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Voluntariado en Calcuta

Mar Peláez    marapz@yahoo.es

VIAJE DE IDA

Septiembre-Octubre de 2005

Experiencias



Niños en el orfanato de Sishu Bhavan. Foto: Mar Peláez


Calcuta de los seis sentidos

V
iajar en avión es demasiado rápido. En un chasquido de dedos estás allí. Tan pronto en Madrid, tan pronto en Calcuta. Tan pronto en el 'primer mundo', tan pronto en un mundo totalmente desconocido e impactante.
Jamás habría imaginado nada igual. Puedes haber leído seis guías y diez libros, haber visto varias veces el Ghandi de Attenborough, haberte recreado con La Ciudad de la Alegría, o haber escuchado con atención las historias de viajeros anteriores, pero el choque es de órdago, brutal, y coge desarmado al más realista, al más soñador, a cualquiera que no haya pisado nunca antes la India.

 

Cuántas preguntas, hasta que te das cuenta de que las respuestas dependen exclusivamente de lo que cada uno busque. Los estereotipos que a lo largo de tu vida te has ido confeccionando de La India se agolpan en tu mente y es necesario ordenar la gran cantidad de imágenes que viajan de forma incesante de un lado al otro de tu mente. Pero ¿cómo adaptarme al cambio que supone la fantasía de la realidad? Ante mí se abría un mes para descubrirlo y, ¿por qué ponerse límites?

Bienvenido a La India. A La India de los seis sentidos. La misma que se huele, se mira, se saborea, se oye, se palpa y, sobre todo, se siente. Y ¿se entiende? 28 días en ese fascinante país dan una respuesta somera de lo que es este lugar y sus habitantes. Si te dejas clichés en casa, soportas el pasmo y desconcierto de los primeros días, los rechazos que provocan determinadas imágenes y te dejas embelesar por todo lo que ofrece este subcontinente, ajeno a la multitud, la contaminación sofocante, la lucha desigual de la limpieza urbana contra la suciedad indescriptible y el ruido ensordecedor, te llevas a casa el susurro de una filosofía de vida.



26 de septiembre de 2005

E
l primer recorrido por Calcuta me llevó a error. Para llegar al centro de la macrourbe, el tráfico se ve obligado a atravesar el puente Howrah sobre el río Hooghly (Ganga en hindi), la puerta al verdadero caos ciudadano.
Pensé que era la ciudad más cosmopolita de la India hasta ahora recorrida, con edificios de tres plantas, avenidas amplias y aceras algo más definidas, y creí que la adaptación sería más fácil que en cualquier otro punto. Pero… ya digo, fue una impresión errónea.

 

En Calcuta todo se quintuplica: la miseria, la contaminación, el humo, el tráfico, el caos, el ruido, la superpoblación, las escenas impactantes. Las calles permanecen totalmente congestionadas de vehículos, en su mayor parte taxis de color amarillo, riadas de autobuses próximos al desguace, de tranvías obsoletos, de motocarros, de rickshaws tirados por esqueléticos hombres, de carretas, de animales y, sobre todo, de olas y olas de muchedumbre que se enfrentan a todo este desorden con resignación. Es una gran maquinaria de 17 millones de habitantes, al menos censados, en constante movimiento; un movimiento que se gobierna a base de costumbre. Nunca, ni de día ni de noche, se detiene. Calcuta es la expresión más cruda de las contradicciones de las grandes ciudades asiáticas. Es como un calidoscopio de contrastes, y había que estar preparada para afrontarlo.

Nos acomodamos en el Hotel Vip Internacional, nada recomendable por su precio y suciedad, y nos lanzamos en busca de Sudder Street, la calle donde se asientan los 'hoteles' para voluntarios. No me la imaginaba así. Un rebaño de ovejas, pintadas con manchas rosas y amarillas, salió a nuestro encuentro nada más pisar la calle. Era lúgubre, sucia, como el resto. A ambos lados o en calles aledañas estaban los hoteles: el María, el Paragón, el Astoria, el Salvation, el Modern Logde… Y a cada cual más espartano. Pero antes de enfrentarnos al encuentro de alojamiento para toda nuestra estancia, fuimos a comer al Blue Sky, uno de los restaurantes en los que se reúnen los voluntarios, especialmente los españoles. Pese a sus ínfimas dimensiones y la dudosa limpieza del local, resultaba acogedor, más aún porque Emilio, el camarero, se encargaba siempre de hacer la estancia muy cómoda. El precio era otro de los alicientes (una comida puede salir por menos de un euro).

Todo eran sorpresas, mirases allá donde mirases. Los 'hombres caballo' corrían de un lado para otro, sin perder la sonrisa. Y eso me impresionó, y no dejó de hacerlo hasta el último día.

 

Mahoma. Rickshaw en Calcuta. Foto: Mar Peláez

En especial, Mohama, uno de esos 25.000 hombres que arrastran trotando por las calles de Calcuta esos carricoches de tracción humana, sorteando el resto de obstáculos móviles que dificultan su tránsito. La sonrisa de ese hombre mayor, de barba blanca, piernas muy delgadas pero ágiles, me cautivó. Su vida es, igual que la del resto de corredores de rickshaw, corta y muy dura. Lástima no poder entenderse con ellos, conocer cuáles son sus preocupaciones, cómo viven y cuáles son sus deseos. Uno se da cuenta de su gran mérito durante los monzones, cuando las calles se inundan hasta la altura de las caderas y sus conductores logran cobrar buenas sumas por sus esfuerzos. Sólo perviven en Calcuta; en el resto de ciudades indias han sido prohibidos, algo que también ocurrirá allí a finales de año. ¿De qué vivirán entonces?

A ambos lados de Suddet Street, hombres y niños se aprovisionaban de agua en las fuentes públicas, lavaban sus dientes o se enjabonaban todo el cuerpo. Al cobijo de los muros del polvoriento Indiam Museum, el más antiguo de la ciudad, otras familias simplemente adecentaban su 'hogar' en plena calle y recogían sus posesiones: unas mantas raídas, un montón de plásticos y alguna que otra perola sobre una fogata. Allí duermen, comen, se visten, se reproducen y mueren. Luchan, como los otros millones de habitantes de Calcuta, por sobrevivir hasta el día siguiente. No hay que olvidar que un tercio de todos ellos tiene como único hogar las insalubres calles de la ciudad. La escasez de viviendas es preocupante y eso obliga a los 'intocables' y a los inmigrantes a amontonarse en las calles o en los barrios bajos, en chabolas de barro que carecen de las mínimas condiciones higiénicas.

Las autoridades parecen haber abandonado todo esfuerzo por hacer frente a los problemas de la ciudad. No se reparan los baches, tampoco los socavones. En ocasiones resulta difícil lidiar con los charcos, producto del monzón. Los edificios están descascarillados y a punto de desmoronarse entre montones de escombros e inmundicias. Paseando por sus calles resulta imposible hacerse a la idea de que fue la segunda ciudad del Imperio Británico, después de Londres. Pero es insuperable la miseria en la que vive Calcuta y las arcas municipales tan escasas, que por dónde se empieza.

La afluencia incontrolada de inmigrantes de Bihar, Orissa y Bangladesh, expulsados de sus campos por las sequías, las inundaciones y las consiguientes hambrunas, ha dado como resultado una superpoblación casi inaguantable y la creación de incontables zonas en unas condiciones de espantosa pobreza. Y ese éxodo no para. Sigue acogiendo oleadas de campesinos sin tierra y sin pan; avalanchas que ponen a prueba las infraestructuras de una ciudad que no han sido remozadas desde que los ingleses abandonaron el país. La imagen, difundida en cientos de documentales, de la Calcuta de los desheredados, leprosos y 'parias', es real, está presente a cada instante.

