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Voluntariado en Calcuta Mar Peláez marapz@yahoo.es VIAJE DE IDA Septiembre-Octubre de 2005
Calcuta de los seis sentidos
26 de septiembre de 2005
Nos acomodamos en el Hotel Vip Internacional, nada recomendable por su precio y suciedad, y nos lanzamos en busca de Sudder Street, la calle donde se asientan los 'hoteles' para voluntarios. No me la imaginaba así. Un rebaño de ovejas, pintadas con manchas rosas y amarillas, salió a nuestro encuentro nada más pisar la calle. Era lúgubre, sucia, como el resto. A ambos lados o en calles aledañas estaban los hoteles: el María, el Paragón, el Astoria, el Salvation, el Modern Logde… Y a cada cual más espartano. Pero antes de enfrentarnos al encuentro de alojamiento para toda nuestra estancia, fuimos a comer al Blue Sky, uno de los restaurantes en los que se reúnen los voluntarios, especialmente los españoles. Pese a sus ínfimas dimensiones y la dudosa limpieza del local, resultaba acogedor, más aún porque Emilio, el camarero, se encargaba siempre de hacer la estancia muy cómoda. El precio era otro de los alicientes (una comida puede salir por menos de un euro). Todo eran sorpresas, mirases allá donde mirases. Los 'hombres caballo' corrían de un lado para otro, sin perder la sonrisa. Y eso me impresionó, y no dejó de hacerlo hasta el último día.
Con todas esas impresiones y alguna más, nos dirigimos a la ardua tarea de buscar alojamiento. Primero en el Salvation y luego en el hotel María. Los dos del mismo estilo. Mis ánimos iban decayendo a medida que visitábamos uno y otro hotel. Jamás he estado inmersa en tanta mugre, y eso me asustaba. Y es que no se trataba de pasar una noche, ni dos, serían en principio tres semanas. Desistimos en el intento y nos fuimos a uno de los múltiples locutorios para hacer partícipe a nuestras familias y amigos de las primeras impresiones (unos diez minutos por sólo dos euros). De allí a cenar al restaurante Zurich, de las mismas características que el Blue Sky. Las cristaleras estaban abiertas y resultaba muy violento comer nuestro sándwich mientras observábamos a esas mujeres, con sus bebés en el regazo, deambular por Sudder Street, pidiendo comida, dinero o ropa a cualquiera que transitara por la calle. Sabíamos que eso iba a ocurrir, y también que la picaresca no tiene límites en la India. Allí aprendimos que si compras algo de comida a un niño hay que dársela abierta, de lo contrario revenden el producto al comerciante y comienza la rueda. Son unos auténticos profesionales de la limosna. A fin de cuentas viven de ello. 27 de septiembre (martes)
A través de un estrecho y corto callejón se accede a un edificio de aspecto muy modesto, pero impensable en el corazón de esta ciudad. Nos inscribimos y visitamos la tumba de mármol de Teresa de Calcuta (1910-1997), presidida por una estatua a tamaño natural. En la sala contigua se abría una especie de capilla donde las sisters, con sus saris impolutos blancos con ribetes azules, rezan sentadas en la posición típica india. Se pasan horas y horas inmóviles frente al altar. Y un poco más allá otra sala con objetos que narran la historia de esta albanesa, fundadora de la orden de las Misioneras de la Caridad y premio Nóbel de la Paz. El último sari que ella misma lavaba hasta sus últimos días, sus relicarios, las imágenes más históricas… A pocos metros del centro principal se encuentra el Sishu Bhavan, donde se concentra toda la estrategia del voluntariado a la espera de que concluyan las obras en la Mother House. Allí depositamos la maleta con las papillas y una sister nos convidó a visitar el centro. Ascendimos por unas escaleras y, después de ojear una sala repleta de cunas con bebés, encontramos la zona de los niños disminuidos físicos y psíquicos de corta edad. Una voluntaria argentina fue la encargada de explicarnos en qué consistía el trabajo y nos aclaró varias de nuestras dudas. Estaba limpio, muy limpio, al menos, si se compara con el resto de la ciudad. Parecía un oasis de paz entre la confusión exterior y no me equivoqué. Descendimos hacia el orfanato y vi que aquel sí era mi sitio. Niños de menos de tres años que corrían a su antojo en una pequeña sala, gustosos de que alguien los visitara. Se agarraban a tus piernas con la esperanza de que les cogieras. El primer impacto te llega muy adentro. Son tantos los niños abandonados con la única salida de la adopción… Lástima que las Misioneras de la Caridad, por aferrarse a los mandatos católicos, exijan demasiados requisitos a la hora de formular una adopción (estar casada, tener menos de 40 años y estar incapacitada para tener hijos). Y mientras tanto, ahí siguen los niños, creciendo en un ambiente de alguna manera privilegiado en Calcuta pero que podría mejorar en un entorno familiar. Hay tantas personas deseosas de tener un niño, y tantos niños en el mundo esperando una familia… Aunque en el fondo: esos pequeños tienen esperanza; esperanza