JULIÁN CAMPO: "Una persona muy santa"

Autor: CESAR COMBARROS
AGENCIA ICAL (Agencia de noticias de Castilla y León - www.agenciaical.com - )






 


La responsable del Voluntariado entre las Misioneras de la Caridad en Calcuta,
sister (hermana) Karina, recuerda desde la India la figura de Julián Campo



Al hablar de Julián Campo, el misionero burgalés fallecido el pasado lunes en el accidente ferroviario de Villada (Palencia), la voz y los recuerdos de la Hermana Karina llegan desde Calcuta reflejando una amplia gama de emociones. El cariño, los momentos divertidos compartidos y la "profunda tristeza" por su pérdida aparecen en diferentes momentos de la conversación que la agencia Ical ha mantenido hoy en exclusiva con esta religiosa mexicana, responsable del Voluntariado entre las Misioneras de la Caridad en Calcuta, institución en la cual desarrollaba su labor humanitaria el primo carnal del presidente de la Junta de Castilla y León, Juan Vicente Herrera Campo.

La Hermana Karina conocía a Julián desde hacía cuatro años, cuando ella llegó a la casa que la orden de la Madre Teresa tenía en la capital de Bengala Occidental, y desde entonces mantenía con el burgalés una relación directa prácticamente a diario. En aquel momento, el misionero llevaba ya seis años (desde 1996) dedicado por completo a asistir a las personas más pobres de una de las zonas más deprimidas del planeta.

"Julián era una persona muy sencilla; muy santa. Lo que más impactaba al conocerle era que siempre tenía un gran amor para todos", recuerda la mexicana. "En cuanto le dimos la noticia a la Hermana Nirmala (la secretaria general de la orden, que sucedió a la Madre Teresa de Calcuta tras su muerte en 1997), se fue a la capilla y allí empezó a llorar. Todos queríamos mucho a Julián acá".

Todo cambió en la vida del misionero tras conocer de primera mano la realidad que asola cada día a hombres, mujeres y niños en las calles de Calcuta. Fue entonces cuando se despojó de cuanto le rodeaba, de sus aficiones, de sus viajes, de los negocios que regentaba en España e incluso de los cerca de 140 kilos que pesaba hace una década, para afrontar un renacer físico y espiritual en la India.

"Aquí él nunca hablaba de sí mismo, de su vida personal, ni de lo que tenía o hacía en España. Cuando iba a visitarles al hogar donde trabajaba, siempre tenía algún tema de conversación e historias que contar de éste o aquel paciente. Vivía por y para ellos. Los detalles que conozco de su vida o de su procedencia me los han contado otros voluntarios; nunca él", explica la Hermana Karina.

Abnegada entrega

Un día cualquiera en la vida de Julián Campo comenzaba a las 5 de la madrugada, cuando se levantaba en Pren Dam, el hogar que las Misioneras de la Caridad tienen en un barrio de chabolas hechas de paja y plásticos, en el que reina la más absoluta miseria.

Pren Dam significa en bengalí 'Don de amor', y esa cualidad es la que derrochó Campo en cada jornada que pasó en Calcuta. "Durante todo el día (la Hermana Karina subraya esa expresión) Julián tenía un trato continuado con los enfermos. A las 6 de la mañana asistía a misa aquí en la casa madre o en Pren Dam; poco después tomaba un desayuno frugal y a las 7 de la mañana ya estaba en el hogar, bañando a los pacientes, cambiándoles y colmándoles de atenciones. Después se iba directo a lavar la ropa, y para entonces empezaban a llegar al hogar todos los demás voluntarios".

La coordinadora del Voluntariado en la zona recuerda que "todos en Pren Dam le conocían y le querían", y subraya sus costumbres cotidianas, diferentes de las del resto de sus compañeros: "Al mediodía, todos los voluntarios regresan a sus hoteles y comen en restaurantes o en sitios similares, pero Julián se quedaba a comer en el hogar. Desde hace un tiempo ya no comía junto a los pacientes porque en una ocasión padeció tuberculosis, y las hermanas ya no le dejábamos. En el hogar recibía la comida aparte y contaba con un pequeño cuartito donde descansaba".

Tras la apresurada comida, en torno a las 14.30 horas, el burgalés regresaba a diario con los pacientes hasta las tres de la tarde, la hora de rezar el rosario. "Cuando nosotras íbamos desde la casa madre a Pren Dam él reunía a los enfermos y me decía: '¡Hermana, hermana! ¡Mire!', y todos los bengalíes comenzaban a cantar en español el 'Ave María'. Él les había enseñado y lo hacían cada día, tras rezar el rosario": "El 13 de Mayo, la Virgen María bajó de los Cielos a Cova de Iría. ¡Ave, Ave!, ¡Ave María!", tararea la Hermana Karina mientras su tono delata una sonrisa que se dibuja en su rostro al evocar la escena.

Después de la comida, que él también ayudaba a servir, y de rezar el rosario, Julián Campo dedicaba las horas de la tarde a conversar con los pacientes y a escucharles, antes de acompañarles a la cama. "A partir de las 6 de la tarde abandonaba el hogar y se encaminaba al convento de las hermanas en Pren Dam para dedicar una hora a la oración al Santísimo", recuerda la religiosa, quien añade que "todos los días su jornada comenzaba con la misa y terminaba con ese momento de oración".

