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LA CIUDAD DE LA ALEGRÍA (Fragmento)

DOMINIQUE LAPIERRE, editado por Planeta/Seix Barral.




Como una flor que buscase el sol, la cúpula en forma de pilón de azúcar del templo de Kali asomaba por encima del laberinto de las callejas, de las casas burguesas, de las casuchas, de las tiendas y de los albergues de peregrinos. Aquel centro del hinduismo militante, construido cerca de un antiguo brazo del Ganges en cuyas orillas se quemaba a los muertos, era el santuario más frecuentado de Calcuta. De día y de noche, en el interior y en torno a aquellos muros grises, se agitaba una muchedumbre de fieles. Familias ricas, con los brazos cargados de ofrendas de frutas y de vituallas envueltas en papel dorado; penitentes vestidos de algodón blanco conduciendo cabras al sacrificio; yoguis de túnicas azafranadas, con los cabellos levantados y anudados en la parte superior de la cabeza, con el signo de su secta pintado en bermellón sobre la frente; trovadores cantando cánticos quejumbrosos como suspiros; músicos, mendigos, mercaderes, turistas, la heterogénea multitud se mezcla en un ambiente de verbena.

Es también uno de los lugares mas congestionados de esta ciudad superpoblada. Cientos de tiendas rodean el templo con un cinturón de tenderetes multicolores. Se vende de todo, fruta, flores, polvos, alhajas de pacotilla, perfumes, objetos de piedad, utensilios de cobre dorado, juguetes e incluso pescado fresco y pájaros enjaulados. Por encima de este hormiguero flota la bruma azulada de las piras y su olor mezcla de incienso y de carne quemada. Numerosos cortejos fúnebres se abren paso por entre aquel mar de fieles, de vacas, de perros, de niños que juegan en la calle. En el templo de Kali, la vida más trepidante se codea con la muerte.

Al pie del edificio se eleva una larga construcción baja con las ventanas obstruidas por encajes de yeso. No hay puerta en el impresionante pórtico esculpido. Cualquiera puede entrar a cualquier hora. Un cartel de madera anuncia en inglés y en bengalí: "AYUNTAMIENTO DE CALCUTA, NIRMAL HRIDAY ? "LA CASA DEL CORAZóN PURO", ASILO PARA LOS AGONIZANTES ABANDONADOS."

Era allí. Paul Lambert subió unos pocos escalones y penetró en el edificio. En seguida le asaltó un olor indefinible que los desinfectantes no podían vencer. Cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la oscuridad, distinguió tres hileras de catres con unos delgados colchones verdes, muy juntos unos de otros. Cada cual llevaba un número pintado en el borde. Unas siluetas se desplazaban en silencio entre los catres. En las camas yacían cuerpos descarnados en todas las actitudes de la agonía. En una segunda sala, hileras de camas parecidas acogían a mujeres. Lo que impresionó inmediatamente a Lambert era la serenidad del lugar. El horror estaba ausente de allí. Aquellos infelices ya no estaban torturados por la angustia, la soledad, la degradación, el abandono. Habían encontrado la paz.

Esta paz, los ciento diez huéspedes de la Casa del Corazón Puro la debían a una sólida mujercita que vestía un sari de algodón blanco, con un ribete dorado de color azul, que Paul Lambert distinguió al fondo de la sala, inclinada sobre un agonizante. La India y el mundo empezaban a conocer el nombre de aquella santa que desde hacía varios años revolucionaba la práctica de la caridad. Los periódicos y las revistas habían popularizado a esta religiosa que recogía en las calles de Calcuta a los niños abandonados y a los moribundos sin familia. Su obra desbordaba ya las fronteras de la India. Había estados que la honraban con sus más altas distinciones. Se llamaba Madre Teresa. Tenía cincuenta y cuatro años cuando Paul Lambert la conoció. A pesar de su robustez, parecía tener más edad. Su rostro estaba arrugado como una nuez y su silueta acusaba los años de privaciones y de noches sin sueño.

