Las imágenes de violencia de Bangladesh permanecen aún vivas en mi memoria y se entrecruzan en los sueños por encima de otras tragedias vividas. La revancha civil es a veces peor que la guerra. Ante aquella sucesión de biharis apaleados hasta la muerte, arrastrados en camiones, cazados en la jungla para el suplicio, podía imaginar con fidelidad lo que fue la separación de la India y el Pakistán a la que con tanto ardor se había opuesto el Mahatma Gandhi. ¿Resultó mejor el remedio de la partición que la enfermedad de la tensa convivencia, de los enfrentamientos entre las comunidades hindúes y las musulmanas? En todo caso, el virrey Mountbatten, primer gobernador general de la India independiente, presidía el quince de agosto de 1947 en el salón del trono de Nueva Delhi la ceremonia de la separación. No había visto otra solución para el Imperio que la división. Allí, estaba como lo describe Max Olivier Lacamp, bajo la cúpula de gres recalentada por el sol del verano indio, vestido con su uniforme de almirante, "y la parte izquierda de su tórax cubierta de medallas desde el hombro a la cadera, medallas y estrellas de diamante refulgiendo en sus costados, cordones cruzando su pecho, encomiendas pendiendo de su cuello. En su brazo izquierdo, un bicornio a lo Nelson, con penacho de plumas de avestruz y, al estilo de la Marina británica, suspendido de su doble portaariete, el sable curvo, en la vaina de cuero charolado."
Ahora veía yo en los campos de Bengala la repetición de aquel conflicto salvaje y cruel de 1947, que el Mahatma Gandhi detenía a duras penas a golpe de ayunos y el silencio absoluto los viernes. Los jefes militares del Pakistán dieron la orden de matar bengalíes a discreción, en una campaña de terrorismo oficial sin freno que hizo huir a diez, doce millones de personas, bajo el sol del verano de 1971, veinticuatro años después de la partición, hacia el refugio de los campos de sal en Bengala. Lord Mountbatten dijo de la India en 1947 que era "como un barco incendiado en medio del océano, con dinamita en la bodega". El gobierno socialista de Londres pensó que lo mejor sería abandonarlo pronto y dividirlo. El Pakistán nació como un absurdo cartográfico al este y al oeste en base a una separación por razones religiosas. Los hindúes sobrepasaban en una proporción de tres a uno a los musulmanes. Había que salvar a éstos y concederles una patria. El Islam, como el hinduismo, es algo más que una religión, una conducta, una condición, un modo de vida, una cultura, una pauta de comportamiento. Sería difícil hallar dos concepciones tan opuestas del mundo y de la vida entre el monoteísmo austero del Corán, la igualdad de los hombres ante las leyes y ante el dios del Islam y la miríada de dioses, el concepto flexible del dios del hinduismo, cuyo soporte social es el sistema de castas. Pero el Islam penetró en la India del Ramayana y del Gita seiscientos años antes. Como la coexistencia era imposible, lord Mountbatten recomendó la división. Los jefes indios salvo Gandhi y Nehru, al principio estaban de acuerdo. El padre de la patria pakistaní, el elegante y huraño Ali Jinnah, también. Era el final de una era, del Imperio de Kipling que Heriry James había definido como "el de la magia irresistible de los soles tórridos, de los imperios sometidos, de las religiones salvajes y de las guarniciones inquietas".
"Somos el país musulmán más grande de la tierra", me decían cuando pasé por Pakistán en 1965. Sobre ese sueño se construye el "país de los puros", que eso significa en urdu Pakistán. Es al mismo tiempo el anagrama de Panjab, Afghania, Kashmir, Irán, Sind, Turkaristán, Afganistán y Baluchistán. Los estudiantes musulmanes de Cambridge lo bautizaron así en los años treinta. Pero si la India logró mantener su democracia en medio de todos los vaivenes, Pakistán cayó muy pronto bajo la bota militar. Su primer hombre fuerte, Ayub Khan, creía que el ejército era el único que podía salvar al Pakistán de la desintegración. El dictador afirmó una vez que la democracia era incompatible con los climas cálidos ("Democracy cannot work in a hot climate"). Y menos en un país partido en dos y separado por más de mil quinientos kilómetros. Las recomendaciones del Mahatma cayeron en saco roto: "Estoy en contra de la partición, recogió en su Autobiografia. Vais a hacer jirones el país. Vais a instalar a un hermano enemigo a nuestras puertas. Es preciso que permanezcamos unidos entre nosotros. La India tiene necesidad de todos sus hijos, tanto hindúes como musulmanes. Construyamos un Estado fraternal ... " Pero en el holocausto de 1947 48 murieron a cuchillo alrededor de medio millón de personas y otros catorce millones se transformaron en refugiados. El Pakistán Occidental y el Oriental podían parecerse tanto como las Hurdes y las Rías Bajas de Galicia. El oeste árido, de colinas peladas, poco habitado; el este, verde, cruzado por ríos y canales, muy poblado, con el mayor índice de concentración de población rural de toda la tierra. Los pakistaníes orientales eran de baja estatura, cetrinos; los del oeste altos y de piel más blanca. Nada tenían en común excepto el Islam. Los del oeste eran belicosos; los del este, algo pasivos y poetas.
En la división de 1947, la India se llevó la parte del león, las zonas de yacimientos minerales, los grandes puertos, Calcuta, Bombay, Madrás, y aunque el yute crecía en el Pakistán Oriental, las fábricas quedaron al otro lado. Esta sensación de inferioridad económica, de amputación geográfica y de amenaza de la India, se tradujeron en términos de modelo de gobierno. La democracia parlamentaria estilo Westminster como en la India era imposible. Fracasó en medio de la agitación y la crisis económica, entre el caos social y la bancarrota. Los militares educados en Sandhurst, llamaban a las puertas del Congreso. En 1958, el golpe de estado del general Ayub Khan impuso, con el parlamento disuelto y abrogada la Constitución, la ley marcial. Como en tantos otros países del mundo, los militares en el poder sólo hicieron más agudas las crisis y no fueron capaces de evitar la desintegración por la que prometieron luchar. El círculo de la represión se cerró sobre los dos Pakistanes. "Ali Jinnah no lo hubiera permitido", comentaban los estudiantes de la Universidad de Karachi.