al menos de encontrar su lugar. No se me olvidará jamás el rostro de una niña, la primera que se me tiró a las piernas, al despedirme de ella. No había forma de dejarla en el suelo. Con la ilusión de haber encontrado el sitio en el que podría sentirme feliz y más útil, salimos a la realidad: a las calles de Calcuta. De nuevo, el mismo recorrido maloliente y desagradable hasta Sudder Street. La noche iba cayendo y era el momento de dirigimos al New Market, al gran mercado de la ciudad cosmopolita, para adquirir todo tipo de productos desinfectantes para adecentar, en la medida de lo posible, nuestra habitación número 12. Tarea difícil. No sabíamos que íbamos a encontrarnos en el New Market, pero fue mucho más de lo que esperábamos, sin duda. El caos urbano se traslada al mercado con la misma intensidad. En las calles adyacentes se agolpan los caza clientes 'acreditados', llamados 'culis', para acompañarte, lo quieras o no, por el laberíntico mercado. Por cada una de tus compras ellos se llevan una comisión. Insistes varias veces, pero no aceptan una negativa. Lo único que aciertan a decir es que 'estamos en la India y que las cosas se hacen tranquilamente'. No es posible perder los nervios, así que lo mejor es dejarse llevar. Y aseguro que en ocasiones eso se torna muy complicado. Ya en el hotel nos encontramos en la zona común estaban Marisa y Montse, dos aventajadas voluntarias que nos resolvieron algunas dudas y que nos comentaron una frase tan verdadera como publicitaria: 'Vicente Ferrer pone la caña y enseña a pescar. La madre Teresa da el pescado a quien no puede sujetar la caña'. Primera noche en ese agujero y primera noche que sentimos, de verdad, en nuestra piel ese calor agobiante que no disminuye ni con la llegada de la oscuridad. Húmedo, pegajoso y con ese olor raro permanente, que las aspas ruidosas del ventilador se encargaban de trasladar de un lado para otro. No sé a cuántos grados estábamos, pero nunca me había sentido tan agobiada por la temperatura. 28 de septiembre (miércoles)
Antes de cruzar la puerta del Sishu Bhavan tuvimos que sortear a las familias enteras, con bebés casi recién nacidos, que se desperezaban en medio de la acera después de haber pasado la noche a la intemperie. Otra más. Estas mismas familias que nos reclamaban constantemente esas botellas de agua mineral, para nosotras basura y para ellas una fuente de ingresos. A partir de las 7 de la mañana siempre hay té caliente, plátanos y algo de pan para todos los voluntarios. La encantadora Sor Karina, una sister mexicana de Aguascalientes que lleva 12 años en Calcuta, fue la encargada de convidarnos a quedarnos en el área de niños handicap, porque era allí donde más manos se requerían. Casi la totalidad de los centros están abiertos plenamente a los voluntarios de todos los países, sin restricciones de credos, raza, sexo, edad, ni tiempo de permanencia. Tampoco se requiere ninguna preparación especial, por lo que las preferencias cuentan. Alicia y yo nos quedamos en ese centro. Mariví y Olga, en cambio, optaron por ir con otro grupo de voluntarios a Prem Dam (regalo de amor), un hospital para hombres y mujeres. Lo recomendable es dejarse llevar, al menos la primera vez, por algún otro voluntario que conozca el lugar, ya que en algún caso puede resultar un poco laberíntico el recorrido. Al principio te sientes perdida, impactada, y son muchas las preguntas que te planteas. La primera: ¿Qué puedo aportar yo a esos niños con discapacidades físicas y psíquicas? Los había con ceguera, problemas derivados de la polio, síndrome de down, deformaciones imposibles, pero también con desnutrición severa, cuyos padres han preferido dejar a sus hijos en manos de las hermanas hasta que adquieran un estado nutricional adecuado. El centro estaba limpio, mucho más limpio que cualquier rincón de Calcuta. Es un lugar que ofrece una tregua a la suciedad de la ciudad. ¿Por dónde empezar? Lo primero hacer las camas de esos agradecidos niños y a continuación darles masajes en sus anquilosados cuerpos sobre unas colchonetas. En esta zona existe una buena organización en lo que se refiere al estudio evolutivo de sus residentes, y cada cual tiene su book, indicando cuáles son los ejercicios que más les conviene. El primer día había bastantes voluntarios, cada uno con un niño o niña, por lo que Alicia y yo nos tuvimos que conformar casi todo el tiempo con mirar y aprender de los demás. Pocas fueron las indicaciones que nos dieron las voluntarias y ninguna las 'masis', las indias contratadas para cuidar a esos niños y que no saben ni una palabra de inglés. La única opción era observar. Me sentía inútil, así que aproveché para jugar con los niños menos problemáticos. A las 10.00 horas un descanso para tomar un nuevo té y conversar con las voluntarias en la azotea del edificio. Sólo una hora y media más tarde concluía nuestro trabajo, después de dar de comer a los niños. Y llegó el momento de la reflexión.