Inés Bojaxhiu nació en Skopje, en Yugoslavia, de padres albaneses. Su padre era un próspero comerciante. A los diez años manifestó el deseo de consagrarse a la vida religiosa. A los dieciocho años, adoptando el nombre de Teresa en recuerdo de la Florecilla de Lisicux, ingresó en la Orden misionera de las hermanas de Loreto, y el 20 de enero de 1931 desembarcaba de un vapor en un muelle de,Calcuta, que entonces era la ciudad más grande del Imperio después de Londres. Durante dieciséis años, enseñó geografía a las niñas de la buena sociedad británica y bengalí en uno de los conventos más elegantes de Calcuta. Pero un día del año 1946, en el curso de un viaje en tren hacia la ciudad de Darjeeling, en las pendientes del Himalaya, oyó una voz. Esta voz le ordenaba que dejase la comodidad de su convento para ir a vivir entre los más pobres de los pobres de la inmensa ciudad. Entonces, abandonando su hábito, vistió un humilde sari de algodón blanco y obtuvo del Papa el permiso de fundar una nueva orden religiosa cuya vocación era aliviar las desgracias de los hombres más desamparados. Así fue como un día de 1950 nació la Orden de las Misioneras de la Caridad, congregación que treinta y cinco años después contaría con doscientas ochenta y cinco casas y varios centenares de instituciones caritativas en la India y en todos los continentes, incluyendo los países de más allá del telón de acero. El asilo para moribundos del Corazón Puro en el que acababa de entrar Lambert nació de una experiencia particularmente impresionante que vivió cierta noche la Madre Teresa.

Junio de 1952. Las cataratas del monzón caen sobre Calcuta con un estruendo apocalíptico. Una forma blanca, encogida bajo el diluvio, anda pegada a las paredes del Medical College Hospital. De pronto tropieza con un cuerpo tendido en el suelo. Se detiene. Es una anciana que yace en medio de un charco de agua. Apenas respira. Los dedos de los pies han sido roídos hasta el hueso por las ratas. Madre Teresa la coge en brazos y corre hacia la puerta del hospital. Busca la entrada de urgencias, penetra en un vestíbulo y deposita a la moribunda sobre una camilla. En seguida interviene el guardián.

-¡Llévese a esta persona inmediatamente! -ordena-. No podemos hacer nada por ella.

Madre Teresa vuelve a coger a la agonizante en sus brazos y de nuevo echa a correr. Conoce otro hospital que no está lejos. Pero de pronto oye un estertor. El cuerpo se ha vuelto rígido entre sus brazos. Comprende que es demasiado tarde. Deja su carga, cierra los ojos de la mendiga y se santigua. "Aquí hasta los perros están mejor tratados que los hombres", dice con rabia mientras se aleja. Va al ayuntamiento, vuelve una y otra vez a aquellos despachos. La obstinación de aquella religiosa europea que viste un sari de algodón blanco sorprende. Uno de los adjuntos del alcalde la recibe.

-Es una vergüenza que en esta ciudad haya habitantes que tengan que morir en medio de la calle -afirma-. Déme una casa en la que podamos ayudar a los moribundos a comparecer ante Dios en la dignidad y el amor.

Ocho días después, el municipio pone a su disposición este antiguo albergue de peregrinos hindúes contiguo al gran templo de Kali. Madre Teresa está exultante. Es la mano de Dios. El lugar tiene una situación ideal: en los alrededores de este lugar santo se reúnen la mayoría de los indigentes para morir, con la esperanza de ser incinerados en las piras del templo. La intrusión de las religiosas con sari blanco adornado con un crucifijo en este barrio que está consagrado por entero al culto de Kali al principio suscita curiosidad. Pero poco después se ven hindúes ortodoxos que se indignan. Corre el rumor de que Madre Teresa y sus hermanas están allí para convertir a los agonizantes al cristianismo. Estallan incidentes. Un día, una lluvia de piedras y de ladrillos cae sobre la ambulancia que trae a unos moribundos. Madre Teresa termina por arrojarse de rodillas ante los manifestantes.

