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Teresa de Calcuta (1910-1997)
LA MADRE DE LOS POBRES


El autor de los libros "La Ciudad de la Alegría" y "Más grandes que el amor", que retratan a Calcuta y la vida de la religiosa, recuerda su último encuentro con la Madre Teresa -fallecida el viernes 5 de septiembre a los 87 años de edad en Calcuta-, y repasa los difíciles inicios de la congregación de las Misioneras de la Caridad, orden fundada por esta mujer de origen albanés hace 50 años para atender y cuidar a los seres humanos sumidos en la peor miseria.
"En estos días la enfermedad más horrible no es la lepra o la tuberculosis. Es esa sensación de no ser deseado, rechazado, abandonado por todos".

(Madre Teresa, 1981.)


Dominique Lapierre (1)


Tan pronto se supo la muerte de la Madre Teresa, una ola de temores se apoderó de Calcuta, ciudad donde había iniciado su extraordinaria cruzada. Miles de habitantes de todas las edades, ricos y pobres, de todas las castas y religiones, expresaron su pena. El hecho que la muerte haya alcanzado a la Madre Teresa en Calcuta fue su último saludo a los pobres de esa ciudad que, junto a ella, se embarcaron en una de las aventuras humanas y espirituales más notables de este siglo.

Vi por última vez su legendaria figura unos meses atrás, durante la temprana misa en la capilla de su convento. Es una enorme habitación, usada también como sala de estudio y dormitorio por las jóvenes indias de su noviciado, y su única decoración es un crucifijo en la pared con la inscripción: "Tengo sed".

Tantas veces había disfrutado con mi esposa el privilegio de arrodillarme en las viejas alfombras, junto a la mujer que empapó la sed de los pobres, en India y el mundo, con el evangelio.

Observarla esa última mañana, inclinada sobre sí misma, sus labios temblando en una ininterrumpida plegaria, y todas las jóvenes mujeres de piel oscura que habían venido de los cuatro rincones de la India a vestir el hábito blanco de las Misioneras de la Caridad: no pude ayudar pero sí bendecir esa ciudad de Calcuta, la cual en su adversidad había generado tantas santas.

He seguido a muchas de estas santas en los hogares de moribundos, los leprosarios, los orfanatorios, los asilos de la "Ciudad de la Alegría", y de casi todas las ciudades de la India, así como en Beirut, Roma, París, Sydney e incluso en el Bronx de Nueva York. Cada vez iba a ser testigo del mismo milagro, como si a través de su vibrante esperanza quisieran anunciar a todo el mundo indigente: "Estamos aquí, los amamos, no teman más". Este era el mensaje del trabajo de Madre Teresa:

proclamar a la humanidad, "que los pobres sean amados, porque han sido creados por la mano de Dios, para amar y ser amados".

Ella fraguó por primera vez este mensaje en medio del sufrimiento, la injusticia y violencia de Calcuta, donde su vocación de misionera la había enviado. Era la hija de un próspero empresario de la ciudad de Skopje, Albania, cuando nació el 26 de agosto de 1910.

Agnes Bojaxhiu, su verdadero nombre, fue llamada muy joven a la vida religiosa. A los 18 años, adoptando el nombre de Teresa debido a su devoción por la pequeña flor santa de Lisieux, se unió a la orden religiosa irlandesa de las Hermanas de Loreto. El 6 de enero de 1929, arribó en un vapor en el muelle del puerto de Calcuta, en ese entonces la ciudad más grande del Imperio Británico después de Londres.

Por 16 años enseñó geografía a las hijas de los burgueses bengalíes en uno de los colegios religiosos más aristocráticos de la capital de Bengala.

Un viaje en tren a la ciudad de Darjeeling, donde iba a un retiro espiritual el 10 de septiembre de 1946, transformó su existencia.

Mientras el tren pasaba por un túnel, ella escuchó súbitamente una llamada en su corazón. "Era una orden -diría después-. Debo abandonar las comodidades de mi convento, entregar todo y seguirlo a El... para servirlo a El, a Jesucristo, a través de los más pobres de sus pobres".

Tenía 36 años entonces. Siete meses después recibió el permiso del Vaticano para dejar su convento y fundar una nueva Orden Religiosa, cuya vocación sería "atender a los enfermos y moribundos de los tugurios, educar a los hijos de las calles, hacerse cargo de los mendigos, dar refugio a los abandonados".

De este modo nació, bajo el impulso de una sola monja, la congregación de las Misioneras de la Caridad. Pronto se le unirían diez novicias bengalíes y en la actualidad la orden cuenta con 5. 000 hermanas, 500 hermanos consagrados y más de 4 millones de laicos que trabajan en ella. Es una orden tan vibrante que no puede aceptar, por falta de espacio, todos los candidatos que aspiran unirse no sólo a las Hermanas de la India, sino también a las japonesas, europeas, australianas y americanas en alguno de los 500 orfanatorios, leprosarios y centros de rescate esparcidos por más de 100 países en cinco continentes.

