal vez para siempre, una puerta que nos comunica con el pasado. Sólo alivia repetir las palabras que pronunció Peter Matthiessen al regresar de su viaje: "Cuando se visitan determinados lugares es un hombre el que sale de viaje y otro quien regresa".