-¡Matadme! -les grita, poniendo los brazos en cruz-. ¡De este modo iré más aprisa al Cielo!

Impresionado, el populacho se retira. Pero la agitación continúa. Unas delegaciones del barrio se presentan en el ayuntamiento y en la comisaría general de policía para pedir la expulsión de "esa religiosa extranjera". El jefe de la policía promete atender la petición, pero exige hacer antes sus averiguaciones. Se traslada al asilo de moribundos y encuentra a la religiosa arrodillada en la cabecera de un hombre enfermo de cáncer de piel. Dios mío, se pregunta, ¿cómo puede soportar esto? Madre Teresa limpia la horrible llaga, aplica antibióticos y promete al desdichado que va a mejorar. Una extraña serenidad baña su rostro. El jefe de la policía está conmovido.

¿Quiere que le guíe para visitar nuestro establecimiento? ?le pregunta entonces.

-No, Madre .se disculpa él-, no vale la pena.

Cuando sale, unos jóvenes fanáticos del barrio le esperan en las escaleras. -Os prometí expulsar, a esa extranjera -les dice-, y cumpliré mi palabra. Pero no antes de que consigáis que vuestras madres y vuestras hermanas vengan aquí a hacer el trabajo de esta mujer.

No obstante, la cuestión no queda resuelta. En los días siguientes unos energúmenos siguen arrojando piedras. Una mañana, Madre Teresa ve una aglomeración ante el templo de Kali. Se acerca. Un hombre está tendido en el suelo, con la mirada extraviada, el rostro exangüe. Lleva la triple cuerdecilla de los brahmanes. Es un sacerdote del templo. Nadie se atreve a tocarlo: es una víctima del cólera. Se agacha, coge al brahmán por la cintura y le lleva al asilo. Le cuida día y noche. Se salva. Un día aquel hombre exclamará: "Durante treinta años he venerado a una Kali de piedra. Ahora venero a una Kali de carne y hueso." No volverá a lanzarse ninguna, piedra contra las monjitas del sari blanco. La noticia de esta hazaña se extiende por toda la ciudad. Ambulancias y furgones de policía llevan todos los días a Madre Teresa y a sus hermanas su ración de desdichas. "Nirmal Hriday es la joya más preciada de Calcuta", dirá un día la religiosa. La misma ciudad toma bajo su protección esta joya. El alcalde, periodistas, notables acuden a visitarla. Mujeres de la alta sociedad se ofrecen voluntarias para cuidar a los moribundos al lado de las monjas. Una de ellas se convertirá en una de las mejores amigas de Madre Teresa. Amrita Roy, de treinta y cinco años, es guapa, rica y poderosa. Su tío, el doctor B. C. Roy, un hombre de corazón, no es otro que el Chief Minister de Bengala. Parentesco que allanará muchos obstáculos en una ciudad en la que todo constituye un problema, la contaminación, la superpoblación y, sobre todo, la burocracia. Igual que Paul Lambert, la Madre Teresa a veces tiene que pasarse días enteros en los almacenes de la Aduana para arrancar a unos funcionarios puntillosos la caja de medicamentos o los botes de leche en polvo que le envían unos amigos extranjeros.