Es la otra cara de una ciudad rica, según dicen, porque yo no la he visto. Pronto, demasiado pronto, nos dimos cuenta de que Calcuta arde en contaminación. Hay algo en su ambiente que la hace insana, irrespirable. Es, tal y como coincidimos todos, un agujero negro, lo más próximo al infierno. Y lo es porque la pobreza no se esconde, se muestra a todo aquel que no cierra los ojos. Pero, ¿dónde está esa riqueza de la que presume el Gobierno indio?

Con todas esas impresiones y alguna más, nos dirigimos a la ardua tarea de buscar alojamiento. Primero en el Salvation y luego en el hotel María. Los dos del mismo estilo. Mis ánimos iban decayendo a medida que visitábamos uno y otro hotel. Jamás he estado inmersa en tanta mugre, y eso me asustaba. Y es que no se trataba de pasar una noche, ni dos, serían en principio tres semanas. Desistimos en el intento y nos fuimos a uno de los múltiples locutorios para hacer partícipe a nuestras familias y amigos de las primeras impresiones (unos diez minutos por sólo dos euros). De allí a cenar al restaurante Zurich, de las mismas características que el Blue Sky. Las cristaleras estaban abiertas y resultaba muy violento comer nuestro sándwich mientras observábamos a esas mujeres, con sus bebés en el regazo, deambular por Sudder Street, pidiendo comida, dinero o ropa a cualquiera que transitara por la calle. Sabíamos que eso iba a ocurrir, y también que la picaresca no tiene límites en la India. Allí aprendimos que si compras algo de comida a un niño hay que dársela abierta, de lo contrario revenden el producto al comerciante y comienza la rueda. Son unos auténticos profesionales de la limosna. A fin de cuentas viven de ello.

27 de septiembre (martes)

L
as historias de Calcuta estaban ahí, sólo hacía falta salir a la calle, dispuesto a percibir esas pinceladas de horror de una ciudad sinónimo de caos urbano y desesperación.
El primer objetivo del día: encontrar ese hotel. Volvimos al Salvation, al María, entramos en el Parangón, el Modern Logde, el Astoria, y en otros muchos que ahora no recuerdo. No había forma, cada habitación era peor que la anterior. Unos camastros con colchonetas literalmente mugrientas, grasientas y negras, que serían la delicia de cualquier chinche o ácaro, competían en suciedad con las paredes y los servicios. Pero había que decidirse. Al final, nuestro 'hogar' sería el Modern Logde, situado en la encrucijada de dos calles -la de las ratas y la del urinario público-. Acogedor, ¿verdad? La única ventaja: su precio (1,5 euros por noche y cama).

La meta de nuestra estancia en Calcuta eran los centros de la Madre Teresa, por lo que nos dirigimos hacia la calle Bose Road (la sede de las misioneras de la caridad). Asentada en pleno barrio musulmán, esa calle es un claro ejemplo de lo que se cuece en Calcuta. ¿Para qué ir a la Ciudad de la Alegría cuando la Ciudad de la Alegría es todo Calcuta? Las aceras son tan estrechas o inexistentes que todo el mundo se ve obligado a andar por en medio de la calle. Cada uno va por donde quiere y, los peatones sólo se apartan cuando sienten la rueda de la motocicleta o del taxi golpear contra su pie. Utilizan el claxon como única forma de avisar, y doy fe de que así es. Exclusivamente despegan el pulgar de él los segundos que transcurren hasta que ven el siguiente obstáculo. Cruzar la calle sana y salva es un milagro. A cada paso hay que sortear los rickshaws, los tu-tus, los carros, los taxis y para colmo los tranvías, que se abalanzan sin orden aparente.


Baños públicos en Calcuta. Foto: Mar Peláez

A través de un estrecho y corto callejón se accede a un edificio de aspecto muy modesto, pero impensable en el corazón de esta ciudad. Nos inscribimos y visitamos la tumba de mármol de Teresa de Calcuta (1910-1997), presidida por una estatua a tamaño natural. En la sala contigua se abría una especie de capilla donde las sisters, con sus saris impolutos blancos con ribetes azules, rezan sentadas en la posición típica india. Se pasan horas y horas inmóviles frente al altar. Y un poco más allá otra sala con objetos que narran la historia de esta albanesa, fundadora de la orden de las Misioneras de la Caridad y premio Nóbel de la Paz. El último sari que ella misma lavaba hasta sus últimos días, sus relicarios, las imágenes más históricas…

A pocos metros del centro principal se encuentra el Sishu Bhavan, donde se concentra toda la estrategia del voluntariado a la espera de que concluyan las obras en la Mother House. Allí depositamos la maleta con las papillas y una sister nos convidó a visitar el centro. Ascendimos por unas escaleras y, después de ojear una sala repleta de cunas con bebés, encontramos la zona de los niños disminuidos físicos y psíquicos de corta edad. Una voluntaria argentina fue la encargada de explicarnos en qué consistía el trabajo y nos aclaró varias de nuestras dudas.

Estaba limpio, muy limpio, al menos, si se compara con el resto de la ciudad. Parecía un oasis de paz entre la confusión exterior y no me equivoqué. Descendimos hacia el orfanato y vi que aquel sí era mi sitio. Niños de menos de tres años que corrían a su antojo en una pequeña sala, gustosos de que alguien los visitara. Se agarraban a tus piernas con la esperanza de que les cogieras. El primer impacto te llega muy adentro. Son tantos los niños abandonados con la única salida de la adopción… Lástima que las Misioneras de la Caridad, por aferrarse a los mandatos católicos, exijan demasiados requisitos a la hora de formular una adopción (estar casada, tener menos de 40 años y estar incapacitada para tener hijos). Y mientras tanto, ahí siguen los niños, creciendo en un ambiente de alguna manera privilegiado en Calcuta pero que podría mejorar en un entorno familiar. Hay tantas personas deseosas de tener un niño, y tantos niños en el mundo esperando una familia… Aunque en el fondo: esos pequeños tienen esperanza; esperanza al menos de encontrar su lugar. No se me olvidará jamás el rostro de una niña, la primera que se me tiró a las piernas, al despedirme de ella. No había forma de dejarla en el suelo.

Con la ilusión de haber encontrado el sitio en el que podría sentirme feliz y más útil, salimos a la realidad: a las calles de Calcuta. De nuevo, el mismo recorrido maloliente y desagradable hasta Sudder Street. La noche iba cayendo y era el momento de dirigimos al New Market, al gran mercado de la ciudad cosmopolita, para adquirir todo tipo de productos desinfectantes para adecentar, en la medida de lo posible, nuestra habitación número 12. Tarea difícil.

No sabíamos que íbamos a encontrarnos en el New Market, pero fue mucho más de lo que esperábamos, sin duda. El caos urbano se traslada al mercado con la misma intensidad. En las calles adyacentes se agolpan los caza clientes 'acreditados', llamados 'culis', para acompañarte, lo quieras o no, por el laberíntico mercado. Por cada una de tus compras ellos se llevan una comisión. Insistes varias veces, pero no aceptan una negativa. Lo único que aciertan a decir es que 'estamos en la India y que las cosas se hacen tranquilamente'. No es posible perder los nervios, así que lo mejor es dejarse llevar. Y aseguro que en ocasiones eso se torna muy complicado.

Ya en el hotel nos encontramos en la zona común estaban Marisa y Montse, dos aventajadas voluntarias que nos resolvieron algunas dudas y que nos comentaron una frase tan verdadera como publicitaria: 'Vicente Ferrer pone la caña y enseña a pescar. La madre Teresa da el pescado a quien no puede sujetar la caña'. Primera noche en ese agujero y primera noche que sentimos, de verdad, en nuestra piel ese calor agobiante que no disminuye ni con la llegada de la oscuridad. Húmedo, pegajoso y con ese olor raro permanente, que las aspas ruidosas del ventilador se encargaban de trasladar de un lado para otro. No sé a cuántos grados estábamos, pero nunca me había sentido tan agobiada por la temperatura.