El mariscal Ayub mide casi dos metros, se levanta a las seis y se acuesta a las once. No para de trabajar. Cultiva su jardín, hace deporte. Es un apasionado de los libros de historia de las religiones. Ha sido el organizador del ejército pakistaní con este axioma: "La máxima austeridad con la mayor eficacia". Este militar elegante, britanizado, de ojos grises, mirada penetrante, se inventa toda una filosofía y una práctica de la política, la "democracia básica", que divide el país en miles de circunscripciones electorales. Pero esa democracia no incluye la libertad de expresión ni siquiera un reformismo que distribuya mejor la riqueza en manos de las 22 familias del oeste. El virus de la corrupción penetraba en todos los segmentos de la sociedad. La protesta comenzó, como es natural, en los campus universitarios. Hasta un mariscal del aire entró en la arena política para competir con Ayub con estas palabras que no dejaban dudas sobre la naturaleza del régimen: "Los chanchullos, el nepotismo, la corrupción, la incompetencia administrativa afectan a la vida y a la felicidad de millones de personas. La desigualdad social y las disparidades económicas aumentan. Los teléfonos están intervenidos, la opinión amordazada, la oposición en la cárcel".
La agitación no tardó en estallar de este a oeste. Ayub se vio contra las cuerdas. Se vio forzado a negociar, a ceder. Ordenó la puesta en libertad del que había sido su primer ministro, el hábil Ali Bhutto, ejecutado años más tarde por el régimen militar de Zia UI Hak, y entre otros detenidos, del jeque Mujibur Rahman, que pasó nueve años de su vida en la cárcel como caudillo de1 independentismo bengalí y jefe de la liga Awarni. Estas medidas de gracia llegan tarde, con el país estremecido por las huelgas generales y las manifestaciones. Sólo hay una salida, la que pide la calle, la retirada de Ayub. El ejército piensa que antes de que la situación se deteriore aún más debe proceder al cambio de nombres para salvar su permanencia en el poder. Es por lo tanto necesario el sacrificio de Ayub. En marzo de 1969 entraba en escena otro general discípulo de Ayub,Yahia Khan. Pero el nuevo strong man, hombre fuerte, fue incapaz de hacer de dos naciones separadas una sola. Las desigualdades, el trato de favor al oeste sobre el este, el abandono de los bengalíes siguen en pie. "A pesar de las buenas intenciones de Yahia Khan, la misma catástrofe se repite con él, escribe David Loshak, sólo que por razones de psicopatología en un proceso más rápido y cruel." La explosión demográfica del este no era ajena a la profundización de la crisis.
En el momento de la partición contaba con 40 millones de habitantes, ahora con 18 más. 250.000 personas más al mes en un área la mitad que Inglaterra. Aquí se cumplían las previsiones de Malthus: el crecimiento de la población saltaría por encima de la posibilidad de alimentarla.
Había otros elementos de discriminación del oeste con respecto al este, en el seno del ejército, de la administración, de los poderes legislativo y judicial. Las grandes inversiones se reservaban para el oeste. De esta manera, el Pakistán Oriental se convirtió en colonia del Occidental, en zona de explotación al alcance de las 22 familias, los Saigols y los Valikas (industrias químicas y textiles), los Habibs, Hyssons, Dawwodos, Francys, los Adamjees (yute y textiles), los Haarons (prensa y fabricación de automóviles), que controlan, según Loshak, dos tercios de la estructura industrial del país y cuatro quintas partes del sector bancario y de las compañías aseguradoras.
En este panorama, el jefe del movimiento bengalí, Mujibur Rahman, Mujib para sus partidarios, envía un torpedo a la línea de flotación del régimen militar, su programa de reivindicaciones en seis puntos. El novelista bengalí Seyd Waliullah, en su novela Lal Shalu, describe la frustración del este: "Que nadie se asombre al ver tanta agitación entre aquellos que, aunque arrancan cuanto pueden a la tierra, se ven acosados por el hambre. En esta región superpoblada donde el cielo es tan azul y los campos tan verdes, donde no hay rocas, ni piedras, ni arena, ni polvo, la insatisfacción es perpetua, la agitación intensa. Si no logran huir, sólo les queda luchar. La tierra no conoce reposo; exhausta, no recibe nada de los seres rapaces que le chupan la sangre. Son demasiado numerosos en este suelo violado, asolado, oprimido, que no puede producir ni dar nada más".
El jeque Mujibur Rahman interpreta en el plano político la angustia y la amargura de los bengalíes: "Para superar la crisis, por la que atraviesa la nación es preciso ante todo buscar las causas. Estas causas son tres: la privación de la libertad política; el sentimiento de injusticia social experimentado por las muchedumbres de nuestro pueblo; el profundo descontento creado por las disparidades económicas cada vez mayores entre las regiones". Así ofrece su plan de seis puntos: estado federal y parlamentario; el gobierno federal controlará sólo los asuntos de defensa y de exteriores; elección entre dos monedas o una sola pero con una política fiscal separada que evite la evasión de capitales del este hacia el oeste; el gobierno federal no marcará la política impositiva; cada uno de los estados federados podrá llegar a acuerdos comerciales con terceros países; los estados podrán encuadrar sus fuerzas militares y paramilitares propias. A este plan Mujibur lo llama "nuestro derecho a la existencia". Las elecciones recientes, con la victoria en toda la línea de la Liga Awarni, le permiten jugar fuerte. Mujib tiene todas las condiciones para arrastrar a las masas, es un orador percutante, sencillo en la argumentación, sólido en la exposición, atractivo, magnético. Ha sido un mal estudiante, en el Colegio Islamia de Calcuta, pero un implacable organizador, un líder universitarlo en,Dacca, donde estudia derecho y galvaniza a los estudiantes. Ha convertido con el tiempo a la Liga Awarni en una temible fuerza política. Fumador inveterado de pipa, es alto y corpulento, la contrafigura de un Gandhi, con mostacho poblado, gruesas gafas de concha. Ha pasado diez años en la cárcel, "su segunda casa", como él la llama. Es maximalista en las formas pero moderado en la negociación, un conservador. El régimen militar hace lo que puede para desacreditarle, para destruir su carrera política, y lo mezcla en una conspiración inexistente en combinación con la India, el "complot de Agartala".