Pero acoger a unos moribundos abandonados, para la religiosa no es más que una primera etapa. Están también los vivos. Y entre los más desamparados de los vivos, los recién nacidos que aparecen todas las mañanas sobre un montón de desperdicios, junto a una acera, en la puerta de una iglesia. La "mano de Dios" condujo un día a Madre Teresa hasta el portal de una gran mansión desocupada en un bulevar muy próximo al lugar donde estaba instalada su congregación. El 15 de febrero de 1953, Shishu. Bliavan, "La casa de los niños", acoge a su primer huésped, un niño prematuro que apareció en una acera envuelto en un pedazo de periódico. Pesa menos de tres libras. Ni siquiera tiene fuerza para sorber el biberón que le da la Madre Teresa. Hay que alimentarle por medio de una sonda nasal. La religiosa se obstina. Y consigue su primera victoria en ese nuevo puerto de amor y de misericordia. Pronto varias decenas de bebés llenan las cunas y los parquecillos. Todos los días llegan cinco o seis. Sus hermanas, sus amigos, su confesor se alarman. ¿Cómo va a asegurar el sustento de tanta gente? Con los huéspedes del asilo, son ya varios centenares de bocas. A esta pregunta responde con su luminosa sonrisa:

-¡El Señor proveerá!

Y el Señor proveyó. Afluyen donativos. Familias ricas envían a sus chóferes con los coches llenos de arroz, de hortalizas, de pescado. Una tarde, la Madre Teresa se cruza por la escalera con el propietario de la casa donde vive.

-¡Es magnífico! -le anuncia exultante-. Acabo de obtener del gobierno una subvención mensual de treinta y tres rupias para cien de nuestros niños.

-¿Del gobierno? -repite el propietario, incrédulo-. Pues la compadezco, Madre. Porque no sabe usted dónde se ha metido. Se verá obligada a formar una junta de administración, a organizar dos reuniones por mes, a llevar complicados libros de cuentas, y Dios sabe cuántas cosas más.

Y en efecto, aún no habían transcurrido seis meses cuando se celebró una reunión en el palacio del gobierno. Una docena de burócratas vestidos de dhoti examinan los registros de la religiosa. Hacen preguntas, discuten, critican. La Madre Teresa, exasperada, se pone en pie.

-Pretenden ustedes exigir que gaste treinta y tres rupias para los niños que subvencionan -se indigna-, cuando sólo gasto diecisiete para los demás niños, que son los más numerosos. ¿Cómo voy a gastar treinta y tres rupias para unos y diecisiete para los demás? ¿Quién es capaz de hacer una cosa así? Señores, gracias y hasta la vista. Prescindiré de su dinero.

Y salió de la habitación.

En esta ciudad ya agobiada por superpoblación, declara la guerra al aborto. Hace dibujar carteles, que sus hermanas fijan por las paredes, anunciando que acogerá a todos los niños que le lleven. Cuando oscurece, jóvenes encinta van a pedir un lugar para su futuro bebé. El ángel de misericordia vela perpetuamente en socorro de las demás especies de desheredados. Después de los moribundos y de los niños abandonados, los más desgraciados de los hombres, los leprosos. En Titagarth, un barrio de chabolas del suburbio industrial de Calcuta, en un terreno prestado por la Compañía de ferrocarriles, construye un edificio de ladrillos sin revocar y chapa metálica donde alberga a los enfermos más graves, llevándoles todos los días vendajes, comprimidos de Sulfone, palabras de consuelo. Decenas y pronto cientos de enfermos se agolpan ante la puerta de este oasis de amor.

Titagarth no es más que un comienzo. Ahora lanza por toda la ciudad a comandos de hermanas indias con la misión de abrir siete dispensarios más. Uno de ellos se instala en el slum donde había cuidado a sus primeros pobres. Los leprosos afluyen. Un funcionario del ayuntamiento que vive allí cerca protesta por aquella desagradable vecindad. Amenaza con avisar a las autoridades. La Madre Teresa tiene que ceder. Pero no deja de sacar una lección,de aquel incidente.

-Lo que necesitamos son dispensarios móviles -anuncia a sus hermanas.

Varias furgonetas blancas con el emblema de las Misioneras de la Caridad acabarán por recorrer la inmensa ciudad para ir a prestar sus cuidados hasta en los barrios más abandonados. Paul Lambert quería atraer a uno de esos vehículos a Anand Nagar. Mejor aún, soñaba con que dos o tres hermanas de la Madre Teresa fueran a hacer funcionar la pequeña leprosería que proyectaba instalar en la antigua escuela coránica de la Ciudad de la Alegría, cerca del establo de búfalos.