La Orden mantiene reglas muy duras, a las cuales las novicias se obligan a respetar por el resto de sus vidas. Tres son los usuales votos -pobreza, castidad y obediencia- y un voto adicional de las Misioneras de la Caridad es "ponerse a sí mismas entera y sinceramente al servicio libre de los pobres".

Un pequeño trayecto separa a la clínica Woodland, donde ella murió, del lugar donde comenzó su cruzada. Las lluvias del monzón caían sobre Calcuta ese verano de 1952. La hermana Teresa caminaba bajo el diluvio cuando sus pies tropezaron con el cuerpo de una anciana moribunda.

Teresa paró, cerró sus ojos, hizo la señal de la cruz y rezó junto a la mujer por un instante. "Hasta a los perros se los trata mejor que a los seres humanos en esta ciudad", se dijo a sí misma con rabia.

A la mañana siguiente ella se precipitó a la alcaldía. La obstinación de esta monja europea, vestida con trajes indios, despertó curiosidad.

Un suplente del alcalde finalmente la recibió. "Es una vergüenza que los habitantes de esta ciudad tengan que morir en las aceras", declaró.

"Encuéntreme un lugar donde sea capaz de recibir a los moribundos y ayudarlos a presentarse ante Dios con dignidad y rodearlos de amor".

Pocos días después, el Concejo de la ciudad puso a su disposición un inmueble que había servido de refugio a los peregrinos hindúes que visitaban el cercano templo de la diosa Kali, patrona de Calcuta.

La llegada de esta mujer cristiana, portando un crucifijo en su sari causó bastante sorpresa. Pronto los hindúes ortodoxos comenzaron a quejarse.

Surgió el rumor de que ella y sus pequeñas hermanas estaban ahí para convertir a los moribundos a la cristiandad. Los incidentes estallaron.

Un día, una lluvia de piedras y ladrillos cayeron sobre la ambulancia que transportaba a algunos hombres y mujeres encontrados desamparados en las calles. Las hermanas fueron insultadas y amenazadas. Teresa se inclinó sobre sus rodillas frente a la multitud:

"Mátenme", gritó, alzando sus brazos en señal de crucifixión. "Yo iré más rápido al cielo" Representantes del barrio fueron a la Municipalidad y a los cuarteles de policía exigiendo que la monja extranjera fuera condenada. El jefe de la policía prometió satisfacer la solicitud, pero sólo después de que condujera una investigación personal. Encontró a la Madre Teresa atendiendo a un anciano que recién había llegado al lugar. Estaba postrado, flaco como un esqueleto, increíblemente sucio y sus piernas estaban hinchadas por las heridas sangrantes.

"¿Cómo puede ella soportar todo esto?", se preguntó el policía. La Madre Teresa estaba limpiando meticulosamente sus heridas, atendiéndolas con medicinas, hablándole suavemente al viejo hombre, asegurándole que iba a estar mejor, que no necesitaba tener miedo, que él era amado.

Una extraña serenidad inundó su cara. El jefe de policía estaba tremendamente conmovido. "¿Quiere que le muestre nuestro hospital?", le preguntó ella. "No, madre, no se tome esa molestia. No es necesario".

Un grupo de jóvenes fanáticos lo esperaban afuera. "Les prometí castigar a esa mujer extranjera", les dijo. "Mantendré mi promesa. Pero no lo haré antes de que sus madres y hermanas vengan aquí y hagan el trabajo que hace ella".

Unos días después, la Madre Teresa vio a un hombre tirado en el suelo, justo en frente del templo. Vestía sobre su hombro la triple tira sagrada de los brahmanes. Era un sacerdote del templo. Madre Teresa se inclinó sobre su cara y lo tomó en sus brazos para llevarlo a su hospital. Lo atendió día y noche. El sobrevivió. Pronto él pudo decir: "Por treinta años he venerado a una Kali de piedra. Ahora es una Kali de carne y hueso a quien venero". Nunca más se tiró una piedra contra las hermanas.

La noticia del increíble rescate viajó a través de Calcuta.

Ambulancias y camionetas de policía comenzaron a llegar con partidas de indigentes moribundos.

"Nuestra casa del Corazón Puro es la joya de Calcuta", diría la Madre Teresa. Una joya que pronto la ciudad puso bajo su protección. El alcalde, periodistas y gente importante la fueron a visitar. Damas de alta sociedad acudían de forma voluntaria a trabajar con las hermanas.

En 45 años, la Madre Teresa recibiría en el hospicio a más de 100. 000 indigentes hambrientos y moribundos.

Eso fue cuando yo la conocí, hace 16 años. Ella limpiaba las heridas de un joven tan delgado que parecía un preso de los campos de concentración nazi. Su carne se había disuelto. Sólo quedaba su piel estirada sobre sus huesos. Ella le hablaba suavemente en bengalí.

Nunca olvidaré los ojos de ese hombre que se moría. Su sufrimiento se transformó en sorpresa y luego en serenidad, la serenidad de alguien que de pronto sentía que lo amaban. Sintiendo una presencia detrás de ella, la Madre Teresa se dio vuelta. Me sentí muy incómodo, puesto que yo había interrumpido un diálogo que podía sentir que era único.