Caminamos hacía Sudder Street cabizbajas. Las dos habíamos experimentado similares sensaciones. Nada que ver con las que extrajeron Mariví y Olga en Prem Dam. Ellas estaban eufóricas, habían encontrado su lugar, ese lugar que habían soñado. Y eso, a pesar, de que las historias que nos narraban no resultaban demasiado esperanzadoras. Habían sido testigo de la llegada de una mujer en estado de shock después de haber sido violada por cuatro hombres. Nadie sabía cómo se llamaba, no miraba a los ojos a nadie y parecía ausente. O el caso de otra mujer con gusanos en la cabeza. Son unos 300 enfermos repartidos en pabellones por sexos. En general no están tan mal como los de Kalighat; algunos se curan y son devueltos a la calle. Se trata de estar con los residentes, ayudar a bañarlos, vestirlos, darles la comida y administrarles medicamentos. Se pone un especial empeño en la limpieza a fondo de todo, suelos, ropa de cama etc.
Sólo un par de horas más tarde, unos ruidos ensordecedores me sacaron de mi sueño. Eran truenos, y menudos truenos. Resultaba estremecedor. Nunca antes había oído con tal intensidad una tormenta. No acababa uno y comenzaba el siguiente. La lluvia se convirtió en un continuo aguacero, en un diluvio, y el agua entraba incluso hasta la habitación. Con gran curiosidad subimos a la terraza para comprobar que la intensidad de esa lluvia no era normal. Y así fue. En pocos minutos, todo estaba inundado. 29 de septiembre (jueves)
Las risas sonoras mitigaban la repugnancia que producía cada vez que algo, no se sabe qué, se enredaba en los pies. Y así a cada paso. Era preciso andar muy despacio, ya que las calles no eran demasiado uniformes y resultaba muy fácil ceder a un tropezón. Ir de un lado a otro era tarea ardua. Pero más arduo es vivir en la calle en esas condiciones. Ver cómo la gente se las ingenia para no perder sus ínfimas pertenencias en cada riada. Era jueves, día en que cierran los centros de la Fundación, por lo que decidimos adentrarnos en la ciudad y hacer algo de turismo. Pero antes, otra sorpresa. La urbe entera había enmudecido. Las calles estaban vacías, ni un solo coche circulaba por ellas, ni siquiera los rickshaws. Estaban de huelga. Día sin coche, día sin ruido, día sin polución. Una maravilla. Después de lavarnos los pies en una de las fuentes callejeras nos encontramos con el hotel más caro de Calcuta, el Overoi, y a sus pies tomamos dos taxis. El hecho de que estuvieran de huelga nos obligó a pagar una suma de dinero más elevada de lo habitual, pero quien algo quiere… El hombre se arriesgaba a que le parasen los piquetes y le obligaran a detenerse. Nos dirigimos hacia el Norte de la ciudad, dirección al templo jainista de Parasnath. La puerta estaba cerrada, pero fue el propio guardés del centro quien nos ofreció entrar por 30 rupias, y aprovechamos la oportunidad. Se trataba de un grupo de templos emplazados alrededor de un jardín ornamentado con estanques llenos de carpas y estatuas neoclásicas de mármol y de alabastro. De allí nos fuimos al templo de Kalighat, el más importante de Kolkata, situado a cinco kilómetros del centro. Las vacías calles eran utilizadas por grandes y mayores para jugar el críquet, para pasear o simplemente para estar en medio de ellas. El taxi nos dejó a varios metros del templo y tuvimos tiempo de nuevo de ver la cara de la pobreza. Hombres, mujeres y niños sentados en el suelo, en forma de hilera, esperando unas monedas en su recipiente bajo y redondo. Perros callejeros olisqueando, mujeres quitando los piojos a sus hijos y vendedores ambulantes por todos lados. Por un laberinto de calles inundadas de puestos con artículos de dioses de toda clase, destinado a los peregrinos, llegamos al sencillo templo dedicado a Kali, la diosa negra. El centro está abierto a todas las horas y siempre bulle de actividad. El suelo estaba mojado, con restos de sangre, y la idea de descalzarnos no nos parecía oportuna, más si se tiene en cuenta que la sala donde se reúnen los fieles se utiliza para sacrificar ahora cabras y antes a seres humanos para apaciguar a la diosa de la fertilidad. Pero a mí lo que me seguía