Voluntariado en Calcuta
Pedro
Prem Dan
| Experiencias |
 |
Agradable rincón en Prem Dan
Me piden que te hable de Prem Dan. ¡Y son tantas cosas las que te podría contar!. No sé ni por donde empezar. Prem Dan significa "Regalo de Amor", y es el nombre que Madre Teresa dio a una de las casas más grandes de Calcuta para acoger a enfermos crónicos y con todo tipo de
problemas. Se trataba de unas antiguas instalaciones de la fábrica química ICI que, tras estar algunos años abandonadas sirviendo de letrina pública a todos los asentamientos de alrededor, fueron donadas a Madre Teresa. Una de las hermanas que fundó con ella me contó que no me podía imaginar la situación en que encontraron las naves (con basura y excrementos hasta una altura de medio metro). Desde entonces acogió a cientos de enfermos divididos en dos bloques: uno para los hombres y otro para las mujeres. Este edificio está ahora en ruinas y van a demolerlo para levantarlo de nuevo. Mientras, los enfermos, en menor número, se encuentran en unas pequeñas naves alrededor de la fábrica.
A uno le impresiona llegar por primera vez a Prem Dan. Recuerdo que la primera imagen que se me quedó grabada fue la de Badaldas: un muchacho de 18 años con poliomelitis. Estaba literalmente comido de moscas porque estaba tan deformado ya que no podía moverse nada. Su cara lo decía todo: sus ojos apagados, sin sonreir ni apenas hablar. Tuve que meterlo en la cama poco después y casi no pude contenerme las lágrimas para que no me viera llorar: ¡parecía que se me iba a romper!¡no sabía por donde cogerlo!. Poco a poco, fuimos descubriendo los voluntarios cuánto puede hacer el amor en estos casos. Badaldas, a base de darle conversación, calor y cariño comenzó a reaccionar: sonreía, nos saludaba con alegría cada mañana al llegar, hablaba, escuchaba un pequeño walkman muy viejo para el que nos pedía pilas a menudo, comía cada día mejor. Todo lo que te cuente es poco para intentar compartir contigo la alegría que me hizo pasar "mi niño" como cariñosamente lo llamaba apropiándomelo con un afán paternal.
El día se sucedía limpiando la nave donde dormían los enfermos (con desinfectante y agua a cubetazos), vistiendo las camas de limpio, entrando a los enfermos que se encontraban peor, afeitando, lavando la ropa, repartiendo medicinas, sacando agua del pozo (pues muchos días no caía agua corriente), llevando a los internos que querían a misa (los viernes y domingos), repartiendo la comida y dando de comer, lavando los platos y lavando algún culete que otro a los que, como norma diaria, se lo hacían todo encima nada más terminar de comer.
Muchas personas, muchos nombres concretos, muchos rostros y muchas historias para poder resumir aquí. Muchos pequeños y grandes milagros que te puedo contar y que se harían interminables. Mucho es también lo que he recibido de Prem Dan. La proporción entre lo que uno da y lo que recibe no está compensada. Por otro lado, las misioneras de la caridad (las sisters para nosotros) con su testimonio silencioso dando el callo, hacían cosas impresionantes: curaban la herida abierta de un hombre, Joachim, con cáncer de piel galopante en los testículos, quitaban con mucho cuidado los gusanos de la herida del pie de dos personas que habían encontrado por la calle, echaban crema especial a los que estaban cubiertos por la sarna. Y todo con un amor y una delicadeza que solventaba sus pocos conocimientos médicos. Parece que decían: entre algo y nada preferimos hacer algo.