Los ojos del hombre parecían suplicar que la hermana se quedara a su lado.

Me presenté. Entonces, pasó un voluntario europeo con una bacinica en la mano. La Madre Teresa lo llamó. Le mostró al moribundo.

"Amalo", le ordenó. "Amalo con toda tu fuerza".

Ella le entregó sus instrumentos y los rollos de gasa. Me llevó hacia arriba donde había un pequeño pabellón con un espacio que separaba las mujeres de los hombres. Había una mesa y un banco. En el muro había un poster que tenía un mensaje escrito en tinta negra: "En estos días la enfermedad más horrible no es la lepra o la tuberculosis. Es esa sensación de no ser deseado, rechazado, abandonado por todos".

Cuidar a los moribundos fue sólo el primer paso de su cruzada.

Estaban también los vivos y dentro de ellos, estaban los más débiles y los más necesitados, los recién nacidos que se encontraban en los basureros de Calcuta, en los alcantarillados o en las puertas de las iglesias.

El 15 de febrero de 1953 su nueva institución "Sishu Bhavan" (El Hogar de los Niños) recibió a su primer huésped, una guagua que fue encontrada envuelta en diarios encima de un montón de basura. El niño, que apenas pesaba un kilo y medio, estaba tan débil que ni siquiera podía tomar la leche que las hermanas le daban. Tenía que ser alimentado por una sonda introducida en su nariz. La Madre Teresa luchó desesperadamente por su vida. Ganó. Luego, docenas de bebés llenaban las cunas del hogar.

¿Cómo iba a poder alimentar a toda esa gente a la cual ahora cuidaba? Se rehusó a preocuparse. "Dios proveerá", dijo. Y Dios le dio la razón.

Ciudadanos acaudalados mandaban a sus choferes y autos llenos con bolsas de arroz, canastos de verdura y pescado. La Madre Teresa les ordenó a sus hermanas que pintaran posters que proclamaban que ella recibiría a todos los niños no deseados.

Durante la noche, jóvenes mujeres embarazadas venían a ofrecer a sus hijos aún no nacidos. Aunque Calcuta estaba sobrepoblada, la religiosa no dudaba en declarar la guerra al aborto, una batalla que continuó hasta su último suspiro, en todas partes. Como en Oslo, frente a los dignatarios reunidos para entregarle el Premio Nobel de la Paz en 1979:

"Nosotros debiéramos tener el coraje para proteger al niño que no ha nacido, porque él es el regalo más precioso de Dios a una familia, a un país, al mundo entero".

Después la Madre Teresa se entregó a los más miserables, los leprosos.

Había miles en Calcuta. En un pedazo de terreno regalado por los ferroviarios hindués, construyó un refugio de ladrillo y barro para dar albergue a los peores casos. Ella los visitaba todos los días, llevándoles comida, cuidando sus heridas, confortándolos con palabras de amor.

Luego, cientos de hombres con los cuerpos mutilados por la enfermedad llegaron a la puerta de este oasis de la esperanza. Ella invitó a los habitantes de Calcuta a que se unieran a su causa a través de una gran colecta de dinero y alimentos para las víctimas de la lepra. Como emblema de esta operación, escogió un antiguo símbolo de la enfermedad: la campana que siglos atrás tenían que hacer sonar los leprosos para advertir sobre su proximidad. Inventó un eslogan que fue reproducido en los diarios y paredes de la ciudad: "Toquemos a un leproso con nuestra compasión".

El resultado excedió toda expectativa. Luego pudo comenzar la construcción de una ciudad dedicada exclusivamente para los leprosos, "Shanti Nagar", La ciudad de la Paz.

Fue un acontecimiento que atrajo la curiosidad de los medios internacionales. Malcolm Muggeridge, el conocido periodista británico, aterrizó un día en Calcuta para filmar para la BBC la historia de esta pequeña monja europea y sus hermanas indias, las que practicaban la caridad de un modo revolucionario. El británico se conmovió tanto por esta experiencia que se convirtió al cristianismo.

El documental fue mostrado en varias cadenas de televisión mundial y convirtió a la Madre Teresa en una estrella internacional. Ciudades de la India y países extranjeros le rogaban que acudiera a abrir orfanatos o refugios para los sin casa.

Cuando aceptaba, la primera pieza que se construía era siempre una capilla. Para ella ninguna acción era posible sin la ayuda de la oración y el apoyo de la eucaristía. "Necesitamos un momento de silencio cada día para encontrarnos con Dios y recibir su palabra", solía decir. "No hay por qué rehusarse, cuando uno puede encontrar razones para creer y tener esperanzas".

Premios, distinciones y reconocimientos empezaron a llegar de todas partes para la monja incansable. Ellos nunca alteraron su humildad.

Siempre recibió estos honores en nombre de los pobres del mundo.

(1) Autor de los best-sellers históricos La Ciudad de la Alegría; Arde París; Oh, Jerusalén;A medianoche la libertad y O llevarás luto por mí, entre otros.

 

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