causando mayor impresión eran las caras alegres de esos niños de la calle que se ven obligados a trabajar durante ocho, quizá diez horas, mendigando en compañía de sus madres. Lo mismo que los ojos alegres, la mirada penetrante y la sonrisa sincera de esa preciosa niña que jugaba con su hermana desnudita en plena calle. La madre y las dos niñas se ofrecieron a posar para nosotros y eso tuvo su recompensa en forma de un pequeño billete. A fin de cuentas nosotros queríamos su rostro y ellas unas monedas. Eran mis 'modelos'. De nuevo en el taxi nos dirigimos a otro templo, al de Shiva. Esta vez junto al río Ganges, donde un puñado de hombres, mujeres y niños rebuscaba en los desperdicios que se amontonaban en la orilla. Es su forma de vida, cada día la misma historia. En la calle causamos sensación. No en vano, éramos un grupo de turistas en pleno barrio marginal. Nos hicieron corro, querían salir en nuestras fotografías y posaban sonrientes. Daba igual las edades: niños arremolinados entorno a nuestras cámaras para verse, quizá por primera vez, retratados; hombres que adoptaban una postura seria para ser fotografiados, y mujeres de nuevo esquivas con los flashes. Permanecimos largo rato con toda esa gente, gesticulando para ser entendidos, ya que el dialecto bengalí se nos seguía resistiendo. Ya en el taxi recorrimos las columnas de chabolas de cartón, madera o chapas onduladas, que se abrían a ambos lados de la carretera y atravesamos por debajo de un puente. No hubiera sido novedoso si no hubiésemos comprobado cómo aquel lugar inhóspito se había convertido en el hogar de cientos de personas, que buscaban su hueco al amparo de un sotechado. No daba crédito ¿cómo pueden vivir allí tantas personas? Llovía y muchos eran los que permanecían bajo los camiones para resguardarse del agua. Tras ese interminable barrio de chabolas, se abrió una calle amplia con edificios coloniales, una vez grandiosos y ahora podridos exponentes de la decadencia imperial.
30 de septiembre (viernes)
No fui la única en caer enferma en Calcuta. De hecho, una de las conversaciones más frecuentes con los voluntarios se centraba en la salud. Hubo quienes cogieron la malaria, otros el dengue, y quienes menos una diarrea severa. Los peores tuvieron que estar hospitalizados en alguno de los centros privados, porque los públicos no superaban ningún tipo de medida higiénica. Mi día transcurrió durmiendo. Era lo único que me permitía los 39 grados de temperatura. Quizá era la alerta de mi cuerpo a tanta miseria humana. 1 de Octubre (sábado)
1 de Octubre (sábado)
Nos dirigíamos a las montañas, a Darjeeling, a respirar aire puro. Ya no podíamos soportar más las emisiones incontroladas de un ejército de vehículos con motor diesel, que hacen que Kolkata sufra una contaminación atmosférica palpable. Los problemas pulmonares forman parte de la vida cotidiana de los residentes y la hora punta es especialmente tóxica ¿y cuál no lo es? Al atardecer el ambiente está oscurecido por una humareda gris. Parece que el sol no saliera en la ciudad o, al menos, no llegara con claridad al suelo. En el camino hacia la estación de Sealdah descubrimos que todas esas construcciones a base de palos y cuerdas, diseminadas por toda la India recorrida, tenían relación con la fiesta de la Durga Puja, que dura dos semanas. Antes de llegar vimos a una mujer, muy pequeña, muy delgada, aseándose en una de las fuentes públicas con una cara de desesperanza que me impactó. Resulta tan sencillo que se te humedezca la mirada ante tanta injusticia social… En ese desguazado, humeante, cochambroso taxi llegamos a los aledaños de la estación, camino del paraíso. La estación tenía mejor aspecto que las conocidas con anterioridad. Parecía más ordenada, más limpia, más nueva, pero acogía igualmente a todas esas personas que no tienen un techo donde resguardarse. Como aquella mujer que rebuscaba en su bolsa justo en el precipicio del andén o el hombre que con aspecto mugriento dormitaba sobre un banco. Nos despedimos de Calcuta, pero volveríamos en unos días oxigenadas plenamente.
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