Avanzó por el espacio libre que quedaba entre los cuerpos y se acercó a la silueta arrodillada. La Madre Teresa lavaba las llagas de un hombre aún joven, tan delgado que parecía uno de esos cadáveres vivientes que encontraron los aliados en los campos de concentración nazis. Toda su carne había desaparecido. Sólo subsistía la piel, tensa sobre los huesos. La religiosa le hablaba suavemente en bengalí. "Nunca olvidaré la mirada de aquel hombre", dirá Lambert: "Su sufrimiento se convertía en asombro, y luego en amor." Al advertir una presencia a sus espaldas, la Madre Teresa se puso en pie. Vio la cruz de metal que llevaba el sacerdote.

-¡Oh, Father! -se excusó humildemente . ¿En qué puedo servirle?

Paul Lambert se sintió terriblemente incómodo. Acababa de interrumpir un diálogo del que captaba lo que tenía de único. Los ojos desorbitados del moribundo parecían suplicar a la Madre Teresa que volviera a dedicarle su atención. Era patético. El sacerdote se presentó.

-¡Claro que he oído hablar de usted! -dijo la monja calurosamente.

-Mother, he venido a pedir su ayuda.

-¿Mi ayuda? -levantó su gruesa mano hacia el techo-. Es la ayuda de Dios lo que hay que pedir, Father. Yo no soy absolutamente nada.

Un joven europeo pasó entonces por el pasillo llevando una jofaina. Madre Teresa le llamó. Le señaló al moribundo.

-Ámale -le ordenó-. Ámale con todas tus fuerzas.

Entregó al joven sus pinzas y sus gasas, y se alejó, guiando a Paul Lambert hacia un espacio vacío que separaba la sala de los hombres de la de las mujeres, y donde había una mesa y un banco. En la pared había un tablero con unas líneas. Era un proverbio hindú. Lambert lo leyó en voz alta, maravillado:

Si tienes dos pedazos de pan, da uno a los pobres, vende el otro y compra jacintos para alimentar tu alma.

-Very good, Father, very good... -dijo la Madre Teresa con su pintoresco acento, mezcla de eslavo y de bengalí, después de haber escuchado el proyecto de leprosería que le expuso el francés?. You are doing God's work. Está usted haciendo un trabajo querido por Dios. Okay, Father, le enviaré a tres hermanas acostumbradas a cuidar leprosos.

Y paseando su mirada por la sala llena de cuerpos tendidos, añadió: "Nos dan mucho más de lo que nosotros les damos".

Una monja muy joven se acercó y le habló en voz baja. Necesitaban su presencia en otro lugar.

Goodbye, Father -dijo-. Venga a celebrar la misa para nosotros una mañana.

Paul Lambert estaba emocionado. "Bendita seas, Calcuta, porque en tu desgracia has hecho nacer santos."








"Va a morirse en medio de la calle", se dijo Hasari Pal horrorizado. El pecho de su amigo Ram Chander se había hinchado súbitamente en un esfuerzo desesperado por acumular un poco de aire. Las costillas sobresalían hasta el punto de hacerle estallar la piel, el rostro se había vuelto bruscamente amarillo, la boca se entreabría como la de un ahogado privado de aire. De pronto un acceso de tos le hizo vacilar, sacudiéndole durante interminables minutos con un ruido de pistón en una bomba de agua. Se puso a escupir, pero como tenía pán en la boca, no se veía si escupía sangre o jugó de betel. Hasari ayudó a su compañero a sentarse en la banqueta de su rickshaw y le propuso llevarle a su casa. Ram negó moviendo su cabellera gris que relucía de aceite de mostaza, y tranquilizó a su amigo:

-Es sólo ese maldito frío -dijo-. Ya estoy mejor.

