Voluntariado en Calcuta

Mar Peláez    marapz@yahoo.es

DE VUELTA: Algo se remueve en Calcuta

Septiembre-Octubre de 2005

Experiencias



Niños de la calle de Calcuta. Foto: Mar Peláez


8 de octubre de 2005 (sábado)

E
l tren aminoró la marcha cuando se aproximaba a Calcuta, donde morían los raíles. Desgraciadamente los documentales en los que se ven a cientos de personas junto a las vías son ciertos.
Usan las vías del tren como fosa séptica y eso tiene sus consecuencias. El olor es tan ofensivo que incluso mi maltratada nariz suplicaba por un pañuelo perfumado. Es obvio que para los usuarios de las vías el paso del tren entra en su rutina diaria, porque todos miran cómo pasa. Si no fuera porque estaba en la India pensaría que éste era el sueño más surrealista que jamás haya tenido, porque ver a cientos de hombres con los pantalones bajados mirando hacia mí con una sonrisa puesta en la boca era realmente dantesco.

Después de muchos kilómetros de chabolas ininterrumpidas llegamos a la estación sobre las 7 de la madrugada (diez horas después). Los maleteros se agolpaban en los vagones de primera y segunda clase para portar los bultos de los pasajeros. Seguía allí la muchedumbre, quizá en mayor número de la que nos había despedido. La fiesta de la Durga Puja estaba en pleno apogeo y una tamborada 'salió' a recibirnos. Como si fuera poco el ruido de la India ya de por sí.

 

Me encontraba otra vez en Calcuta, ahora con algo más de experiencia. Ha cambiado... las calles ya no me huelen tan mal ni están tan sucias y me pregunto si habré perdido el sentido del olfato y de la vista. No hace tanto calor y humedad ¿Me habré hecho insensible? La gente que se acerca ya no me agobia ¿Habré perdido el sentido de la privacidad? Y caminar por entre la circulación ya no me produce sensación de vértigo ¿Habré perdido el sentido del riesgo? Calcuta ha dejado de ser la ciudad de los horrores y maravillas que me asombró los primeros días o, lo que es lo mismo, yo he dejado de ser una novata en la India. Eso me desilusiona y al tiempo me hace sentir más segura de mí misma... Ya no miro las cosas con pasión pero ahora paseo más tranquila por sus calles. Ella es la misma. Yo he cambiado. Estoy dispuesta a ser feliz en Calcuta.

Calcuta seguía siendo un infierno, ese lugar donde la gente tiene menos posibilidades de salir adelante, pero estaba preparada para que el caos y la miseria no ensombrecieran el carácter abierto, curioso y hospitalario de los indios. No quería perderme un detalle. Sólo me quedaban siete días en la ciudad y había que buscar la felicidad. No iba a ser fácil, pero… había que intentarlo. Yo, en mi caso, tras ese periodo de adaptación conseguí serlo, y eso es algo que días antes no hubiera imaginado.

Las calles por las que pasábamos en dirección al hotel Modern Logde me parecían distintas, aunque ya me eran viejas conocidas. Nuestra habitación estaba intacta, igual de sucia o más, igual de calurosa o más. Sin embargo, parecía más habitable. Distintos ojos para ver la misma realidad.

Nos adentramos en las calles atestadas de personas. Era como un mercadillo en hora punta, pero se trataba tan sólo de una vía céntrica. Personas que iban y venían, mercaderes gritando las gangas, gente con la que chocabas al andar. Un video casero da claras muestras de estas palabras. Un lugar perfecto para perder los nervios, sin embargo, nos lo tomábamos con mucha calma, con gran resignación. Los indios tienen una particular forma de mover la cabeza que no sabes nunca si te están respondiendo de forma afirmativa o negativa. Ladean la cabeza de derecha a izquierda, de izquierda a derecha y te quedas sin respuesta. El resultado: es muy difícil encontrar una dirección. A la misma entrada de ese edificio blanco descomunal y de lujo estaba la realidad: mujeres que mendigaban una limosna con su hijo en el regazo, niños desnudos o semidesnudos buscando hacerte partícipe de su pobreza.