Mientras tanto, el ejército del este recibía del oeste la licencia para matar, para ahogar en sangre la protesta. Los tribunales populares de la democracia básica quemaron vivos a cientos de condenados, los pasaron a cuchillo, decapitaron y crucificaron. El general Yahia Khan es un soldado que ha combatido con los aliados. No tiene experiencia política y conduce al país con su bastón de empuñadura de plata. Es bebedor y mujeriego. La gravedad de la situación le dicta la iniciativa: se entrevistará en Dacca con Mujibur Rahman. Otro tanto hará Zulfikar Ali Bhutto, fundador del PPP, Partido Popular Pakistaní, el único líder político pakistaní de talla nacional. El objetivo es el mismo: descubrir una salida al irredentismo del este. Bhutto será el hombre que reemplace a los militares, la pieza de recambio civil, tras la derrota de Bangladesh.
La entrevista de Yahia Khan con Mujibur estimuló algunas esperanzas. El nuevo presidente afirmaba que el ejército no tenía ambiciones políticas. Volvería pronto a los cuarteles. Nombró un gobierno en el que figuraban cinco bengalíes y prometió elecciones generales en el plazo de dieciocho meses. El presidente se permite en este clima de pacificación dar un consejo a Mujib: "Póngase de acuerdo con el Partido Popular Pakistaní de Ali Bhutto". Según algunos testigos, al terminar su entrevista y en el momento de la despedida dice, señalando al dirigente de la Liga Awarni: "He aquí a mi futuro primer ministro".
Por su parte Bhutto viaja a Dacca el 17 de enero. Las perspectivas son óptimas. Mujib le ha enviado un mensaje verbal: "Es necesario que nos ayudemos mutuamente para eliminar al ejército de la política y enviarlo a sus cuarteles". Pero ese clima de entendimiento está lejos de confirmarse en la realidad. Según algunos, Bhutto teme la "bengalización" del Pakistán; según otros se produce algo más simple, el choque de dos polos opuestos, el progresista Bhutto y el conservador liberal Mujib. Esta es una hipótesis convincente. Ali Buttho no desea rivales.
Conocí a Bhutto en Lahore, la ciudad de Kipling, la de amplias avenidas y edificios coloniales de ladrillo rojo, donde trece años después le condenaron a muerte. Odiaba a los militares, que le descabalgaron del poder, le acusaron, sin pruebas, de intento de asesinato de un adversario político y por fin, después de desafiar las peticiones de clemencia de todo el mundo, el general Zia lo mandó a la horca.
Zulfikar Ali Bhutto era un "animal político" contradictorio. Quizá por eso nos atraía tanto a los periodistas que le conocimos... Tenía fuerza. Era brillante, de la estirpe de los Sukarno y de los Sihanuk. Como al primero, le gustaban mucho las mujeres y los golpes de efecto y como al segundo los gestos populístas, los viajes en helicóptero a las regiones devastadas para regalar juguetes a los niños. Y como ambos, siempre fue amigo de los discursos, largos, vibrantes, melodramáticos, de los baños de multitudes. Era listo, arrogante, arbitrario, astuto,
previsible. "Ha nacido para convencer, engañar y está nutrido al mismo tiempo de olfato, de memoria y de un gran señorío", escribió Oriana Fallaci en su Entrevista con la historia.' Fascinaba a las periodistas occidentales. Había empezado su carrera política muy pronto, a los treinta años, como ministro de Ayub Khan. Era nacionalista y partidario de un socialismo muy sui generis. Le han comparado con el reformismo de Léon Bluin. Se opone a la Declaración de Tashkent, que define como una "capitulación vergonzosa". Habla un inglés refinado, bebe whisky con generosidad y juega al golf mejor que James Bond. Habría que añadir a todos estos datos externos su ambición sin respiro, sus zigs zags proverbiales, sus maquiavelismos, sus saltos de humor, sus legendarios accesos de cólera. Siempre he creído que en la India odiaban a este hijo de terratenientes pero le temían, le admiraban en secreto. No es extraño por lo tanto que Indira Gandhi le hubiera llorado a la hora de una muerte tan cruel como injusta.