28 de septiembre (miércoles)

C
alcuta no duerme, y nosotras tampoco mucho. Los graznidos de los cuervos rasgan el cielo amarillento de los monzones, tanto que me hacen sorprendentemente valorar el ruido de las palomas.
A las 6.30 el despertador se encargó de avisarnos de que nuestro primer día en los centros de la Fundación había comenzado. Las cuatro anduvimos por esa larga calle a la que es difícil acostumbrarse para llegar al Sishu Bhavan.

 

Cientos de rickshaws apostados en medio de la calzada esperando a un cliente que no llega. Muebles antiguos reposando en las aceras levantadas, mientras trabajadores lavan en plena calle los taxis colocados en hilera. Y comienza la rueda. Hombres y niños se adecentan en los lavaderos públicos, con jabón hasta los ojos, o se lavan los dientes con esos característicos palos. Otros enjabonan su ropa y la frotan sobre el asfalto, ajenos a la basura que se arremolina en cada rincón. Hombres, en su mayoría con sus dottis -especie de faldas tipo mantel de cuadros-, deambulando de un lado para otro, bajo la ropa tendida en plena calle. Ancianos, ultimando sus horas de sueño, afeitándose o leyendo las hojas de un periódico, como cada mañana, pegado en una de las paredes. Niños trabajando a pleno sol. Gente preparando el desayuno en amplias perolas al aire libre o gente que simplemente vive o sobrevive. Musulmanes en dirección a su mezquita a la llamada del mullaidín. Comerciantes con la esperanza de que alguien repare en su diminuto negocio o en su puesto callejero, tan numerosos en Calcuta que es imposible que hagan caja. Tan pronto venden ollas, como patatas fritas, refrescos, pasta de dientes, papel higiénico o el característico tabaco de mascar. Son unos auténticos ultramarinos. Y qué decir de los carniceros que exhiben a la intemperie su mejor género: carne amarillenta y maloliente con moscas a su alrededor, que apenas puede superar el rigor de las altas temperaturas. Apetecible, ¿verdad? Gallinas vivas en enanas jaulas. Y más carne. Y peor olor. Y a dos pasos, vertederos públicos de grandes dimensiones, perros callejeros compitiendo con los cuervos por un puñado de desperdicios putrefactos y, entre toda esta inmundicia, indios rebuscando entre esa mierda. Y otra vez ese olor, y otra vez ese caos. Sólo el colorido de la fruta que adornan las calles sirve para relajar la vista. Pero, ¿dónde están las mujeres?

Antes de cruzar la puerta del Sishu Bhavan tuvimos que sortear a las familias enteras, con bebés casi recién nacidos, que se desperezaban en medio de la acera después de haber pasado la noche a la intemperie. Otra más. Estas mismas familias que nos reclamaban constantemente esas botellas de agua mineral, para nosotras basura y para ellas una fuente de ingresos.

A partir de las 7 de la mañana siempre hay té caliente, plátanos y algo de pan para todos los voluntarios. La encantadora Sor Karina, una sister mexicana de Aguascalientes que lleva 12 años en Calcuta, fue la encargada de convidarnos a quedarnos en el área de niños handicap, porque era allí donde más manos se requerían. Casi la totalidad de los centros están abiertos plenamente a los voluntarios de todos los países, sin restricciones de credos, raza, sexo, edad, ni tiempo de permanencia. Tampoco se requiere ninguna preparación especial, por lo que las preferencias cuentan. Alicia y yo nos quedamos en ese centro. Mariví y Olga, en cambio, optaron por ir con otro grupo de voluntarios a Prem Dam (regalo de amor), un hospital para hombres y mujeres. Lo recomendable es dejarse llevar, al menos la primera vez, por algún otro voluntario que conozca el lugar, ya que en algún caso puede resultar un poco laberíntico el recorrido.

Al principio te sientes perdida, impactada, y son muchas las preguntas que te planteas. La primera: ¿Qué puedo aportar yo a esos niños con discapacidades físicas y psíquicas? Los había con ceguera, problemas derivados de la polio, síndrome de down, deformaciones imposibles, pero también con desnutrición severa, cuyos padres han preferido dejar a sus hijos en manos de las hermanas hasta que adquieran un estado nutricional adecuado. El centro estaba limpio, mucho más limpio que cualquier rincón de Calcuta. Es un lugar que ofrece una tregua a la suciedad de la ciudad.

¿Por dónde empezar? Lo primero hacer las camas de esos agradecidos niños y a continuación darles masajes en sus anquilosados cuerpos sobre unas colchonetas. En esta zona existe una buena organización en lo que se refiere al estudio evolutivo de sus residentes, y cada cual tiene su book, indicando cuáles son los ejercicios que más les conviene. El primer día había bastantes voluntarios, cada uno con un niño o niña, por lo que Alicia y yo nos tuvimos que conformar casi todo el tiempo con mirar y aprender de los demás. Pocas fueron las indicaciones que nos dieron las voluntarias y ninguna las 'masis', las indias contratadas para cuidar a esos niños y que no saben ni una palabra de inglés. La única opción era observar. Me sentía inútil, así que aproveché para jugar con los niños menos problemáticos. A las 10.00 horas un descanso para tomar un nuevo té y conversar con las voluntarias en la azotea del edificio. Sólo una hora y media más tarde concluía nuestro trabajo, después de dar de comer a los niños. Y llegó el momento de la reflexión.

 

Nuestro primer día en el centro me resultó descorazonador. No sólo por ver de cerca a unos niños tan necesitados, sino por sentirme en cierta forma superada por lo que estaba viendo. Siempre he pensado que la atención sociosanitaria no está hecha para mí, y allí lamentablemente corroboré mi impresión. Supongo que cada cual está más capacitado para ayudar a los demás en unos aspectos y no en otros. En cualquier caso, había que intentarlo. Confiaba en que esta primera impresión mejorase con los días y me sintiera algo más útil.

Caminamos hacía Sudder Street cabizbajas. Las dos habíamos experimentado similares sensaciones. Nada que ver con las que extrajeron Mariví y Olga en Prem Dam. Ellas estaban eufóricas, habían encontrado su lugar, ese lugar que habían soñado. Y eso, a pesar, de que las historias que nos narraban no resultaban demasiado esperanzadoras. Habían sido testigo de la llegada de una mujer en estado de shock después de haber sido violada por cuatro hombres. Nadie sabía cómo se llamaba, no miraba a los ojos a nadie y parecía ausente. O el caso de otra mujer con gusanos en la cabeza. Son unos 300 enfermos repartidos en pabellones por sexos. En general no están tan mal como los de Kalighat; algunos se curan y son devueltos a la calle. Se trata de estar con los residentes, ayudar a bañarlos, vestirlos, darles la comida y administrarles medicamentos. Se pone un especial empeño en la limpieza a fondo de todo, suelos, ropa de cama etc.


Monzón en Sudder Street. Foto: Mar Peláez

Lo duro era Calcuta en sí misma. Tan 'agujero negro' es que decidimos ir a buscar rápidamente una zona amplia donde notar que el oxígeno entraba en los pulmones, aunque para llegar hasta allí había que soportar la humareda que forman los tubos de escapes de los coches y los atascos continuos en unas avenidas incapaces de absorber el denso tráfico. Encontramos ese lugar de paz en el Memorial Victoria (1921).

La noche fue haciéndose más densa sin casi darnos cuenta. No se me olvidará la sensación de agobio que me entró en aquella habitación durante la noche. El ventilador ruidoso no daba abasto para refrescar el ambiente, la mosquitera tampoco ayudaba, los mosquitos estaban hambrientos y un sueño repleto de insectos no ayudaba a conciliar el sueño. Jamás había estado en un lugar que reuniese tan escasas condiciones de habitabilidad. Salí de la habitación y subí a la terraza en busca de un poco de oxígeno, pero la humedad del ambiente no logró secar mi sudor.