9 de octubre (domingo)

C
on las pilas cargadas nos dirigimos Mariví y yo hacia el centro. Esta vez lo hicimos subidas en un rickshaw, el conducido por mi amigo Mohama. Resultaba así menos violento grabar en video todo ese camino que nos
separaba del Sishu Bhavan y que tantas veces habíamos recorrido. Nuevamente la pena de que los indios con los que más me interesaba iniciar una conversación, conocer sus preocupaciones, su forma de vida y sus miedos, no dominaban en absoluto el inglés. De hecho, no supo contestarme ni siquiera a la pregunta de cuántos hijos tenía y dónde residía.

Llegamos puntuales al desayuno de las 7 de la mañana con el resto de voluntarios. Lástima que nunca tuve la fuerza de voluntad de acudir a las 6 de la mañana a la misa de las hermanas que, por supuesto, era opcional. Según me dijeron, era todo un espectáculo.

Disfruté más que nunca en la sección de los niños handicap. Di unos masajes a una de las niñas, o no tan niña, totalmente rígida que agradecía cada uno de nuestros gestos. Luego a otro de los niños. Mientras, una 'chica' de 38 años y deformaciones indescriptibles miraba desde su cama el trabajo del resto de voluntarias. Mou, la niña preciosa ciega y cuya cabeza era demasiado grande para que su cuello pudiera soportar el peso, hacía gestos desde su silla de ruedas a la espera de que alguna de nosotras reparáramos en su presencia. Todos necesitaban unas atenciones específicas, pero mimos comunes.

 

Nunca imaginé que dar masajes a cuerpos deformes y esqueléticos pudiera resultar tan gratificante. Tras mimar, acariciar, alimentar, jugar y dar cariño a estos niños, te obsequiaban con el mejor de los regalos: una sonrisa o un abrazo. Incluso haciendo las camas, lavando la ropa, secándola y tendiéndola, fui feliz pues me sentía un pequeño eslabón en esta solidaria cadena humana que es el voluntariado. Había tantas cosas que aportar…

Cristina y Elena, dos voluntarias de Figueres, parecían entusiasmadas con masajear, cuidar y dar mimos a 'sus' niñas. Yo, mientras, compartí mi tiempo entre los niños discapacitados físicos y los discapacitados psíquicos. Era domingo y, por tanto, día especial. Vestidos para la ocasión estos últimos bajaron al patio central para contemplar juegos de magia. Qué agradecidos eran, qué carcajadas cuando descubrían cómo salía un pañuelo de un tubo aparentemente vacío. Edell cogió en sus brazos a una niña con las dos piernas escayoladas. Yo intentaba que dos 'terremotos' estuvieran atentos a los juegos o, al menos, que estuvieran algo quietos para que las 'masis' (las mujeres indias contratadas para sus cuidados durante todo el día) no les reprendieran con esos malos humos que las caracterizan.


Mercado de carne en la calle. Foto: Mar Peláez

Concluida mi jornada en ese oasis de centro, lo único que me quedaba por hacer era desandar el camino y dedicarme a hacer fotografías de todo aquello que me seguía sorprendiendo, al ritmo del canto del muillaidín. Pese a que ya se habían convertido en imágenes habituales, no podía apartar la vista de, por ejemplo, aquel hombre esquelético tendido inmóvil sobre un cartón en el suelo, que no denotaba vida, o de aquellos hombres y mujeres que rebuscaban en el vertedero callejero, apartando a cuervos y perros.

El olor de la carne putrefacta y amarillenta que colgaba de uno de los puestos de la calle provocaba arcadas. También lo hacía la basura amontonada en las calles o alguna que otra rata muerta en la calzada. A escasos pasos, los hombres volvían a enjabonarse el cuerpo en aquellos baños públicos, otros vendían frutas o palos que hacían las veces de cepillo de dientes.