Además, el misionero brindaba cada minuto que pasaba alejado del hogar de Pren Dam a ayudar en cuanto podía a la gente de los alrededores. "Era una persona que no hacía ruido con lo que hacía; siempre en silencio percibía todos esos detallitos que el resto no nota", afirma la Hermana Karina.

"Toda la gente que vive en los alrededores le conocía. A lo largo de la última década trató con ellos, les compraba cosas que necesitaran en el mercado y les ayudaba con sus hijos o con todo lo que pudieran necesitar. Otra voluntaria que ahora trabaja en ese mismo área me preguntó este martes: 'Hermana, ¿cómo le voy a decir a las familias al ir camino a Pren Dam que Julián ha fallecido?'. Todos le llamaban 'bondu', que en bengalí significa amigo. Julián hablaba bengalí muy bien, y para ellos él era su bondu".

La trágica noticia

La noticia de la muerte del misionero, tras el descarrilamiento del tren Diurno número 280 a su paso por Villada, llegó a Calcuta escasas horas después de que el juez hubiera procedido a la identificación de los cadáveres en el lugar del siniestro, en la madrugada del martes en España. "Cuando recibí la noticia no daba crédito. Esa mañana nos llamó un voluntario sin dar apenas detalles. Me tuvo que repetir varias veces que sí, que se trataba de Julián, ante mi incredulidad. Poco después telefonearon más cooperantes y empezamos a intentar asumirlo", recuerda la Hermana Karina.

"Tras confirmar la noticia, quisimos comunicarnos con la superiora de Pren Dam pero su teléfono no estaba operativo; entonces la hermana Nirmala, nuestra secretaria general, se desplazó personalmente hasta allí, y en cuanto se lo comunicó a las hermanas todas se echaron a llorar. Lo mismo sucedió luego con los pacientes y con los trabajadores; uno de ellos, el responsable de la lavandería, que siempre lavaba con Julián, tuvo que abandonar su tarea de inmediato y ese día ya no pudo regresar porque estaba destrozado", recuerda.

En recuerdo de Julián

Ese mismo día, el 22 de agosto, la orden de las Misioneras de la Caridad celebraba en todo el mundo el día de su patrona (el Inmaculado Corazón de María). En esa jornada, todas las integrantes de la congregación realizan una renovación espiritual de sus votos de obediencia, pobreza, castidad y servicio a los más pobres de entre los pobres. Este año, durante los oficios celebrados en Calcuta, la Hermana Nirmala tuvo un espontáneo recuerdo para el misionero español y para su compañero José Santiago Manzano, a los que dedicaron un día después una misa celebrada íntegramente en español. "Tuvimos una misa solemne para honrar la memoria de los dos, que fue oficiada por un sacerdote español que trabaja aquí como voluntario y cantada en español. José también le dedicó muchos años al voluntariado aquí en Calcuta, pero cuando comenzaron a reclamar cooperantes en Etiopía decidió ir para allá", señala la Hermana Karina.

"Muchos pacientes jóvenes y los enfermos mentales llamaban a Julián 'papá', por su entrega a ellos. El hueco que él ha dejado aquí no lo podrá cubrir nadie. En nuestra misión cada persona realiza un trabajo y desempeña una función especial. Lo que yo puedo hacer otro no podría hacerlo y viceversa. A veces esto está lleno de voluntarios, como este verano, que hemos tenido hasta 400, y son muchos los que llegan y preguntan: 'Hermana, ¿me necesitan aquí?'. Un compañero de Julián que, como él, lleva mucho tiempo con nosotras, me contó una vez algo muy bello; cada vez que alguien le preguntaba eso, él les respondía: 'Hermano, has hecho la pregunta equivocada. Nadie es necesario en este lugar, pero todos necesitamos estar aquí para encontrarnos con los pobres y así encontrar al pobre que hay en nosotros".

"Julián muchas veces me decía: 'Recibimos más de lo que damos. Yo no doy nada aquí hermana'. Si por cualquier cosa que hubiera hecho yo le decía gracias por esto o por lo otro, él me respondía, siempre en inglés: 'Thanks to you, to you, to you, and always to you'".

El joven milagro del circo

Una curiosa anécdota que la Hermana Karina compartió con Julián Campo, de la cual confiesa que siempre se acuerda, la vivió en una de sus frecuentes visitas al hogar de Pren Dam. "Al entrar, Julián vino hacia mí riéndose, y me dijo: '¡Hermana, hermana! ¡Le presento al joven milagro', mostrándome a un chico de unos 16 años. Me contó que hacía bastantes meses le habían recogido de la calle mientras mendigaba y siempre había caminado casi en cuclillas, encorvado y agachado. 'Esta mañana le pedimos permiso a la hermana superiora para llevar a nuestros enfermos a que vieran el circo, y cuando ella dijo que podrían ir todos los que pudieran caminar con normalidad, él se estiró y ahora mírelo, ¡anda erguido como un pincel!', me contaba".

"Ese día Julián se partía de la risa junto al chico. Le decía: 'A ver a ver amigo, ¿cómo caminabas?', y él andaba como si estuviera deforme, y Julián proseguía: 'y a ver ahora, ¡después del circo!', y el chico comenzaba a andar erguido. Le bautizó como el joven milagro del circo", concluye risueña la religiosa.



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