Sólo un par de horas más tarde, unos ruidos ensordecedores me sacaron de mi sueño. Eran truenos, y menudos truenos. Resultaba estremecedor. Nunca antes había oído con tal intensidad una tormenta. No acababa uno y comenzaba el siguiente. La lluvia se convirtió en un continuo aguacero, en un diluvio, y el agua entraba incluso hasta la habitación. Con gran curiosidad subimos a la terraza para comprobar que la intensidad de esa lluvia no era normal. Y así fue. En pocos minutos, todo estaba inundado.

29 de septiembre (jueves)

O
tro día más en la agobiante, asfixiante, desquiciante Calcuta. Pero esta vez, con sorpresa: la ciudad era un pantano. El agua del monzón cubría las calles y era imposible andar por ellas sin mojarse hasta las rodillas.
Entendí en ese preciso momento lo que se siente cuando en el telediario muestran una ciudad totalmente inundada.

 

Basurero. Foto: Mar Peláez

Era agua putrefacta, marrón, maloliente, densa, caliente. Sólo es necesario hacer un ejercicio de imaginación y visualizar el estado de las calles en un día corriente para darse cuenta de lo podrido de la escena. Basura esparcida por cualquier rincón, desperdicios orgánicos o inorgánicos que sirven de comida a los perros, a los cuervos o a cualquier ser vivo carroñero. No hay papeleras en toda la ciudad y los indios están acostumbrados a tirar todo, absolutamente todo, al suelo. Y, claro, cuando llega la lluvia, algo habitual de mayo a octubre, esa mierda se confunde en el agua. La obligación de andar cubierto hasta las rodillas, por calles llenas de baches y bocas de alcantarillas abiertas, contribuye a aumentar los problemas de salud.

  El agua de la urbe está contaminada y las enfermedades gástricas son endémicas. Además, las autoridades son incapaces de mantener limpia la ciudad; las calles están llenas de basura y los vertederos repletos y esparcidos.

Las risas sonoras mitigaban la repugnancia que producía cada vez que algo, no se sabe qué, se enredaba en los pies. Y así a cada paso. Era preciso andar muy despacio, ya que las calles no eran demasiado uniformes y resultaba muy fácil ceder a un tropezón. Ir de un lado a otro era tarea ardua. Pero más arduo es vivir en la calle en esas condiciones. Ver cómo la gente se las ingenia para no perder sus ínfimas pertenencias en cada riada.

Era jueves, día en que cierran los centros de la Fundación, por lo que decidimos adentrarnos en la ciudad y hacer algo de turismo. Pero antes, otra sorpresa. La urbe entera había enmudecido. Las calles estaban vacías, ni un solo coche circulaba por ellas, ni siquiera los rickshaws. Estaban de huelga. Día sin coche, día sin ruido, día sin polución. Una maravilla. Después de lavarnos los pies en una de las fuentes callejeras nos encontramos con el hotel más caro de Calcuta, el Overoi, y a sus pies tomamos dos taxis. El hecho de que estuvieran de huelga nos obligó a pagar una suma de dinero más elevada de lo habitual, pero quien algo quiere… El hombre se arriesgaba a que le parasen los piquetes y le obligaran a detenerse.

Nos dirigimos hacia el Norte de la ciudad, dirección al templo jainista de Parasnath. La puerta estaba cerrada, pero fue el propio guardés del centro quien nos ofreció entrar por 30 rupias, y aprovechamos la oportunidad. Se trataba de un grupo de templos emplazados alrededor de un jardín ornamentado con estanques llenos de carpas y estatuas neoclásicas de mármol y de alabastro.

De allí nos fuimos al templo de Kalighat, el más importante de Kolkata, situado a cinco kilómetros del centro. Las vacías calles eran utilizadas por grandes y mayores para jugar el críquet, para pasear o simplemente para estar en medio de ellas. El taxi nos dejó a varios metros del templo y tuvimos tiempo de nuevo de ver la cara de la pobreza. Hombres, mujeres y niños sentados en el suelo, en forma de hilera, esperando unas monedas en su recipiente bajo y redondo. Perros callejeros olisqueando, mujeres quitando los piojos a sus hijos y vendedores ambulantes por todos lados.

Por un laberinto de calles inundadas de puestos con artículos de dioses de toda clase, destinado a los peregrinos, llegamos al sencillo templo dedicado a Kali, la diosa negra. El centro está abierto a todas las horas y siempre bulle de actividad. El suelo estaba mojado, con restos de sangre, y la idea de descalzarnos no nos parecía oportuna, más si se tiene en cuenta que la sala donde se reúnen los fieles se utiliza para sacrificar ahora cabras y antes a seres humanos para apaciguar a la diosa de la fertilidad.

Pero a mí lo que me seguía causando mayor impresión eran las caras alegres de esos niños de la calle que se ven obligados a trabajar durante ocho, quizá diez horas, mendigando en compañía de sus madres. Lo mismo que los ojos alegres, la mirada penetrante y la sonrisa sincera de esa preciosa niña que jugaba con su hermana desnudita en plena calle. La madre y las dos niñas se ofrecieron a posar para nosotros y eso tuvo su recompensa en forma de un pequeño billete. A fin de cuentas nosotros queríamos su rostro y ellas unas monedas. Eran mis 'modelos'.

De nuevo en el taxi nos dirigimos a otro templo, al de Shiva. Esta vez junto al río Ganges, donde un puñado de hombres, mujeres y niños rebuscaba en los desperdicios que se amontonaban en la orilla. Es su forma de vida, cada día la misma historia. En la calle causamos sensación. No en vano, éramos un grupo de turistas en pleno barrio marginal. Nos hicieron corro, querían salir en nuestras fotografías y posaban sonrientes. Daba igual las edades: niños arremolinados entorno a nuestras cámaras para verse, quizá por primera vez, retratados; hombres que adoptaban una postura seria para ser fotografiados, y mujeres de nuevo esquivas con los flashes. Permanecimos largo rato con toda esa gente, gesticulando para ser entendidos, ya que el dialecto bengalí se nos seguía resistiendo. Ya en el taxi recorrimos las columnas de chabolas de cartón, madera o chapas onduladas, que se abrían a ambos lados de la carretera y atravesamos por debajo de un puente. No hubiera sido novedoso si no hubiésemos comprobado cómo aquel lugar inhóspito se había convertido en el hogar de cientos de personas, que buscaban su hueco al amparo de un sotechado. No daba crédito ¿cómo pueden vivir allí tantas personas? Llovía y muchos eran los que permanecían bajo los camiones para resguardarse del agua. Tras ese interminable barrio de chabolas, se abrió una calle amplia con edificios coloniales, una vez grandiosos y ahora podridos exponentes de la decadencia imperial.

 

Después de recorrer de Norte a Sur la ciudad ya entiendo porqué no figura en los itinerarios turísticos. Calcuta no es una ciudad para el visitante de un día, el que busca palacios con tules y tiendas de recuerdos en serie. Tampoco para el pusilánime ni para el que cierra los ojos a toda realidad. El viajero experimentado descubrirá que por encima de esos edificios se esconde una ciudad que late, vibra y lucha por el triunfo de la vida. Calcuta conmueve. Y lo hace porque la miseria se quintuplica. Son tales las imágenes impactantes que se ven a cada paso que el corazón se encoge y se extiende con sólo tener los ojos bien abiertos.