La lluvia del monzón volvió a hacer acto de presencia. Sí ese mismo agua que durante largos meses esperan los indios para olvidarse del aire estancado y denso que hace el ambiente insoportable, y también ese mismo agua que tanto nos desagrada a nosotros. Y, sobre todo, cuando acabas de lavar y tender toda la colada. Eso hizo que me entretuviera y no pudiera comer con mis amigas. Pero no había problema, en el Blue Sky siempre encuentras a nuevos amigos. Allí acordamos ir a ver los 'monumentos', tipo ninot valenciano, que confeccionan los indios para festejar su Durga Puja. Se celebra en octubre y es el equivalente bengalí de la Navidad. Culmina con el Mahadashami, que es el décimo día, cuando las imágenes son transportadas al río para sumergirlas. En el centro de esas composiciones está la diosa Durga, que en la gran batalla mata a Mahisha, el demonio búfalo.

Pero para llegar allí había antes que enfrentarse a la calle, con ese agua impura hasta las rodillas. Lo mismo que tenían que hacer las motos y los coches, con la esperanza de que el agua no se filtrara por el motor. No resulta fácil atravesar ese agua caliente y densa, ya que a cada paso se enredaba algo en tus pies. Ya no tuvimos reparos en contratar un rickshaw para que nos sacara de esa pocilga. Sólo allí se entiende. Ellos tienen un trabajo honrado con el que ganarse el sustento y se frotan las manos cada vez que el monzón cubre las calles. No me gustó la sensación, pero te tienes que acostumbrar a que las castas estén en la India excesivamente aceptadas. Quien pertenece a la casta más baja se resigna a no salir de ella. Sueñan con reencarnarse en una superior en la próxima vida si logran ser buenas personas en ésta; de ahí que la delincuencia sea mínima o inexistente, diría yo.

10 de octubre (lunes)

M
e quedaban muy pocos días en Calcuta y no lo dudé. Me fui directamente a colaborar en el orfanato de niños de 0 a 6 años, y dejé la sección de los handicap. Y allí logré sentirme más útil y más feliz.
Sin apenas instrucciones previas me puse a hacer varias de las camas de los 111 niños y seguí al resto a la parte trasera, donde las 'masis' lavaban y lavaban las sábanas, tipo mantel, donde duermen los niños. Había que separar la ropa limpia de la sucia, algo paradójico si se tiene en cuenta que la mayoría de los menores no ha cumplido aún los tres años y que no usan pañales. Nuestra tarea sería aclarar esas sábanas ásperas y roídas, esos pañuelos en forma de pañales, y esas servilletas que no supe nunca cuál era su uso. Nos llevó mucho tiempo esa tarea. Bea, una voluntaria gallega que acababa de llegar a Kolkata, y yo compartimos eso de escurrir las 'sábanas', y comprobé cómo los japoneses, en este caso japonesas, tienen un exagerado nivel de compromiso con el trabajo. No paraban.

Concluida esa labor inicial, nos fuimos a jugar con los más pequeños en la parte delantera del edificio. Pese a que el centro cuenta con un hermoso patio con juegos, los niños se ven abocados a jugar en el interior del edificio. Son tantos y tan pocas las 'masis' que éstas no pueden hacer más que cuidarlos. No tienen tiempo para detenerse a jugar con ellos; para eso estamos las voluntarias. De lavarlos, darles el desayuno y la comida se encargaban las masis o las sisters. Todo estaba limpio, al menos tan limpio como permite la ciudad.


Orfanato Sishu Bhavan. Foto: Mar Peláez

En mi memoria quedó grabada la cara de dos niñas y un niño. No sé por qué. Eran muchos, pero aquellas caras y aquellos abrazos me aportaron algo especial. Aún así, jugué con todos los que reclamaron mi atención. Les dediqué mi tiempo a cambio de una simple y amplia sonrisa; de esa sonrisa limpia de un niño que carece del cariño que se merece. No tenía manos para atender a todos a la vez, pero sí muchas ganas. Recuerdo los lloros de aquel niño, recién abandonado por sus padres; la carita blanca de esa niña ciega que gateaba sorteando a duras penas los obstáculos; de ese pequeño al que una rata le había arrebatado su oreja izquierda… Todos vestidos con la ropa que generosamente alguien había donado. Limpios y aseados.