El único político al que se le podía comparar es a Ali Jinah, muerto de tuberculosis después de la independencia. Bhutto despreciaba a los militares. No se lo perdonarían nunca. Era el único capaz de hacerles sombra. No era un político coherente y sabía organizar el "pucherazo" en unas elecciones, pero él mismo había dicho alguna vez, citando a John Locke, "la coherencia es una virtud de las mentes pequeñas". Era elástico, móvil. "Ahora caliente, ahora frío", acostumbraba a decir. A pesar de sus evidentes defectos, sorprendía por su rapidez de reflejos, la seguridad en sí mismo y sus citas de Shakespeare. El ex vicepresidente norteamericano Rockefeller dijo de él, tras acompañarle en uno de sus baños de popularidad y baby kissing: "No me gustaría tenerlo enfrente en unas elecciones". Bhutto admiraba a Genghis Khan y a Napoleón, pero al mismo tiempo se consideraba socialista, un materialista dialéctico, un marxista en lo económico. Su campaña en las elecciones de 1970 que le dieron el triunfo (congelado por los militares), se hizo sobre la base de este slogan: "Pan, casa, ropa". Una vez en el poder, puso en marcha un programa de redistribución de tierras, salario mínimo, seguridad social que asustó a los burócratas del Pakistan Civil Service, y a la clase dominante de las 22 familias que con
trolan el aparato industrial. Se apoyó en los universitarios, los intelectuales, los campesinos y el lumpen de los trabajadores de las grandes ciudades. Su programa produjo en las masas un efecto de dignidad y de impaciencia por la redención. Sorprendía que toda esa ola de reformas procediera de un hijo de la oligarquía educado en Berkeley y luego en Oxford. Le faltó coraje para rematar su programa, autocrítica, resistencia a la adulación y a la corrupción de algunos de sus colaboradores. Tres políticos de Asia, Bhutto, Indira Gandhi y Sirimavo Bandaranaike , de Sr¡ Lanka, eran de tendencia populista, procedían de la aristocracia. Los tres vacilaron entre la ruptura económica y el compromiso con los poderes fácticos. Los tres, también, cometieron abusos de poder.
Zulfikar Ali Bhutto murió en la horca como había vivido, con orgullo. No solicitó clemencia.
Después de su entrevista en Dacca con Mujibur afirmó crípticamente: "No se pueden resolver en tres días los problemas de veinte años". Mientras tanto, un nuevo instrumento de aniquilación se abate sobre el Pakistán Oriental, es el monzón en toda su furia. Los ríos se hinchan y arremeten como bestias heridas. Se llevan todo a su paso. El ciclón sobre Bengala es un jinete del Apocalipsis.
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Descubrí el monzón en Lahore. "Las nubes, escribió el poeta hindú Kalidasa, avanzan como reyes entre tumultuosos ejércitos; sus estandartes son los relámpagos y los truenos, sus tambores. " La atmósfera se cargó electromagnéticamente en cuestión de segundos, los árboles se combaron ante la embestida del viento y todo el polvo del mundo se adueñó de la ciudad. Volaban las basuras, se arremolinaban los papeles, se desgañitaban los gorriones y ladraban de pánico los perros. Se hizo la noche de golpe. Los coches, bajo la barrera de agua encendían sus faros mientras se cortaba la luz ante el aparato de la tormenta. El cielo tembló como si lo cruzaran dos mil aviones a reacción. Llovía apasionadamente y las gotas eran gruesas como cacahuetes. Las lluvias del monzón son tan breves como intensas. La tierra está ahita de agua. Cuando la lluvia cesa del todo vuelve a escucharse con claridad el graznido de los cuervos.
Después de tantos meses de sequía el monzón vino a restituir el equilibrio cíclico. Era el comienzo de la estación de las lluvias y los niños palmoteaban felices sobre los charcos. Pero aquellos monzones que devolvían la vida a los campos resecos, agrietados, podían también, en su exceso, traer la ruina y la desolación.
"En el extremo sur, escribe Sayed, son los grandes y profundos ríos los que dictan la ley. Los campos no aprisionan su lecho, como ocurre en el norte, donde la tierra es la reina y los ríos son sus esclavos. Los poderosos ríos del sur no admiten barrera alguna, ni siguen ningún curso definido. Durante la breve estación seca, apenas revelan sus contornos; es como si se negasen a admitir sus límites. Con la llegada del monzón recuperan toda su fuerza, toda su violencia. Crecen y hacen ostentación de sí mismos, semejantes a un ejército de conquistadores, devastando llanuras enteras, que parecen batirse en retirada ante el avance de 1 aguas. " La noche del 12 al 13 de noviembre de 1970 el cielo cayó en tromba sobre el sur de Bengala. Era el mayor desastre, sufrido por la humanidad desde la segunda guerra mundial. El dios de la fertilidad trae ahora la muerte. En menos de seis horas el ciclón se tragó a medio millón de personas. Según otras, estimaciones a un millón. Los cadáveres recuperados fueron, 277.000, pero no se sabe lo que el agua se llevó hacia el golfo de Bengala.
Los vientos soplaron a 170 kilómetros por hora y a lo largo de la costa nada pudo resistirles, las chozas de bambú, los puentes más frágiles, los hombres, las bestias. El ciclón puso al descubierto una vez más la vulnerabilidad, el abandono del Pakistán oriental, su indefensión ante la naturaleza. Los satélites meteorológicos advirtieron que el huracán se desplazaba hacia el noroeste pero en Bengala nadie movió un dedo. Para un pueblo tan castigado era como una nueva e inevitable maldición del cielo. Sin refugios, equipos de rescate, sin comunicación por radio, sin embarcaciones suficientes para evacuar a los campesinos sorprendidos en el delta del Ganges en plena cosecha, se elevó en pocas horas a centenares de miles el número de las víctimas. El gobierno de Islamabad se cruzó de brazos. Bengala no se lo perdonaría nunca: el tornado con su intensidad y el volumen de furia se convirtió en el argumento final para la lucha por la independencia. El golpe del ciclón fue de tal impetuosidad que hasta los buitres se retiraron de las bocas del Ganges. El gobierno militar no las declaró zona catastrófica. Todo el esfuerzo se centró en ocultar de forma vergonzante la dimensión de aquella calamidad.