30 de septiembre (viernes)

Y
a sólo estábamos cuatro y las cuatro nos dirigimos hacia la Mother House donde habíamos quedado con otros voluntarios
para asistir a la inauguración de 'Un ladrillo en Calcuta', un proyecto impulsado por un grupo de españoles que consistía en la construcción de un hogar para niños de la calle. Estaba lejos y tuvimos que lidiar una vez más con la congestión de un tráfico irrespirable. Lo pasé mal. Ahora sé perfectamente lo que es la contaminación exagerada y la dificultad para respirar. No pude disfrutar del acto inaugural porque la fiebre iba subiendo y lo único que quería era dormir. Mariví yo decidimos en aquel mismo lugar que teníamos que huir de Calcuta. Nuestro destino sería Darjeeling, y Alicia se sumó a nosotras. El regreso al hotel fue una auténtica pesadilla. Me encontraba tan mal que me pasé todo el viaje durmiendo, ajena al humo, a los pitidos y a los constantes acelerones y frenazos.


Inauguración de 'Un ladrillo en Calcuta'.
Foto: Mar Peláez

No fui la única en caer enferma en Calcuta. De hecho, una de las conversaciones más frecuentes con los voluntarios se centraba en la salud. Hubo quienes cogieron la malaria, otros el dengue, y quienes menos una diarrea severa. Los peores tuvieron que estar hospitalizados en alguno de los centros privados, porque los públicos no superaban ningún tipo de medida higiénica. Mi día transcurrió durmiendo. Era lo único que me permitía los 39 grados de temperatura. Quizá era la alerta de mi cuerpo a tanta miseria humana.

1 de Octubre (sábado)

M
e desperté mejor, pero no con las suficientes fuerzas como para ir a trabajar a los centros. Algo parecido le ocurrió a Mariví. Alicia y Olga, en cambio, sí estaban en condiciones.
Cuando regresaron nos fuimos a comer y a buscar el billete para Darjeeling. No resultó fácil porque la fiesta de la Durga Puja, la más famosa de Calcuta, motivaba un sinfín de desplazamientos de los indios. Al final, logramos plaza en segunda clase con aire acondicionado para las cuatro por algo más de 20 euros.

1 de Octubre (sábado)

A
trás íbamos a dejar Calcuta y eso me ilusionaba. Nunca pensé que lo realmente duro de mi experiencia este año sería la ciudad y no la labor de voluntariado. Tuve por primera vez el impulso de salir corriendo de vuelta a España
y olvidarme de tanta miseria humana, porque ser testigo visual de esas desgracias dan ganas de huir. Las fuerzas flaqueaban. Fueron cuatro días muy duros emocionalmente, días en los que tuve que combatir con fuerza mis deseos de abandonarlo todo. Pero lo que me ocurrió a mí no es nada extraño. Fueron muchos los voluntarios que experimentaron las mismas sensaciones e incluso muchos los que no consiguieron sobreponerse y asimilar tanta pobreza extrema.

Nos dirigíamos a las montañas, a Darjeeling, a respirar aire puro. Ya no podíamos soportar más las emisiones incontroladas de un ejército de vehículos con motor diesel, que hacen que Kolkata sufra una contaminación atmosférica palpable. Los problemas pulmonares forman parte de la vida cotidiana de los residentes y la hora punta es especialmente tóxica ¿y cuál no lo es? Al atardecer el ambiente está oscurecido por una humareda gris. Parece que el sol no saliera en la ciudad o, al menos, no llegara con claridad al suelo.

En el camino hacia la estación de Sealdah descubrimos que todas esas construcciones a base de palos y cuerdas, diseminadas por toda la India recorrida, tenían relación con la fiesta de la Durga Puja, que dura dos semanas. Antes de llegar vimos a una mujer, muy pequeña, muy delgada, aseándose en una de las fuentes públicas con una cara de desesperanza que me impactó. Resulta tan sencillo que se te humedezca la mirada ante tanta injusticia social… En ese desguazado, humeante, cochambroso taxi llegamos a los aledaños de la estación, camino del paraíso.

La estación tenía mejor aspecto que las conocidas con anterioridad. Parecía más ordenada, más limpia, más nueva, pero acogía igualmente a todas esas personas que no tienen un techo donde resguardarse. Como aquella mujer que rebuscaba en su bolsa justo en el precipicio del andén o el hombre que con aspecto mugriento dormitaba sobre un banco. Nos despedimos de Calcuta, pero volveríamos en unos días oxigenadas plenamente.


8 de octubre de 2005 (sábado)

E
l tren aminoró la marcha cuando se aproximaba a Calcuta, donde morían los raíles. Desgraciadamente los documentales en los que se ven a cientos de personas junto a las vías son ciertos.
Usan las vías del tren como fosa séptica y eso tiene sus consecuencias. El olor es tan ofensivo que incluso mi maltratada nariz suplicaba por un pañuelo perfumado. Es obvio que para los usuarios de las vías el paso del tren entra en su rutina diaria, porque todos miran cómo pasa. Si no fuera porque estaba en la India pensaría que éste era el sueño más surrealista que jamás haya tenido, porque ver a cientos de hombres con los pantalones bajados mirando hacia mí con una sonrisa puesta en la boca era realmente dantesco.

Después de muchos kilómetros de chabolas ininterrumpidas llegamos a la estación sobre las 7 de la madrugada (diez horas después). Los maleteros se agolpaban en los vagones de primera y segunda clase para portar los bultos de los pasajeros. Seguía allí la muchedumbre, quizá en mayor número de la que nos había despedido. La fiesta de la Durga Puja estaba en pleno apogeo y una tamborada 'salió' a recibirnos. Como si fuera poco el ruido de la India ya de por sí.

 

Me encontraba otra vez en Calcuta, ahora con algo más de experiencia. Ha cambiado... las calles ya no me huelen tan mal ni están tan sucias y me pregunto si habré perdido el sentido del olfato y de la vista. No hace tanto calor y humedad ¿Me habré hecho insensible? La gente que se acerca ya no me agobia ¿Habré perdido el sentido de la privacidad? Y caminar por entre la circulación ya no me produce sensación de vértigo ¿Habré perdido el sentido del riesgo? Calcuta ha dejado de ser la ciudad de los horrores y maravillas que me asombró los primeros días o, lo que es lo mismo, yo he dejado de ser una novata en la India. Eso me desilusiona y al tiempo me hace sentir más segura de mí misma... Ya no miro las cosas con pasión pero ahora paseo más tranquila por sus calles. Ella es la misma. Yo he cambiado. Estoy dispuesta a ser feliz en Calcuta.

Calcuta seguía siendo un infierno, ese lugar donde la gente tiene menos posibilidades de salir adelante, pero estaba preparada para que el caos y la miseria no ensombrecieran el carácter abierto, curioso y hospitalario de los indios. No quería perderme un detalle. Sólo me quedaban siete días en la ciudad y había que buscar la felicidad. No iba a ser fácil, pero… había que intentarlo. Yo, en mi caso, tras ese periodo de adaptación conseguí serlo, y eso es algo que días antes no hubiera imaginado.

Las calles por las que pasábamos en dirección al hotel Modern Logde me parecían distintas, aunque ya me eran viejas conocidas. Nuestra habitación estaba intacta, igual de sucia o más, igual de calurosa o más. Sin embargo, parecía más habitable. Distintos ojos para ver la misma realidad.

Nos adentramos en las calles atestadas de personas. Era como un mercadillo en hora punta, pero se trataba tan sólo de una vía céntrica. Personas que iban y venían, mercaderes gritando las gangas, gente con la que chocabas al andar. Un video casero da claras muestras de estas palabras. Un lugar perfecto para perder los nervios, sin embargo, nos lo tomábamos con mucha calma, con gran resignación. Los indios tienen una particular forma de mover la cabeza que no sabes nunca si te están respondiendo de forma afirmativa o negativa. Ladean la cabeza de derecha a izquierda, de izquierda a derecha y te quedas sin respuesta. El resultado: es muy difícil encontrar una dirección. A la misma entrada de ese edificio blanco descomunal y de lujo estaba la realidad: mujeres que mendigaban una limosna con su hijo en el regazo, niños desnudos o semidesnudos buscando hacerte partícipe de su pobreza.