Tres horas después había concluido, desgraciadamente, nuestro turno. Cristina y yo enfilamos hacia su hotel con la esperaza de poder animar un poco a su amiga Elena. Es humano y entendible que se humedezca la mirada ante tanta injusticia, que flaqueen las fuerzas ante tanta miseria, que mengüe el entusiasmo ante la magnitud del problema y que creamos que no somos capaces. Es normal. Como también lo es que entren ganas de huir y no seas capaz de responder a la pregunta de ¿para qué estoy aquí?

Era el día que había elegido para, por fin, ir al cine en la India, en ese país con una floreciente industria cinematográfica. Toda ciudad importante dispone de numerosos cines, pero nos costó trabajo encontrar una sala abierta, porque la fiesta de la Durga Pooja había alterado todos los horarios. Caminamos en su búsqueda, junto a Bea y sus amigas gallegas Vivi y Norma. Dos niños de la calle, con sus preciosas caras nos acompañaron en nuestro recorrido. Al final, sólo Mariví, Olga y yo entramos en el cine. Lo hicimos por un precio de 25 rupias. Buscábamos una película de Bollywood, pero… la sorpresa fue mayor. La carátula de la película no nos daba ninguna pista de su contenido. La amplia sala del cine estaba repleta de ventiladores colgados en sus paredes y de sillas de plástico. Soportar el olor que procedía de los servicios fue, además, complicado. Lo mismo que escuchar el sonido de la película con el ruido de los ventiladores. Ni una sola mujer en la sala, sólo nosotras tres. Y comenzó la película, por supuesto en hindi. Los ánimos de los indios iban subiendo a medida que el amor que sentía el protagonista por una muchacha se iba transformando en sexo en el interior de un prostíbulo. Nuestros compañeros de 'butaca' se levantaban, se volvían a sentar, se giraban para contemplar cómo tres occidentales sin conocimientos de hindi podían estar allí viendo una película 'porno' para sus ojos. Aguantamos una de las tres que duraba la película y nuestras risas aún deben resonar en aquella sala. ¿Qué pensarían de nosotras tres?

11 de octubre (martes)

C
on la ilusión de los días anteriores aún viva, inicié una jornada más en el orfanato. Ahí estarían 'mis' niños. Mi compañera Bea no había ido esa mañana al centro porque no se encontraba en condiciones.
La adaptación a Calcuta es realmente dura y pocos son los que se salvan de que su cuerpo rechace de cualquier forma todas esas imágenes que tanto impactan a cada paso que das en la calle. La miseria con mayúsculas, unido a la contaminación irrespirable, el calor sofocante y el agua caliente rozando tus rodillas, te lo pone difícil. Buena parte de la jornada la dediqué a tender la ropa que otras voluntarias iban lavando. Horas y horas de tender esos 'pingajos' en las cuerdas o extenderlos sobre el suelo de la terraza. Tuve ocasión de comprobar que las japonesas tienen un ritmo de trabajo y de sacrificio mucho más elevado que cualquiera de los españoles. Se las veía encantadas con esa tarea, pese al sol abrasador sobre nuestros cuerpos.

Las masis, con bastante malas formas, nos indicaban qué podíamos hacer y qué no. De nuevo, 'mis' niños (dos niñas y un niño) acapararon mi atención, pero había que repartir los brazos y las piernas con todos ellos. Resultaba complicado incluso respirar cuando ves a seis niños colgando de tu cuerpo, pero se disfrutaba mucho con sus abrazos y monerías. Desgraciadamente, la jornada 'laboral' había vuelto a concluir. Era tan poco tiempo…

Me bajé hacia el recinto de los niños handicap para buscar a las otras voluntarias españolas y esperar a que ellas concluyeran la tarea de darles de comer.

