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Voluntariado en Calcuta

Rocio Medina

Abril 2005
Experiencias



Kaligath (Nirmal Hriday)


Buzón de Calcuta de www.indiga.org con fecha 04-05-2005

Hola a todos, y en especial a los voluntarios en potencia que leéis este buzón buscando información útil y consejos sobre el voluntariado en Calcuta. Hace un par de meses, yo devoraba cualquier tipo de información referente al voluntariado en Calcuta mientras me preparaba para uno de los viajes más enriquecedores de mi vida, y que seguro no olvidaré mientras viva. Mi estancia en Calcuta ha sido muy breve, y por tanto no me siento legitimada para dar consejos a nadie, pero si me gustaría ofrecer mi opinión y soñar que esa opinión pueda resultarle útil a alguien...

Las semanas previas a mi salida hacia Calcuta, me hice prácticamente adicta a Indiga y a los mensajes que escribían los que ya habían vivido el voluntariado en Calcuta en primera persona. Ahora que yo misma ya he experimentado ese voluntariado, me sorprende muchísimo el no haber encontrado ningún mensaje que hiciese referencia a lo difícil, duro, triste y tremendamente impactante que puede resultar una experiencia así, sobre todo al principio.

Cuando yo llegué a Calcuta (y eso que provenía de Delhi donde ya había pasado unos días y por tanto estaba bastante "aclimatada" a la India), noté que el alma se me caía a los pies. El camino en taxi desde el aeropuerto hasta Sudder St. se me hizo eterno. Por todas partes veía pobreza extrema, suciedad, miradas vacías, cuerpos esqueléticos deambular sin rumbo aparente, bebés acostados sobre pilas de mierda y todo ello impregnado en un hedor insoportable. Fueron los 50 minutos más largos de mi vida.

Mi primer impulso tras ser testigo visual de lo que acabo de describir fue salir corriendo de vuelta a España y olvidarme de tanta miseria humana. Estas ganas de huir me duraron 48 horas. Fueron 2 días muy duros en los que combatí con fuerza mis deseos egoístas de abandonarlo todo y volver a casa. Fueron 2 días en los que más que ayudar seguro que estorbé en las casas de la Madre Teresa donde trabajé, y 2 días en los que no comprendí que al forzarme a mi misma a darme a los demás, no sólo no les hacía bien a ellos, sino que me destrozaba a mi misma.

Yo no soy una persona religiosa, pero pienso que si Dios existe, debió decidir echarme un cable y apiadarse de mi, porque todo comenzó a cambiar para mejor cuando me empezaban a faltar las fuerzas para afrontar un sólo día más en Calcuta. A través de mucha meditación, reflexión y sobre todo gracias a la ayuda inestimable de los maravillosos voluntarios que conocí allí (GRACIAS Jordi, Félix, Valvanera, David, Clemmie, Davide, Ruth, Clemmie, Gabriela, Marieta, Ane, Mónica, Ivan, Enara) comencé a asimilar aquella realidad, a hacerme un poco más "calcutiana" y menos alienígena; a comprender que nunca podría cambiar el mundo pero si ayudar a hacer un pequeño rincón dentro de él un poco más alegre, y así, poco a poco, aprendí a ser feliz en Calcuta.

Lo que me contaron los voluntarios que conocí allí fue algo que nunca antes había leído en Indiga, y es la razón principal por la que escribo ahora. Lo que me pasó a mi es NORMAL. Es normal si te pasa a ti cuando vayas, voluntario/a. Es humano que nos flaqueen las fuerzas ante tanta miseria, que se nos humedezca la mirada ante tanta injusticia, que se nos agrie el entusiasmo ante la magnitud del problema y que creamos que no somos capaces. Es normal. Es normal, incluso, si no se logra asimilar tanta miseria y no nos recuperamos del impacto inicial. Muchos voluntarios lo intentaron y no lo consiguieron, y no creo que nadie pueda recriminarles nada. Al menos lo intentaron, y eso por si solo les hace grandes.

Yo, en mi caso, tras mi periodo de adaptación, conseguí como digo ser feliz en Calcuta y sentirme al fin útil. La casa donde más útil y más feliz me sentí fue Kalighat, hogar de moribundos. Nunca imaginé que dar masajes a cuerpos deformes, con heridas llenas de gusanos, esqueléticos o simplemente sin ganas de seguir viviendo pudiera resultar tan gratificante. Tras mimar, acariciar, alimentar y dar cariño a estos enfermos, a veces te obsequiaban con el mejor de los regalos: una sonrisa. En ocasiones, incluso te abrazaban. Entonces una engordaba todos los kilos que a ellos les faltaban... Incluso fregando platos y lavando ropa, secando y tendiendo, fui completamente feliz pues me sentía un pequeño eslabón en esta maravillosa y solidaria cadena humana que es el voluntariado.

Entre los voluntarios he conocido a personas que en muy poco tiempo se han convertido en amigos; amigos que espero no perder mientras viva, y es que en mi opinión compartir esta experiencia mágica une de forma más rápida que cualquier otra experiencia vivida. Trabajar como voluntario en Calcuta ayuda a relativizarlo todo; te sensibiliza ante los problemas de los demás, ante el infortunio ajeno. Te obliga a sentirte privilegiado y a dar gracias por haber nacido en la "parte buena" del mundo; Calcuta siembra en ti una semilla que te recuerda -espero que durante el resto de mi vida- que hay que ser agradecido por todo lo que tenemos y que debemos en la medida de lo posible mejorar las vidas de aquellos con los cuales la vida no ha sido tan generosa. Calcuta cambia, os lo aseguro.

Yo os animaría a formar parte de esta maravillosa experiencia que es el voluntariado sobre todo porque si ya lo estáis considerando en serio tenéis medio camino recorrido para enfrentaros con éxito a los obstáculos que esta experiencia conlleva. Pero también creo que es necesario que sepáis que puede resultar una experiencia dura y difícil (especialmente al principio), y que bajo la montaña de mensajes edulcorados que se encuentran en Indiga subyace una realidad que cuenta otra historia: el contacto con Calcuta no resulta fácil.

Si sois personas sensibles, seguramente sufriréis de rabia y frustración ante tanta miseria, sobre todo al principio, hasta que Calcuta se os meta bajo de la piel y se funda con vosotros. Una vez superados -o asimilados- esos obstáculos, os puedo asegurar que se convierte en la experiencia más maravillosa y enriquecedora que jamás hayáis soñado!

Ánimo.

Rocio




 

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