| |
Un Voluntario en Calcuta
Hernán Zin
Ediciones Temas de Hoy - 2002 -
"Admiro a los pobres. Su capacidad de lucha, su resistencia, la dignidad que mantienen frente al dolor. Ni antes ni después de haber estado en Calcuta he sentido veneración por la Madre Teresa, pero de algo le estoy muy agradecido: de la maravillosa oportunidad que me dió. Sin exigirme méritos ni preparación, me abrió las puertas de la experiencia que transformaría para siempre mi vida."
 |
Con estas palabras abre su primer libro Hernán Zin, voluntario en la ciudad de la pobreza durante tres intensos años. Las imágenes de la estación de tren que nunca podrá borrar de su memoria, las terribles historias de la gente que duerme en las calles -sonrientes niños abandonados, ancianos enfermos, mujeres enloquecidas por el hambre y la violencia, y las hondas reflexiones nacidas de su labor humanitaria se recogen en estas páginas con las que pretende entablar un puente entre quienes estamos aquí, en este lado del planeta, y quienes viven en el reino de la nada.
Lecciones de vida que nos obligan a mirar a nuestro alrededor de otra manera, a no perder la esperanza de alcanzar, algún día, un mundo mejor.
|
Hernán Zin (Buenos Aires, 1971), licenciado en Relaciones internacionales, fue enviado especial del periódico argentino El Cronista en El Cairo y Beijing, y en La Nación publicó artículos sobre viajes y culturas desde una docena de países de Asia y América Latina.
En 1995 llegó a Calcuta para entrevistar a la Madre Teresa. Como parte de la investigación, trabajó en un hogar para enfermos terminales y este encuentro con los pobres cambió radicalmente su vida. Abandonó su prometedora carrera como periodista y fijó allí su residencia. Durante un año asistió a personas enfermas en la estación de tren y poco después fundó la organización Acción por la Infancia, dedicada a la creación de hogares para niños de la calle.
En 1997 escribió el guión del documental "Calcuta, vida en la estación de la muerte", dirigido por el compositor Nacho Cano, con cuya recaudación inició una importante labor humanitaria. |
Breve Fragmento de la obra ....
.../...
Unos días más tarde volé a Calcuta. La ciudad me recibió con su interminable sucesión de chabolas y su insoslayable olor a heces y basura. Tras dejar la maleta en el hotel salí a caminar. Una niña delgada, sucia, en harapos, me pidió que le comprara algo de comer. "No padre, no madre, comida, por favor, comida." Entramos a un restaurante. Pocos minutos tardaron en congregarse varios niños más que, también sucios y hambrientos, desde la puerta me pedían con desesperación que los ayudara.
Al entrar en la sede de la orden de la Madre Teresa en Calcuta tuve la misma impresión que al entrar al templo budista desde donde había partido la peregrinación contra la guerra. Sentí que me encontraba en una suerte de refugio, una suerte de remanso de paz inmerso en el caos y la violencia no ya de las minas personales y los adolescentes armados, sino de la pobreza, la miseria, la marginación más absoluta. Porque la pobreza es profundamente violenta. Nada más perturbador que ver a personas sanas, bien vestidas y alimentadas caminando indiferentes y con displicencia frente a niños desnutridos, frente a hombres deformados por la lepra, frente a ancianos enfermos de tuberculosis que no pueden pagar las dos rupias que cuesta la medicina que cura su enfermedad.
En la sede de la orden de la Madre Teresa me sentí también como si estuviera de regreso en el colegio de curas al que fui de pequeño. La imagen de la Virgen con los brazos abiertos al final del patio, los retratos de santos, las paredes grises, lavadas, las austeras baldosas del suelo. Un universo de códigos y rituales que inspiraban parsimonia y espiritualidad, pero que, como a tantas otras personas, me traía recuerdos de un lejano desasosiego, de haber padecido reglas demasiado estrictas, arbitrarias y coercitivas para un niño sensible y soñador.
Presenté mis credenciales a una de las monjas encargadas. Me dijo que la Madre Teresa se encontraba mejor y que recibía por las tardes a quien quisiera verla. Regresé tras el almuerzo. junto a un grupo de jóvenes misioneros llegados de Bangladesh, vi salir a la monja en silla de ruedas, empujada por Sister Luke, la hermana que la acompañaría durante sus últimos días. Encorvada, doblada sobre sí misma, pequeña, muy pequeña, no daba la sensación de estar en condiciones para una entrevista. Su fragilidad me conmovió profundamente.
La saludé. Me tomó la mano y me regaló un rosario. "La familia que reza unida permanece unida", me dijo casi susurrando. Después hablé con Síster Luke y le comenté que quería hacerle una entrevista a la Madre, pero que no me parecía el momento. Ella me dijo que volviera la semana siguiente, pues personas de todo el mundo estaban rezando para que se recuperara. Y me aconsejó que, mientras tanto, para poder comprender en profundidad la labor de la orden, me acercase a alguno de sus hogares.
Admiro a los pobres. Su capacidad de lucha, su resistencia, la dignidad que mantienen frente al dolor. Ni antes ni después de haber estado en Calcuta he sentido veneración por la Madre Teresa. Soy una persona sumamente iconoclasta. Me considero ajeno a toda religión. Pero de algo le estoy muy agradecido: de la maravillosa oportunidad que me dio. Sin exigirme méritos ni preparación, me abrió las puertas de la experiencia que transformaría para siempre mi vida.
Si has encontrado interesante la lectura de estos parrafos
te recomendamos que adquieras la obra.
Y recuerda, que buena parte de los beneficios
obtenidos por las ventas de libros de HERNAN ZIN,
se destinan a financiar proyectos de ayuda humanitaria en Asia.
| |