Nos dirigimos en un polvoriento taxi hacia Kalighat, junto al templo de Kali, después de vadear los miles de coches que circulaban sumidos en el desorden más absoluto. Me encontré un ambiente muy diferente al del día en que conocí la zona. Estaban de fiesta y el bullicio, la música y el colorido cubrían de forma ficticia tanta podredumbre y mitigaban en parte aquellas visiones de recién nacidos en la calle desnudos o semidesnudos sobre el duro y sucio asfalto; hombres sin extremidades inferiores arrastrándose por el suelo; mujeres afectadas seriamente por la polio o por dolorosas deformaciones, o personas esqueléticas arrodillados en el suelo esperando una limosna o algo que llevarse a la boca. Sólo el espectáculo de una niña contorsionista y las voces de una mujer, vestida de un naranja intenso, a través de un megáfono lograron que recuperáramos por unos instantes el aliento.

Todavía estaba por ver algo que me llegó muy dentro. Nos aproximamos a Kalighat (Casa del Corazón Puro), ubicado en un edificio de color amarillo y de aspecto hindú, aunque con algunas cruces. De este centro sabía que se le conoce como el Hogar de los Moribundos y Abandonados. Es, por tanto, un centro de enfermos terminales e indigentes, en general gente mayor en bastante mal estado donde la gravedad de la situación queda superada por el ambiente de relativa paz y humanidad que se intenta crear.

 

Nada más acceder a su interior, la imagen de una treintena de hombres escuálidos, vestidos de azul sobre camas también azules, esperando resignados a que llegue su hora, me impactó. Quizá la imagen que más lo haya hecho en mi vida. Era como mirar la misma muerte. No sé cómo explicarlo. Sí, había paz, demasiada paz, demasiado silencio, demasiada paciencia. Sin pronunciar una palabra, las tres tuvimos el mismo reflejo: salir corriendo de allí. Y así lo hicimos, con el nudo aún en la garganta. Las palabras no servían para expresar la emoción experimentada.

En aquel momento me di cuenta de la valentía de todos aquellos voluntarios, entre ellos Olga y Mariví, que consiguen ser felices en aquel lugar y que se sobreponen a sus emociones e intentan simplemente "estar" con aquella gente, procurar transmitirles un poco de cariño a la vez que impregnarse recíprocamente de su humanidad y gozar con el puente de ternura que a buen seguro se establece entre el voluntario y el paciente. Desgraciadamente no fui ni siquiera capaz de atravesar la puerta de acceso. Conversaciones posteriores con otros colaboradores me tranquilizaron. No en vano, para otros muchos los centros de los niños resultan más impactantes que los de los adultos. Yo, en cambio, opino lo contrario. Veo en los niños esperanza, vida…

Sin que aún hubiéramos podido digerir la dureza de la imagen, unos niños de la calle con ganas de jugar se nos abalanzaron y cogieron de las piernas. Los había de todas las edades: casi recién nacidos, pequeños de apenas un añito y niñas de unos cinco. Sólo querían juguetear.

Con esa sensación agridulce volvimos a tomar un taxi en dirección a Park Street. La calle reunía lo más 'guapo' de la ciudad. Restaurantes de lujo, discotecas aparatosas, neones luminosos y mucha gente de apariencia rica. Pero sólo era un espejismo, un adorno de una realidad que seguía visible en las aceras. Sólo hacía falta ver como los más pequeños se las ingeniaban para sobrevivir entre tanta ostentación y mendigar, sin excesivo éxito, entre esas muchachas altivas con impolutos saris de gran valor y esos muchachos indiferentes a la miseria de sus compatriotas, repeinados, orgullosos de lucir un costoso traje y preocupados tan sólo de entrar los primeros en la discoteca.