El furor y el resentimiento crecieron en todos los corazones de Bengala con la intensidad del huracán. El presidente Yahia Khan, que se encontraba de visita oficial en Pekín, hizo un alto en Dacca para sobrevolar en helicóptero las áreas afectadas. Lo que vio desde arriba apenas le impresionó. Su comentario ilustra la insensibilidad de los políticos del Pakistán Occidental para comprender el alcance de aquel calvario: "No ha sido tanto como me habían dicho". Con los equipos de rescate paralizados, con un solo helicóptero para cubrir una tragedia tan extensa, Mujibur Rahman guardó un cauto y doloroso silencio durante unos días. Por fin estalló sin límites toda su indignación moral. Acusó al Gobierno de negligencia criminal. "Ellos, afirmó, son los responsables de un asesinato a sangre fría y merecen por ello el más severo de los castigos. Han sido lentos e insensibles. Los millonarios de la industria textil no nos han dado ni un metro de tela para nuestras mortajas. Tienen un ejército numeroso pero han dejado que los marínes británicos, llegados de Singapur, enterraran a nuestros muertos."
Al caer sobre Bengala el primer monzón que precedió al gran huracán, el presidente decidió retrasar las elecciones. Esta vez Mujibur amenazó con una guerra civil si el desastre natural daba pie a un nuevo aplazamiento. Después pronunció unas proféticas palabras: "Si el millón de muertos bajo el ciclón no basta, sacrificaremos otro millón para que Bangladesh sea libre".' En Dacca, el presidente Khan convocó a los periodistas: "Mi gobierno dijo, no es un gobierno de ángeles pero hemos hecho lo que hemos podido". Mientras los funcionarios vendían en las aldeas devastadas los víveres enviados por las ayudas internacionales, el Papa Pablo VI hizo un alto en Dacca camino de Filipinas.
Cuando las nubes se despejaron, cuando las aguas se calmaron entre el verde de los arrozales y los campos de yute, entre el bálago, las palmeras, los cocoteros, el bambú, los tamarindos, los banianos derribados, apareció sobre el fango el resultado final del cataclismo: cadáveres hinchados, búfalos y animales muertos, granjas destrozadas, postes caídos y algunos supervivientes a la deriva agarrados a los búfalos hinchados.
Las elecciones se celebraron en diciembre, a un mes del ciclón. El índice de participación fue muy alto, 40 millones, y los resultados no sorprendieron a nadie. Mujibur Rahman y su Liga Awarni ganaron 151 de los 153 escaños en disputa y en el oeste Zulfikar Ali Bhutto y su Partido Popular obtuvieron 81 de los 138 escaños. Sin embargo, la falta de entendimiento entre los dos vencedores decide al general Khan a aplazar la convocatoria de la Asamblea Constituyente. Su declaración por radio cae como una bomba en el. Pakistán Oriental: "Hoy el Pakistán se encuentra, dice el 1 de marzo de 1971, ante su mayor crisis política. La confrontación política entre los jefes del Pakistán Oriental (Mujibur) y el Pakistán Occidental (Bhutto) ha proyectado una sombra de tristeza, sobre toda la nación. He decidido trasladar a una fecha posterior, la convocatoria de la Asamblea Constituyente".
La muchedumbre, armada de varas de bambú , palos de hockey, acude en Dacca al parque de Paltan. Acaba de escuchar el discurso del general. De pronto alguien grita "Joi Bangla" y en un efecto multiplicador de voces y espíritus la capital estalla en un grito nacional, "Viva Bengala". Se queman banderas pakistaníes, se incendian comercios, se saquean almacenes. Mujib que ha estado reunido con sus consejeros, proclama la huelga general para el día siguiente. Es la revuelta institucionalizada. El presidente Khan lo sabe y prepara a su ejército para lo peor. Acaba de nacer Bangladesh. Es el caos. Los voluntarios del servicio de orden de la Liga Awarni se muestran impotentes para contener a los agitadores. Ahora, en medio del colapso del país, Mujib utiliza las armas de Gandhi, la no violencia, la desobediencia civil, la resistencia pasiva. La vida del Pakistán Oriental que todos llaman ya sin temor Bangladesh, se paraliza. A pesar de todo, las consignas de no violencia se convierten en días de terror, de xenofobia. Es la semana trágica. El ejército se mantiene en sus acuartelamientos. Espera órdenes. El general Khan lanza una descompasada advertencia: "Ocurra lo que ocurra, mientras yo esté en el mando mantendré la integridad absoluta del Pakistán".
Los soldados engrasan sus fusiles. La carnicería se acerca. Los aviones comerciales de Karachi con dirección a Dacca hace semanas que salen llenos. Son soldados disfrazados de civiles. Así, con este puente aéreo intensivo el ejército de ocupación del Pakistán Oriental pasa de los 40.000 a los 60.000 hombres. El sábado, cuando el presidente pakistaní pronuncia su discurso de apercibimiento, un hombre, rodeado de sus consejeros, lo escucha con suma atención en su casa de Dacca. Era Mujib, que al día siguiente había convocado a su pueblo en el hipódromo. Todos, incluido el ejército pakistaní, esperaban la declaración de independencia de Bangladesh y por lo tanto el comienzo de una sangrienta guerra civil. Había que elegir entre la prudencia y la violencia. Mujibur eligió la primera. El día siete, a la hora prevista, el hipódromo, enclavado en la zona residencial, está cubierto de cientos de miles de militantes de la Liga Awarni. "Esta es nuestra lucha de liberación", autonomía en lugar de abierta independencia. Mujib teme las consecuencias de un llamamiento inmediato a la sedición, el baño de sangre, la anarquía. En su petición de cinco puntos insiste en la abolición de la ley marcial, el regreso de los soldados a sus cuarteles, una investigación sobre los actos de represión del ejército y el cese del envío de unidades desde el otro lado del Pakistán. Mientras tanto decreta la campaña de desobediencia civil, la huelga general a cambio de una alternativa, eso sí, cada vez más estrecha, para la negociación con el Gobierno central. Las órdenes de Mujib se cumplen a rajatabla. La vida del país se inmoviliza, se detiene. Los extranjeros comienzan a evacuar en masa.