Aquel invierno bengalí era asesino. Los vientos del Himalaya habían hecho bajar el termómetro hasta ocho grados, temperatura polar para una población acostumbrada a vivir durante nueve meses al año en un clima de invernadero. Para los hombres-caballo aquel frío era especialmente atroz. Condenados a pasar del baño de sudor de las carreras al frío de las largas esperas, su organismo subalimentado resistía mal. Muchos murieron.

"Ram era mi hermano en esa jungla de Calcuta donde todo el mundo era como una fiera para algún otro", cuenta Hasari Pal. "Él me ayudó y me apoyó, él me encontró mi rickshaw. Cada vez que yo veía su pelambrera gris, apretaba el paso para ir a estacionar mi carrito junto al suyo. Cuántas horas habremos pasado sentados uno junto al otro, en la esquina de Park Circus, de Wellesley Street o, cuando hacía calor, ante el gran mercado de Lower Circular Road, que todo el mundo llamaba "Air Conditioned Market", porque dentro había aparatos que soplaban esa cosa maravillosa que yo creía que sólo las cimas del Himalaya podían soplar, aire frío. El sueño de Ram era poder, volver algún día a su aldea y abrir allí una abacería. "Estar sentado todo el día en el mismo lugar, no moverse, no correr más", decía, hablando de su futuro paraíso. Y me contaba su vida. tal como la imaginaba, en medio de su tienda, teniendo a su alrededor sacos desbordantes de todas las variedades de dal y de arroz, y otros sacos llenos de especias de perfumes embriagadores, montones de hortalizas, y en los estantes toda clase de géneros, pastillas cuadradas de jabón, bastoncillos de incienso, galletas, confites. En resumen, un universo de paz y de prosperidad del cual él sería el centro inmóvil, como esos lingams de Shiva, símbolo de fertilidad, sobre su yoni en los templos."

Pero antes de que se realizara este sueño, Ram Chander tenía que cumplir una promesa. Tenía que devolver al mohajan de su aldea el préstamo que había recibido para pagar el entierro de su padre, de lo contrario, el campo familiar que servía de hipoteca se perdería para siempre. Unos días antes de que expirara el plazo, había conseguido negociar con el usurero de una aldea vecina otro préstamo. Pagar una deuda con ayuda de un segundo préstamo, luego este último con un tercero, y así sucesivamente, eran operaciones habituales entre los campesinos. En resumidas cuentas, acababan siempre por perder su tierra.

Los cinco años de Ram Chander terminaban dentro de unas semanas, justo antes de las fiestas de Durga. A pesar de que su estado se agravó, no dejó de trabajar como una bestia de carga. Una mañana Hasari le encontró ante la oficina de correos de Park Street. Él, que era tan robusto, no era más que un espectro. Se acababa de hacer rellenar por el munshi el impreso de su giro mensual. El grosor del fajo de billetes que sacó de su longhi sorprendió a Hasari.

-¡Parece que hayas atracado el Bank of India!

-No -respondió Ram, con una seriedad excepcional-, pero este mes tengo que mandárselo todo. Si no, perderemos nuestro campo.

¡Mandárselo todo! Aquello significaba que durante el mes que acababa de transcurrir había reducido su alimentación una ración de hambre: dos o tres tortas, un vaso de té o de jugo de caña por día.

"Cuando vi llegar corriendo al niño de los vecinos, lo comprendí todo", dirá más tarde Hasari. "La noticia corrió rápidamente por las principales paradas del sector, y éramos una treintena los que nos reunimos en el pequeño cobertizo que había detrás del hospital Chittarajan donde vivía Ram Chander. Reposaba sobre un madero que le había servido de cama durante los cinco años que había vivido en Calcuta. Su espesa pelambrera gris formaba en torno a su cabeza como una aureola. Tenía los ojos entreabiertos, y sus labios esbozaban una de esas sonrisas maliciosas que eran una de sus expresiones más frecuentes. Hubiérase dicho que se divertía con la broma que acababa de hacernos. Según el ebanista que compartía su cuartucho, había muerto mientras dormía. Lo cual probablemente explicaba por qué tenía un aire tan apacible. La noche de la víspera había tenido varios accesos de tos muy violentos. Había escupido mucho, e incluso vomitado sangre. Luego se durmió. Y ya no había despertado.