Quiero compartir contigo un milagro que viví pocos días antes de marcharnos de Calcuta. Me pasó como a Pedro cuando Jesús hizo su milagro de la pesca milagrosa: no pude menos de ponerme de rodillas y decir: "Apártate de mi que soy un pecador". ¡Tan grande fue su regalo...! Era sábado y fui como cada día a Prem Dan. Iba juntos Ricardo, de Pamplona y yo. Íbamos charlando en una conversación bastante interesante. De pronto, a poco de llegar a Prem Dan, me di cuenta de un hombre que estaba en la acera de enfrente: de cuclillas y con la cabeza entre las piernas. Estaba muy sucio y era el segundo o el tercer día que lo veía en el mismo sitio. No era ninguna sorpresa!. De hecho por la calle encontrábamos personas de este tipo a cada paso. Pero el Señor me dio un empujón para que nos acercáramos. De alguna forma me decía que aquel hombre necesitaba ayuda. Nos acercamos y le pregunté con el socorrido "Coman Acho" (¿Cómo estás? en bengalí).
Levantó los ojos llenos de legañas y sin dar respuesta volvió a agachar la cabeza. Le dije: "¿Prem Dan?". Nada contestaba. Pero en ese mismo momento nos vimos rodeados de indios que nos decían con insistencia: "¡Prem Dan, Prem Dan!", señalándonos al hombre. Uno de ellos llamó a un bici-rickshaw y lo montamos entre Ricardo y yo. Llegamos a Prem Dan y se lo mandamos decir a sister Olga. Ella, que no podía ir en ese momento, nos dijo por medio de una sister que lo laváramos. Le afeitamos la cabeza y la perilla que llevaba y le pegamos un baño de campeonato. Estaba negro de mierda y gastamos prácticamente una pastilla de jabón con él dándole varias veces hasta conseguir dejarlo limpio. Teníamos que sujetarlo entre tres porque estaba hecho una alcallata. Lo vestimos de limpio y lo llevamos a la cama. Llegó sister Olga y en ese momento abrió los ojos y comenzó a darnos las gracias haciéndonos gestos con la mano y sonriéndonos. Nos decía que quería venirse a América con nosotros y le dijo a la sister cómo se
llamaba. "Está un poco mal de la cabeza", nos dijo la sister. Le intentamos dar de comer pero apenas si comió algo. Luego tuvimos que cambiarlo antes de irnos porque se lo hizo todo en la cama. En fin: nos fuimos.
Al día siguiente, domingo, llegamos de nuevo a Prem Dan. No lo vi a primera vista entre todos los pacientes pero no le di importancia: lo habrán puesto en cualquier otro lado, me dije. En un momento dado le pregunté a Andrew, uno de los que mejor hablaban inglés allí: "¿Dónde está el hombre que trajimos ayer?". "He died this night, father". Me quedé de piedra. En ese mismo momento le di mil gracias a Dios: aquella persona tirada en la calle podía haber muerto solo y sin embargo, por puro milagro de Dios, había muerto limpio y acompañado, amado y dando gracias. ¿Te parece poco el milagro?. Pues no queda ahí. Las delicadezas del amor de Dios siempre nos sorprenden y su amor siempre se pasa. Fui a sister Olga para preguntarle cómo había ocurrido todo. "Hacia las tres se puso muy malo, le puse una inyección pero entró en la agonía. Así estuvo hasta las cinco cuando murió. Pero ha muerto en paz. Poco antes, lo bendije y lo bauticé: le puse Peter".
En ese momento me cambió la cara y los ojos se me llenaron de lágrimas. "Sister, yo me llamo Pedro". A la sister le cambió también la cara, se emocionó y me dijo: "Divina Providencia. No me acordaba en absoluto de tu nombre. Pensaba ponerle el santo del día, san Bartolomé, pero me venía insistentemente el nombre de Peter a la cabeza. Pues mira: aquel que tú trajiste ha vuelto al cielo por la puerta grande con tu mismo nombre: hijo de Dios, limpio, querido y acompañado". Me quedé de piedra (como Pedro en el Evangelio). Apenas si tenía ganas de hablar. Sólo daba gracias a Dios y le preguntaba por qué tanto amor y tantas delicadezas para conmigo. La sister no paraba de contar a todos lo ocurrido y yo, desde entonces, también lo cuento.
En fin, esto fue Prem Dan y esta han sido a grandes rasgos algunas de mis experiencias, las que Dios ha querido regalarme allí y yo no puedo callar. Un abrazo a quien lo lea. Que Dios te bendiga.
Pedro