Todos los elementos en juego, políticos, psicológicos, sociales, empujan hacia la revuelta. "Cada vez quedaba menos espacio para el compromiso", me contaba el capitán Mansur de los Mukti Bahini, al analizar la evolución de los acontecimientos. ¿Creía aún el líder de la Liga Awarni en la posibilidad de un arreglo pacífico? Lo cierto es que el presidente Khan hizo un nuevo esfuerzo para detener lo inevitable y acudió a Dacca para mantener una nueva entrevista con el padre de la patria, presionado por sus consejeros más fogosos, para dar el paso final, la solución militar y revolucionaria. Mujib negocia con una mano y con la otra calma a sus partidarios cuando el presidente Khan llama a Bhutto para que se una a las negociaciones. Dacca está llena de banderas de Bangladesh. El 22 de marzo la baraja se rompe y sin más dilación, sin explicaciones, sin discursos de despedida, el general presidente y Ali Bliutto regresan a Karachi. Los soldados cargan ahora sus fusiles y Mujib prepara a los suyos para el sacrificio final. La última oportunidad de un acuerdo se había perdido. "Después, resignado, escribe Losak, se encerró en su casa para esperar lo inevitable. La mayor parte de sus consejeros que no tenían madera de mártires corrieron hacia la frontera para refugiarse en el santuario indio." Esa noche comenzó el holocausto.
Los generales, reunidos en cónclave al oeste, partidarios de la represión para acabar con el secesionismo bengalí, dieron esa misma noche la orden de matar. Pero antes tomaron las precauciones suficientes para eliminar a los testigos. En la víspera siciliana ocuparon el hotel Intercontinental de Dacca y pusieron en un avión a todos los periodistas. Pero dos de ellos burlaron a la policía. Uno de ellos era un buen amigo, el fotógrafo francés Michel Laurent, al que vi por última vez en Saigón pocos días antes de su muerte en la batalla de 1975. El general Yakub, hasta entonces gobernador general de la Bengala Oriental, cesa en el cargo, por su voluntad de negociar, por su indulgencia, y los generales envían al más duro de los suyos. Le llaman el verdugo de Beluchistán. Es Tikka Khan. "Déme las tropas suficientes, pide al presidente, y aplastaré a estos separatistas bengalíes en menos de cuarenta y ocho horas."
Los carros de combate penetraron en Dacca. Conozco a través de la narración que me hizo Michel Laurent lo que sucedió esa noche. El primer objetivo del ejército se cumplió en la Universidad y en el sindicato estudiantil, la punta de diamante de la oposición al régimen militar. Trescientos estudiantes y profesores fueron pasados por las armas en el primer asalto. Sus cuerpos fueron quemados o arrojados a un lago próximo. Tres batallones, artillería, motorizada e infantería prosiguieron su "trabajo" en las calles. Prendieron fuego a la sede de la Liga Awami, quemaron los edificios de los periódicos. En el barrio hindú sacaron a la calle a sus habitantes y los ejecutaron en masa a las puertas de sus casas. Pero el corresponsal del "Daily Telegraph", que se encontraba junto a Laurent, cuenta que lo peor está por venir. "Poco antes de ocultarse el sol, escribe, el tiroteo se paró y un horrible silencio se apoderó de la ciudad. Al mediodía, de nuevo sin aviso previo columnas de tropas entraron en la parte vieja de la ciudad y durante las once horas siguientes procedieron a destruirla de forma sistemática a sangre y fuego. Era allí donde el jeque Mujibur Rahman tenía la más firme base de apoyo. Fusilamientos, incendios, violaciones. Durante dos días continuó el pogrom extendido a todo el país."
Michel Laurent calculaba que unas siete mil personas fueron exterminadas en esos dos días de terror. Mientras continuaban las ejecuciones, indiscriminadas o selectivas de la intelectualidad bengalí, el ejército hizo público un comunicado: "Dacca vuelve a la normalidad". La respuesta de la resistencia no se hizo esperar: "El Movimiento Nacional de Liberación de Bengala Oriental, se lee en una de las proclamas, ha comenzado. Propagad por todas estas partes esta buena nueva. Patriotas, revolucionarios, tomad las armas. Defensores, proveeros de las armas adecuadas para detener al enemigo. Cortad los caminos, puentes, vías férreas. reparad bombas, cócteles Molotov en todas las casas. Recordad que el combate será encarnizado. Sin las tácticas de la guerra de guerrillas no podremos derrotar al enemigo. La victoria de Bangladesh es irreversible. Nos hemos quitado de encima el yugo del colonialismo pakistaní. ¡Joi Bangla!"
Hacia la una y media de la manana, un pelotón de soldados llamó a la puerta de la casa de Mujibur en el número 32 de Dhanmandhi Lane. Al llegar dispararon al aire y sobre la casa.
- Señor,le esperamos abajo, dijo el oficial.
Si, estoy preparado, respondió Mujib con sangre fría, pero no es necesario que disparen. Todo lo que tenían que haber hecho era llamarme por teléfono y hubiera acudido.
Allí se perdió su pista. Durante meses se especuló con que había muerto, pero en junio el general Yahia Khan anunció que lo tenía prisionero en un lugar remoto del Pakistán Occidental y que sería sometido a juicio sumarísimo por "alta traición". Despuéa, los soldados de Tikka Khan continuaron con el uso de la fuerza y el terror. "Se oye primero el crepitar de las ráfagas de ametralladora, a las que responde el castañeteo seco de los disparos de fusil, atestigua Dreyfus. Suenan luego las ametralladoras ligeras, seguidas muy pronto por el lento y continuo tic tac de las ametralladoras pesadas, instaladas en los vehículos. Finalmente varias explosiones conmueven los barrios, mientras los incendios taladran las tinieblas. Luego se escucha el chirrido de las orugas y el motor diesel de los blindados. Los tanques acaban de entrar en acción." Para la represión, la demolición de las primeras barricadas, todas las armas son buenas: lanzallamas, lanzagranadas, artillería antiaérea. Los militares pasean a Ali Bhutto, que se encuentra en Dacca, por la ciudad despedazada. "Gracias a Dios, afirma al llegar a Karachi, la unidad e integridad del Pakistán se han salvado de milagro. " Simon Dring transmite a su periódico: "En nombre de Alá y de un Pakistán unido, la ciudad de Dacca está siendo aplastada en el terror". Es la paz de los cementerios. "La Gestapo entra en Dacca", titula su despacho un corresponsal. Los refugiados que llegan a la frontera india no ahorran detalles sobre el horror de lo que han visto. Sólo el genocidio de Pol Pot en Camboya es comparable cinco años después al drama pakistaní. El cuadro de las atrocidades cometidas por unidades del ejército no parece tener fin: "Casas incendiadas, pueblos aniquilados por los lanzallamas, niños degollados, mujeres con las entrañas al aire, muchachas con los senos cortados, hombres castrados, rehenes con los ojos vaciados, prisioneros muertos a golpes, rebeldes quemados vivos en sus jergones o ahogados en sus pozos".