9 de octubre (domingo)

C
on las pilas cargadas nos dirigimos Mariví y yo hacia el centro. Esta vez lo hicimos subidas en un rickshaw, el conducido por mi amigo Mohama. Resultaba así menos violento grabar en video todo ese camino que nos
separaba del Sishu Bhavan y que tantas veces habíamos recorrido. Nuevamente la pena de que los indios con los que más me interesaba iniciar una conversación, conocer sus preocupaciones, su forma de vida y sus miedos, no dominaban en absoluto el inglés. De hecho, no supo contestarme ni siquiera a la pregunta de cuántos hijos tenía y dónde residía.

Llegamos puntuales al desayuno de las 7 de la mañana con el resto de voluntarios. Lástima que nunca tuve la fuerza de voluntad de acudir a las 6 de la mañana a la misa de las hermanas que, por supuesto, era opcional. Según me dijeron, era todo un espectáculo.

Disfruté más que nunca en la sección de los niños handicap. Di unos masajes a una de las niñas, o no tan niña, totalmente rígida que agradecía cada uno de nuestros gestos. Luego a otro de los niños. Mientras, una 'chica' de 38 años y deformaciones indescriptibles miraba desde su cama el trabajo del resto de voluntarias. Mou, la niña preciosa ciega y cuya cabeza era demasiado grande para que su cuello pudiera soportar el peso, hacía gestos desde su silla de ruedas a la espera de que alguna de nosotras reparáramos en su presencia. Todos necesitaban unas atenciones específicas, pero mimos comunes.

 

Nunca imaginé que dar masajes a cuerpos deformes y esqueléticos pudiera resultar tan gratificante. Tras mimar, acariciar, alimentar, jugar y dar cariño a estos niños, te obsequiaban con el mejor de los regalos: una sonrisa o un abrazo. Incluso haciendo las camas, lavando la ropa, secándola y tendiéndola, fui feliz pues me sentía un pequeño eslabón en esta solidaria cadena humana que es el voluntariado. Había tantas cosas que aportar…

Cristina y Elena, dos voluntarias de Figueres, parecían entusiasmadas con masajear, cuidar y dar mimos a 'sus' niñas. Yo, mientras, compartí mi tiempo entre los niños discapacitados físicos y los discapacitados psíquicos. Era domingo y, por tanto, día especial. Vestidos para la ocasión estos últimos bajaron al patio central para contemplar juegos de magia. Qué agradecidos eran, qué carcajadas cuando descubrían cómo salía un pañuelo de un tubo aparentemente vacío. Edell cogió en sus brazos a una niña con las dos piernas escayoladas. Yo intentaba que dos 'terremotos' estuvieran atentos a los juegos o, al menos, que estuvieran algo quietos para que las 'masis' (las mujeres indias contratadas para sus cuidados durante todo el día) no les reprendieran con esos malos humos que las caracterizan.


Mercado de carne en la calle. Foto: Mar Peláez

Concluida mi jornada en ese oasis de centro, lo único que me quedaba por hacer era desandar el camino y dedicarme a hacer fotografías de todo aquello que me seguía sorprendiendo, al ritmo del canto del muillaidín. Pese a que ya se habían convertido en imágenes habituales, no podía apartar la vista de, por ejemplo, aquel hombre esquelético tendido inmóvil sobre un cartón en el suelo, que no denotaba vida, o de aquellos hombres y mujeres que rebuscaban en el vertedero callejero, apartando a cuervos y perros.

El olor de la carne putrefacta y amarillenta que colgaba de uno de los puestos de la calle provocaba arcadas. También lo hacía la basura amontonada en las calles o alguna que otra rata muerta en la calzada. A escasos pasos, los hombres volvían a enjabonarse el cuerpo en aquellos baños públicos, otros vendían frutas o palos que hacían las veces de cepillo de dientes.

La lluvia del monzón volvió a hacer acto de presencia. Sí ese mismo agua que durante largos meses esperan los indios para olvidarse del aire estancado y denso que hace el ambiente insoportable, y también ese mismo agua que tanto nos desagrada a nosotros. Y, sobre todo, cuando acabas de lavar y tender toda la colada. Eso hizo que me entretuviera y no pudiera comer con mis amigas. Pero no había problema, en el Blue Sky siempre encuentras a nuevos amigos. Allí acordamos ir a ver los 'monumentos', tipo ninot valenciano, que confeccionan los indios para festejar su Durga Puja. Se celebra en octubre y es el equivalente bengalí de la Navidad. Culmina con el Mahadashami, que es el décimo día, cuando las imágenes son transportadas al río para sumergirlas. En el centro de esas composiciones está la diosa Durga, que en la gran batalla mata a Mahisha, el demonio búfalo.

Pero para llegar allí había antes que enfrentarse a la calle, con ese agua impura hasta las rodillas. Lo mismo que tenían que hacer las motos y los coches, con la esperanza de que el agua no se filtrara por el motor. No resulta fácil atravesar ese agua caliente y densa, ya que a cada paso se enredaba algo en tus pies. Ya no tuvimos reparos en contratar un rickshaw para que nos sacara de esa pocilga. Sólo allí se entiende. Ellos tienen un trabajo honrado con el que ganarse el sustento y se frotan las manos cada vez que el monzón cubre las calles. No me gustó la sensación, pero te tienes que acostumbrar a que las castas estén en la India excesivamente aceptadas. Quien pertenece a la casta más baja se resigna a no salir de ella. Sueñan con reencarnarse en una superior en la próxima vida si logran ser buenas personas en ésta; de ahí que la delincuencia sea mínima o inexistente, diría yo.

10 de octubre (lunes)

M
e quedaban muy pocos días en Calcuta y no lo dudé. Me fui directamente a colaborar en el orfanato de niños de 0 a 6 años, y dejé la sección de los handicap. Y allí logré sentirme más útil y más feliz.
Sin apenas instrucciones previas me puse a hacer varias de las camas de los 111 niños y seguí al resto a la parte trasera, donde las 'masis' lavaban y lavaban las sábanas, tipo mantel, donde duermen los niños. Había que separar la ropa limpia de la sucia, algo paradójico si se tiene en cuenta que la mayoría de los menores no ha cumplido aún los tres años y que no usan pañales. Nuestra tarea sería aclarar esas sábanas ásperas y roídas, esos pañuelos en forma de pañales, y esas servilletas que no supe nunca cuál era su uso. Nos llevó mucho tiempo esa tarea. Bea, una voluntaria gallega que acababa de llegar a Kolkata, y yo compartimos eso de escurrir las 'sábanas', y comprobé cómo los japoneses, en este caso japonesas, tienen un exagerado nivel de compromiso con el trabajo. No paraban.

Concluida esa labor inicial, nos fuimos a jugar con los más pequeños en la parte delantera del edificio. Pese a que el centro cuenta con un hermoso patio con juegos, los niños se ven abocados a jugar en el interior del edificio. Son tantos y tan pocas las 'masis' que éstas no pueden hacer más que cuidarlos. No tienen tiempo para detenerse a jugar con ellos; para eso estamos las voluntarias. De lavarlos, darles el desayuno y la comida se encargaban las masis o las sisters. Todo estaba limpio, al menos tan limpio como permite la ciudad.


Orfanato Sishu Bhavan. Foto: Mar Peláez

En mi memoria quedó grabada la cara de dos niñas y un niño. No sé por qué. Eran muchos, pero aquellas caras y aquellos abrazos me aportaron algo especial. Aún así, jugué con todos los que reclamaron mi atención. Les dediqué mi tiempo a cambio de una simple y amplia sonrisa; de esa sonrisa limpia de un niño que carece del cariño que se merece. No tenía manos para atender a todos a la vez, pero sí muchas ganas. Recuerdo los lloros de aquel niño, recién abandonado por sus padres; la carita blanca de esa niña ciega que gateaba sorteando a duras penas los obstáculos; de ese pequeño al que una rata le había arrebatado su oreja izquierda… Todos vestidos con la ropa que generosamente alguien había donado. Limpios y aseados.