 

Los faros de los automóviles iban descubriendo sobre las aceras los huecos de los portales, una cadena sin fin de cuerpos tendidos en cada rincón, hirviendo como enjambres sobre los pavimentos. Sólo dormían, pero la impresión era de trágico abandono. Diez, once, doce millones de habitantes. No hay un censo fiable. Se dice que 300.000 duermen cada noche sobre las aceras. Quien tiene un negocio, pasa la noche en el negocio; quien tiene un taxi, duerme en el taxi; quien tiene tu-tu, descansa en el tu-tu; quien tiene rickshaw dormita en el rickshaw, y quien no tiene nada de lo anterior, se tiene que conformar con la dura acera. Increíble aceptarlo. Increíble comprobar cómo esas imágenes tan impactantes para nosotros es simplemente el pan de cada día para ellos. ¿Qué pensarán los indios ricos? ¿Con que cara miran a la verdad?

Sorprende que pasear entre esa pobreza extrema, sorteando sin parar a personas tumbadas en la acera, no provoque miedo ni rechazo. Incluso algunos se incorporan y saludan con una sonrisa esperando sólo tu respuesta cómplice. Lo mismo hacen los rickshaws, esos hombres de sonrisa perenne que no dudan en hacer señas de camaradería cuando te reconocen.

12 de octubre (miércoles)

E
ra mi último día en los centros. No pensé que me fuera a dar tanta pena despedirme de unos niños que apenas conocía, pero así fue. Me permitían hacer dos fotografías. ¡Sólo dos!, pero las normas están para saltárselas,
pese a la reprimenda que eso me iba a conllevar. Disfruté como nunca haciéndoles reír, pero también limpiando el suelo cada vez que uno de ellos se hacía pis (no llevan dodotis ni similar y tienen dos años. Intenté alargar el tiempo de estancia allí todo lo que me fue posible, pero había concluido… Ya no los volvería a ver. Para ellos, yo era una más, para mí era diferente.

Bajé hasta el centro de los handicap y allí sí tuve la oportunidad de fotografiar a 'mis' otros niños mientras jugaban o comían. Retornamos a la calle, a la dura calle, donde un grupo bastante nutrido de personas hacía cola, como cada día, para recibir su bolsita de comida de la Fundación Teresa de Calcuta. Son cientos los que comen de la caridad de estas hermanas. Mientras, los niños que vivían en los aledaños del centro jugueteaban casi desnudos y descalzos por las aceras infectadas de suciedad. No sobrepasarían los cinco años, pero por sus movimientos y desparpajo parecían mucho mayores.

El grupo se había ido a ver la leprosería Titagath, regentada por los hermanos de la Caridad, o la de Shanti Nagar, a unas 4 horas de Calcuta. Yo no me encontraba con fuerzas para ver a esa gente mutilada en su mayoría. Y eso a pesar de que el centro debe rezumar vida, ya que los enfermos se encargan de hacer trabajos manuales con los que sacarse unas cuantas rupias. Otro grupo se había ido a un dispensario y otro a la estación de trenes Sealdah, donde también se aplican curas superficiales y se procura sobre todo dar un poco de calor humano a la gente que prácticamente vive allí hacinada. En Calcuta se dobla una esquina y he ahí un dispensario en plena calle, atendido por voluntarios españoles y japoneses, en su mayoría. Inspeccionan gargantas, escuchan pulmones, curan llagas y mordeduras de rata o enseñan a las madres a prevenir las infecciones de sus hijos. El coraje de los voluntarios sorprende. Y lo hace porque ven muchos enfermos y moribundos que se debaten entre la vida y la muerte. Lo que nunca llegué a saber es qué criterio siguen para seleccionar a qué enfermos llevan al centro y a cuál no, cuando verdaderamente son muchos los necesitados. No preguntan nada, ni religión ni condición. Todos son bienvenidos en la Casa de la Madre Teresa de Calcuta.