"Ahora había que realizar los ritos funerarios. Se discutió con los demás conductores de rickshaws si íbamos a llevarle al ghat de las incineraciones a pie o si era preferible alquilar un Tempo. En Calcuta se pueden alquilar esas camionetas de tres ruedas por una hora, dos horas, el tiempo que se quiera. Cuesta treinta rupias la hora. Dada la distancia que había hasta el ghat de Nimtallah, nos pusimos de acuerdo para alquilar un Tempo. Yo entonces propuse hacer una colecta entre nosotros. Unos dieron veinte rupias, otros diez, otros cinco. Yo busqué en el cinturón de Ram, donde sabía que escondía su dinero, y encontré veinticinco rupias. Sus vecinos quisieron sumarse a esta colecta, porque Rain era muy querido en todo el barrio. No había nadie como él para contar historias, y los niños le adoraban. Alguien fue a buscar unos vasos de té en la tea stall más cercana, y todos bebimos en torno a nuestro compañero. ¿Era a causa de su sonrisa? No había tristeza. Se discutía, se iba y venía como si aún estuviera vivo y fuese a hablar él también. Con otros tres compañeros, fuimos al mercado que hay cerca de la estación de Sealdath con objeto de comprar todo lo necesario para los ritos, empezando por las parihuelas para llevar el cadáver hasta el ghat. También compramos bastoncillos de incienso, un pote de ghee*, cinco metros de tela de algodón blanco y un largo cordón para atar la tela alrededor del cuerpo. Y también varias guirnaldas de jazmín blanco y un cacharro de barro para verter agua del Ganges en la beca y sobre la cabeza del muerto.

"Nos considerábamos como su propia familia, y por eso también nos encargamos de su último aseo. No llevó mucho tiempo. Ram había muerto llevando su calzoncillo, su longhi y su camiseta de trabajo. Le lavamos y envolvimos su cuerpo en la mortaja que habíamos comprado. Ahora sólo veíamos su rostro y la extremidad de sus pies. Luego le pusimos en las parihuelas. ¡Pobre Ram! La verdad es que pesaba muy poco. Nadie que tire de un rickshaw pesa mucho, pero él batía el récord de los pesos pluma. Desde el último invierno había debido de perder unos veinte kilos. últimamente se veía obligado a no aceptar a los pasajeros demasiado gordos. ¡No puede pedirse a una cabra que tire de un elefante! Luego adornamos las parihuelas con las guirnaldas de jazmín blanco y encendimos bastoncillos de incienso en las cuatro esquinas. Uno tras otro dimos una vuelta en torno al cadáver para dirigirle un Namaskar de despedida.

"Antes de salir del cobertizo recogí todo lo suyo. No tenía gran cosa, unes utensilios de cocina, un longhi de recambio, una camisa y un pantalón para las fiestas de Durga y un viejo paraguas. Era todo lo que poseía.

"Seis de nosotros subimos al Tempo con Ram, y los demás cogieron un autobús para ir hasta el ghat de las cremaciones a orillas del río. Era como ir a la fiesta de Durga, sólo que no llevábamos al río sagrado una estatua de la divinidad, sino el cadáver de nuestro amigo. Necesitamos más de una hora para cruzar la ciudad de este a oeste, y durante este tiempo nos dedicamos a cantar himnos. Los versículos procedían de la Gita, el libro sagrado de nuestra religión. Todos los hindúes los aprenden de labios de sus padres cuando son niños. Cantan la gloria de la Eternidad.