Cuando llegué a Calcuta, la resistencia estaba organizada, armada y encuadrada por los oficiales indios. No tardaría todo el mundo en quitarse la careta. ¿Se había convertido la India de Gandhi en una potencia imperialista, como asegura en su libro Bernard Henri Levy? El hecho es que la India era el primer fabricante y exportador de armas del Tercer Mundo. Escribe Bernard Henri Levy: "Pakistán está condenado por las grandes potencias, que necesitan un ejecutor para que el país bengalí se convierta en un monstruoso aborto nacido sobre el cadáver de la revolución". ¿Por qué la India?, se pregunta el que luego formará parte de los "nuevos filósofos" franceses. "Porque tiene viejas cuentas que arreglar con Pakistán, porque el ejército arde en deseos de entrar en acción, porque la opinión presiona sobre el gobierno para que intervenga, porque el país se viene abajo con la presencia de los refugiados y porque la vieja querella de Cachemira, caliente todavía, puede reanimarse, se necesita un casus belli... Pero ¿por qué diablos la India se prestó tan fácilmente al juego? 0 mejor dicho ¿cómo la India de la no violencia y del respeto a la verdad y a la vida del Mahatma Gandhi pudo contradecir tan crudamente sus principios sacrosantos?"
La India consagra ya al presupuesto de Defensa un tercio del presupuesto nacional. El hinduismo deja de ser aquí la religión del amor. Predica la resignación sólo a los débiles y a los oprimidos. Para los demás, "las almas bien nacidas, brahimines y otros, aparece más bien como una doctrina de la dominación y una exaltación de la voluntad de poder"". En esta frenética destrucción de mitos, la India militarista, que aprovecha la coartada para debilitar al Pakistán para siempre, romper el equilibrio de fuerzas en el subcontinente y resolver la cuestión de Cachemira, cuando la India, incluido Nehru, había aceptado un plebiscito bajo la supervisión de las Naciones Unidas, hay otro aspecto que aparece al hilo de,los acontecimientos. El pueblo bengalí, vestido de "dothi", de apariencia indolente y pacífica, demuestra una preparación inusitada para la crueldad. Para Indira Gandhi, el conflicto por Bangladesh tiene una virtud suplementaria: le permite llevar a cabo una operación de limpieza de la extrema izquierda, los naxalitas, los maoístas, en suma, los antisocial elements. Rastrea los barrios subversivos, detiene y ejecuta. En septiembre, o sea tres meses antes de la batalla final de Bangladesh, no queda un solo naxalita en la superficie.
Al comienzo de la guerra, los insurgentes de Bangladesh forman un conjunto heteróclito, en su mayoría desertores del East Pakistan Rifles y el East Bengala Regiment. El resto son estudiantes y campesinos con armas antediluvianas. La India y el llamado "gobierno provisional de Bangladesh", instalado en Calcuta, se encargará de encuadrar y adiestrar a la guerrilla de los Mukti Bahini, a los que entregan armas modernas, y hacen operacional ya que no regular ese ejército. Las emisoras clandestinas funcionan también desde la India. La India tiene sumo cuidado en evitar la instalación de un caballo de Troya comunista o maoísta en Bangladesh. Este encuadramiento es el primer paso para una intervención directa, física, del ejército indio en Bangladesh, que el anciano líder maoísta Basani quiso convertir en un Vietnam. Pero desde el terreno comprobamos que los instructores indios estaban al otro lado desde agosto, en la organización de la guerra de guerrillas, fácil en un terreno con tantas defensas naturales, corrientes de agua, jungla, pantanos, y sobre todo en las operaciones de sabotaje. De esta manera, la India organiza todo un cinturón de seguridad sobre la frontera con Pakistán Oriental, una franja propia, una zona liberada que convierte en santuario y rampa de lanzamiento de sus operaciones. Hasta que los carros de combate dejan atrás a los guerrilleros y el general Aurora avanza sobre Dacca y la libera el 16 de diciembre de 1971.
En junio, el paso hacia la organización de la guerrilla se ha dado desde los Mukti Fuj a los Mukti Bahini. Es una situación nueva, más popular que militar, "más una guerrilla que una guerra". La India hará todo lo posible para que esta organización armada adquiera a los ojos de los corresponsales de guerra unas características propias, autónomas: un movimiento de liberación más que una sucursal del ejército indio. Pero no había que llamarse a engaño: la sede del gobierno de Bangladesh, situada en clave en la ficción en Mujibnagar, estaba en realidad en Calcuta, lo mismo que sus emisoras clandestinas que transmitían desde este lado de las líneas pakistaníes. La eficacia de la guerrilla bengalí se medía más en términos logísticos y de soporte que operacionales. El derrumbamiento del ejército pakistaní, buen combatiente y armado, sólo se consumó al acabársele las municienes, al fallar las líneas del aprovisionamiento y sobre todo con la penetración de los blindados del general Aurora y el estallido de la guerra en el frente del Oeste. Cuando entré con los Mukti Bahini en Bangladesh, pude comprobar su grado de entrenamiento y la utilidad de su armamento. Eran la comparsa de los carros indios. Su labor era muy útil en el hostigamiento y en la diversión de las fuerzas enemigas, pero no en el K.O. final. En los campos indios de adiestramiento aprendieron los rudimentos del oficio guerrillero. Muchos de ellos conocen la complicada geografía del país y guiarán a las unidades indias a través de los riachuelos y los puntos más frondosos de la selva virgen.