13 de octubre (Jueves)

A
maneció nuestro último día en la India. Los centros estaban cerrados por tratarse de jueves, por lo que Mariví y yo nos lanzamos a conocer los últimos rincones de Calcuta que aún no habíamos visitado.
Nuestro destino sería un templo del Sur de la ciudad o eso intentamos. Tomamos el metro hasta la última parada, un taxi y llegamos a destino. Se trataba de un amplio recinto con un gran edificio en el que cientos de indios hacían cola. Lo rodeaban pequeños templitos donde unos hombres depositaban en tus manos agua sagrada del Ganga, polvo de azafrán y en ocasiones dulces, después de hacer sonar una campana. Rechazar estos detalles son símbolo de descortesía.

La personalidad de la ciudad ha sido labrada en el entorno físico del delta del Ganga, Hooghly en inglés. Nos asomamos por unas barandillas y allí estaba el río y a los indios sumergidos en él haciendo sus rituales. No tenía tanta magia como en Varanasi, pero nos pasamos un buen rato contemplándolo. Nuestro deseo era tomar una barca para llegar hasta el otro lado del río. Después de un cuarto de hora, o así, llegamos a la otra orilla. No había nada interesante al otro lado, pero tuvimos ocasión de ver de nuevo otra 'procesión' de la Durga Pooja, mientras chicos y chicas bailaban a ritmo de tambores.

Comenzó a llover de forma torrencial, así que tomamos un taxi. La idea era ir al Mercado de las Flores pero el monzón nos lo impidió. No nos quedó más remedio que dirigirnos a Sudder Street. El agua estancada en las calles dificultaba la circulación. Atravesamos el Puente Howrath, considerado una maravilla de la ingeniería, por el que pasan más de dos millones de personas por día. Su construcción duró seis años -se inauguró en 1943- y es el tercero más grande del mundo. Es un puente colgante, de 500 metros sin pilares, que une el ferrocarril principal y la ciudad industrial de Howrah con Calcuta, y que se divisa desde varios puntos de la ciudad.


Desayuno en el Sishu Bhavan. Foto: Mar Peláez

Nos esperaba una fiesta de despedida en la terraza del Hotel María. Allí estaban Juan, Jesús, Bea, Vivi, Norma, Edell, Kike y su novia italiana enfermera del Papa. Una guitarra, cervezas y ron… y a cantar. La fiesta se prolongó hasta las 12 de la noche.

El despertador sonó y se acabó mi sueño indio.

 

Pese a todas esas sensaciones contrapuestas extraídas del viaje, en ese preciso momento no quería regresar a casa. Nunca me hubiera imaginado nada como la India, y mucho menos como Calcuta. Este país te sugiere todo menos indiferencia. Hubiera deseado en multitud de instantes resultar invisible para haber podido detenerme y empaparme de su vida, de sus emociones, de sus sueños. Ahora, sólo podía extraer mis propias conclusiones. Y la primera se refiere a la religión. A ese lastre que impide a los indios más desfavorecidos rebelarse contra la miseria y la injusticia que les oprime. Y a esa misma religión de la que se valen los ricos para prolongar una situación que les favorece. Esas creencias a las que se agarran, sin embargo, para abrir los ojos cada mañana y verse un día más envuelto en tanta podredumbre. Porque lo que está claro es que la pobreza no se esconde en la India, se muestra a todo aquel que no mire hacia otro lado. ¿Dónde estáis los ricos de la India? ¿Dónde está esa potencia mundial en informática?

Allí te das cuenta de que es imposible luchar contra 1.000 años de resignación. A ti sólo te queda elegir entre tres opciones de vida: huir, ser mero espectador o comprometerse. La India es mágica, es misteriosa, es un mundo entero. Huele a rosas e inmundicia. Sabe a picante. Suena a ruido infernal. Se ve colorida y alegre. Se palpa humedad y suciedad. Pero sobre todo se siente a la gente. Es todo esto, y también dura y desconcertante. ¿Me gustó la India? Tengo tiempo de responderme, aunque sé que cuando llegas a España y echas la vista atrás, algo se remueve dentro de ti.




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