"Nos reunimos con los otros en el ghat. Allí había hogueras que ardían permanentemente, y varios muertos esperaban en sus parihuelas. Fui a hablar con el responsable de las cremaciones. Era un empleado que pertenecía a la casta de los Dem. La incineración de los muertos es su especialidad. Viven con su familia junto a las hogueras. El responsable me pidió ciento veinte rupias para comprar leña. La leña de una cremación es muy cara. Ésta es la razón por la que se echa a los indigentes y a los que carecen de familia al río sin quemarlos. Además, me pidió veinte rupias por los servicios de un sacerdote, y encima diez rupias para el empleado que iba a preparar la hoguera. En total, costaba ciento cincuenta rupias hacer desaparecer, convirtiéndolo en humo, el cuerpo de nuestro amigo. Cuando llegó nuestro turno, bajé hasta el río para llenar de agua el cacharro de barro, y cada uno de nosotros vertió unas gotas en los labios de Ram. El brahmán derramó el ghee que habíamos llevado sobre su frente y recitó los mantras rituales. Luego depositamos el cadáver sobre la pira. El empleado lo recubrió con otros leños hasta aprisionarlo completamente en una jaula de ramaje. El brahmán volvió a derramar ghee por entre los leños. Sólo se veía un poco del blanco de la mortaja a través de toda aquella masa de color pardo.

"A medida que se acercaba el instante final, yo sentía que la emoción formaba un nudo en mi garganta, y que las lágrimas acudían a mis ojos. Por muy endurecido que se esté, no dejaba de ser impresionante ver a un hermano metido en una pira, a punto de arder. Volvieron a mi memoria imágenes de cuando nos conocimos delante del almacén del Barra Bazar, cuando llevamos al coolie herido al hospital; aquella primera botella de bangla que bebimos juntos; nuestros domingos jugando a cartas en la taberna de Park Circus; nuestras visitas al hombre de confianza del propietario de los rickshaws para suplicarle que me confiara el carrito. Sí, en esta ciudad inhumana Ram había sido mi hermano, y ahora, sin él, me sentía como un huérfano. Uno de los demás debió de darse cuenta de mi dolor, porque se acercó, puso su mano sobre mi hombro y dijo: "No llores, Hasari. Todo el mundo ha de morir algún día". Tal vez no fuese una frase muy consoladora, pero me ayudó a rehacerme. Me acerqué a la hoguera.

"Como Ram no tenía familia en Calcuta, el brahmán decidió que fuera yo quien hundiese la antorcha encendida' en la pila de leña. Tal como exigía el rito, di cinco vueltas en torno a la hoguera y luego hundí la antorcha por el lugar donde se encontraba la cabeza. La hoguera se encendió en seguida en medio de un crepitar de chispas. Tuvimos que, retroceder a causa del calor. Cuando las llamas alcanzar n el cuerpo, deseé a Ram un buen viaje. Le deseé sobre todo que volviese a nacer con un karma mejor, en la piel de un zamindar, por ejemplo, o en la de un propietario de rickshaws.

"La cremación duró varias horas. Cuando ya no quedó más que un montón de cenizas humeantes, uno de los encargados de las cremaciones las regó con agua del Ganges, luego nos las entregó en un tiesto de barro cocido y todos juntos bajamos hasta el río para derramar las cenizas en el agua, a fin de que fuesen llevadas hacia la eternidad de los océanos. Después de lo cual todos nos sumergimos en el Ganges como baño purificador. Y nos fuimos.

"Quedaba todavía un último rito. Aunque era más una tradición que un rito. Para rematar aquella triste jornada, invadimos una de las numerosas tabernas que funcionaban día y noche en la proximidad de los ghats de cremaciones, y pedimos numerosas botellas de bangla. Por fin, completamente borrachos, fuimos a cenar todos juntos. Fue un verdadero festín de curd, de arroz, de dal y de confites. Un festín de ricos para honrar dignamente la muerte de un pobre."


* Ghee, mantequilla líquida, purificada cinco veces.



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