El comandante en jefe de la guerrilla bengalí, Mohamed Osmandy, me explicó así el nacimiento de los Mukti Bahini: "Antes del 25 y 26 de marzo de 1971 no teníamos intención de poner en pie un ejército. Surgió aquella noche trágica en que el ejército pakistaní lanzó su campaña para exterminar a los que consideraba responsables del movimiento secesionista bengalí".
Pregunté al coronel Osmandy por su ideología.
Yo soy un soldado profesional, respondió, educado en la tradición de que el soldado no debe intervenir en política. El diecinueve de marzo, cuando comenzaron a extenderse los rumores en torno a la intervención del ejército pakistaní, el jeque Mujibur me pidió que reclutara a los veteranos oficiales bengalíes. Les hice llegar una circular clandestina con tres puntos: olvídense de la política, eviten que los desarmen y en caso de represión o ataque respondan con la mayor rapidez posible. Mi impresión es que si los pakistaníes hubieran limitado su acción contra determinados políticos, los bengalíes del ejército y la policía se hubieran mantenido neutrales. Sólo cuando comenzó el genocidio, cuando recibimos información de que el ejército pakistaní se preparaba para matar a nuestros intelectuales, nuestros profesores, médicos, abogados, nos levantamos en armas como un solo hombre. Así, el ejército pakistaní creó de la noche a la mañana y sin pretenderlo a los Mukti Bahini, que yo prefiero llamar Gono Bahini o sea guerrilleros del pueblo.
Al principio, después de la represión pakistaní, este ejército estaba formado por bandas de desesperados, armados de lanzas de bambú y mucha retórica hasta que Radio Bangladesh les transmitió el 25 de marzo el mensaje grabado de Mujibur, encarcelado. El Pakistán Oriental se convirtió en la República Popular de Bangladesh. La orden era reorganizarse y atacar a los "invasores".
La tarea de los corresponsales de guerra se convirtió, con breves incursiones en Bangladesh para regresar a Calcuta, en un esfuerzo cotidiano por mantener la cabeza fría. La intoxicación de la prensa india era tal que algún periódico daba la cifra de 25.000 bajas enemigas por día.
La realidad era bien distinta. El ejército pakistaní mantenía el control de las grandes ciudades y lo cedía en regiones de escasa o nula utilidad táctica y estratégica. Por medio del terror había desalojado de los arrozales a la población civil que huía despavorida hacia la India. En abril los refugiados eran ya más de un millón. El presidente Yahia Khan, consciente de la moral de sus fuerzas, arenga a los soldados y les dice: "La nación está orgullosa de las Fuerzas Armadas, a las que quiere y admira. Inclinemos nuestras cabezas en señal de gratitud a Alá todopoderoso". En agosto los refugiados en camino desesperado hacia la India eran nueve o diez millones.
El ejército pakistaní está mandado por hombres cuya inteligencia no convenía subestimar pero al mismo tiempo daban muestras de rudeza, de autosuficiencia, con el falso convencimiento de que representaban el espíritu nacional y el del Islam, todo ello traducido en un "militarismo agresivo". Pero su error más grave fue la ignorancia y su incapacidad de comprender al país, de entender la situación del Pakistán Oriental. Su error fue también creer que podría salvar al Pakistán con la exterminación sistemática de los cuadros administrativos y la intelectualidad bengalíes. Por último se equivocaron en su propio terreno al creer que las tensiones secesionistas se resolverían por la vía militar. Los generales más sensatos quedaron en minoría frente al Estado Mayor agresivo, que apostó por la solución final. Cuando el periodista pakistaní Anthony Mascarenhas pregunta a un oficial por qué acaba de matar a un muchacho pakistaní de 24 años llamado Abdul Bari, cuyo único pecado era mirar, sentado bajo un mango, el paso de una patrulla, le responde: "Porque es posible que fuera un hindú o un rebelde". De norte a sur, camiones enteros del ejército transportaban cadáveres de civiles bengalíes para arrojarlos a los ríos o enterrarlos en fosas comunes. El entretenimiento de algunos soldados consistía en lanzar a los niños recién nacidos al aire y ensartarlos con las bayonetas y matar a las niñas hundiendo sus bayonetas en las vaginas. "Durante seis días dedicados a recorrer el Pakistán Oriental con los oficiales de la novena división, he podido comprobar de cerca, escribe Mascarenhas, la extensión de la matanza. He visto hindúes perseguidos de pueblo en pueblo, de casa en casa, y asesinados al fin después de haber sido obligados a desnudarse para ver si estaban circuncidados, como lo están los musulmanes. He oído los gritos de dolor de aquellos a quienes se mataba a garrotazos en la comisaría de Comilla. He visto salir discretamente durante la noche, después del toque de queda, camiones cargados de cadáveres. Por la noche, en el bar de los oficiales, he oído con incredulidad a hombres, por lo demás decentes y honorables, alardear de su lista de víctimas del día.
Vamos, dilo ¿cuántos hoy? ¿Cuántos cerdos has matado?, pregunta el comandante Rathore.
Sólo doce.
Al día siguiente, el comandante Iftikar me confía apesadumbrado:
Sólo he podido incendiar sesenta casas. De no ser por la lluvia hubiera prendido fuego a todo el barrio.
Esta es su "jihad", su guerra santa.