Tres horas después había concluido, desgraciadamente, nuestro turno. Cristina y yo enfilamos hacia su hotel con la esperaza de poder animar un poco a su amiga Elena. Es humano y entendible que se humedezca la mirada ante tanta injusticia, que flaqueen las fuerzas ante tanta miseria, que mengüe el entusiasmo ante la magnitud del problema y que creamos que no somos capaces. Es normal. Como también lo es que entren ganas de huir y no seas capaz de responder a la pregunta de ¿para qué estoy aquí?

Era el día que había elegido para, por fin, ir al cine en la India, en ese país con una floreciente industria cinematográfica. Toda ciudad importante dispone de numerosos cines, pero nos costó trabajo encontrar una sala abierta, porque la fiesta de la Durga Pooja había alterado todos los horarios. Caminamos en su búsqueda, junto a Bea y sus amigas gallegas Vivi y Norma. Dos niños de la calle, con sus preciosas caras nos acompañaron en nuestro recorrido. Al final, sólo Mariví, Olga y yo entramos en el cine. Lo hicimos por un precio de 25 rupias. Buscábamos una película de Bollywood, pero… la sorpresa fue mayor. La carátula de la película no nos daba ninguna pista de su contenido. La amplia sala del cine estaba repleta de ventiladores colgados en sus paredes y de sillas de plástico. Soportar el olor que procedía de los servicios fue, además, complicado. Lo mismo que escuchar el sonido de la película con el ruido de los ventiladores. Ni una sola mujer en la sala, sólo nosotras tres. Y comenzó la película, por supuesto en hindi. Los ánimos de los indios iban subiendo a medida que el amor que sentía el protagonista por una muchacha se iba transformando en sexo en el interior de un prostíbulo. Nuestros compañeros de 'butaca' se levantaban, se volvían a sentar, se giraban para contemplar cómo tres occidentales sin conocimientos de hindi podían estar allí viendo una película 'porno' para sus ojos. Aguantamos una de las tres que duraba la película y nuestras risas aún deben resonar en aquella sala. ¿Qué pensarían de nosotras tres?

11 de octubre (martes)

C
on la ilusión de los días anteriores aún viva, inicié una jornada más en el orfanato. Ahí estarían 'mis' niños. Mi compañera Bea no había ido esa mañana al centro porque no se encontraba en condiciones.
La adaptación a Calcuta es realmente dura y pocos son los que se salvan de que su cuerpo rechace de cualquier forma todas esas imágenes que tanto impactan a cada paso que das en la calle. La miseria con mayúsculas, unido a la contaminación irrespirable, el calor sofocante y el agua caliente rozando tus rodillas, te lo pone difícil. Buena parte de la jornada la dediqué a tender la ropa que otras voluntarias iban lavando. Horas y horas de tender esos 'pingajos' en las cuerdas o extenderlos sobre el suelo de la terraza. Tuve ocasión de comprobar que las japonesas tienen un ritmo de trabajo y de sacrificio mucho más elevado que cualquiera de los españoles. Se las veía encantadas con esa tarea, pese al sol abrasador sobre nuestros cuerpos.

Las masis, con bastante malas formas, nos indicaban qué podíamos hacer y qué no. De nuevo, 'mis' niños (dos niñas y un niño) acapararon mi atención, pero había que repartir los brazos y las piernas con todos ellos. Resultaba complicado incluso respirar cuando ves a seis niños colgando de tu cuerpo, pero se disfrutaba mucho con sus abrazos y monerías. Desgraciadamente, la jornada 'laboral' había vuelto a concluir. Era tan poco tiempo…

Me bajé hacia el recinto de los niños handicap para buscar a las otras voluntarias españolas y esperar a que ellas concluyeran la tarea de darles de comer.

Nos dirigimos en un polvoriento taxi hacia Kalighat, junto al templo de Kali, después de vadear los miles de coches que circulaban sumidos en el desorden más absoluto. Me encontré un ambiente muy diferente al del día en que conocí la zona. Estaban de fiesta y el bullicio, la música y el colorido cubrían de forma ficticia tanta podredumbre y mitigaban en parte aquellas visiones de recién nacidos en la calle desnudos o semidesnudos sobre el duro y sucio asfalto; hombres sin extremidades inferiores arrastrándose por el suelo; mujeres afectadas seriamente por la polio o por dolorosas deformaciones, o personas esqueléticas arrodillados en el suelo esperando una limosna o algo que llevarse a la boca. Sólo el espectáculo de una niña contorsionista y las voces de una mujer, vestida de un naranja intenso, a través de un megáfono lograron que recuperáramos por unos instantes el aliento.

Todavía estaba por ver algo que me llegó muy dentro. Nos aproximamos a Kalighat (Casa del Corazón Puro), ubicado en un edificio de color amarillo y de aspecto hindú, aunque con algunas cruces. De este centro sabía que se le conoce como el Hogar de los Moribundos y Abandonados. Es, por tanto, un centro de enfermos terminales e indigentes, en general gente mayor en bastante mal estado donde la gravedad de la situación queda superada por el ambiente de relativa paz y humanidad que se intenta crear.

 

Nada más acceder a su interior, la imagen de una treintena de hombres escuálidos, vestidos de azul sobre camas también azules, esperando resignados a que llegue su hora, me impactó. Quizá la imagen que más lo haya hecho en mi vida. Era como mirar la misma muerte. No sé cómo explicarlo. Sí, había paz, demasiada paz, demasiado silencio, demasiada paciencia. Sin pronunciar una palabra, las tres tuvimos el mismo reflejo: salir corriendo de allí. Y así lo hicimos, con el nudo aún en la garganta. Las palabras no servían para expresar la emoción experimentada.

En aquel momento me di cuenta de la valentía de todos aquellos voluntarios, entre ellos Olga y Mariví, que consiguen ser felices en aquel lugar y que se sobreponen a sus emociones e intentan simplemente "estar" con aquella gente, procurar transmitirles un poco de cariño a la vez que impregnarse recíprocamente de su humanidad y gozar con el puente de ternura que a buen seguro se establece entre el voluntario y el paciente. Desgraciadamente no fui ni siquiera capaz de atravesar la puerta de acceso. Conversaciones posteriores con otros colaboradores me tranquilizaron. No en vano, para otros muchos los centros de los niños resultan más impactantes que los de los adultos. Yo, en cambio, opino lo contrario. Veo en los niños esperanza, vida…

Sin que aún hubiéramos podido digerir la dureza de la imagen, unos niños de la calle con ganas de jugar se nos abalanzaron y cogieron de las piernas. Los había de todas las edades: casi recién nacidos, pequeños de apenas un añito y niñas de unos cinco. Sólo querían juguetear.

Con esa sensación agridulce volvimos a tomar un taxi en dirección a Park Street. La calle reunía lo más 'guapo' de la ciudad. Restaurantes de lujo, discotecas aparatosas, neones luminosos y mucha gente de apariencia rica. Pero sólo era un espejismo, un adorno de una realidad que seguía visible en las aceras. Sólo hacía falta ver como los más pequeños se las ingeniaban para sobrevivir entre tanta ostentación y mendigar, sin excesivo éxito, entre esas muchachas altivas con impolutos saris de gran valor y esos muchachos indiferentes a la miseria de sus compatriotas, repeinados, orgullosos de lucir un costoso traje y preocupados tan sólo de entrar los primeros en la discoteca.

 

Los faros de los automóviles iban descubriendo sobre las aceras los huecos de los portales, una cadena sin fin de cuerpos tendidos en cada rincón, hirviendo como enjambres sobre los pavimentos. Sólo dormían, pero la impresión era de trágico abandono. Diez, once, doce millones de habitantes. No hay un censo fiable. Se dice que 300.000 duermen cada noche sobre las aceras. Quien tiene un negocio, pasa la noche en el negocio; quien tiene un taxi, duerme en el taxi; quien tiene tu-tu, descansa en el tu-tu; quien tiene rickshaw dormita en el rickshaw, y quien no tiene nada de lo anterior, se tiene que conformar con la dura acera. Increíble aceptarlo. Increíble comprobar cómo esas imágenes tan impactantes para nosotros es simplemente el pan de cada día para ellos. ¿Qué pensarán los indios ricos? ¿Con que cara miran a la verdad?

Sorprende que pasear entre esa pobreza extrema, sorteando sin parar a personas tumbadas en la acera, no provoque miedo ni rechazo. Incluso algunos se incorporan y saludan con una sonrisa esperando sólo tu respuesta cómplice. Lo mismo hacen los rickshaws, esos hombres de sonrisa perenne que no dudan en hacer señas de camaradería cuando te reconocen.

12 de octubre (miércoles)

E
ra mi último día en los centros. No pensé que me fuera a dar tanta pena despedirme de unos niños que apenas conocía, pero así fue. Me permitían hacer dos fotografías. ¡Sólo dos!, pero las normas están para saltárselas,
pese a la reprimenda que eso me iba a conllevar. Disfruté como nunca haciéndoles reír, pero también limpiando el suelo cada vez que uno de ellos se hacía pis (no llevan dodotis ni similar y tienen dos años. Intenté alargar el tiempo de estancia allí todo lo que me fue posible, pero había concluido… Ya no los volvería a ver. Para ellos, yo era una más, para mí era diferente.

Bajé hasta el centro de los handicap y allí sí tuve la oportunidad de fotografiar a 'mis' otros niños mientras jugaban o comían. Retornamos a la calle, a la dura calle, donde un grupo bastante nutrido de personas hacía cola, como cada día, para recibir su bolsita de comida de la Fundación Teresa de Calcuta. Son cientos los que comen de la caridad de estas hermanas. Mientras, los niños que vivían en los aledaños del centro jugueteaban casi desnudos y descalzos por las aceras infectadas de suciedad. No sobrepasarían los cinco años, pero por sus movimientos y desparpajo parecían mucho mayores.

El grupo se había ido a ver la leprosería Titagath, regentada por los hermanos de la Caridad, o la de Shanti Nagar, a unas 4 horas de Calcuta. Yo no me encontraba con fuerzas para ver a esa gente mutilada en su mayoría. Y eso a pesar de que el centro debe rezumar vida, ya que los enfermos se encargan de hacer trabajos manuales con los que sacarse unas cuantas rupias. Otro grupo se había ido a un dispensario y otro a la estación de trenes Sealdah, donde también se aplican curas superficiales y se procura sobre todo dar un poco de calor humano a la gente que prácticamente vive allí hacinada. En Calcuta se dobla una esquina y he ahí un dispensario en plena calle, atendido por voluntarios españoles y japoneses, en su mayoría. Inspeccionan gargantas, escuchan pulmones, curan llagas y mordeduras de rata o enseñan a las madres a prevenir las infecciones de sus hijos. El coraje de los voluntarios sorprende. Y lo hace porque ven muchos enfermos y moribundos que se debaten entre la vida y la muerte. Lo que nunca llegué a saber es qué criterio siguen para seleccionar a qué enfermos llevan al centro y a cuál no, cuando verdaderamente son muchos los necesitados. No preguntan nada, ni religión ni condición. Todos son bienvenidos en la Casa de la Madre Teresa de Calcuta.

13 de octubre (Jueves)

A
maneció nuestro último día en la India. Los centros estaban cerrados por tratarse de jueves, por lo que Mariví y yo nos lanzamos a conocer los últimos rincones de Calcuta que aún no habíamos visitado.
Nuestro destino sería un templo del Sur de la ciudad o eso intentamos. Tomamos el metro hasta la última parada, un taxi y llegamos a destino. Se trataba de un amplio recinto con un gran edificio en el que cientos de indios hacían cola. Lo rodeaban pequeños templitos donde unos hombres depositaban en tus manos agua sagrada del Ganga, polvo de azafrán y en ocasiones dulces, después de hacer sonar una campana. Rechazar estos detalles son símbolo de descortesía.

La personalidad de la ciudad ha sido labrada en el entorno físico del delta del Ganga, Hooghly en inglés. Nos asomamos por unas barandillas y allí estaba el río y a los indios sumergidos en él haciendo sus rituales. No tenía tanta magia como en Varanasi, pero nos pasamos un buen rato contemplándolo. Nuestro deseo era tomar una barca para llegar hasta el otro lado del río. Después de un cuarto de hora, o así, llegamos a la otra orilla. No había nada interesante al otro lado, pero tuvimos ocasión de ver de nuevo otra 'procesión' de la Durga Pooja, mientras chicos y chicas bailaban a ritmo de tambores.

Comenzó a llover de forma torrencial, así que tomamos un taxi. La idea era ir al Mercado de las Flores pero el monzón nos lo impidió. No nos quedó más remedio que dirigirnos a Sudder Street. El agua estancada en las calles dificultaba la circulación. Atravesamos el Puente Howrath, considerado una maravilla de la ingeniería, por el que pasan más de dos millones de personas por día. Su construcción duró seis años -se inauguró en 1943- y es el tercero más grande del mundo. Es un puente colgante, de 500 metros sin pilares, que une el ferrocarril principal y la ciudad industrial de Howrah con Calcuta, y que se divisa desde varios puntos de la ciudad.


Desayuno en el Sishu Bhavan. Foto: Mar Peláez

Nos esperaba una fiesta de despedida en la terraza del Hotel María. Allí estaban Juan, Jesús, Bea, Vivi, Norma, Edell, Kike y su novia italiana enfermera del Papa. Una guitarra, cervezas y ron… y a cantar. La fiesta se prolongó hasta las 12 de la noche.

El despertador sonó y se acabó mi sueño indio.

 

Pese a todas esas sensaciones contrapuestas extraídas del viaje, en ese preciso momento no quería regresar a casa. Nunca me hubiera imaginado nada como la India, y mucho menos como Calcuta. Este país te sugiere todo menos indiferencia. Hubiera deseado en multitud de instantes resultar invisible para haber podido detenerme y empaparme de su vida, de sus emociones, de sus sueños. Ahora, sólo podía extraer mis propias conclusiones. Y la primera se refiere a la religión. A ese lastre que impide a los indios más desfavorecidos rebelarse contra la miseria y la injusticia que les oprime. Y a esa misma religión de la que se valen los ricos para prolongar una situación que les favorece. Esas creencias a las que se agarran, sin embargo, para abrir los ojos cada mañana y verse un día más envuelto en tanta podredumbre. Porque lo que está claro es que la pobreza no se esconde en la India, se muestra a todo aquel que no mire hacia otro lado. ¿Dónde estáis los ricos de la India? ¿Dónde está esa potencia mundial en informática?

Allí te das cuenta de que es imposible luchar contra 1.000 años de resignación. A ti sólo te queda elegir entre tres opciones de vida: huir, ser mero espectador o comprometerse. La India es mágica, es misteriosa, es un mundo entero. Huele a rosas e inmundicia. Sabe a picante. Suena a ruido infernal. Se ve colorida y alegre. Se palpa humedad y suciedad. Pero sobre todo se siente a la gente. Es todo esto, y también dura y desconcertante. ¿Me gustó la India? Tengo tiempo de responderme, aunque sé que cuando llegas a España y echas la vista atrás, algo se remueve dentro de ti.







 

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